Recordamos la tristemente célebre batalla de Angaco, quizás la mas sangrienta de todas las de nuestras guerras civiles
Batalla de Angaco (16 de agosto de 1841), enfrentamiento de la guerra civil argentina entre el partido unitario y el federal argentinos cerca de San Juan
División Avanzada del Ejército Unitario:
Comandante: Mariano Acha
a) batallon Libertad 250 infantes coronel Lorenzo Alvarez
b) legión Brizuela 200 jinetes coronel Crisóstomo Alvarez
c) escuadron Paz 140 jinetes coronel Francisco Alvarez
d) artilleria 2 piezas y 39 soldados jefes Quimo y Archondo
e) jefe de estado mayor comandante Irgazabal
Ejército Federal de Cuyo:
Comandante: José Felix Aldao
a) batallón de infantería Cazadores Federales 350 infantes
b) batallón Auxiliares de Mendoza 350 infantes
c) artillería cuatro cañones servidos por 30 hombres cada uno
d) regimiento 2 de caballería Auxiliares de los Andes 477 jinetes
e) regimiento Milicias de San Juan 300 efectivos
f) regimiento Auxiliares de Mendoza 350 efectivos
g) regimiento Auxiliares de San Luis 350 efectivos
Antecedentes
Tras una serie de derrotas de los ejércitos de Juan Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid, éstos dos jefes del ejército unitario decidieron dividirse: Lavalle esperaría al comandante del ejército federal, Manuel Oribe, en Tucumán, mientras que Lamadrid intentaría la invasión a Cuyo.
Lamadrid avanzó lentamente hacia el sur, ocupando La Rioja; pero al ver que los gobernadores de San Juan, Nazario Benavídez, y de Mendoza, José Félix Aldao, estaban en La Rioja, los esquivó y aceleró su marcha. Como no podía hacerlo con el grueso de su ejército, envió una división al mando del recién ascendido a general Mariano Acha como avanzada hacia las provincias de Cuyo.
Desde La Rioja, Benavidez enfiló para San Juan por el camino de Ischigualasto, tras abastecerse de 300 caballos.
Pero no llegaría a la ciudad.
En el lugar conocido como Potrero de Daniel Marcó, en Albardón, lindando con el paraje angaquero de Punta del Monte, acampó.
A todo esto, el general Mariano Acha, había llegado a Caucete tras dar un rodeo por el sur riojano.
Venía seguida por Aldao y San Juan se había constituido en una plaza clave.
Desde Caucete y sin cruzar el rio, Acha lanzó un ultimátum al comandante de la plaza de San Juan, coronel Oyuela: “Rendición o guerra”.
Mariano Acha (1799-1841), 41 años, valeroso general unitario, llevaba casi 20 años combatiendo. En la historia se lo recordaba por haber entregado a Lavalle al general Dorrego, sabiendo el fin que esperaba al entonces gobernador de Buenos Aires
Acha toma San Juan
¡Qué arrojo el de Acha!
Estaba acá, con un ejército que era cinco veces inferior en número.
En una geografía que no había pisado nunca.
Y en territorio enemigo, donde eran pocas las puertas que se le abrirían de no ser por el temor.
Pero acá estaba, con sus poco 200 hombres mal equipados, cansados de batallas, sabiéndose parte de una causa que llevaba las de perder
Y el día 13 entró en ese San Juan de casas chatas, de polvorientas calles sin árboles, de puertas y ventanas que se cerraban al ver pasar aquellos hombres que venían vaya a saber de dónde.
Parecía un pueblo fantasma.
De pronto un niño que sale corriendo de una casa y detrás la madre, que lo alcanza, lo toma del brazo y rápidamente lo introduce nuevamente cerrando la puerta tras de sí.
El prebístero Timoteo Bustamante, gobernador dejado por Benavides, había alcanzado a huir. Varios de los hombres más prominentes también montaron en sus cabalgaduras y fueron a refugiarse en el valle de Zonda, en Ullum y hasta en Calingasta.
