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¿Quien hace los libros de texto de ciencias? XDios!!

Info5/13/2009
¿Cómo se hace un libro de texto? ¿Cómo puede ser que algunos sean tan poco fiables? Mal que nos pese es cierto: el rigor científico de los libros de algunas editoriales es francamente malo, en la mayoría es correcto y en unas pocas, bueno o muy bueno; y visto desde fuera, no hay nada que lo justifique. Pero visto desde dentro se puede explicar. Cuando una editorial idea un libro escolar básicamente se contemplan tres facetas: el diseño (su “usabilidad”), la didáctica y los contenidos propiamente dichos, sean gráficos o textuales. En esta ocasión nos centraremos en la faceta de los contenidos dejando de lado su aspecto y didáctica. ¿Quien hace los libros de texto de ciencias? Los contenidos de un libro de texto son responsabilidades del autor y del editor. Comenzaremos por este último. Por decirlo muy llano, el editor es el encargado de tunear los originales y pruebas sucesivas hasta dejar la obra a punto para su impresión. Cada editorial lo hace a su estilo, pero se pueden agrupar en tres, de mejor a peor. * El editor o editora] (de hecho, es un mundo mayoritariamente femenino) es un licenciado en ciencias que más o menos sabe de que va el tema y controla físicamente el libro y todos los agentes que intervienen en el proceso (autoría, ilustración, corrección ortotipográfica, asesores…). Este es caso de mi editorial, que cuenta con una bióloga, una química, un físico y un geólogo, un hecho poco común. * El editor no domina la materia (generalmente es un licenciado en filología o humanidades), pero tienen el control físico del libro y en su equipo cuenta con un revisor técnico que si domina. Es la situación más común. Lógicamente, son les editores más indicados para un libro de lengua o sociales. * El editor se dedica a mover la obra entre colaboradores externos (generalmente mal pagados). En el mejor de los casos cuentan con un revisor técnico, y en el peor, ni eso. Hay autores de todo tipo, pero los agruparé en cuatro clases, de mejor a peor: * El autor es un profesor en activo que imparte la materia sobre la que escribe, la domina y está al día. Encima escribe bien. * El autor puede que no esté en activo (comisión de servicios, jubilado…) o no imparta esa asignatura a ese nivel (está en la universidad, por ejemplo), pero más o menos domina la materia. Sus carencias son más bien didácticas o de saber ponerse al nivel de sus lectores. * El autor es un buen profesor que da unas clases fantásticas; un tipo de puta madre que los alumnos veneran pero que, por desgracia, no domina la materia lo suficiente como para escribir un libro. Con suerte es consciente de sus limitaciones. * El autor no saben de qué habla (y no sabe que no lo sabe) y escribe de pena. La combinación de los dos conjuntos, de 3 y 4 variables respectivamente, nos da como resultado 12 combinaciones posibles que van de la óptima (editor especialista + autor magnífico) a la pésima (gestor de flujos + autor inútil). En el primer caso, el libro no contendrá casi ningún error (al final explicaremos esto del “casi”) y en el segundo será una estafa a la sociedad. Para conocer el resto de casos intermedios podéis confeccionar una tabla mendeliana con autores rugosos dominantes y editores lisos recesivos (o al revés). ¿Que tipo de errores se cometen? Después de algunos años de oficio y ver de todo me atrevo a establecer algunas categorías que os presento a continuación: * Exposición de conceptos (teorías, hechos, leyes, etc.) superados. Comenzaremos con el problema más grave. En general, a los libros de texto les cuesta que los conocimientos estén al día. Y a veces “al día” no es una novedad del año pasado: he visto, en un libro del 2007, explicar la formación de las montañas con la teoría del geosinclinal. Vale que el libro era de geografía y no de geología, pero los hechos son los hechos y al autor y a la editorial ya les vale. Las causa principales de estos desaguisados son las siguientes: o El currículum está desfasado. El currículum oficial no lo