No hay peor cosa que el exceso de amabilidad. Esos mozos que parecen moscas, esas secretarias que piden disculpas por todo o los vendedores que nos mienten descaradamente diciéndonos que todo nos queda bien.
Fernando Peña
A veces no hay peor cosa que el exceso de amabilidad. Esos mozos que parecen moscas, esas secretarias que piden disculpas por todo y que le dicen a uno señor cada vez que tienen la oportunidad de hablar, o las y los vendedores en ciertas tiendas que no paran de seguirlo a uno por todas partes ofreciendo variedades de tamaños y colores, además nos mienten descaradamente diciéndonos que todo nos queda bien. La amabilidad de los empleados de McDonald’s irrita, y la de las chicas del *2424 de Movistar también. “Bienvenido al… ¿desea que se lo envíe?…, gracias por llamar… mi nombre es Vanina”. “Pase usted por acá por favor si es tan amable señor por favor”, “le ruego podría correrse un poquitito si gusta porque así va estar usted más cómodo”, “señor, desearía que le traiga otra cuchara para que si desean puedan compartir el postre por favor”. “Gustaría por favor otro cafecito porque ya vamos a cerrar, lamentablemente, si no es molestia”. Ese lenguaje intrincado, rebuscado, de más, es molesto. Esas expresiones tan barrocas, tan rococó, tan tiradas de los pelos me provocan incomodidad y hasta sospecha. El “no se encuentra” es horrible. No sé si está aceptado por la Real Academia Española o no, aunque últimamente la Academia está aceptando burradas con tal de ponerse al día con el lenguaje tecnológico y casual, pero cuando llamo a un lugar, pregunto por alguien y me dicen que “no se encuentra” me suena tan raro, tan ridículo, que me dan ganas de repreguntar: “¿Se está buscando?”.
Pero volvamos al tema del exceso de amabilidad, de cursilería, de tilinguería. Siempre me acuerdo cuando Nelly, la vecina de al lado de casa me decía que Guillermo, su hijo, mi amiguito, estaba en el trono…???, ¿no es espantoso?, además uno se imagina un trono hermoso, de terciopelo, todo cagado. No pretendo que digan que está cagando pero decir que está en el baño no está para nada mal, es natural y sano. Cuando estaba internado en el Diagnóstico porque me habían operado de hemorroides, después de la primera comida vomité. Llamé a la enfermera, vio el desastre, levantó el teléfono y le dijo a una compañera: “¡Vení con una palangana y un trapo porque el señor devolvió!”. ¿Por qué usó “devolvió”?, es repugnante y asqueroso porque uno hasta casi puede ver el contenido de lo devuelto… ¿Por qué “devolver” es fino y “vomitar” no? Una perla para compartir, cuando llamaban y preguntaban de qué me habían operado, los amables contestaban: “Sufrió un pequeña intervención en el ano”. Me da hasta vergüenza escribirlo, ¿por qué no decían que me habían operado de hemorroides?, no tiene nada de malo, es más simple, más claro y menos visual, ¿o no?
El exceso de amabilidad también obliga y tienta a los amables a usar diminutivos en momentos difíciles. Por ejemplo te dicen: “Hubo un problemita con la cuentita”, “lamentablemente no se lo voy a poder dar porque no trajo el comprobantito” o “el perrito tiene una infeccioncita y tiene que estar sedadito y acostadito por un par días”. Hace unos días llamé a un restaurante para hacer una reserva y luego de tenerme un rato largo en el teléfono el encargado del lugar me dijo con voz suave y temblorosa: “Mire, señor Peña, le comento, eehhh, hoy, eehhh, le pido disculpas encarecidamente pero sabe que eeehhh lamentablemente por hoy dada la hora en que efectuó el llamado por desgracia no habría disponibilidad de lugar para cenar hoy eeehhh, ¿le puedo ofrecer para mañana si a usted le agradaría en todo caso?”. Corté. Me dio tanta bronca, no que no hubiera lugar, el franeleo, la vuelta, sentí que me estaba tomando el pelo, que hasta sentía un poco de placer en decírmelo así, sentí que me estaba forreando, ¿no podía decirme sin titubeos misteriosos que lamentablemente hoy no había lugar y punto?
Y después está el tema del “usted”. ¿Por qué cuernos tratar de usted es regla en ciertas empresas? ¿El usted significa respeto inmediato? ¿El usted es educación? A mí personalmente no me gusta que me traten de usted, me hace sentir viejo. Me siento un muchacho de 46 años, vital, jovial, aggiornado y de repente me zampan el “usted” y me cagan la vida, se me vienen los años encima de golpe, me siento ridículo, mis jeans, mi remera de Batman y mis zapatillas Nike multicolores sobran. ¡Soy Osvaldo Laport!
Me pasa en muchos hoteles, restoranes y en casi todas las empresas, y lo puedo llegar a entender, lo comprendo. Pero si yo manifiesto mi deseo de que se me trate de vos, ¿por qué no se me concede? No quiero exceso de amabilidad y respeto, me hace sentir distante, la relación empleado/cliente se me torna fría, no estoy cómodo.
Nunca me voy a olvidar de lo que me pasó un día en el consultorio de un cardiólogo. El ser famoso tiene sus ventajas y desventajas, el que te ama es capaz de besarte los pies y el que te odia es capaz de hacerte la vida imposible. Entré al consultorio y ya por la cara me di cuenta de que el cardiólogo me odiaba, ¡además justo un cardiólogo!, mejor no hacerse odiar por un cardiólogo… “Siéntese por favor si es tan amable”, lanzó, y yo, “por favor no me tratés de usted, no me gusta, y menos cuando se trata de un médico, me siento más enfermo, jeje”… Silencio de su parte… hasta que tiró “se puede sacar la camisa si es tan amable”, y yo: “Te repito no me gusta que me traten de usted”, y él: “Acuéstese por favor con los pies hacia este lado”, y yo: “¿Me estás cargando?”, y él: “No señor por favor acuéstese…”, y yo ya sin paciencia y empecinado: “Me podés hacer el favor de no tratarme de usted, no me gusta”, y él: “Es mi costumbre ¿hace cuánto que no se hace un electrocardiograma?”, y yo “no me siento cómodo, siento que me estás tomando el pelo, o que no me tenés simpatía, además me estás mirando con cara de ojete y tu tono es patético, sos un jodido, no quiero que me hagas vos el electro”, y él “como usted lo desee, señor”, y yo: “Si así lo deseo y váyase usted a la vagina de su madre”, y él: “Adiós señor” y yo “adiós señor de las bolas tristes”. Le sonreí y partí amablemente.
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