El jefe de las fuerzas militares, José María Oyuela supo al instante que nada podía hacer en defensa de la ciudad y salió a revienta caballo en dirección a Albardón, intentando reunirse con el ejército de Benavides.
Gregorio Aráoz de Lamadrid: (1795-1857)
Hombre de no siempre claras intenciones, este general tucumano de 46 años, era también legendario por su valor en la batalla. Había sido hombre de Rosas pero se pasó a la causa unitaria, combatiendo junto al general Juan Lavalle
No hubo entrada con tiros al aire ni caballos lanzados a feroz galope.
No era la invasión de una montonera. Era un ejército el que llegaba, conducido por un hombre de 41 años, de elevada estatura, rubio, de larga barba, tez blanca tostada por mil soles y de apostura marcial.
—¿Quién está a cargo de la ciudad?
No hubo respuesta.
Pronto se presentaron los unitarios más destacados de San Juan: Damián Hudson, Antonio Lloveras, Hilarión Godoy, Félix Aguilar, Indalecio Cortínez, Cesáreo Aberastain —hermano de Antonino—, Juan Crisóstomo Quiroga, Tadeo y Manuel de la Rosa, Vicente Lima y Anacleto Burgoa, un coronel que alguna vez fue federal y combatió junto a Facundo Quiroga pero ahora era unitario, fanatizado y enfermo de poder.
—General, sería un honor para mí que usted se alojara en mi casa.
El que había hablado era don Vicente Lima, hombre muy respetado.
La casa de Lima quedaba en la misma esquina que hoy forman las calles Mitre y General Acha, frente a la plaza mayor.
Allí se instaló el general. Y ese mismo día asumió el mando de la provincia.
—Dígame, don Vicente... ¿donde vive Benavides?
—A una cuadra de aquí. Los fondos de esta casa y la de él se comunican.
La casa de Benavides estaba ubicada en lo que hoy es la calle Santa Fe, entre la calle del Cabildo (hoy General Acha) y la calle Mendoza. Ahí tenía también su despacho de gobernador.
Acha llamó a uno de sus oficiales.
—Ponga una guardia permanente en esa casa. No quiero que algún loco haga algo a su familia.
—Si señor.
—Algo más: quiero una completa requisa de todas las casas. Arma que encuentren la traen. Necesitamos además cuanto animal exista en San Juan y todos los alimentos disponibles.
—¿Qué hacemos si alguien se resiste?
—Me lo fusila en el acto.
La esposa de Vicente Lima explicó entonces a Acha:
—General, la señora de Benavides es una excelente mujer y debe estar muy preocupada por sus pequeños hijos...
—Quédese tranquila. Vean la forma de que tenga una comunicación con esta casa a través de los fondos. Y que no dude en venir acá ante cualquier problema.
El grueso de la tropa unitaria instaló su campamento en La Chacarilla, a unas 20 cuadras de la plaza, una propiedad de los failes dominicos que tenía una construcción en alto rodeada por dos grandes potreros, aptos para que los animales pastaran.
Dos días estuvo Acha en la ciudad.
José Félix Aldao (1785-1845)
brigadier general y gobernador de Mendoza, jefe del Ejército Combinado de Cuyo. Ex fraile, a los 56 años era uno de los más prestigiosos
militares federales
El 16 de agosto, a las 7 de la mañana, el general Acha partió al frente de su ejército desde Las Chacritas. Sus fuerzas se habían engrosado con el enganche de unitarios sanjuaninos.
En la ciudad sólo quedó un pequeño grupo integrado por 20 soldados.
Las tropas se dirigieron hacia Albardón, para esperar a Benavides con su ejército.
Cruzaron el río San Juan en la fría mañana de invierno y dirigieron sus pasos hacia Angaco.
