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Post del eco, (eco, eco)

Info2/24/2009
Nadie ha conseguido verlo, Aunque todos lo han oído, Porque incorpórea es su vida Y sin tener lengua grita. Nekrasow El eco es un fenómeno relacionado con la reflexión del sonido. La señal acústica original se ha extinguido, pero aún devuelve sonido en forma de onda reflejada. Se produce eco cuando la onda sonora se refleja perpendicularmente en una pared. Para que se produzca eco, la superficie reflectante debe estar separada del foco sonoro una determinada distancia: 17 m para sonidos musicales y 11,34 m para sonidos secos, lo que se debe a la persistencia acústica. El oído puede distinguir separadamente sensaciones que estén por encima del tiempo de persistencia acústica, que es 0,1 s para sonidos musicales y 0,07 s para sonidos secos (palabra). Por tanto, si el oído capta un sonido directo y, después de los tiempos de persistencia especificados, capta el sonido reflejado, se apreciará el efecto del eco. Generalmente el eco es de representación débil porque no todas las ondas del sonido original se reflejan. Los ecos escuchados en las montañas se producen cuando las ondas sonoras rebotan en grandes superficies alejadas más de 30 m de la fuente. Como curiosidad, pese a que se dice que el graznido de los patos no tiene eco, se ha demostrado que si lo tiene. Explicación del eco en la mitología Eco (en griego antiguo Ηχώ Êkhố) es, en la mitología griega, una oréade (ninfa de la montaña) del monte Helicón, que amaba su propia voz. Fue criada por ninfas y educada por las Musas. La bella y joven Eco era una ninfa que de su boca salían las palabras más bellas jamas nombradads y las palabras ordinarias también se oian de forma mas placentera, esto molestaba a Hera, de forma que su marido, Zeus, pudiese cortejar a otras ninfas. Cuando Hera descubrió el engaño, castigó a la locuaz Eco quitándole la voz y obligándola a repetir lo que decían los demás. Incapaz de tomar la iniciativa en una conversación, limitada sólo a repetir las palabras ajenas, Eco se apartó del trato humano. Retirada en el campo, Eco se enamoró del hermoso pastor Narciso, hijo de la ninfa Liríope de Tespia y del dios-río Céfiso. Sin embargo, el vanidoso joven no tenía corazón, la consideró loca y la ignoró totalmente. Con el corazón roto, pasó el resto de su vida en cañadas solitarias, suspirando por el amor que nunca conoció, debilitándose y adelgazando, hasta que sólo quedó su voz. Luego un muchacho que también se había enamorado de Narciso oró a los dioses, pidiendo que éste sufriera un deseo no correspondido, como el que había hecho sufrir a otros. La oración fue respondida por Némesis, la que arruina a los soberbios, quien maldijo a Narciso a enamorarse de su propio reflejo. El joven terminó muriendo de desamor y bajó al Inframundo donde fue atormentado para siempre por su propio reflejo en el río Estigia. El eco entre la literatura y la física Entre las narraciones del humorista norteamericano Mark Twain, hay una graciosa ficción sobre las desventuras de un coleccionista, que concibió la idea de reunir... ¿qué pensáis? ¡Ecos! Este excéntrico se dedicó a comprar todas aquellas parcelas de tierra en que el eco se repetía varias veces u ofrecía alguna otra particularidad. «Empezó comprando un eco en el estado de Georgia, el cual se repetía cuatro veces, después compró uno de seis repeticiones, en Maryland; luego otro de trece, en Man. La siguiente compra fue la de un eco de 9 repeticiones, en Kansas y más tarde, la de otro de 12, en Tennessee. Este último le resultó barato, porque, a causa de haberse derrumbado parte de una peña, requería una reparación. Él pensaba que sería fácil de reparar rematándolo convenientemente, pero el arquitecto que se encargó de la empresa no había hecho ecos en su vida y acabó estropeándolo por completo. Después de las obras, aquello quizá hubiera podido servir para asilo de sordomudos...» Esto, naturalmente, es una broma, pero existen magníficos ecos múltiples en diversos lugares de la esfera terrestre, especialmente en las montañas, algunos de los cuales son famosos en todo el mundo desde hace muchos años. El eco no es más que el retorno de las ondas sonoras, reflejadas en un obstáculo cualquiera. Lo mismo que cuando se refleja la luz, el ángulo de incidencia del «rayo sonoro» es igual al ángulo de reflexión. (Llamamos rayo sonoro a la dirección en que se trasmiten las ondas sonoras.) Acá no existe el eco Figurémonos ahora, que nos encontramos al pie de una montaña (fig. arriba) y que el obstáculo que debe reflejar el sonido se encuentra más alto que nosotros, por ejemplo, en AB. Se ve fácilmente, que las ondas sonoras, que se propagan según las líneas Ca, Cb y Cc, después de reflejadas no llegan