"Quien controla las semillas, controla la comida y la vida"
ENTREVISTA A MARIE-MONIQUE ROBIN, AUTORA DE EL MUNDO SEGUN MONSANTO
“Quien controla las semillas, controla la comida y la vida”
Una compañía líder, un modelo agrario y sus consecuencias sociales y
sanitarias. Los secretos de la empresa, su poder ante los gobiernos y la
ciencia. La investigadora francesa aborda todas las claves para
contextualizar el monocultivo de soja y los agrotóxicos a nivel global.
ENTREVISTA A MARIE-MONIQUE ROBIN, AUTORA DE EL MUNDO SEGUN MONSANTO
“Quien controla las semillas, controla la comida y la vida”
Una compañía líder, un modelo agrario y sus consecuencias sociales y
sanitarias. Los secretos de la empresa, su poder ante los gobiernos y la
ciencia. La investigadora francesa aborda todas las claves para
contextualizar el monocultivo de soja y los agrotóxicos a nivel global.
Por Darío Aranda
–¿Cómo define a Monsanto?
–Monsanto es una empresa delincuente. Lo digo porque hay pruebas
concretas de ello. Fue muchas veces condenada por sus actividades
industriales, por ejemplo el caso de los PCB, producto que ahora está
prohibido, pero sigue contaminando el planeta. Durante 50 años el PCB
estuvo en los transformadores de energía. Y Monsanto, que fue condenada
por eso, sabía que eran productos muy tóxicos, pero escondió información
y nunca dijo nada. Y es la misma historia con otros dos herbicidas
producidos por Monsanto, que formaron el cóctel llamado “agente naranja”
utilizado en la guerra de Vietnam, y también sabía que era muy tóxico e
hizo lo mismo. Es más, manipuló estudios para esconder la relación entre
las dioxinas y el cáncer. Es una práctica recurrente en Monsanto. Muchos
dicen que esto es el pasado, pero no es así, es una forma de obtener
ganancias que aún hoy está vigente. La empresa nunca aceptó su pasado ni
aceptó responsabilidades. Siempre trató de negar todo. Es una línea de
conducta. Y hoy sucede lo mismo con los transgénicos y el Roundup.
–¿Cuáles son las prácticas comunes de Monsanto en el orden global?
–Tiene prácticas comunes en todos los países donde actúa. Monsanto
esconde datos sobre sus productos, pero no sólo eso, también miente y
falsea estudios sobre sus productos. Otra particularidad que se repite
en Monsanto es que cada vez que científicos independientes tratan de
hacer su trabajo a fondo con los transgénicos, tienen presiones o
pierden sus trabajos. Eso también sucede en los organismos de Estados
Unidos como son la FDA (Administració n de Alimentos y Medicamentos) o
EPA (Agencia de Protección Ambiental). Monsanto también es sinónimo de
corrupción. Dos ejemplos claros y probados son el intento de soborno en
Canadá, que originó una sesión especial del Senado canadiense, cuando se
trataba la aprobación de la hormona de crecimiento lechera. Y el otro
caso es en Indonesia, donde Monsanto fue condenada porque corrompió a
cien altos funcionarios para poner en el mercado su algodón transgénico.
No dudamos que hay más casos de corrupción donde Monsanto es quien corrompe.
–Usted también afirma que la modalidad de “puertas giratorias” es una
práctica habitual.
–Sin duda. En la historia de Monsanto siempre está presente lo que en
Estados Unidos se llama “la puerta giratoria”. Un ejemplo claro: el
texto de reglamentació n que regula los transgénicos en Estados Unidos
fue publicado en 1992 por la FDA, la agencia norteamericana encargada de
la seguridad de alimentos y medicamentos. La cual se supone es muy
seria, al menos siempre yo pensaba eso, hasta antes de este trabajo.
Cuando decían que un producto había sido aprobado por la FDA pensaba que
era seguro. Ahora sé que no es así. En el ’92, el texto de la FDA fue
redactado por Michael Taylor, abogado de Monsanto que ingresó a la FDA
para hacer ese texto y luego fue vicepresidente de Monsanto. Un ejemplo
muy claro de “puerta giratoria”. Hay mucho ejemplos, en todo el mundo.
–Monsanto fabricó el agente naranja, PCB y glifosato. Y tiene condenas
por publicidad engañosa. ¿Por qué tiene tan buena prensa?