A todo esto, Benavides había dejado atrás Angaco. El cansancio era inmenso en aquellos 400 hombres que venían desde La Rioja, sin dormir y con hambre atrasada.
Había que reunir fuerzas para el choque final.
El jefe federal ordenó desensillar en los campos de don Daniel Marcó. Al salir el sol, Benavides ordenó carnear algunas vacas que pastaban en los potreros para que se alimentara la tropa.
Esperaba noticias sobre la llegada del ejército de Aldao. Pensaba seguir su viaje a media mañana, tomando más hacia el norte.
Desde allí marchar hacia la ciudad, intentando dejar a Acha entre dos fuegos: su ejército desde el norte y Aldao desde el sur.
Ni Acha esperaba encontrar a Benavides ni este a Acha tan pronto.
A las 9 de la mañana, una columna de Acha, al mando del comandante Juan Crisóstomo Alvarez, divisó a los federales.
Alvarez dio inmediatamente la orden:
—¡Al ataque!
Sólo dos horas duró la batalla.
Las fuerzas de Benavides, cansadas y mal domidas, tomadas sorpresivamente, sólo atinaron a dispersarse.
El campo quedó en poder de Acha mientras Benavides recomponía sus fuerzas y enderezaba hacia el este, donde una polvadera indicaba la llegada del ejército de Aldao por la brecha de la montaña entre las sierras del Pie de Palo y el Villicum.
Acha, animado por su triunfo sobre Benavides, continuó su marcha hacia Angaco, buscando el punto más favorable.
Y es en este punto donde tenemos que hacer un alto.
Lo que vamos a relatar es la batalla más sagrienta que recuerde la historia argentina.
Ubiquémosnos en el lugar, en ese territorio nuestro que aun podemos ver todos los días.
El sitio exacto donde Acha formó sus tropas fue donde termina la vegetación y comienza el desierto. A sus espaldas, el rio que acaba de cruzar. A la izquierda, los despuntes del Villicum. A la derecha, los médanos que se extienden hasta el Pie de Palo.
Los partes de la batalla hablan de una gran acequia, de la que no quedan vestigios. Según Videla, pudo ser la llamada Aguada de las Burras. También pudo ser el canal de Angaco o de Caucete, mandado construir por De la Roza en 1818.
Nazario Benavides (1805-1858), gobernador de San Juan. Leal a Rosas pero independiente de este en el gobierno de la provincia. Tenía 39 años y era el segundo jefe del ejército cuyano
Era el mediodía y hacía frío aquel 16 de agosto.
De un lado del canal o zanja, Acha mandó formar a su tropa. Quedó conformada una larga cadena de infantes, entremezclados con la artillería, siguiendo la línea del cauce.
A la izquierda y a la derecha de esa línea ubicó los cuerpos de caballería, como alas móviles. En total, unos 500 hombres.
Desde lejos los divisó Aldao y su segundo jefe, Nazario Benavides, con quien se había reunido minutos antes.
¡Era grande el ejército federal!.
Exactamente, 2.297 hombres que integraban siete cuerpos: el batallón de infantería Cazadores Federales, con 350 plazas el batallón Auxiliares de Mendoza, con otros 350; la artillería con cuatro cañones servidos por 30 hombres cada uno; el regimiento 2 de caballería Auxiliares de los Andes, con 477 efectivos; el regimiento Milicias de San Juan, con 300; el regimiento Auxiliares de Mendoza, con 350 y el regimiento Auxiliares de San Luis, con otros 350 hombres.
Acha tenía muy pocas ventajas: su ubicación estratégica y el mayor poder de su artillería.
Aldao confiaba en su numerosa caballería.
Y se lanzó al ataque con ella.
Fue en ese preciso instante cuando la artillería unitaria comenzó a vomitar su fuego.
Y aquel pedazo de suelo sanjuanino se llenó de polvo, de pólvora, de olores, de gritos, de pedazos mutilados de cuerpos de hombres y bestias que saltaban por el aire.
