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La vida después de la muerte

Info10/25/2009

Muchas religiones a lo largo de la historia, han creido en la vida después de la muerte. Para mi esto es un tema muy interesante, así que aqui les muestro la creencia de 2 grandes culturas, sobre la vida después de la muerte:

Para los antiguos egipcios:

Los antiguos egipcios concebían el más allá como un reino situado al Este de Egipto, gobernado por el dios Osiris. Se trataba de una región paradisíaca a la que llamaban Aaru, con campos eternamente fértiles, abundante comida e ideal para diversas recreaciones de las que gustaban los egipcios como la caza y la pesca.

El fallecido era conducido por Anubis, dios de la momificación frente al tribunal presidido por Osiris. El juicio consistía pesar el corazón del juzgado con una pluma que simbolizaba la justicia, la verdad y la armonía cósmica como comparación. Si ambas cosas pesaban lo mismo le era permitido entrar en el Aaru. Si por el contrario, el corazón pesaba más, significaba que había sido justo y malvado en la vida, entonces un dios monstruo conocido como Ammit, se comía el corazón y la persona dejaba de existir definitivamente.

Los egipcios creían que había una relación física directa entre la vida en la tierra y la de ultratumba. Por eso era necesario momificar a los cuerpos para que las almas pudieran existir en el más allá. Si un cuerpo no era momificado, la persona sencillamente no podía existir en el más allá. Esta relación permitía que se pudieran llevar varias pertenecías al Aaru, por esa razón es que se solía enterrar a los muertos con muchas de las pertenecían que habían tenido en vida para que pudieran disfrutarla por toda la eternidad. En el caso de los Faraones, fue común en algunos periodos que se los enterrara juntos a funcionarios de estado y sus esposas para que pudieran seguir gobernado en ultratumba.


Para los antiguos griegos:

Los antiguos griegos creían que todas las almas iban al inframundo, por lo que se puede decir que el infierno era un destino común para todos los griegos independientemente de su conducta en vida. El inframundo estaba gobernado por el hermano mayor de Zeus, el dios Hades, a quien le temían tanto que solían llamarlo con el eufemismo de Plutón que significa “El rico”. Sin embargo la mitología no describe a Hades como un dios cruel y malvado sino más bien tacaño y de carácter irascible.

El dios Hermes era el encargado de conducir las almas de los muertos al infierno, aunque para otros se trataba de Thanatos (la muerte personificada) quien cumplía esta función. La entrada a los reinos de ultratumba estaba marcada por el río Aqueronte. El barquero Caronte era el encargado de hacer cruzar las almas al otro lado del río. Su tarifa era de una moneda que los parientes o amigos tenían el cuidado de poner bajo la lengua de los muertos. Aquellos que no tuvieran medios para pagarle a Caronte debían quedarse indefinidamente en la rivera del Aqueronte hasta que el barquero accediera a llevarlos gratuitamente.

Una vez definitivamente en los infiernos, el alma era juzgada por un tribunal integrado por tres reyes legendarios por su sentido de la justicia, Minos, Radamantis y Éaco. Si el fallecido no había sido ni bondadoso ni malvado, vagaba eternamente en los campos de Ásfódelos , donde se reproducía una versión fantasmal y gris de la vida en la tierra y salvo los héroes conservaban ciertas noción de su identidad.

Aquellos que habían sido crueles eran destinados al tártaro, un abismo sombrío lleno de tormentos, donde habitaban los Titanes, los dioses primogénitos contra los cuales Zeus se había rebelado para establecer un orden en el mundo. Hades era nominalmente el señor de los tártaros, pero no tenía forma de hacer valer su autoridad en regiones tan profundas y se contentaba con contar un ejército de gigantes con cien brazos para controlar que nadie escapara del abismo.

Los justos estaban destinados a los Campos Elíseos, especie de reino independiente dentro del inframundo gobernado por Cronos y cuya descripción coincide en líneas generales con el jardín del Edén. Los habitantes de los Campos Elíseos tenían la oportunidad de optar cada vez que lo quisieran en reencarnar y volver de esta forma a la vida. Quienes hubiesen merecido tres veces los Campos Elíseos, pasaban habitar la isla de los Bien aventurado, lugar aún más paradisíaco que los Campos Elíseos.
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