–Por falta de trabajo serio de los periodistas y la complicidad de los
políticos. En todo el mundo es igual.
–¿Por qué Monsanto no habla?
–¿Has probado llamarlos?
–Sí, pero no aceptaron preguntas.
–También es lo mismo en todo el mundo. Ante cualquier periodista
crítico, Monsanto tiene una sola política: “No comments” (sin comentarios) .
–¿Qué significa Monsanto en el mercado mundial de alimentos?
–La meta de Monsanto es controlar la cadena alimentaria. Los
transgénicos son un medio para esa meta. Y las patentes una forma de
lograrlo. La primera etapa de la “revolución verde” ya quedó atrás, fue
la de plantas de alto rendimiento con utilización de pesticidas y la
contaminación ambiental. Ahora estamos en la segunda etapa de esa
“revolución”, donde la clave es hacer valer las patentes sobre los
alimentos. Esto no tiene nada que ver con la idea de alimentar al mundo,
como se publicitó en su momento. El único fin es aumentar las ganancias
de las grandes corporaciones. Monsanto gana en todo. Te vende el paquete
tecnológico completo, semillas patentadas y el herbicida obligatorio
para esa semilla. Monsanto te hace firmar un contrato por el cual te
prohíbe conservar semillas y te obliga a comprar Roundup, no se puede
utilizar un glifosato genérico. En este modelo Monsanto gana en todo, y
es todo lo contrario de la seguridad alimentaria. De paso, recordemos,
que la soja transgénica que se cultiva aquí no es para alimentar a los
argentinos, es para alimentar a los puercos europeos. Y qué pasará en
Argentina cuando las carnes de Europa deban etiquetarse con que fueron
alimentadas con soja transgénica. Se dejará de comprar carnes de ese
tipo y Argentina también recibirá el golpe, porque le bajará la demanda
de soja.
–Estuvo en Argentina, Brasil y Paraguay. ¿Qué particularidades encontró
en la región?
–Hay que recordar que Monsanto entró aquí gracias al gobierno de Carlos
Menem, que permitió que la soja transgénica entrara sin ningún estudio.
Fue el primer país de América latina. Luego desde Argentina se organizó
un contrabando de semillas transgénicas, de grandes productores, hacia
Paraguay y Brasil, que se vieron obligados a legalizarlo porque eran
cultivos que luego se exportaban. Y luego llegó Monsanto a reclamar sus
regalías. Fue increíble cómo se expandió la soja transgénica en la
región, y en tan pocos años. Es un caso único en el mundo.
–En la década del ’90 Argentina era denominada como alumno modelo del
FMI. Hoy, con 17 millones de hectáreas con soja transgénica y la
utilización de 168 millones de litros sólo de glifosato, ¿se puede decir
que Argentina es un alumno modelo de los agronegocios?
–Sí, claro. Argentina adoptó el modelo Monsanto en tiempo record, es un
caso paradigmático. Pero también hubo algunos problemitas con el alumno
modelo. Como las semillas transgénicas son patentadas, Monsanto tiene el
derecho de propiedad intelectual. Eso significa, como lo vi en Canadá y
Estados Unidos, que les hacen firmar a los productores un contrato en
los que se comprometen a no conservar parte de sus cosechas para
resembrar el año próximo, lo que suelen hacer los agricultores de todo
el mundo. Monsanto lo denuncia como una violación de su patente.
Entonces Monsanto envía la “policía de genes”, que es algo increíble,
detectives privados que entran a los campos, toman muestras, verifican
si es transgénico y si el agricultor ha comprado sus semillas. Si no las
han comprado, realizan juicios y Monsanto gana. Es parte de una
estrategia global: Monsanto controla la mayoría de las empresas
semilleras y patenta las semillas, exigiendo que cada campesino compre
sus semillas. Lo que pasó aquí es que la ley argentina no prohíbe
guardar las semillas de una cosecha y utilizarlas en la próxima siembra.
En un primer momento Monsanto dijo que no iba a pedir regalías, y dio
semillas baratas y Roundup barato. Pero en 2005 comenzó a pedir
regalías, rompió el acuerdo inicial y por eso mantiene un enfrentamiento
judicial con su alumno preferido.
–El Roundup tiene un papel protagónico en este modelo. Muchas
comunidades campesinas e indígenas denuncian sus efectos, pero hay pocas
prohibiciones.