La batalla había comenzado y el reducido ejército de Acha causaba centenares de víctimas en las filas federales..
Aldao no podía creer lo que estaba ocurriendo.
Furioso ordenó al mayor Francisco Diaz lanzarse con la infantería sanjuanina. La misma orden dio al chileno Barrera, a cargo de los 350 infantes del batallón Auxiliares de Mendoza.
—¡Todos por el centro, hay que arrebatarles los cañones!.
Eran 650 hombres que avanzaban mientras la metralla enemiga iba derribándolos como moscas.
Muchos cayeron pero otros llegaron hasta la zanja.
Ya no eran los cañones los que mandaban sino las bayonetas.
Ya no era el alcance de tiro sino la lucha cuerpo a cuerpo.
Acha desmontó y se sumó a su caballeria.
—Nuestros enemigos no dan cuartel al vencido. Muramos pero muramos peleando—, fue su arenga.
Las crónicas de la batalla son tremendas en el relato.
“El asalto alcanzó la acequia de dos varas de ancho tras la cual se parapetaba la formación unitaria. Los cadáveres pronto cegaron la acequia, sirviendo de puente para pasar sobre ellos y teñían de rojo las aguas.
La mayoría de los jefes y oficiales de mayor graduación perecieron y de los 700 soldados de la infantería federal participantes en la acción, sólo sobrevivieron 157.
Fue un combate homérico, episodio de novela, librado a menos de seis metros una línea de la otra. Según Larraín, el más sangriento que registra la historia de nuestras guerras civiles”.
Empezaba a oscurecer y la suerte estaba echada.
Benavides ya había abandonado el campo de batalla y con su reducida tropa se dirigía a San Juan.
Los cuerpos de infantería federal estaban destrozados.
Aldao intentó un último ataque con lo que le quedaba de su caballería.
Fue un ataque desesperado, sin futuro. Fueron parados en seco.
No quedaba más que huir.
Y eso hizo Aldao con los hombres y caballos que le quedaban.
Angaco estaba regado con sangre.
Mil federales murieron aquella tarde. 170 unitarios perdieron la vida en San Juan. Una verdadera carnicería.
¿Quién había perdido más?
Porque la guerra no terminaba, era una batalla.
Acha quedó dueño del campo de batalla. Al revisar sus tropas, llegó a contar 280 hombres, con más de 200 prisioneros y la poca artillería conquistada, pues Aldao logró conservar la mayor parte. Pero ya no contaba más que con 300 hombres agotados, heridos, sin varios de sus jefes más valientes y experimentados.
No, nunca hay vencedores en una guerra.
Campo de batalla
Mucho se ha escrito sobre la batalla de Angaco considerada por el general Paz como “un suceso extraordinario... acción gloriosa, que hace el más alto honor al valor, al patriotismo y la abnegación de los que en ella se encontraron”
La batalla de angaco (ha dicho Sarmiento), es un oasis de gloria en que el ánimo puede reposarse en medio de este desierto.
Anécdotas de la batalla.
Se habla, por ejemplo, del oficial unitario Trifón Mugica que no sólo desobedeció la orden de sus superiores de no atravesar la zanja sino que mandó cargar a los efectivos a su mando, pereciendo todos ahí mismo.
Más dramático aun es el hecho protagonizado por el mayor Melchor Aldao, sobrino del general. Su tropa había quedado destrozada pero él quería seguir peleando. Clavó espuelas a su caballo y saltó la zanja, cayendo detrás de la línea unitaria. Alguien gritó:
—¡No maten a ese valiente!
Era tarde, ya jinete y caballo estaban ensartados por las bayonetas enemigas.
No sólo peleaban los ejércitos. También los oficiales se desafiaban en duelos personales.
Un relato habla de un unitario y un federal que se miraron, se insultaron y se retaron a un duelo personal.
Ambos tomaron un fusil y dispararon. Los dos quedaron muertos en el acto.
Batalla de Angaco (16 de agosto de 1841), enfrentamiento de la guerra civil argentina entre el partido unitario y el federal argentinos cerca de San Juan
División Avanzada del Ejército Unitario:
Comandante: Mariano Acha
a) batallon Libertad 250 infantes coronel Lorenzo Alvarez
b) legión Brizuela 200 jinetes coronel Crisóstomo Alvarez
c) escuadron Paz 140 jinetes coronel Francisco Alvarez
d) artilleria 2 piezas y 39 soldados jefes Quimo y Archondo
e) jefe de estado mayor comandante Irgazabal
Ejército Federal de Cuyo:
Comandante: José Felix Aldao
a) batallón de infantería Cazadores Federales 350 infantes
b) batallón Auxiliares de Mendoza 350 infantes
c) artillería cuatro cañones servidos por 30 hombres cada uno
d) regimiento 2 de caballería Auxiliares de los Andes 477 jinetes
e) regimiento Milicias de San Juan 300 efectivos
f) regimiento Auxiliares de Mendoza 350 efectivos
g) regimiento Auxiliares de San Luis 350 efectivos
Antecedentes
Tras una serie de derrotas de los ejércitos de Juan Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid, éstos dos jefes del ejército unitario decidieron dividirse: Lavalle esperaría al comandante del ejército federal, Manuel Oribe, en Tucumán, mientras que Lamadrid intentaría la invasión a Cuyo.
Lamadrid avanzó lentamente hacia el sur, ocupando La Rioja; pero al ver que los gobernadores de San Juan, Nazario Benavídez, y de Mendoza, José Félix Aldao, estaban en La Rioja, los esquivó y aceleró su marcha. Como no podía hacerlo con el grueso de su ejército, envió una división al mando del recién ascendido a general Mariano Acha como avanzada hacia las provincias de Cuyo.
Desde La Rioja, Benavidez enfiló para San Juan por el camino de Ischigualasto, tras abastecerse de 300 caballos.
Pero no llegaría a la ciudad.
En el lugar conocido como Potrero de Daniel Marcó, en Albardón, lindando con el paraje angaquero de Punta del Monte, acampó.
A todo esto, el general Mariano Acha, había llegado a Caucete tras dar un rodeo por el sur riojano.
Venía seguida por Aldao y San Juan se había constituido en una plaza clave.
Desde Caucete y sin cruzar el rio, Acha lanzó un ultimátum al comandante de la plaza de San Juan, coronel Oyuela: “Rendición o guerra”.
Mariano Acha (1799-1841), 41 años, valeroso general unitario, llevaba casi 20 años combatiendo. En la historia se lo recordaba por haber entregado a Lavalle al general Dorrego, sabiendo el fin que esperaba al entonces gobernador de Buenos Aires
Acha toma San Juan
¡Qué arrojo el de Acha!
Estaba acá, con un ejército que era cinco veces inferior en número.
En una geografía que no había pisado nunca.
Y en territorio enemigo, donde eran pocas las puertas que se le abrirían de no ser por el temor.
Pero acá estaba, con sus poco 200 hombres mal equipados, cansados de batallas, sabiéndose parte de una causa que llevaba las de perder
Y el día 13 entró en ese San Juan de casas chatas, de polvorientas calles sin árboles, de puertas y ventanas que se cerraban al ver pasar aquellos hombres que venían vaya a saber de dónde.
Parecía un pueblo fantasma.
De pronto un niño que sale corriendo de una casa y detrás la madre, que lo alcanza, lo toma del brazo y rápidamente lo introduce nuevamente cerrando la puerta tras de sí.
El prebístero Timoteo Bustamante, gobernador dejado por Benavides, había alcanzado a huir. Varios de los hombres más prominentes también montaron en sus cabalgaduras y fueron a refugiarse en el valle de Zonda, en Ullum y hasta en Calingasta.
El jefe de las fuerzas militares, José María Oyuela supo al instante que nada podía hacer en defensa de la ciudad y salió a revienta caballo en dirección a Albardón, intentando reunirse con el ejército de Benavides.
Gregorio Aráoz de Lamadrid: (1795-1857)
Hombre de no siempre claras intenciones, este general tucumano de 46 años, era también legendario por su valor en la batalla. Había sido hombre de Rosas pero se pasó a la causa unitaria, combatiendo junto al general Juan Lavalle
No hubo entrada con tiros al aire ni caballos lanzados a feroz galope.
No era la invasión de una montonera. Era un ejército el que llegaba, conducido por un hombre de 41 años, de elevada estatura, rubio, de larga barba, tez blanca tostada por mil soles y de apostura marcial.
—¿Quién está a cargo de la ciudad?
No hubo respuesta.
Pronto se presentaron los unitarios más destacados de San Juan: Damián Hudson, Antonio Lloveras, Hilarión Godoy, Félix Aguilar, Indalecio Cortínez, Cesáreo Aberastain —hermano de Antonino—, Juan Crisóstomo Quiroga, Tadeo y Manuel de la Rosa, Vicente Lima y Anacleto Burgoa, un coronel que alguna vez fue federal y combatió junto a Facundo Quiroga pero ahora era unitario, fanatizado y enfermo de poder.
—General, sería un honor para mí que usted se alojara en mi casa.
El que había hablado era don Vicente Lima, hombre muy respetado.
La casa de Lima quedaba en la misma esquina que hoy forman las calles Mitre y General Acha, frente a la plaza mayor.
Allí se instaló el general. Y ese mismo día asumió el mando de la provincia.
—Dígame, don Vicente... ¿donde vive Benavides?
—A una cuadra de aquí. Los fondos de esta casa y la de él se comunican.
La casa de Benavides estaba ubicada en lo que hoy es la calle Santa Fe, entre la calle del Cabildo (hoy General Acha) y la calle Mendoza. Ahí tenía también su despacho de gobernador.
Acha llamó a uno de sus oficiales.
—Ponga una guardia permanente en esa casa. No quiero que algún loco haga algo a su familia.
—Si señor.
—Algo más: quiero una completa requisa de todas las casas. Arma que encuentren la traen. Necesitamos además cuanto animal exista en San Juan y todos los alimentos disponibles.
—¿Qué hacemos si alguien se resiste?
—Me lo fusila en el acto.
La esposa de Vicente Lima explicó entonces a Acha:
—General, la señora de Benavides es una excelente mujer y debe estar muy preocupada por sus pequeños hijos...
—Quédese tranquila. Vean la forma de que tenga una comunicación con esta casa a través de los fondos. Y que no dude en venir acá ante cualquier problema.
El grueso de la tropa unitaria instaló su campamento en La Chacarilla, a unas 20 cuadras de la plaza, una propiedad de los failes dominicos que tenía una construcción en alto rodeada por dos grandes potreros, aptos para que los animales pastaran.
Dos días estuvo Acha en la ciudad.
José Félix Aldao (1785-1845)
brigadier general y gobernador de Mendoza, jefe del Ejército Combinado de Cuyo. Ex fraile, a los 56 años era uno de los más prestigiosos
militares federales
El 16 de agosto, a las 7 de la mañana, el general Acha partió al frente de su ejército desde Las Chacritas. Sus fuerzas se habían engrosado con el enganche de unitarios sanjuaninos.
En la ciudad sólo quedó un pequeño grupo integrado por 20 soldados.
Las tropas se dirigieron hacia Albardón, para esperar a Benavides con su ejército.
Cruzaron el río San Juan en la fría mañana de invierno y dirigieron sus pasos hacia Angaco.
A todo esto, Benavides había dejado atrás Angaco. El cansancio era inmenso en aquellos 400 hombres que venían desde La Rioja, sin dormir y con hambre atrasada.