a nuestro oído, porque se dispersan en el espacio siguiendo las direcciones aa, bb y cc. Otra cosa ocurre cuando nos encontramos al nivel del obstáculo o algo más altos que él (fig. abajo). El sonido que va hacia abajo, siguiendo la dirección Ca y Cb, regresa a nosotros por las líneas quebradas CaaC o CbbC, después de reflejarse en el suelo una o dos veces. La profundidad del terreno entre ambos puntos contribuye a que el eco sea más claro, puesto que actúa de una forma análoga al espejo cóncavo. Por el contrario, si el terreno entre los puntos C y B es convexo, el eco será más débil e incluso puede no llegar a nuestro oído, porque esta superficie dispersa los rayos sonoros, lo mismo que un espejo convexo. Para buscar el eco en un terreno escabroso, hace falta cierta experiencia. Incluso después de encontrar un sitio a propósito, hay que saber provocar el eco. Ante todo, no conviene situarse demasiado cerca del obstáculos porque es necesaria que el sonido recorra una distancia suficientemente larga, de lo contrario, el eco retorna demasiado pronto y se confunde con el sonido mismo. Sabiendo que el sonido recorre 340 m por segundo, es fácil comprender, que si nos colocamos a 85 m de distancia del obstáculo, tendremos que oír el eco exactamente medio minuto después de producirse el sonido. El eco no responde igual a todos los sonidos. Cuanto más estridente y entrecortado sea el sonido, más claro será el eco. Lo mejor para provocar el eco es dar una palmada. La voz humana es menos apta, sobre todo la del hombre. Los tonos altos de las voces femeninas e infantiles producen ecos más precisos. El eco provocado en la arquitectura medieval Los constructores de castillos medievales solían introducir en ellos curiosidades acústicas, para lo cual colocaban bustos en el foco do espejos acústicos cóncavos o al final de tubos especiales, hábilmente disimulados en las paredes. Reproducción de un grabado tomado de un libro del siglo XVI (de Athanasius Kircher, 1560), en el cual pueden verso estos ingeniosos dispositivos. El techo en forma de bóveda dirige hacia los labios del busto los sonidos, que el tubo acústico conduce desde el exterior. Estos enormes tubos acústicos, emparedados en los edificios, recogían los sonidos de la calle o del patio y los conducían a los bustos de piedra, situados junto a la pared de una de las salas. A los visitantes les parecía que los bustos murmuraban o canturreaban algo. Eco en el fondo del mar Durante muchísimos años el hombre no sacó ningún provecho del eco, hasta que por fin ideó un procedimiento para medir con su ayuda la profundidad de los mares y océanos. El descubrimiento fue casual. En 1912 se hundió el enorme trasatlántico «Titanic» con casi todos sus pasajeros. La causa de esta catástrofe fue el choque con un iceberg. Para evitar en lo sucesivo casos semejantes y poder descubrir estos obstáculos de hielo durante la noche y los días de niebla, se intentó emplear el eco. Este procedimiento fracasó, pero dio impulso a otra idea: la de medir la profundidad de los mares valiéndose de la reflexión del sonido en el fondo. Esta idea resultó muy acertada. En la parte sumergida del barco se encuentra un foco de ondas sonoras. Las ondas producidas por este foco avanzan rápidamente a través de la capa de agua, llegan al fondo, se reflejan en él y regresan conduciendo el eco. Este eco se capta con un aparato especial colocado en la parte inferior del casco. Unos relojes de precisión miden el intervalo de tiempo transcurrido entro la emisión del sonido y la llegada del eco. Conociendo la velocidad del sonido en el agua, es fácil calcular la distancia que hay hasta el obstáculo en que se refleja, es decir, determinar la profundidad del mar o del océano. La sonda de eco, o sonar, que así es como se llamó esta instalación, realizó una verdadera revolución en la práctica de la medición de las profundidades marinas. Los antiguos sistemas de sondeo podían emplearse únicamente con el barco parado y requerían mucho tiempo. La sondaleza tenía que irse soltando bastante despacio (150 m/min) de la rueda en que estaba arrollada y su recogida se efectuaba con la misma lentitud. Para medir una profundidad de 3 km por este procedimiento, se necesitan 3/4 de hora. Con el sonar esta medición puede realizarse en varios segundos, con el barco en plena marcha y obteniendo un resultado incomparablemente más seguro y exacto. El error de este sondeo no suele ser mayor de un cuarto de metro (porque el intervalo de tiempo se mide con una precisión de hasta una tresmilésima parte de segundo). Si la medición exacta de las grandes profundidades tiene gran importancia para la ciencia oceanográfica, la posibilidad de determinar con rapidez, seguridad y precisión las pequeñas profundidades aporta una