hacen ni los autores ni las editoriales, sino los políticos y los técnicos, gente que no suele tener en la mesita de noche el Investigación y Ciencia. ¡A ver para cuando la endosimbiosis entra en los libros escolares! o Se le paró el reloj. El autor no está puesto al día. Por desgracia demasiados profesores dejaron de aprender el día que se licenciaron (esto no es Finlandia, amigos). Y con un poco más de mala suerte, el profe que le dio la asignatura también, con lo cual lleva como mínimo 40 años de desfase. Un ejemplo clásico lo tenemos en al formulación química: ¿por que hay libros que dedican tanto espacio (o menos) a explicar la formulación de la IUPAC como a otros sistemas no estándar? Un misterio que no se da, por ejemplo, en la asignatura de gramática. o Lo sabe pero se resiste. A veces, a pesar de saber las cosas, parece que haya mecanismos mentales que impiden cambiar el chip. o Lo sabe, pero sabe que los otros no lo saben. El libro de texto es un producto que eligen otros profesores. Y bastantes más de los que nos pensamos arrugan la nariz cuando se encuentran con cosas que desconocen (pereza de cambiar, incredulidad, desprecio por lo que ignoran…). Sabiendo esto, muchas veces son las propias editoriales las que se autocensuran para no perder mercado. Sería el caso del profe prejubilado que no sale de los –atos y los –itos y no le vengas con IUPACs. o Lo sabe pero no ve a los niños capaces. Algunos creen que los niños no lo entenderán por nuevo. No nos equivoquemos, los chavales son una pizarra en blanco y no tienen que hacer el esfuerzo de desaprender lo viejo para aprender lo nuevo: les suena igual de raro fanerógama que espermatofito, con la salvedad que fanerógama actualmente ya no quiere decir nada. Parecido es el caso del profe que insiste demasiado en que los hongos no son plantas… porque hace 30 años se explicaba así. Es como preguntarle a un niño que cambios significó para su vida la aparición de Internet o la implantación del euro. * Pasarse de listo. Hay quien hace justo al contrario y da como ciertas y consolidadas cosas demasiado verdes que son objeto de discusión en ámbitos fuera del alcance de los chavales, como por ejemplo, ciertas clasificaciones taxonómicas. * Anécdotas populares falsas. Normalmente las anécdotas dan un toque de erudición que aligeran los textos, pero muchas son falsas por más que salgan en un montón de libros; como por ejemplo, afirmar que Galileo experimentó la caída de los cuerpos desde la torre de Pisa. * El falso ejemplo. Se explica la teoría perfectamente pero el ejemplo es erróneo (y a menudo muy común), como decir que las nubes están constituidas por vapor de agua. * Sopa de términos equívocos. Es muy frecuente que dentro de un mismo campo conceptual convivan diferentes términos que significab cosas distintas (a veces, sólo de matiz) y se apliquen a la ligera como sinónimos o intercambiados; como por ejemplo, peso, masa, gravedad, gravitación, fuerza de la gravedad o campo gravitatorio. * No sé si me explico. Seguro que os acordáis de cuando el examen os había ido fantásticamente, y en cambio, lo que habíais escrito, en voz alta y en boca del profe era una patraña sin sentido. Una cosa es saber de un tema y otro es saberse expresar. Una vez trabajé con un sabio que para decir “el lápiz está sobre la mesa”, escribía cosas como “el bolígrafo (sic) el cual está situado en la superficie de arriba de sobre la mesa” y así todo el libro. * Simplificación excesiva hasta el error. Es un problema que sé da frecuentemente cuando se intentan explicar conceptos muy complejos para los cuales los chavales todavía no tienen base; como por ejemplo, decir que el magnetismo terrestre se debe a que el núcleo es un imán de hierro. Lo correcto, sin mojarse y sin mentir, sería, por ejemplo, decir que el magnetismo terrestre se origina en el núcleo y está causado por complejos mecanismos geofísicos. * Uso de palabras caducadas o no preferentes. Es más un problema lexicográfico que conceptual. Generalmente las academias de la lengua van eliminando vocablos sin uso o fijan una forma preferente (tungsteno