Había que reunir fuerzas para el choque final.
El jefe federal ordenó desensillar en los campos de don Daniel Marcó. Al salir el sol, Benavides ordenó carnear algunas vacas que pastaban en los potreros para que se alimentara la tropa.
Esperaba noticias sobre la llegada del ejército de Aldao. Pensaba seguir su viaje a media mañana, tomando más hacia el norte.
Desde allí marchar hacia la ciudad, intentando dejar a Acha entre dos fuegos: su ejército desde el norte y Aldao desde el sur.
Ni Acha esperaba encontrar a Benavides ni este a Acha tan pronto.
A las 9 de la mañana, una columna de Acha, al mando del comandante Juan Crisóstomo Alvarez, divisó a los federales.
Alvarez dio inmediatamente la orden:
—¡Al ataque!
Sólo dos horas duró la batalla.
Las fuerzas de Benavides, cansadas y mal domidas, tomadas sorpresivamente, sólo atinaron a dispersarse.
El campo quedó en poder de Acha mientras Benavides recomponía sus fuerzas y enderezaba hacia el este, donde una polvadera indicaba la llegada del ejército de Aldao por la brecha de la montaña entre las sierras del Pie de Palo y el Villicum.
Acha, animado por su triunfo sobre Benavides, continuó su marcha hacia Angaco, buscando el punto más favorable.
Y es en este punto donde tenemos que hacer un alto.
Lo que vamos a relatar es la batalla más sagrienta que recuerde la historia argentina.
Ubiquémosnos en el lugar, en ese territorio nuestro que aun podemos ver todos los días.
El sitio exacto donde Acha formó sus tropas fue donde termina la vegetación y comienza el desierto. A sus espaldas, el rio que acaba de cruzar. A la izquierda, los despuntes del Villicum. A la derecha, los médanos que se extienden hasta el Pie de Palo.
Los partes de la batalla hablan de una gran acequia, de la que no quedan vestigios. Según Videla, pudo ser la llamada Aguada de las Burras. También pudo ser el canal de Angaco o de Caucete, mandado construir por De la Roza en 1818.
Nazario Benavides (1805-1858), gobernador de San Juan. Leal a Rosas pero independiente de este en el gobierno de la provincia. Tenía 39 años y era el segundo jefe del ejército cuyano
Era el mediodía y hacía frío aquel 16 de agosto.
De un lado del canal o zanja, Acha mandó formar a su tropa. Quedó conformada una larga cadena de infantes, entremezclados con la artillería, siguiendo la línea del cauce.
A la izquierda y a la derecha de esa línea ubicó los cuerpos de caballería, como alas móviles. En total, unos 500 hombres.
Desde lejos los divisó Aldao y su segundo jefe, Nazario Benavides, con quien se había reunido minutos antes.
¡Era grande el ejército federal!.
Exactamente, 2.297 hombres que integraban siete cuerpos: el batallón de infantería Cazadores Federales, con 350 plazas el batallón Auxiliares de Mendoza, con otros 350; la artillería con cuatro cañones servidos por 30 hombres cada uno; el regimiento 2 de caballería Auxiliares de los Andes, con 477 efectivos; el regimiento Milicias de San Juan, con 300; el regimiento Auxiliares de Mendoza, con 350 y el regimiento Auxiliares de San Luis, con otros 350 hombres.
Acha tenía muy pocas ventajas: su ubicación estratégica y el mayor poder de su artillería.
Aldao confiaba en su numerosa caballería.
Y se lanzó al ataque con ella.
Fue en ese preciso instante cuando la artillería unitaria comenzó a vomitar su fuego.
Y aquel pedazo de suelo sanjuanino se llenó de polvo, de pólvora, de olores, de gritos, de pedazos mutilados de cuerpos de hombres y bestias que saltaban por el aire.
