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El hombre que escuchaba las matematicas.

Info9/5/2017
El hombre que escuchaba las matematicas.

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La historia de Srinivasa Ramanujan podría demostrarnos cómo en algunas mentes, el lenguaje matemático o musical aparece casi como algo innato o natural. Mozart, por ejemplo, fue un niño prodigio que con pocos años, ya componía sus propias obras. Ahora bien, también nos queda claro que “recibía una buena educación musical”.

El caso de este joven de origen indio es algo más sofisticado, maravilloso y enigmático. Srinivasa Ramanujan no tenía ningún tipo de formación en matemáticas, era de origen humilde pero su mundo, todo lo que veía y pasaba ante sus ojos, se traducía en complejísimas pero acertadas fórmulas matemáticas: en ecuaciones.

De Srinivasa Ramanujan se han escrito muchas cosas, se han hecho películas, ensayos y dispone, como es normal, de varias figuras honoríficas que recuerdan su legado. Lamentablemente este joven prodigo que asombró al mundo se fue demasiado pronto, puesto que con solo 32 años dijo adiós a sus trabajos tras una tuberculosis y cierta extenuación por sus esfuerzos y estudios en análisis e investigación.

La suya, es sin duda una historia que merece ser incluida en nuestro espacio.
Srinivasa Ramanujan, el hombre al que los dioses le susurraban fórmulas matemáticas

El relato vital de Srinivasa Ramanujan no hubiera sido el mismo sin una persona, sin el matemático G. H. Hardy. Gracias a esta figura de relevancia dentro del mundo académico, disponemos, por ejemplo, de la teoría de la desigualdad que lleva su nombre. El propio Hardy ya se describía a sí mismo como un niño que con solo 2 años, ya hablaba de matemáticas. No obstante, como explicó en más de una ocasión, sus padres eran docentes y le “impregnaron”, por así decirlo, esa pasión por el mundo matemático.

Su amor por las matemáticas era tal que a pesar de su intensa vida académica no dudaba nunca en atender toda la correspondencia que recibía sobre jóvenes que le hablaban de novedosas teorías y fórmulas matemáticas. De entre todas aquellas cartas que recibió, le llamó una en especial, la de un chico de Madrás, en el sur de la India, que le hablaba de ecuaciones imposibles, de teorías increíbles a las que había concluido sin tener ningún tipo de formación.

Hardy no lo dudó un momento, viajó hasta la India para conocer a Srinivasa Ramanujanal y quedó sencillamente cautivado e impactado por ese joven tan humilde como prodigioso, al que describió como la persona más brillante del mundo. No lo dudó, el profesor Hardy se lo llevó al Trinity College de Cambridge (Reino Unido) para tratar de comprender un poco mejor aquel cerebro.

La comunidad académica de la universidad puso de inmediato al joven de Madrás a trabajar. Le dio un despacho y libertad absoluta para que estudiara en aquello que más le interesara. Todo el Trinity College se puso a su disposición, de manera que Srinivasa Ramanajanal, se adentró en especial en la teoría de números, encontrando identidades relacionadas con el número pi y los números primos.

Se dice de él que sus fórmulas eran tremendamente complicadas a la vez que verdaderas, y de hecho, a día de hoy algunas de ellas se han convertido en grandes herramientas para calcular grandes cantidades de decimales del número pi.

Lo más curioso de todo ello, es que cuando se le preguntaba cómo podía disponer de esos conocimientos sobre matemáticas avanzadas, el propio joven solía señalar que “los dioses le susurraban todas aquellas fórmulas”. Por su parte, Hardy le comentaba que él “no creía en la sabiduría inmemorial de Oriente, pero creía en Ramaujan”.

Cabe decir que Ramaujan tuvo que hacer frente a muchas mentalidades de la época, en ese contexto británico, que pensaban que cualquier persona procedente de las colonias, disponía de una “mente inferior”. Este joven les demostró su error, y lo cerradas que eran sus mentes retrógradas en comparación a la suya, siempre tan libre, despierta, interesada y humilde.
No obstante, tal y como hemos señalado al inicio, el fulgor de esta mente prodigiosa se apagó de forma temprana a causa de una tuberculosis. Gracias a G.H. Hardy pudo llegar a la Royal Society e incluso ser miembro del claustro del Trinity College, pero la vida o quizá sus dioses, lo reclamaron demasiado pronto. Toda una lástima

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