
En 1980 no existía otro lugar como aquella ciudad amurallada. Un territorio sin ley conocido por sus excesos: drogas, prostitución, estafas, mercado negro de órganos... La ciudad parecía una distopía, aunque era muy real. En Kowloon se encontraba el territorio con mayor densidad de población del planeta.
Tras la cesión de Hong Kong al Imperio Británico en 1842, las autoridades chinas establecieron un punto de control en la ciudad para supervisar la actividad de la zona. El convenio para la anexión de nuevos territorios (1898) a favor de Gran Bretaña excluía la Ciudad Amurallada, por tanto, China tenía el control para su uso como instalación militar.
Sin embargo, en 1899 Gran Bretaña rompió su acuerdo y se hizo cargo de la región de Kowloon, situación que motivó a los oficiales chinos a huir de la zona. Poco después, los británicos también abandonaban la península, y aunque el pedazo de tierra permanecía técnicamente bajo su control, la realidad fue que quedó vacío de cualquier autoridad.

Durante décadas, nadie fue capaz de resolver si la ciudad pertenecía a Hong Kong o a China . Para los habitantes dentro de Kowloon el debate carecía de importancia, para ellos el problema no tenía nada que ver con lo esencial: su supervivencia básica. Sin embargo, faltaba muy poco para que esta extraña versión de una sociedad llegara a su fin.

Margaret Thatcher firmó la soberanía de Hong Kong a la China comunista. En 1987, el gobierno chino ejerció su autoridad para anunciar una evacuación de todos los residentes de la ciudad amurallada y la futura demolición de la misma.

El desalojo de todos los residentes tomó años. Finalmente, los más obstinados a salir fueron forzados por 150 agentes de policía armados que entraron a “limpiar” los restos de la ciudad .

Finalmente, en enero de 1993 la ciudad se había vaciado por completo y estaba preparada para la demolición. Ocurrió una tarde, cuando el sol se puso por última vez. Con la electricidad desconectada y los pozos cubiertos, la “ Ciudad de la oscuridad” desapareció.