–Es un impacto increíblemente silenciado. Nadie puede negar lo que traen
aparejadas las fumigaciones con este herbicida, totalmente nocivo. Tengo
la seguridad de que va a ser prohibido en algún momento, como fue el
PCB, estoy segura de que llegará ese momento. De hecho en Dinamarca ya
fue prohibido por su alta toxicidad. Es urgente analizar el peligro de
los agroquímicos y los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) .
–Sin embargo, las grandes empresas del sector prometen desde hace
décadas que con transgénicos y agrotóxicos se logrará aumentar la
producción, y así se acabará con el hambre del mundo.
–Argentina es el mejor ejemplo de esa mentira. ¿Qué tal le ha ido con la
sojización del país? Se ha perdido en la producción de otros alimentos
básicos y aún hay hambre. Este modelo es el modelo del monocultivo, que
acaba con otros cultivos vitales. Es una transformació n muy profunda de
la agricultura, que lleva directo a la pérdida de la soberanía
alimentaria, y lamentablemente ya no depende de un gobierno para poder
revertirlo.
–¿Por qué al proceso agrario actual usted lo llama “la dictadura de la
soja”?
–Es una dictadura en el sentido de un poder totalitario, que abarca
todo. Hay que tener claro que quien controla las semillas controla la
comida y controla la vida. En ese sentido, Monsanto tiene un poder
totalitario. Es tan claro que hasta Syngenta, otra gran empresa del
sector y competidora de Monsanto, llamó a Brasil, Paraguay y Argentina
“las repúblicas unidas de la soja”. Estamos en presencia de un programa
político con fines muy claros. Una pregunta simple lo demuestra: ¿Quién
decide qué se va a cultivar en Argentina? No lo decide ni el Gobierno ni
los productores, lo decide Monsanto. La multinacional decide qué se
sembrará, sin importar los gobiernos, lo decide una empresa. Y, para
peor, la segunda ola de transgénicos va a ser muy fuerte, con un modelo
de agrocombustibles que acarrea más monocultivo. Y, a esta altura, ya
está claro que el monocultivo es pérdida de biodiversidad y es todo lo
contrario de la seguridad alimentaria. Ya no hay dudas de que el
monocultivo, ya sea de soja o para biodiésel, es el camino hacia el hambre.
–¿Cuál es el papel de la ciencia en el modelo de agronegocios, donde
Monsanto es sólo su cara más famosa?
–Antes pensaba que cuando un estudio era publicado en una prestigiosa
revista científica, se trataba de un trabajo serio. Pero no. Las
condiciones en que se publican algunos estudios son tristes, con
empresas como Monsanto presionando a los directores de las revistas. En
el tema transgénico queda muy claro que es casi imposible realizar
estudios del tema. En muchas parte del mundo, Estados Unidos o
Argentina, los laboratorios de investigación son pagados por grandes
empresas. Y cuando el tema es semillas, transgénicos o agroquímicos,
Monsanto siempre está presente y siempre condiciona las investigaciones.
–¿Los científicos tienen temor o son cómplices?
–Ambas cosas. El temor y la complicidad están presentes en los
laboratorios del mundo. En el libro dejo claro que hay científicos, en
todos los países, cuya única función es legitimar el trabajo de la empresa.
–¿Cuál es el papel de los gobiernos para que empresas como Monsanto avancen?
–Los gobiernos son los mejores propagandistas de los OGM (Organismos
Genéticamente Modificados) . Realizan un trabajo de lobby increíble.
Monsanto les lleva sus estudios, su información, sus revistas y fotos,
todo muy lindo. Les dicen a los políticos que no habrá contaminación y
salvarán al mundo. Y los políticos hacen lo suyo. Y también hay
presiones. Diputados franceses han denunciado públicamente las presiones
de Monsanto, hasta reconocieron que la compañía contactó a cada uno de
los 500 diputados para que legislen según los intereses de la empresa.
–¿Y el papel de los medios de comunicación?
–Me da mucha pena porque soy periodista y creo en lo que hacemos, creo
que es una profesión con un papel muy importante en la democracia, pero
hay una gran manipulación de los medios. En todo lo referido a los
transgénicos, la prensa no trabaja seriamente. Los medios miran la
propaganda de Monsanto y la publican sin cuestionamientos, como si
fueran empleados de la empresa. También es público que Monsanto invita a
comer a los periodistas, les realiza regalos, los lleva de viaje a Saint
Louis (donde está su sede central); los periodistas van muy contentos,
pasean por los laboratorios, no preguntan nada y ya. Así funcionan los
medios con Monsanto. También registré casos en los que Monsanto busca,
en cada medio de comunicación, un defensor. Establece contacto con él y
logra opiniones favorables. No sé si hay corrupción, pero sé que
Monsanto logra su objetivo. En Argentina es claro cómo actúa, al ver
algunos artículos de suplementos rurales se ve que en lugar de artículos
periodísticos son publicidades de Monsanto. No pareciera que un
periodista lo escribió, fue directamente la compañía.
–¿Qué evaluación hace del enfrentamiento entre el Gobierno y las
entidades patronales del agro?
–En 2005 entrevisté a Eduardo Buzzi, estaba furioso por el asunto de las
regalías reclamadas por Monsanto. Hablaba de las trampas de Monsanto. Y
además hablaba de los problemas que traía la soja, hasta me puso en
contacto con pequeños productores que me hablaron de las mentiras de
Monsanto, de la resistencia que mostraban las malezas, que había que
utilizar más herbicidas y que los campos quedaban como tierra muerta.
Buzzi sabía todo eso y me decía que cuestionaba ese modelo, afirmaba que
la soja traía la destrucción de la agricultura familiar y me decía que
Federación Agraria representaba ese sector, que enfrentaba a los pools
de siembra y a las grandes empresas. Y Buzzi denunciaba mucho este
modelo, muy buen discurso. Pero ahora no sé qué pasó. Nunca lo volví a
ver y me gustaría preguntarle qué le pasó que ahora se une con las
entidades más grandes, me extraña mucho el cambio que muestra. Y encima
Buzzi está con Aapresid (Asociación Argentina de Productores de Siembra
Directa –integrada por todas las grandes empresas del sector, incluidas
las semilleras y agroquímicas–) , que es la que más gana con todo este
modelo, y que apareció poco en este conflicto. Aapresid manipula todo y
está con los grandes sojeros, que no son agricultores y que hasta
promueven un modelo sin agricultores. Entonces no entiendo cómo
Federación Agraria dice representar productores chicos y está con
Aapresid. Lo de Federación Agraria es muy extraño, no se entiende.
–¿Y el papel del Gobierno?
–Las retenciones pueden ser que frenen algo del proceso de sojización.
Pero no es una solución frente a un modelo tan agresivo. La solución
tiene que ser algo mucho más radical y no a corto plazo. Claro que la
tentación de los gobiernos es grande, la soja trae buenos ingresos, pero
hay que pensar a largo plazo. No hay soluciones simples y cortoplacistas
para un modelo que echa a campesinos de sus tierras y, fumigaciones
mediante, contamina el agua, la tierra y la gente.
–Monsanto es una empresa delincuente. Lo digo porque hay pruebas
concretas de ello. Fue muchas veces condenada por sus actividades
industriales, por ejemplo el caso de los PCB, producto que ahora está
prohibido, pero sigue contaminando el planeta. Durante 50 años el PCB
estuvo en los transformadores de energía. Y Monsanto, que fue condenada
por eso, sabía que eran productos muy tóxicos, pero escondió información
y nunca dijo nada. Y es la misma historia con otros dos herbicidas
producidos por Monsanto, que formaron el cóctel llamado “agente naranja”
utilizado en la guerra de Vietnam, y también sabía que era muy tóxico e
hizo lo mismo. Es más, manipuló estudios para esconder la relación entre
las dioxinas y el cáncer. Es una práctica recurrente en Monsanto. Muchos
dicen que esto es el pasado, pero no es así, es una forma de obtener
ganancias que aún hoy está vigente. La empresa nunca aceptó su pasado ni
aceptó responsabilidades. Siempre trató de negar todo. Es una línea de
conducta. Y hoy sucede lo mismo con los transgénicos y el Roundup.
–¿Cuáles son las prácticas comunes de Monsanto en el orden global?
–Tiene prácticas comunes en todos los países donde actúa. Monsanto
esconde datos sobre sus productos, pero no sólo eso, también miente y
falsea estudios sobre sus productos. Otra particularidad que se repite
en Monsanto es que cada vez que científicos independientes tratan de
hacer su trabajo a fondo con los transgénicos, tienen presiones o
pierden sus trabajos. Eso también sucede en los organismos de Estados
Unidos como son la FDA (Administració n de Alimentos y Medicamentos) o
EPA (Agencia de Protección Ambiental). Monsanto también es sinónimo de
corrupción. Dos ejemplos claros y probados son el intento de soborno en
Canadá, que originó una sesión especial del Senado canadiense, cuando se
trataba la aprobación de la hormona de crecimiento lechera. Y el otro
caso es en Indonesia, donde Monsanto fue condenada porque corrompió a
cien altos funcionarios para poner en el mercado su algodón transgénico.
No dudamos que hay más casos de corrupción donde Monsanto es quien corrompe.
–Usted también afirma que la modalidad de “puertas giratorias” es una
práctica habitual.
–Sin duda. En la historia de Monsanto siempre está presente lo que en
Estados Unidos se llama “la puerta giratoria”. Un ejemplo claro: el
texto de reglamentació n que regula los transgénicos en Estados Unidos
fue publicado en 1992 por la FDA, la agencia norteamericana encargada de
la seguridad de alimentos y medicamentos. La cual se supone es muy
seria, al menos siempre yo pensaba eso, hasta antes de este trabajo.
Cuando decían que un producto había sido aprobado por la FDA pensaba que
era seguro. Ahora sé que no es así. En el ’92, el texto de la FDA fue
redactado por Michael Taylor, abogado de Monsanto que ingresó a la FDA
para hacer ese texto y luego fue vicepresidente de Monsanto. Un ejemplo
muy claro de “puerta giratoria”. Hay mucho ejemplos, en todo el mundo.
–Monsanto fabricó el agente naranja, PCB y glifosato. Y tiene condenas
por publicidad engañosa. ¿Por qué tiene tan buena prensa?
–Por falta de trabajo serio de los periodistas y la complicidad de los
políticos. En todo el mundo es igual.
–¿Por qué Monsanto no habla?
–¿Has probado llamarlos?
–Sí, pero no aceptaron preguntas.
–También es lo mismo en todo el mundo. Ante cualquier periodista
crítico, Monsanto tiene una sola política: “No comments” (sin comentarios) .
–¿Qué significa Monsanto en el mercado mundial de alimentos?
–La meta de Monsanto es controlar la cadena alimentaria. Los
transgénicos son un medio para esa meta. Y las patentes una forma de
lograrlo. La primera etapa de la “revolución verde” ya quedó atrás, fue
la de plantas de alto rendimiento con utilización de pesticidas y la
contaminación ambiental. Ahora estamos en la segunda etapa de esa
“revolución”, donde la clave es hacer valer las patentes sobre los
alimentos. Esto no tiene nada que ver con la idea de alimentar al mundo,
como se publicitó en su momento. El único fin es aumentar las ganancias
de las grandes corporaciones. Monsanto gana en todo. Te vende el paquete
tecnológico completo, semillas patentadas y el herbicida obligatorio
para esa semilla. Monsanto te hace firmar un contrato por el cual te
prohíbe conservar semillas y te obliga a comprar Roundup, no se puede
utilizar un glifosato genérico. En este modelo Monsanto gana en todo, y
es todo lo contrario de la seguridad alimentaria. De paso, recordemos,
que la soja transgénica que se cultiva aquí no es para alimentar a los
argentinos, es para alimentar a los puercos europeos. Y qué pasará en
Argentina cuando las carnes de Europa deban etiquetarse con que fueron
alimentadas con soja transgénica. Se dejará de comprar carnes de ese
tipo y Argentina también recibirá el golpe, porque le bajará la demanda
de soja.
–Estuvo en Argentina, Brasil y Paraguay. ¿Qué particularidades encontró
en la región?
–Hay que recordar que Monsanto entró aquí gracias al gobierno de Carlos
Menem, que permitió que la soja transgénica entrara sin ningún estudio.
Fue el primer país de América latina. Luego desde Argentina se organizó
un contrabando de semillas transgénicas, de grandes productores, hacia
Paraguay y Brasil, que se vieron obligados a legalizarlo porque eran
cultivos que luego se exportaban. Y luego llegó Monsanto a reclamar sus
regalías. Fue increíble cómo se expandió la soja transgénica en la
región, y en tan pocos años. Es un caso único en el mundo.
–En la década del ’90 Argentina era denominada como alumno modelo del
FMI. Hoy, con 17 millones de hectáreas con soja transgénica y la
utilización de 168 millones de litros sólo de glifosato, ¿se puede decir
que Argentina es un alumno modelo de los agronegocios?
