Origen del pogo.
Antes de Günter la gente iba a los recitales y se sentaba quietita y atenta y no volaba una mosca hasta que el concierto terminaba.
Pero un día Günter no aguantó. Estaba viéndolo a Mozart, ahí... un teatro lleno, Mozart haciendo el sólo de piano más impresionante del mundo, y Günter mirando a los costados y la gente como si nada, como si fuera Copani atando con alambre o el pelado de la plaza que imita a Arjona, y Günter sintiendo la presión de su cerebro contra las paredes interiores de su cráneo, su cabeza a punto de explotar y los dedos de Mozart apenas visible de tan rápidos que se movían y de reojo la vio, de reojo Günter vio a la señora del peinado enorme hacer lo impensable, poner los ojos chiquitos y la boca grande y exhalar un sonoro bostezo y Günter dijo ah no, eso sí que no...
_ Aguante Mozart_ susurró, y el caballero del monóculo se volvió a mirarlo.
_ ¿Cómo dice?
_ Aguante Mozart, papá.
El hombre se quitó el monóculo y miró a Günter como decidiendo si lo ignoraba o sí le exigía una explicación. Pero la expresión que observó en los ojos del joven impactó en su alma y dijo...
_ Tiene razón, joven. Aguante Mozart.
La esposa del señor desvió la mirada.
_ ¿Decías, querido?.
_ Aguante Mozart, Dora.
_ Aguante Mozart, señora_ lo apoyó Günter inmerso en la sensación que sólo conocen los que están a punto de hacer historia.
Dora entendió en la sonrisa de su marido lo que todavía no tenía nombre, y repitió:
_ Aguante Mozart.
Y sin poder reprimirse, aplaudió diciendo una y otra vez:
_ Aguante Mozart.
Las filas próximas se fueron contagiando como si una onda expansiva de bardo las fuera alcanzando, y aquí y allá fueron apareciendo débiles 'aguante mozart', y más aplausos, y un señor del fondo elevó la voz y se oyó un "¡vamos, loco!".
Los niveles superiores del teatro tardaron pero finalmente fueron alcanzados por la ola. Desde el centro del recinto Günter, parado sobre la butaca, observó extasiado el fenómeno , pero todo era todavía un débil agite detrás de una cortina de timidez y años de represión y auto-censura. Günter esperó, supo que no era el momento indicado aún y aguzó la mirada siguiendo el desarrollo del contagio hasta ver que ya casi no quedaba nadie quieto y callado. Supo que era hora, y gritó:
_¡VAMOS, SALTEN PUTOS!
Fue el grito de guerra antes de la embestida. Una anciana de la primera fila saltó al escenario y se abalanzó sobre Mozart interrumpiendo el concierto hasta que un fornido joven se acercó y la separó del músico, sin saber que acababa de convertirse en el primer plomo de la historia.
Y en el apogeo de la inspiración, Günter improvisó.
_ ¡Mozart no se murió, Mozart no se murió, que se muera Salieri la puta madre que lo parió!.
Y el tono era simple y pegadizo y todos corearon y una señora se sacó el vestido y lo revoleó mientras se balanceaba en los hombros de su marido, y Günter saltó chocando los hombros contra el caballero del monóculo y este, ya en cuero, le devolvió el empujón y en pocos segundos el teatro era un rito inicial de sudor y prendas revoleadas y cánticos recién nacidos hasta que llegó la fuerza policial y tomo medidas.
Mientras esposaban a Günter, el señor del monóculo se acercó y le dijo:
_Gracias, joven. He perdido 10 años de edad. ¿Puedo saber su nombre?.
_ Pogo, Günter Pogo.
Autor: Lucas Varela.
link: