Cuento: Déjame en paz Estaba muy tranquilo en mi casa, yo solo, como a mí me gustaba estar, aunque eso era lo que creí. Eran aproximadamente las dos de la mañana y yo muy cómodo en mi suave cama viendo la televisión, a un costado mi mesa de luz, en la esquina mi armario, enfrente del mismo mi ropero y a un costado de este mi escritorio y mi computadora. Estaba a punto de dormirme con la brillante luz de la televisión y el hermoso sonido del silencio que habitaba toda la casa hasta que en la planta baja escuché un ruido parecido al del metal. No me encontraba asustado ya que estaba armado. De debajo de mi cama saqué una vara de hierro y bajé las escaleras con una linterna en mano. El ruido provino de la cocina pero cuando la revisé no encontré nada sospechoso, todo estaba en su lugar: la estufa de un lado, al lado de esta el fregadero, a un costado el refrigerador, enfrente de la estufa una mesada para preparar la comida, los cubiertos en su lugar y nada más. Había llegado al pie de la escalera cuando vuelvo a oír el ruido y de pronto siento un frío que recorría toda mi espalda y a eso estaba sumada la sensación de una mano en mi hombro entumecido por el miedo. Me dí vuelta con la vara dando un golpe y lancé a alguien al suelo y en eso el ente comienza a perseguirme. Salí al corredor que daba a la puerta de calle, salí de la casa, y en la calle corrí 3 cuadras pero el ente seguí tras de mí caminando como si yo también lo estuviera haciendo. Las luces que iluminaban la calle se habían apagado, ya no lo veía. En una centésima de segundo se prende una luz. Pude sentir la brisa de la noche acariciando mi cabeza, la Luna sobre mí como un faro en la más inmensa oscuridad y las estrellas en torno a esta. A medida que el espectro avanzaba las luces detrás de él se apagaban y las de adelante se encendían en cadena una tras otra. Yo corría lo más rápido que podía pero mis pies no se movían, fue como si estuviera en una caminadora. El espectro estaba delante de mi caminando lentamente. -¡Déjame en paz!- Grité agitando la vara de hierro violentamente y con los ojos bien cerrados Pero cuando los abro nada, todo estaba normal, así que me volví a mi casa sin saber que ocurrió esa misma noche.
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