–Sí, claro. Argentina adoptó el modelo Monsanto en tiempo record, es un
caso paradigmático. Pero también hubo algunos problemitas con el alumno
modelo. Como las semillas transgénicas son patentadas, Monsanto tiene el
derecho de propiedad intelectual. Eso significa, como lo vi en Canadá y
Estados Unidos, que les hacen firmar a los productores un contrato en
los que se comprometen a no conservar parte de sus cosechas para
resembrar el año próximo, lo que suelen hacer los agricultores de todo
el mundo. Monsanto lo denuncia como una violación de su patente.
Entonces Monsanto envía la “policía de genes”, que es algo increíble,
detectives privados que entran a los campos, toman muestras, verifican
si es transgénico y si el agricultor ha comprado sus semillas. Si no las
han comprado, realizan juicios y Monsanto gana. Es parte de una
estrategia global: Monsanto controla la mayoría de las empresas
semilleras y patenta las semillas, exigiendo que cada campesino compre
sus semillas. Lo que pasó aquí es que la ley argentina no prohíbe
guardar las semillas de una cosecha y utilizarlas en la próxima siembra.
En un primer momento Monsanto dijo que no iba a pedir regalías, y dio
semillas baratas y Roundup barato. Pero en 2005 comenzó a pedir
regalías, rompió el acuerdo inicial y por eso mantiene un enfrentamiento
judicial con su alumno preferido.
–El Roundup tiene un papel protagónico en este modelo. Muchas
comunidades campesinas e indígenas denuncian sus efectos, pero hay pocas
prohibiciones.
–Es un impacto increíblemente silenciado. Nadie puede negar lo que traen
aparejadas las fumigaciones con este herbicida, totalmente nocivo. Tengo
la seguridad de que va a ser prohibido en algún momento, como fue el
PCB, estoy segura de que llegará ese momento. De hecho en Dinamarca ya
fue prohibido por su alta toxicidad. Es urgente analizar el peligro de
los agroquímicos y los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) .
–Sin embargo, las grandes empresas del sector prometen desde hace
décadas que con transgénicos y agrotóxicos se logrará aumentar la
producción, y así se acabará con el hambre del mundo.
–Argentina es el mejor ejemplo de esa mentira. ¿Qué tal le ha ido con la
sojización del país? Se ha perdido en la producción de otros alimentos
básicos y aún hay hambre. Este modelo es el modelo del monocultivo, que
acaba con otros cultivos vitales. Es una transformació n muy profunda de
la agricultura, que lleva directo a la pérdida de la soberanía
alimentaria, y lamentablemente ya no depende de un gobierno para poder
revertirlo.
–¿Por qué al proceso agrario actual usted lo llama “la dictadura de la
soja”?
–Es una dictadura en el sentido de un poder totalitario, que abarca
todo. Hay que tener claro que quien controla las semillas controla la
comida y controla la vida. En ese sentido, Monsanto tiene un poder
totalitario. Es tan claro que hasta Syngenta, otra gran empresa del
sector y competidora de Monsanto, llamó a Brasil, Paraguay y Argentina
“las repúblicas unidas de la soja”. Estamos en presencia de un programa
político con fines muy claros. Una pregunta simple lo demuestra: ¿Quién
decide qué se va a cultivar en Argentina? No lo decide ni el Gobierno ni
los productores, lo decide Monsanto. La multinacional decide qué se
sembrará, sin importar los gobiernos, lo decide una empresa. Y, para
peor, la segunda ola de transgénicos va a ser muy fuerte, con un modelo
de agrocombustibles que acarrea más monocultivo. Y, a esta altura, ya
está claro que el monocultivo es pérdida de biodiversidad y es todo lo
contrario de la seguridad alimentaria. Ya no hay dudas de que el
monocultivo, ya sea de soja o para biodiésel, es el camino hacia el hambre.
–¿Cuál es el papel de la ciencia en el modelo de agronegocios, donde
Monsanto es sólo su cara más famosa?
–Antes pensaba que cuando un estudio era publicado en una prestigiosa
revista científica, se trataba de un trabajo serio. Pero no. Las
condiciones en que se publican algunos estudios son tristes, con
empresas como Monsanto presionando a los directores de las revistas. En
el tema transgénico queda muy claro que es casi imposible realizar
estudios del tema. En muchas parte del mundo, Estados Unidos o
Argentina, los laboratorios de investigación son pagados por grandes
empresas. Y cuando el tema es semillas, transgénicos o agroquímicos,
Monsanto siempre está presente y siempre condiciona las investigaciones.