gran ayuda a la navegación, garantizando su seguridad. Gracias a la sonda de eco los barcos pueden acercarse deprisa y sin vacilar a la costa. En los sonares modernos no se utilizan sonidos ordinarios, sino «ultrasonidos» extraordinariamente intensos, imperceptibles para el oído humano, cuya frecuencia es del orden de varios millones de oscilaciones por segundo. Eco en los insectos ¿Por qué zumban los insectos? En la mayoría de los casos, los insectos no tienen órganos especiales para zumbar. El zumbido, que suele oírse cuando vuelan, se debe a que los insectos dan varios cientos de aletadas por segundo. El ala de por sí es una lámina vibrante, y, como sabemos, toda lámina que oscila con suficiente frecuencia (más de 16 veces por segundo) engendra sonidos de una altura determinada. Ahora se comprenderá de qué forma se consiguió sabor la cantidad de aletadas por segundo que da cualquier insecto cuando vuela. Para ello basta con determinar a oído la altura del sonido que emiten los insectos, puesto que a cada tono le corresponde una frecuencia de vibración determinada. Con ayuda de la «cámara lenta» se consiguió precisar que cada insecto mueve las alas con una frecuencia casi invariable; para regular su vuelo, los insectos varían únicamente la amplitud de las aletadas y la inclinación de sus alas. El número de aletadas por segundo aumenta exclusivamente a causa del frío. He aquí por qué el tono del sonido, que emiten los insectos cuando vuelan, permanece invariable. Se ha hallado, por ejemplo, que la mosca vulgar (que cuando vuela emite sonidos de tono F) da 352 aletadas por segundo. El abejorro hace 220 movimientos de ala en este mismo tiempo. La abeja, que produce sonidos de tono A, da 440 aletadas por segundo, cuando vuela libremente, y 330 aletadas (tono B), cuando lo hace cargada de miel. Los escarabajos, que emiten al volar sonidos más bajos, mueven sus alas con menos agilidad. Los mosquitos, por el contrario, comunican a sus alas 500-600 oscilaciones por segundo. Para que sirva de término de comparación, diremos, que la hélice de los aviones suele dar unas 25 revoluciones por segundo. El eco en nuestros huesos Cuando mascamos un trozo de pan seco (o duro), oímos un ruido ensordecedor, mientras que si alguien hace lo mismo junto a nosotros apenas si lo notamos. ¿Cómo se las arregla para evitar el estrépito? Muy fácilmente. Todo consiste en que este estrepitoso ruido sólo existe para nuestros oídos y no molesta a los de nuestros vecinos. Ocurre esto, porque los huesos del cráneo, como todos los cuerpos sólidos y elásticos en general, conducen muy bien el sonido, y hay veces en que éste, al pasar por un medio denso, se amplifica extraordinariamente. Cuando el chasquido del pan seco llega a nuestro oído por el aire, lo percibimos como un pequeño ruido; pero este mismo chasquido se convierte en estrépito si llega a nuestro nervio acústico a través de los duros huesos del cráneo. Y he aquí otro experimento de este mismo campo: sujeta entre tus dientes un reloj y tapate bien los oídos con los dedos. Escucharés unos fuertes golpes; son el tic-tac ampliado del reloj. Dicen que Beethoven, después de quedarse sordo, oía el piano apoyando en él uno de los extremos de su bastón, mientras sujetaba el otro extremo entre los dientes. De la misma manera, aquellos sordos que conservan su oído interno pueden bailar al compás de la música, porque el sonido llega hasta sus nervios acústicos a través del suelo y de sus propios huesos. Ecos célebres En el castillo de Woodstock, Inglaterra, el eco repite claramente 17 sílabas. Las ruinas del castillo de Derenbourg, cerca de Halberstadt, producían un eco de 27 sílabas, que enmudeció al ser volado uno de sus muros. Las peñas, que formando círculo se encuentran en las inmediaciones de Adersbach, en Checoslovaquia, en un sitio determinado repiten tres veces 7 sílabas; pero a varios pasos de este sitio, ni el ruido de un disparo produce eco. En un castillo de las cercanías de Milán (hoy desaparecido) se escuchaba un eco de muchas repeticiones. Un disparo hecho desde la ventana de una de sus alas, era repetido por el eco 40 ó 50 veces, y una palabra pronunciada en alta voz, 30 veces. No es cosa fácil encontrar el sitio donde el eco se escucha claramente, aunque sólo sea una vez. No obstante, hay muchas llanuras rodeadas de bosques y muchos claros en los propios bosques, en las cuales, basta dar una voz fuerte, para que de las paredes que forman los árboles nos llegue un eco más o menos claro. En las montarías el eco suele ser más variado, pero menos frecuente que en las llanuras. En los sitios montañosos es más difícil oír el eco que en las llanuras rodeadas de bosques. Fuente Otra fuente Una más La última
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