InicioInfoEl mito alrededor de las SS


Desde las oficinas de su Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda, Goebbels alimentaba los mitos que se repetirían sistemáticamente por los medios masivos del Tercer Reich y por la expansiva cartelería pública que inundaba las calles de la Alemania nazi y las ciudades conquistadas. Fue allí sonde se hizo lo posible para que las SS fuera vista por rivales y propios como una fuerza de elite.



La idea de que el fanatismo llevó a los soldados SS a despreciar el peligro en los campos de batalla fue instalada en el pueblo alemán a partir de finales del primer invierno en la guerra del este, el bautismo de fuego de esa temible, y presumiblemente eficaz, fuerza de combate. Para definir el elitismo militar hay que hablar de la capacidad de una unidad militar para cumplir su misión con rapidez y eficacia, es decir, con el mínimo de pérdidas, algo lejano a la realidad vivida por los miembros de las Waffen-SS.

La Orden Negra (como tambien se llamaba a las SS) rendía culto al elitismo racial. Los candidatos para formar parte de esta organización ideologizada eran seleccionados según criterios médicos de altura, de apariencia física y de ascendencia. Este crédito que esgrimían con orgullo sus miembros les garantizaba ante el pueblo alemán un ficticio plus de gallardía, completando los parámetros de pureza que pretendía el régimen nazi. Si se formaba parte de las SS era porque se contaba con credenciales raciales inmaculadas. Se era superior al resto de los alemanes.



Pero además, las virtudes que hacen de un soldado un buen soldado no fueron cumplidas siempre por los SS. Con una instrucción militar deficiente, muchos de los primeros suboficiales contaban con una formación inferior, en tiempo y en calidad, a la que podía encontrar un soldado del Heer, el ejército de tierra alemán.

Mientras que los candidatos SS recibían una instrucción que se extendía entre 10 y dieciséis meses (en los primeros años de su creación), las fuerzas terrestres clásicas contaban con una formación de veinticuatro, con más equipamiento, mayores herramientas y oficiales más experimentados.
Una vez en el campo de batalla y a pesar de las derrotas puntuales, no lograron disminuir la voluntad de esas tropas de "élite". Las represalias contra los civiles y los militares capturados los ayudaron a borrar los fracasos. Es así como recuerda la cruda ejecución de un centenar de prisioneros de guerra británicos en Wormhout en mayo de 1940, lo que dejó en claro la bajeza y falta de disciplina militar que presentaban en el campo de batalla.

Sin embargo, el aprendizaje en el manejo masivo de tanques no fue sencillo y en su debut debieron sabotear una treintena de Panzer para que no cayeran impolutos en manos de los soviéticos. Fue durante la Segunda Batalla de Járkov, cuando los rusos recuperaron la ciudad de manos alemanas, aunque finalmente terminarían perdiéndola en una tercera contienda. Además las tácticas del uso de blindados era claramente deficiente a pesar de utilizar el armamento más avanzado del ejército alemán.



Pero las primeras victorias de las SS fueron aprovechadas por Himmler. Cualquier suceso, por insignificante que fuera, era presentado como una muestra de la bravura de sus integrantes. De inmediato hacía llegar la supuesta "hazaña" hasta oídos de Hitler, lo que daba mayor crédito al "ejército del Partido". Esto le permitía solicitar al dictador mayores recursos para sus hombres. Fue así que tras el fracaso de la Operación Barbarroja en 1941, Hitler empezó a considerar a la Waffen-SS como "el ejemplo de la futura Wehrmacht nacionalsocialista".

Para alimentar el mito en la población alemana, la SS utilizó a un gran dibujante: Ottomar Anton, cuyos afiches de cuidada estética le ofrecieron a la Waffen-SS una imagen extremadamente atractiva, destinada a despertar vocaciones entre los jóvenes. Era la forma de reclutar a los más jóvenes que tenía esa fuerza de choque. Prometía formar parte de la guardia del Führer. Hasta sus uniformes negros daban un porte superior y diferenciador del resto de las fuerzas alemanas.

Himmler creó una compañía compuesta por corresponsales de guerra que acompañaban a los soldados en sus operaciones y desde donde se emitían miles de boletines con información sobre sus "hazañas" que eran repetidos y multiplicados en todos los medios y agencias. Además, los cines proyectaban entre dos y tres noticias sobre los SS en sus emisiones semanales. Era la manera que tenía la SS de sobresalir por encima de la Wehrmacht. Ese sistema de difusión se mantuvo hasta el final de la guerra.
Mientras que la Wehrmacht era mostrada siempre de la misma manera (marchando ordenadamente), la Waffen-SS había implementado un innovador método de promoción: se las filmaba en acción, en medio de llamas y con sus uniformes distintivos. La fascinación del público era total. El mito se expandía.



Pero esa creencia errónea sobre los soldados alemanes no regulares fue perdiendo fuerza demasiado tarde. Fue durante los interrogatorios hechos por los Aliados en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial cuando salieron a la luz las diferencias con la infantería ordinaria del ejército. Dos meses antes del final de la guerra, los servicios de inteligencia norteamericanos empezaron a revisar su posición con respecto a la Waffen-SS y se produjo una verdadera toma de distancia del mito. Y Sin embargo, esta confirmación se produjo en forma demasiado tardía. El mito estaba sólidamente instalado y perdura hasta nuestro días.

Estos datos están incluídos en el libro "Los Mitos de la Segunda Guerra Mundial" recopilados por Jean Lopez y Olivier Wieviorka y publicados por la editorial El Ateneo.





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