–¿Los científicos tienen temor o son cómplices?
–Ambas cosas. El temor y la complicidad están presentes en los
laboratorios del mundo. En el libro dejo claro que hay científicos, en
todos los países, cuya única función es legitimar el trabajo de la empresa.
–¿Cuál es el papel de los gobiernos para que empresas como Monsanto avancen?
–Los gobiernos son los mejores propagandistas de los OGM (Organismos
Genéticamente Modificados) . Realizan un trabajo de lobby increíble.
Monsanto les lleva sus estudios, su información, sus revistas y fotos,
todo muy lindo. Les dicen a los políticos que no habrá contaminación y
salvarán al mundo. Y los políticos hacen lo suyo. Y también hay
presiones. Diputados franceses han denunciado públicamente las presiones
de Monsanto, hasta reconocieron que la compañía contactó a cada uno de
los 500 diputados para que legislen según los intereses de la empresa.
–¿Y el papel de los medios de comunicación?
–Me da mucha pena porque soy periodista y creo en lo que hacemos, creo
que es una profesión con un papel muy importante en la democracia, pero
hay una gran manipulación de los medios. En todo lo referido a los
transgénicos, la prensa no trabaja seriamente. Los medios miran la
propaganda de Monsanto y la publican sin cuestionamientos, como si
fueran empleados de la empresa. También es público que Monsanto invita a
comer a los periodistas, les realiza regalos, los lleva de viaje a Saint
Louis (donde está su sede central); los periodistas van muy contentos,
pasean por los laboratorios, no preguntan nada y ya. Así funcionan los
medios con Monsanto. También registré casos en los que Monsanto busca,
en cada medio de comunicación, un defensor. Establece contacto con él y
logra opiniones favorables. No sé si hay corrupción, pero sé que
Monsanto logra su objetivo. En Argentina es claro cómo actúa, al ver
algunos artículos de suplementos rurales se ve que en lugar de artículos
periodísticos son publicidades de Monsanto. No pareciera que un
periodista lo escribió, fue directamente la compañía.
–¿Qué evaluación hace del enfrentamiento entre el Gobierno y las
entidades patronales del agro?
–En 2005 entrevisté a Eduardo Buzzi, estaba furioso por el asunto de las
regalías reclamadas por Monsanto. Hablaba de las trampas de Monsanto. Y
además hablaba de los problemas que traía la soja, hasta me puso en
contacto con pequeños productores que me hablaron de las mentiras de
Monsanto, de la resistencia que mostraban las malezas, que había que
utilizar más herbicidas y que los campos quedaban como tierra muerta.
Buzzi sabía todo eso y me decía que cuestionaba ese modelo, afirmaba que
la soja traía la destrucción de la agricultura familiar y me decía que
Federación Agraria representaba ese sector, que enfrentaba a los pools
de siembra y a las grandes empresas. Y Buzzi denunciaba mucho este
modelo, muy buen discurso. Pero ahora no sé qué pasó. Nunca lo volví a
ver y me gustaría preguntarle qué le pasó que ahora se une con las
entidades más grandes, me extraña mucho el cambio que muestra. Y encima
Buzzi está con Aapresid (Asociación Argentina de Productores de Siembra
Directa –integrada por todas las grandes empresas del sector, incluidas
las semilleras y agroquímicas–) , que es la que más gana con todo este
modelo, y que apareció poco en este conflicto. Aapresid manipula todo y
está con los grandes sojeros, que no son agricultores y que hasta
promueven un modelo sin agricultores. Entonces no entiendo cómo
Federación Agraria dice representar productores chicos y está con
Aapresid. Lo de Federación Agraria es muy extraño, no se entiende.
–¿Y el papel del Gobierno?
–Las retenciones pueden ser que frenen algo del proceso de sojización.
Pero no es una solución frente a un modelo tan agresivo. La solución
tiene que ser algo mucho más radical y no a corto plazo. Claro que la
tentación de los gobiernos es grande, la soja trae buenos ingresos, pero
hay que pensar a largo plazo. No hay soluciones simples y cortoplacistas
para un modelo que echa a campesinos de sus tierras y, fumigaciones
mediante, contamina el agua, la tierra y la gente.
http://www.pagina12 .com.ar/diario/ dialogos/ 21-122355- 2009-03-30. html