vs. wolframio). Es importante que las nuevas generaciones no arrastren rémoras del pasado. Aquí es donde un buen corrector se luce. * Viejas historias que no vienen a cuento. Resulta sorprendente que en muchos libros se expliquen insistentemente algunos conceptos con valor histórico (a veces por que lo manda el currículum) pero que ya no tienen ninguna validez, como por ejemplo, el lamarckismo o la teoría del calórico. Es una pérdida de tiempo que un alumno se tenga que esforzar en comprender una cosa… para acto seguido tener que desmentirlo. Siempre me ha llamado la atención esta pretensión historicista insistente en determinados temas y nunca en otros. * Según fuentes mal informadas. Un biólogo puede saber mucho de citología y aborrecer la botánica. Pero el libro toca todos los palos y es necesario documentarse en fuentes contrastadas. La peor fuente es otro libro de texto. * El juego del teléfono. Los mismos problemas que tienen los autores y editores con los textos los tienen con las ilustraciones (caducidad, desfase, etc.), que no dejan de ser contenidos. Pero considerando que la ilustración es correcta y pertinente ¿Porqué todos los dibujos de los libros de texto se parecen tanto? Generalmente los autores proporciona muestras de dibujos para ilustrar los textos, que el dibujante ya se encargará de tunear para que no se un plagio. Estas muestras suelen proceder de otros libros (de texto o no), que a su vez se inspiran en otros y así sucesivamente, acumulando mutaciones, que en ocasiones mejoran la especie y en otros ocasionan auténticas teratologías. Reto a los lectores de este artículo a que me manden un dibujo sacado de un libro de texto en el que se muestre un esquema correcto de como se generan las mareas (no vale el de mi editorial). Los buenos autores hacen dos cosas: o Acuden a la fuente primaria (lo cual a menudo no es fácil) e indican como se han de tratar para mejorarla o actualizarla si viene al caso. o Prescinden de modelos sobados y se curran un buen esbozo. * Malditos artistas. Relacionado con el problema anterior está el del profesional que hace la ilustración (parta de un buen modelo o no). Algunos ilustradores, están especializados en ciencia y tecnología y tienen suficiente conocimiento (o profesionalidad) como para hacer maravillas con cuatro instrucciones. Pero como en todos los oficios, algunos se atreven con todo. Me he encontrado con todo tipo de casos: o No entender el dibujo (al mismo nivel que yo no entiendo un texto en chino… pero un niño chino, sí) y traducirlo, sin preguntar, al klingon. Por ejemplo, simbolizar el granito con ladrillitos por que molan más que las cruces. o Confundir la mejora con el adorno gratuito y “embellecerlo” con cosas que no vienen a cuento, como por ejemplo, ponerme unos pececitos tropicales que nadie ha pedido en un río mediterráneo. o Para no cagarla (o por no currar), retocar con la magia del Photoshop una foto bajada de Internet. o Para no cagarla, escanear la fotocopia de otro libro o el esbozo rápido del autor o del editor y colorearlo. ¡Hombre, que me paguen a mí! Por último hay otra cosa que deben saber los lectores. El mundo editorial es uno de los pocos sectores industriales que todavía conserva mucho de artesanal y, por lo tanto, está muy sometido a factores humanos. El peor enemigo de un libro de texto es el calendario escolar, el contrarreloj que puede hacer que se publiquen obras no suficientemente maduras, y claro, salen errores (de hecho, un libro no se termina nunca: simplemente se abandona). Pero también puede que autor y editor no se entiendan como personitas humanas que son, o que el autor a pesar de saber mucho sea un vago rematado, o que el editor sea novato, o directamente malo, o que a pesar de lo buenos que somos todos, y a pesar de haber leído ese libro (tu y otras personas) no menos de diez veces, no es hasta que lo tienes en tus manos, con aquel olorcillo de tinta fresca, que al abrir aquella página al azar, te salta como un bofetón esa velocidad de la luz que viaja a 300.000 m/s Fuente
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