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Se han cumplido 75 años de la operación Carne Picada

Info5/2/2018
Un 30 de abril, 75 años atrás, fue encontrado a las nueve y media de la mañana un cadáver flotando frente a la playa de La Bota. Un joven pescador, José Antonio Rey María, vio un bulto flotando en el agua y fue el primero en lanzarse al agua y llevarlo al bote en el que faenaba. De ahí, a la orilla. Y de allí, a convertirse en una de las historias de espionaje más fascinantes que se desarrollaron en el convulso y bélico siglo XX. La efeméride trae de nuevo a la actualidad, con más fuerza que nunca, esa figura legendaria, la del mayor William Martin, el hombre que nunca existió, nacido en el seno de la operación Mincemeat (Carne Picada) y engullido por el mismísimo Adolf Hitler en persona. Pero ni la distancia, ya de tres cuartos de siglo, ha conseguido que se despejen las incógnitas que permanecen en el caso. Hay demasiados interrogantes por responder, excesivo oscurantismo en torno a unos hechos que son tratados aún por el Gobierno británico con las máximas precauciones de los más inconfesables asuntos de Estado. Las potencias aliadas habían acordado en enero de 1943, en Casablanca, la invasión de Italia a través de Sicilia, en la denominada operación Husky, para acabar con el principal apoyo de la Alemania nazi. Pero una acción militar de ese calado, la más importante antes de que llegara el Día D en el norte de Francia, requería de un factor sorpresa con el que, por el momento, no contaban. Alemania sabía que un ataque desde el norte de África podría venir precisamente por ese punto y tenía un importantísimo contingente de tropas en la isla siciliana para persuadir al enemigo. Fue así como un oficial de inteligencia del Almirantazgo británico, Ewen Montagu, junto a Charles Cholmondeley, del Ministerio del Aire, se encargaron de idear un plan para hacer creer a los nazis que el ataque aliado se produciría por Grecia y Cerdeña para que desviara allí su ejército y dejara una resistencia mínima en Sicilia. Fue entonces cuando se puso en marcha la Operación Carne Picada. Esa referencia a uno de los platos favoritos de los británicos tenía mucho que ver con la utilización de un cadáver, al que se le daría la identidad de un oficial británico inexistente pero con todos los detalles cuidados hasta el extremo para dar verosimilitud al personaje y, sobre todo, a los documentos que portaría en un maletín con mensajes de alto secreto que mencionarían ese supuesto ataque aliado por el Peloponeso. Así nació William Martin, bautizado por el propio Ewen Montagu como el hombre que nunca existió, y dejado a merced de la marea en aguas del Atlántico peninsular sur, como si hubiera sufrido un accidente aéreo frente a la costa de Huelva, que tampoco fue casual que estuviera en el objetivo de los estrategas de la inteligencia británica. La riqueza generada con la explotación de las minas de Riotinto y Tharsis en la segunda mitad del siglo XIX había convertido la provincia onubense en un importante foco de interés internacional. La comunidad británica era la más numerosa pero también había franceses y, sobre todo, alemanes, que desarrollaron una importante industria en el lugar. Los primeros vaivenes políticos importantes en Europa, con la I Guerra Mundial al fondo, ya habían convertido a Huelva en un punto estratégico para las grandes potencias por su ubicación junto al Estrecho y por la importancia que la producción minera tenía para la economía y la industria militar. Sobresalía entonces la figura de un alemán, Adolf Clauss, imponente en físico y destreza, que había sido reclutado como agente de la inteligencia alemana, y que formó parte de operativos destacados en el resto de España. Cuando Montagu y Cholmondeley crearon a William Martin en Londres, realmente pensaban en Clauss. Debía ser el enlace con Berlín, para que transmitiera el contenido de esos documentos encontrados. Mincemeat dependía, entonces, de que el cadáver llegara, efectivamente, a Huelva, y de que el espía alemán accediera a él y sus pertenencias. Y así ocurrió. Aunque después debía cumplir una exigencia aún mayor: que la historia que en sí constituía el señuelo tuviera total verosimilitud, incluida su muerte en ese hipotético accidente aéreo frente a la costa onubense. La utilización de un cadáver entrañaba el riesgo de que no pasara los análisis forenses para sostener la historia del militar ahogado en el mar tras ser abatido. Y es este punto uno de los que dejan incógnitas aún por despejar. La historia oficial aseguraba que se trataba de un mendigo fallecido meses antes por neumonía. Y la segunda versión británica, tras desclasificarse documentos en 1996, le dio identidad al vagabundo, Glyndwr Michael, galés supuestamente suicidado con matarratas. Pero ni la neumonía ni un envenenamiento de ese tipo deja en un cadáver rasgos que pudieran confundirse con la asfixia por inmersión. Sostenían los británicos para ello que los análisis forenses en la zona no serían exhaustivos y que podrían dar por buena la hipótesis. ¿Pero cómo una operación de tal calibre, que había cuidado hasta detalles aparentemente nimios, quedaba a merced de la supuesta falta de profesionalidad o conocimientos de los médicos locales? El informe de aquella autopsia se perdió en un incendio pero los forenses no pasarían por alto ese engaño. Tampoco Alemania permitiría dejar a criterio de especialistas ajenos las conclusiones de un análisis del que dependía un operativo militar decisivo. Por eso Adolf Clauss robó el cadáver para que médicos nazis le practicaran otra autopsia en Italia enviando el cuerpo en el submarino U-616 la madrugada del 3 de mayo. Cuatro días más tarde los traspasó al U-565 frente a las costas de Almería, para ser llevado a la base italiana de La Spezia. Sólo así Hitler accedió a dar fiabilidad a la historia para dar valor a los documentos encontrados, que ya habían sido convenientemente revelados a Berlín desde Huelva. Una de las teorías que barajan numerosos historiadores es que el cadáver utilizado era una de las 379 víctimas del portaviones HMS Dasher, hundido el 27 de marzo de 1943 en la costa de Escocia. John Melville sería Martin, como llegó a admitir la Royal Navy a su familia en un homenaje en 2004, desmentido después. Puede que el hecho de profanar el cadáver de un marino sea mal visto aún por las autoridades británicas, que aun mantienen una versión oficial muy endeble en demasiados puntos; ridículos algunos. O puede que haya algo más que avergüence tanto como para mantener el secreto, 75 años después. En el cementerio de La Soledad en Huelva se celebró, el pasado día 30 de abril, un sencillo acto de homenaje ante la tumba que guarda desde entonces los restos del supuesto oficial británico. Pero ni siquiera se sabe si el cadáver que apareció frente a Punta Umbría sigue allí. Como tampoco se conoce al 100 % la identidad real del hombre utilizado como señuelo militar una vez muerto, del que la única certeza que hay es que no se llamaba William Martin. Demasiado misterio aún, para un hecho que contribuyó a cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial. PASA POR MI BLOG SI QUIERES SABER MÁS SOBRE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: SÍGUEME TAMBIÉN EN OTRAS REDES SOCIALES:
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