Muerte de Calfucurá. Un héroe vuelve a su pueblo. Los blancos ("huincas" para los mapuches) ya no consideran salvajes, casi animales, a los dueños de las tierras que a sangre y fuego se convirtieron más tarde en Chile y Argentina, y como gesto reconciliatorio los restos del gran héroe de la Nación Araucana, Calfucurá, dejarán de ser pieza de museo para descansar en paz. Calfucurá -Piedra Azul, en castellano- fue el último Señor de las Pampas que negoció con gobernantes y combatió contra el ejército criollo, hasta que en su vejez fue vencido por tropas del presidente Domingo Faustino Sarmiento en la batalla de San Carlos, actualmente el partido bonaerense de Bolívar. Su muerte no fue heroica, ni siquiera en un "entrevero" (combate). Calfucurá, el soberano absoluto de su pueblo durante unos 40 años, murió de pena, rodeado por la "chusma" (mujeres), pocos años después de que reconociera que, al caer sus lanzas, estaba todo perdido para los suyos. Una de las consecuencias de la derrota fue que su tumba fuera profanada por soldados de la denominada "Campaña del Desierto" contra el indio, que encabezó Julio Argentino Roca desde 1879, y que sus huesos terminaran en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. A más de 120 años, el Estado argentino decidió por ley que "deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen, los restos mortales de aborígenes que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas". Ante el cambio de visión de la historia y cuando ahora los otrora "salvajes" se convirtieron en "nuestros paisanos los indios" -como los denominó el general José de San Martín y luego en su libro el antropólogo Carlos Martínez Sarasola-, Calfucurá y otros aborígenes del siglo XIX volverán a recibir sus legítimos honores religiosos. Hasta ahora el reclamo de restitución de restos por parte de la comunidad aborigen tuvo éxito con los caciques Inacayal (mapuche) y Paghitruz Gnor (ranquel), rebautizado Mariano Rosas por Juan Manuel de Rosas. Junto a los restos de Calfucurá fueron solicitados por sus descendientes los cráneos del cacique mapuche Cherenal, los del "machi" (hechicero) Indio Brujo y los de un legendario y bravío capitanejo llamado Ghipitruz, todos en poder del mencionado museo. Más allá del respeto por todos los caciques que surcaron estas tierras, los descendientes de los "antiguos" sienten por Calfucurá una admiración especial por haber sido el último gran emperador de la extensa Pampa, desde Mendoza hasta Buenos Aires. La historia de poderío de este araucano llegado de Chile puede comenzar a contarse a partir de 1929, cuando Rosas asumió el gobierno de la provincia de Buenos Aires y dijo que negociaría con los indios pacíficos y enfrentaría a los insumisos. El entonces líder de los rebeldes era el cacique pampa Toriano, secundado por Calfucurá y su hijo Namuncurá (padre de Ceferino, "el santito de las pampas", finalmente vencido por tropas de Rosas y de sus amigos indios borogas. Tras el fusilamiento de Toriano en Tandil, los borogas comenzaron a perseguir y matar a los vencidos y cometieron varias masacres, hasta que tres años después Calfucurá los emboscó, mató a unos mil guerreros y se llevó cautivas a todas sus mujeres. La venganza de Calfucurá provocó un incesante avance de tropas de Rosas, que mataron uno a uno los caciques que encontraban y ese fue el momento en que "Piedra Azul" tomó el mando de todas las tribus conformando la Confederación Araucana, tras matar al cacique chileno Railef. El cuartel central del nuevo caudillo pampa fueron las tolderías de Salinas Grandes, donde, en forma inteligente, formó espías y perfeccionó su lenguaje castellano para comenzar a negociar de palabra y por escrito con Rosas (y después de la caída del Restaurador de las Leyes en la batalla de Caseros, con otros gobernantes). Al descubrir que los nuevos gobernadores no tenían la mano dura de Rosas, pero persistían en usurpar las tierras pampas, Calfucurá lanzó una nueva campaña de grandes malones, saqueando estancias y pueblos enteros. Mientras tanto, recibía los diarios de Buenos Aires y Paraná y se enteraba que, aprovechando la desunión nacional, podía negociar con el caudillo entrerriano Justo José Urquiza. Tras sellar la paz con Urquiza, desconoció todo poder bonaerense y sus "conas" (guerreros) llegaron con sus "chuzas" (lanzas) hasta pocos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y hasta vencieron en la batalla de Sierra Chica (Olavarría) a Batolomé Mitre. Luego de Mitre fue el turno del general Hornos, quien enfrentó al poderoso ejército de Calfucurá en Tapalqué y también resultó vencido, por lo que los porteños, con la indiada a sus puertas, comenzaron a padecer el terror de ser invadidos en la propia gran ciudad. Cuando su poderío parecía no tener límites, Calfucurá intentó una decisiva hazaña y le declaró formalmente la guerra al presidente Sarmiento. Fue su último