La mediocridad, la falsedad, la cobardía y el chupaculismo provocan conductas cretinas, brutas y animales, propias de un país subdesarrollado. Por Fernando Peña Woody Allen dijo una vez en un reportaje que le llamaba mucho la atención cuando al entrar a la casa de alguien por primera vez no veía ni libros ni discos; pensaba que esa persona no tenía ni mucha sensibilidad ni mucha inteligencia. Hace un tiempo me invitaron a una de estas fiesta en las cuales el anfitrión decide de qué color se tiene que vestir la gente. La orden era ir de estricto amarillo. La fiesta era en la calle Montevideo y Vicente López. Nos divertimos muchísimo, la música estuvo genial y todo muy rico. Pero no es la fiesta el tema de hoy. El tema de hoy es la hipocresía, la cobardía, la porquería y el cholulismo de algunos. El día siguiente a una fiesta, por lo general, uno llama a los amigos más íntimos que también fueron y chusmetea sobre absolutamente todo: la música, la comida, la ropa, etc... Llame a Federico y cotorreamos bastante sobre la noche anterior. Blablabla, corococó. Y en eso Federico me pregunta: “¿Che, a ustedes no les gritaron nada cuando iban caminando desde el estacionamiento a la fiesta?”. Casi todos habíamos dejado los autos en la misma playa, a unas cuadras de la casa. A Federico y un grupo de amigos les habían gritado de todo en el trayecto. Desde “putos de mierda”, “maricones”, “trolos”, “payasos”, “ridículos” y demás guarangadas que no me asustan por las palabras en sí sino por la falta de respeto y tolerancia a lo diferente. En la Argentina todavía está prohibido divertirse, usar ropa excéntrica y andar por la calle como uno siente. Parece que a algunos les quedó un resabio y un residuo de la época militar, o tal vez es el patético machismo de siempre. Lo curioso es que los bobos que gritaban no solamente lo hacían desde los autos sino también que en todos los casos, según Federico, eran “hombres”. Aunque creo que nadie que actúe de esa forma tiene mucho de hombre. Lo triste, lo frustrante, lo que me enoja es que a mí, en el mismo trayecto, no me gritaron esas cosas. Me gritaron “¡puto lindo!”, “¡aguante!”, “¡maestro!” y demás piropos en los cuales tampoco creo demasiado. Los que me gritaban todo eso también eran, en su mayoría, varones. ¿Por qué pasó esto? ¿Será por mi fama? ¿Será por ser famoso? ¿Será por ser sincero y decir que soy homosexual? ¿Será por un absurdo cholulismo? ¿Por demagogia y chupaculismo? O por todo eso tal vez; no lo sé. ¿Por qué se festeja que yo sea hombre y me maquille aun vestido de hombre? No hablo de cuando mi trabajo de actor me llama a personificar mujeres o travestis, no. Hablo de cuando siendo el hombre que soy, vestido de varón y a las tres de la tarde, salgo por ejemplo con los ojos delineados porque me encanta. Creo entender lo que pasa. Lo que pasa es que la pavada, la mediocridad, la falsedad, la cobardía, el chupaculismo y el cholulismo son los que provocan estas conductas cretinas, brutas y animales, propias de un país subdesarrollado. Pasa, también, porque hay cantidades de hombres que en el fondo son unos maricones terribles y no se animan a tomar la decisión de vivir como quieren. Pasa, también, por los complejos y los traumas que acarrean los pseudomachitos machistas que no les permiten ser felices y actuar como caballeros y con grandeza. Pasa porque en un auto y en grupo somos todos vivos y guapitos. Pasa por la imposición cultural de comportarse como un gaucho maula mientras estés pisando estas pampas. Pero pasa, fundamentalmente, por el mal uso de la libertad. Esto en Río de Janeiro o en Nueva York no solamente no lo harían sino que les parecería fantástico y hasta se vestirían diferente. De hecho pasa cuando el machito argentino espera pisar Buzios o Camboriú para usar una insignificante sunga. Pasa porque el porteño, además de todo lo anterior, es aburrido, está lleno de mieditos, vive para los demás y en constante pose. Siempre me llama la atención la desaforada euforia que se produce en los casamientos a la hora del entupido carnaval carioca o lo que pasa el día de San Patricio en el microcentro con la inmadurez y la represión que, se nota, tienen los yuppies. Eso es no saber divertirse. Es no saber ser libre salvo en esos momentos. Entonces, como el perro del hortelano, cuando no es San Patricio o no están en un contexto de carnaval carioca, estos pobres infelices decretan que nadie pude divertirse o vestirse como quiera. Creo que por todo eso pasa. Me encantaría conocer sus casas, seguramente no tienen muchos libros ni muchos discos. Fuente
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