Hasta hace relativamente poco los mares eran territorio pirata. Los robos, los abordajes, las fechorías y la búsqueda sinfín de tesoros era la tónica habitual de todo marinero que amaba a la mar por encima de todo. Piratas, bucaneros, corsarios, filibusteros… los términos son infinitos para una denominación que tiende a confundir.
Pirata es sin duda el término se enmarca como el más conocido por todos. Una denominación que proviene del griego (peirates) y que significa “suerte en las aventuras”. Los primeros piratas tienen su origen en el Antiguo Egipto durante la dinastía de Ramsés III. Aunque sin duda la época en la que los piratas dominaron el mundo tuvo lugar durante el siglo XVI gracias a un hecho: la fiebre del oro en América. A partir de aquí comenzaron los robos de cofres, los naufragios misteriosos y los míticos mapas del tesoro que todos conocemos.
Con la finalidad de conseguir el mayor número de recursos para el gobierno de cada país, algunos estados otorgaban patentes de corso a aventureros con las que podían abordar barcos o ciudades enemigas en tiempos de guerra. La finalidad estaba muy clara: conseguir el número máximo de riqueza y posteriormente repartir las ganancias con el gobierno que les había concedido dicha licencia. Cabe destacar que esta técnica era muy utilizada por Gran Bretaña y suponía una de las peores pesadillas para los navíos españoles.
Los marineros denominados como bucaneros pueden definirse como todos aquellos instalados al oeste de La Española. Una isla en la que su función se basaba en vender carne ahumada y huir de los impuestos del Gobierno Español. Por ello, la Corona Española les sancionó exterminando a una gran cantidad de los animales con los que comerciaban. La respuesta de los bucaneros fue inmediata, y a partir de ese mismo momento comenzaron a dedicarse a los pequeños hurtos. A partir de aquí el término comenzó a relacionarse con todos los piratas que surcaban el Mar Caribe.

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