como reconocer una maqueta en el cine?
Habrá muchas, pero una de las maneras de distinguir si una escena cinematográfica está realizada con una maqueta es, si hablamos de barcos, comparar las gotas de agua que se forman a su alrededor. Los simulacros cinematográficos donde un buque zozobra y se hunde bajo el ímpetu de una fuerte tormenta, ¿acaso son modelos en miniatura, tomados a cámara lenta cuando navegan en un depósito de agua dulce? Comprobemos el tamaño de las gotas de agua que salpican al romper las olas. Si son del tamaño de, por ejemplo, una bala de cañón en comparación con las dimensiones del barco en apuros, sin duda se tratará de una maqueta que flota en un tanque de agua. Sencillamente porque el agua no puede romperse y originar gotas del tamaño de un proyectil de cañón, excepto cuando las “balas” de los cañones del barco sean reproducciones fieles de un modelo a escala.
Claro que siempre está la mano digital. En grades superproducciones como en Titanic James Cameron buscó autenticidad. El detallismo llevó a construir una maqueta de la nave de dimensiones casi idénticas a las originales. Se reprodujeron con fidelidad cubiertas, salas de primera clase, escotillas, escaleras y pasillos… Los efectos visuales contribuyeron al realismo. Para las escenas de mar abierto se usó una maqueta más pequeña que la mencionada; el equipo de efectos introdujo personajes filmados previamente que, multiplicados digitalmente y con el tamaño adecuado, simulaban 2000 personas en cubierta. Aguas del mar, cielo estrellado y el aliento de los personajes por la gélida temperatura, se crearon muchas veces por ordenador y se logró un ensamblaje perfecto, imposible de advertir. Las imágenes del barco partiéndose con los viajeros cayendo al mar son asombrosas.
El caos puede producir orden
La degradación es inevitable, una cruda realidad de la vida que la segunda ley de la termodinámica cuantifica. Pero si el mundo se vuelve cada vez más desordenado ¿cómo se explica la autoorganización que con tanta frecuencia se observa en la naturaleza? La raíz del problema estriba en que la termodinámica clásica supone que los sistemas se hallan en equilibrio, una plácida situación que raramente encontramos en el mundo real. ¿Puede la segunda ley ser válida incluso en situaciones que se hallan fuera del equilibrio?
La evolución del orden al desorden no siempre procede monótonamente: pueden aparecer de repente focos de autoorganización. En muchos procesos se observa la presencia de una reciprocidad. Tal propiedad se refleja en las relaciones de reciprocidad formuladas por Onsager, que le hicieron ganar el Nobel de Química en 1968. El descubrimiento de las relaciones de reciprocidad cambió la manera en la que los físicos concebían el equilibrio. Se creía que el estado era el más ordenado: aunque las moléculas se encuentran en continuo desorden, el sistema visto globalmente se halla en reposo y tiene un aspecto plácido, simétrico y ordenado. Regularidades, simetrías y remansos de paz pueden surgir en situaciones alejadas del equilibrio.
Un ejemplo clásico es una capa delgada de fluido calentada por su parte inferior. En tal situación, el calor fluye desde el fondo hacia la superficie y se crea un gradiente de temperatura a través de la capa. Amentando el gradiente, el sistema se va apartando más y más del equilibrio. Se observa que, mientras el gradiente sea pequeño, el fluido permanece en reposo; pero cuando el gradiente crezca, empezará a moverse. El movimiento convectivo que se generará, lejos de ser caótico, estará ordenado: se formarán pequeñas células hexagonales, como si el fluido fuese un cristal. Para gradientes aún mayores, el movimiento se tornará turbulento y poseerá también orden, ya que será un sistema isótropo, es decir, ciertas magnitudes darán resultados idénticos con independencia de la dirección escogida para la medida. Si estuviéramos dentro del fluido y mirásemos en distintas direcciones nos parecería igual independientemente en la dirección que miremos. Percibiriamos orden dentro del supuesto caos. Este fenómeno, el “problema de Bernard”, demuestra que, cuando el sistema se aparta del equilibro, el orden puede degenerar en caos y de éste emerger, de nuevo, el orden.
Revista Investigación y ciencia. 389-Febrero 2009