La batalla había comenzado y el reducido ejército de Acha causaba centenares de víctimas en las filas federales..
Aldao no podía creer lo que estaba ocurriendo.
Furioso ordenó al mayor Francisco Diaz lanzarse con la infantería sanjuanina. La misma orden dio al chileno Barrera, a cargo de los 350 infantes del batallón Auxiliares de Mendoza.
—¡Todos por el centro, hay que arrebatarles los cañones!.
Eran 650 hombres que avanzaban mientras la metralla enemiga iba derribándolos como moscas.
Muchos cayeron pero otros llegaron hasta la zanja.
Ya no eran los cañones los que mandaban sino las bayonetas.
Ya no era el alcance de tiro sino la lucha cuerpo a cuerpo.
Acha desmontó y se sumó a su caballeria.
—Nuestros enemigos no dan cuartel al vencido. Muramos pero muramos peleando—, fue su arenga.
Las crónicas de la batalla son tremendas en el relato.
“El asalto alcanzó la acequia de dos varas de ancho tras la cual se parapetaba la formación unitaria. Los cadáveres pronto cegaron la acequia, sirviendo de puente para pasar sobre ellos y teñían de rojo las aguas.
La mayoría de los jefes y oficiales de mayor graduación perecieron y de los 700 soldados de la infantería federal participantes en la acción, sólo sobrevivieron 157.
Fue un combate homérico, episodio de novela, librado a menos de seis metros una línea de la otra. Según Larraín, el más sangriento que registra la historia de nuestras guerras civiles”.
Empezaba a oscurecer y la suerte estaba echada.
Benavides ya había abandonado el campo de batalla y con su reducida tropa se dirigía a San Juan.
Los cuerpos de infantería federal estaban destrozados.
Aldao intentó un último ataque con lo que le quedaba de su caballería.
Fue un ataque desesperado, sin futuro. Fueron parados en seco.
No quedaba más que huir.
Y eso hizo Aldao con los hombres y caballos que le quedaban.
Angaco estaba regado con sangre.
Mil federales murieron aquella tarde. 170 unitarios perdieron la vida en San Juan. Una verdadera carnicería.
¿Quién había perdido más?
Porque la guerra no terminaba, era una batalla.
Acha quedó dueño del campo de batalla. Al revisar sus tropas, llegó a contar 280 hombres, con más de 200 prisioneros y la poca artillería conquistada, pues Aldao logró conservar la mayor parte. Pero ya no contaba más que con 300 hombres agotados, heridos, sin varios de sus jefes más valientes y experimentados.
No, nunca hay vencedores en una guerra.
Campo de batalla
Mucho se ha escrito sobre la batalla de Angaco considerada por el general Paz como “un suceso extraordinario... acción gloriosa, que hace el más alto honor al valor, al patriotismo y la abnegación de los que en ella se encontraron”
La batalla de angaco (ha dicho Sarmiento), es un oasis de gloria en que el ánimo puede reposarse en medio de este desierto.
Anécdotas de la batalla.
Se habla, por ejemplo, del oficial unitario Trifón Mugica que no sólo desobedeció la orden de sus superiores de no atravesar la zanja sino que mandó cargar a los efectivos a su mando, pereciendo todos ahí mismo.
Más dramático aun es el hecho protagonizado por el mayor Melchor Aldao, sobrino del general. Su tropa había quedado destrozada pero él quería seguir peleando. Clavó espuelas a su caballo y saltó la zanja, cayendo detrás de la línea unitaria. Alguien gritó:
—¡No maten a ese valiente!
Era tarde, ya jinete y caballo estaban ensartados por las bayonetas enemigas.
No sólo peleaban los ejércitos. También los oficiales se desafiaban en duelos personales.
Un relato habla de un unitario y un federal que se miraron, se insultaron y se retaron a un duelo personal.
Ambos tomaron un fusil y dispararon. Los dos quedaron muertos en el acto.