gran error: resultó impensadamente vencido en la batalla de San Carlos El cacique Calfucurá fue llamado el "soberano de las pampas", tierras en las que reinó durante 40 años y en las que lució su coraje, su sabiduría y astucia. Se cuenta que alrededor de 1830 apareció en las llanuras argentinas, Callvucurá -Piedra Azul, luego llamado Calvucurá y por último Calfucurá. Llegó desde el otro lado de la cordillera, de la tierra de Caupolicán y de Lautaro y fue un digno descendiente de los héroes cantados por Alonso de Ercilla y Pedro de Ocaña. Fuerte y corajudo, consciente de su potencia, desplegó su estrategia para defender su territorio y oponerse al "huinca". Utilizó la diplomacia, se carteó -porque sabía leer y escribir- con generales enemigos, trazó alianzas con Rosas y luego con Urquiza, pero también participó de combates sangrientos y de trágicos malones. En su último combate, la batalla de San Carlos librada en Bolívar el 8 de marzo de 1872, Calfucurá era anciano y sin embargo lideró en primera línea de combate a su tropa contra las fuerzas del ejército que comandaba el General Rivas. En la edición de El Día del 8 de marzo de 1963, recordando los 91 años de aquel bravío combate, se extractó el relato de aquella batalla del libro del doctor Alvaro Martínez, "Orígenes de San Carlos de Bolívar". Allí se cuenta que "el ejército indio (3.500 combatientes) avanzó bien formado, teniendo a su izquierda mil lanzas chilenas al mando de Renquecurá; al centro otras mil constituidas por salineros e indios de Pincén, a las órdenes de Catricurá; a la derecha mil araucanos de Chile y de Neuquén que obedecían a Namuncurá, hijo y luego sucesor de Calfucurá. La retaguardia al mando del cacique Epumer Rosas estaba formada por 500 ranqueles. A la vista de las tropas y a un toque de clarín el ejército indio se abrió en semicírculo ocupando una gran extensión del terreno. Fue entonces cuando Calfucurá en gran galope, las arengó en su lenguaje pampa...". La batalla terminó con la derrota india en manos de un ejército menor, pero mejor armado. El cañón causó estragos. Calfucurá se retiró a sus toldos de Salinas Grandes y un año después murió de pena. De aquél bravío cacique, el "soberano de las pampas" que reinó 40 años hasta su muerte en 1873, nació Manuel Namuncurá, que combatió en San Carlos y fue su sucesor. Manuel Namuncurá, con una de sus tres mujeres, Rosario Burgos, chilena y cautiva de los araucanos, concibió a Ceferino, el santito de las pampas que murió en un hospital de Roma el 11 de mayo de 1905. CALFUCURÁ, JUAN (m. 1873). Nació en Llailma. Poderoso cacique araucano de las pampas del sur y del oeste. Perteneciente al grupo pehuenche; su nombre deriva de los términos indios callou (azul) y curá (piedra); emigró de Chile hacia Argentina para establecer la dinastía de la Piedra. Dirigió una casi independiente república conocida como la Confederación de Salinas Grandes (complejo de lagunas) actualmente denominadas “Las Encadenadas” en la localidad de Epecuén Provincia de Buenos Aires, muy cerca de Caruhe, 200 Km al norte de Bahía Blanca. (La localidad de Epecuén desapareció bajo las aguas durante las inundaciones bonaerenses de la década de 1980. A la fecha el pueblo ya no se registra en el catastro provincial). Fue responsable, de casi todos los malones que hostigaron la provincia de Buenos Aires aproximadamente a mediados del siglo XIX; en 1837. Atacó a los aucas chilenos y capturó cien mil cabezas de ganado. Invadió Rojas en 1844 y Chivilcoy en 1846. Por un tiempo, Rosas compró la paz mediante un trato y un pago, pero en 1847 Calfucurá se volvió contra él y atacó Bahía Blanca y otras ciudades fronterizas. Se unió a Urquiza en su lucha contra Rosas y llegó a tener una relación personal con el primero. Durante el período en el cual Buenos Aires se separó de las demás provincias, Calfucurá mantuvo a la primera en un constante alboroto -su peor ataque fue el realizado contra Azul en 1855- de modo que las fuerzas debieron ser desviadas en su dirección. Luego de derrotar a Mitre en Sierra Chica, fue vencido por los generales Granada, Conesa y Paunero en 1857, y nuevamente en Pigüé en el siguiente año. Luchó del lado de la Confederación en la batalla de Cepeda (1859) y continuó incursionando en las ciudades de la provincia de Buenos Aires hasta que fue derrotado en la batalla de Pichi Carhué, el 8 de marzo de 1872, que provocó la muerte de doscientos indios. El terror indio de las pampas murió en el año siguiente, el 3 de junio de 1873, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha en La Pampa; en su más encumbrado momento, había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios. Al menos, ocho de sus hijos prestaron servicios como oficiales suyos; uno de ellos, Manuel Namuncurá, ahijado de Urquiza, se convirtió en el nuevo y último líder indígena.
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