Mirtha Legrand sorprendió a la Ministra Patricia Bullrich haciéndole una pregunta sobre un tema del que siempre quiere evitar hablar, su pasado de "montonera".
Mauricio Zarzuelo todavía no es "el Víbora". Todavía no es montonero, no sabe disparar un arma ni detectar en segundos a paramilitares encubiertos.
Recién es un adolescente, ladrón de poca monta, que vive en las calles y cuya única preocupación es arañar un pedazo de comida para sobrevivir a las largas noches de Buenos Aires.
Aún así, esa madrugada fría en el barrio del Abasto es un adelanto de los años venideros: el quinceañero corre por su vida, con la policía, que lo descubrió en medio de un hurto, pisándole los talones.
Cuando las piernas no le dan para más, en la esquina de Guardia Vieja y Gallo, toma la decisión de esconderse en el primer lugar con las puertas abiertas que encuentre. Esa acción cambiaría su vida de maneras que no podía imaginar.
Pasaron más de cuatro décadas desde que Zarzuelo irrumpió, para la perplejidad propia y de sus futuros compañeros, en la Unidad Básica "Liliana Gelin" que tenía la Juventud Peronista en esa localidad porteña.
"Les pedía por favor que no me botonearan: me salvaron", rememora con nostalgia. En ese sucucho con cuadros gastados de Perón y Evita, que antes del fin de la dictadura sería quemado hasta sus cimientos por miembros del Ejército, el joven encontraría, por primera vez, un hogar.
En esos años, Zarzuelo pasaría de ser un marginado social a un integrante más de la "juventud maravillosa" que venía a cambiar el país con determinación y, si era necesario, con plomo.
En aquel entonces conoció, y se hizo estrecho amigo, de una interesante muchacha que despertaba suspiros entre sus compañeros.
La relación fue provechosa para ambos: mientras que "Tatiana", como la bautizó, se curtía en la calle y en la vida, Zarzuelo obtuvo su primer trabajo -en la Clínica Pueyrredón que dirigía el padre de su amiga-, conocería los lujos de la gigantesca quinta de Los Toldos, también de esa familia, y, juntos, combatirían contra la dictadura.
También sería el mejor amigo de su primer novio, luego desaparecido. Su compañera, a quien custodiaría con una Itaka cargada y los dientes apretados en los días en que Rodolfo Galimberti, novio de su hermana, y todo su círculo era buscado en cada rincón, era Patricia Bullrich.
"Era flor de montonera", recuerda Zarzuelo, quien describe con facilidad a la actual Ministra de Seguridad cuando era una joven revolucionaria y usaba "una bandolera con dos revólveres en la cintura".
Las simpatías que tenía con Bullrich hoy se evaporaron: "Es una gran inmoralidad, no podés borrar tu pasado con el codo, hubo compañeros que amaste, te entregaste a la lucha y hoy tus ideales son otros. Eso no me lo banco".
Mauricio Zarzuelo todavía no es "el Víbora". Todavía no es montonero, no sabe disparar un arma ni detectar en segundos a paramilitares encubiertos.
Recién es un adolescente, ladrón de poca monta, que vive en las calles y cuya única preocupación es arañar un pedazo de comida para sobrevivir a las largas noches de Buenos Aires.
Aún así, esa madrugada fría en el barrio del Abasto es un adelanto de los años venideros: el quinceañero corre por su vida, con la policía, que lo descubrió en medio de un hurto, pisándole los talones.
Cuando las piernas no le dan para más, en la esquina de Guardia Vieja y Gallo, toma la decisión de esconderse en el primer lugar con las puertas abiertas que encuentre. Esa acción cambiaría su vida de maneras que no podía imaginar.
Pasaron más de cuatro décadas desde que Zarzuelo irrumpió, para la perplejidad propia y de sus futuros compañeros, en la Unidad Básica "Liliana Gelin" que tenía la Juventud Peronista en esa localidad porteña.
"Les pedía por favor que no me botonearan: me salvaron", rememora con nostalgia. En ese sucucho con cuadros gastados de Perón y Evita, que antes del fin de la dictadura sería quemado hasta sus cimientos por miembros del Ejército, el joven encontraría, por primera vez, un hogar.
En esos años, Zarzuelo pasaría de ser un marginado social a un integrante más de la "juventud maravillosa" que venía a cambiar el país con determinación y, si era necesario, con plomo.
En aquel entonces conoció, y se hizo estrecho amigo, de una interesante muchacha que despertaba suspiros entre sus compañeros.
La relación fue provechosa para ambos: mientras que "Tatiana", como la bautizó, se curtía en la calle y en la vida, Zarzuelo obtuvo su primer trabajo -en la Clínica Pueyrredón que dirigía el padre de su amiga-, conocería los lujos de la gigantesca quinta de Los Toldos, también de esa familia, y, juntos, combatirían contra la dictadura.
También sería el mejor amigo de su primer novio, luego desaparecido. Su compañera, a quien custodiaría con una Itaka cargada y los dientes apretados en los días en que Rodolfo Galimberti, novio de su hermana, y todo su círculo era buscado en cada rincón, era Patricia Bullrich.
"Era flor de montonera", recuerda Zarzuelo, quien describe con facilidad a la actual Ministra de Seguridad cuando era una joven revolucionaria y usaba "una bandolera con dos revólveres en la cintura".
Las simpatías que tenía con Bullrich hoy se evaporaron: "Es una gran inmoralidad, no podés borrar tu pasado con el codo, hubo compañeros que amaste, te entregaste a la lucha y hoy tus ideales son otros. Eso no me lo banco".