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Max Brooks The Zombie Survival Guide español parte 8

Paranormal7/18/2011

1893 D. C, FORT LOUIS PHILIPPE, COLONIA FRANCESA DEL NORTE DE ÁFRICA

El diario de un oficial subalterno en la legión extranjera francesa relata uno de los brotes más serios de la historia:

Llegó tres horas después del amanecer; un árabe solita¬rio a pie, al borde de la muerte por el sol y la sed. [...] Tras un día de reposo, con un tratamiento y agua, relató la historia de una plaga que convirtió a las víctimas en bestias caníbales. [...] Antes de que nuestra expedición pudiera ir a investigar, los vigías de la muralla sur avista¬ron lo que parecía ser un rebaño de animales al horizonte. [....] A través de mis lentes, pude ver que no se trataba de bestias sino de hombres. Su piel carecía de color, sus ropas estaban raídas y andrajosas. Cuando el viento cambió en nuestra dirección, primero nos trajo un gemido marchito y, a continuación, el hedor de la descomposición de aque¬llas personas. [...] Supusimos que estos pobres misera¬bles venían pisando los talones a nuestro superviviente. No podemos saber cómo se las arreglaron para cruzar tal distancia, sin comida ni agua. [...] Las llamadas y los avisos no produjeron respuesta alguna. [...] Las explo¬siones de nuestros cañones no consiguieron dispersar¬los. [...] ¡Parecía que los disparos de los rifles de largo alcance no surtían efecto! [...] En seguida, enviamos a caballo al cabo Strom a Bir-El-Ksaib mientras cerrába¬mos las puertas y nos preparábamos para un ataque.

El ataque pasó a ser el asedio no muerto más largo jamás registrado. Los legionarios fueron incapaces de llegar a enten¬der el hecho de que sus atacantes estuvieran muertos y gastaban la munición propinando disparos al torso. Los tiros que acci¬dentalmente daban a la cabeza no eran suficientes para persuadirles de esta táctica victoriosa. Nunca volvieron a saber nada del cabo Strom, el hombre que enviaron en busca de ayuda. Se ha supuesto que encontró su destino con los árabes hostiles o en el desierto. ¡Sus camaradas en el fuerte permanecieron asedia¬dos durante tres años! Por suerte, acababa de llegar una carreta con provisiones. Había agua disponible del pozo que impulsó la construcción del fuerte. Los animales y los caballos al final tuvieron que sacrificarse y los racionaron como último recurso. Durante este tiempo, el ejército de no muertos, algo más de quinientos, continuaban rodeando las murallas. El diario cuenta que, con el tiempo, algunos fueron derribados con explosivos caseros, cócteles Molotov improvisados e incluso arrojaban piedras grandes desde el pretil. Sin embargo, no era suficiente para terminar con el asedio. Los gemidos constantes volvie¬ron locos a algunos hombres e hizo que dos de ellos se suici¬daran. Varios intentaron saltar la muralla y correr para salvarse. Todos los que lo intentaron fueron rodeados y despedazados. Un intento de motín redujo aún más sus filas, dejando el número de supervivientes en sólo veintisiete personas. En ese momento, el comandante de la unidad decidió intentar un plan más desesperado:

Todos los hombres se equiparon con todo el agua que pudieron y la poca comida que quedaba. Destruyeron todas las escaleras y escalinatas del pretil. [...] Nos reuni¬mos en la muralla sur y empezamos a llamar a nuestros torturadores, reuniéndolos a casi todos a las puertas. El coronel Drax, con la valentía de un hombre poseído, bajo a la plaza de armas y quitó el cerrojo. De repente, la multitud hedionda entró en tropel en la fortaleza. El coronel se aseguró de proporcionarles el señuelo perfecto y los miserables lo siguieron a través de la plaza de armas, por los barracones y el comedor, por la enfermería [...] estaba a punto de ponerse a salvo cuando una mano, mutilada y podrida se aferró a su bota. Nosotros continuábamos llamando a las criaturas con abucheos y silbidos, saltando como monos salvajes. ¡Llamábamos a aquellas criatu¬ras para que entraran en nuestro fuerte! [...] Dorset y O 'Toóle bajaron a la muralla norte [...] corrieron hacia la puerta y la cerraron. [...] Las criaturas que había dentro, rabiosas e irreflexivas, ¡no pensaron en abrirlas de nuevo! Al empujarse entre ellas hacia las puertas que se abrían hacia el interior, lo único que consiguieron fue quedarse más atrapadas aún.

En aquel momento los legionarios bajaron de un salto al desierto, mataron a los pocos zombis que había a las afueras de las murallas en un combate cuerpo a cuerpo depravado y a continuación recorrieron casi cuatrocientos kilómetros hasta el oasis más cercano, en Bir Ounane. Los registros del ejército no hablan de este asedio. No existe una explicación sobre por qué, cuando los despachos regulares dejaron de llegar de Fort Louis Philippe, no se enviaron equipos de investigación. El único gesto oficial hacia cualquiera de los involucrados en el incidente fue la corte marcial y el encarcelamiento del coronel Drax. La tras¬cripción de su juicio, incluyendo los cargos, no se han revelado. Hubo rumores sobre el brote en la legión, el ejército y la socie¬dad francesa durante décadas. Se escribieron muchos cuentos sobre «el asedio del Diablo». A pesar del rechazo del incidente, la legión extranjera francesa nunca volvió a enviar otra expedi¬ción a Fort Louis Philippe.


1901 D. C, LU SHAN, FORMOSA

Según Bill Wakowski, un marinero americano que servía en la flota asiática, varios campesinos de Lu Shan se levantaron de sus camas y atacaron al pueblo. Debido a la lejanía y a la falta de comunicación por cable (teléfono/telégrafo), en Taipei no pudieron recibir noticias hasta siete días después.

Misioneros estadounidenses, rebaño del pastor Alfred, pensaron que se trataba del castigo de Dios hacia los chinos por no aceptar Su palabra. Sabían que la fe y el Santo Padre sacarían al diablo que llevaban dentro. Nuestro maestro les ordenó no moverse de allí hasta que pudiera reunir una escolta armada. El pastor Alfred no supo de ella. Mientras el viejo hombre enviaba un tele¬grama para pedir ayuda, se dirigieron al río. [...] Nues¬tra partida en tierra y un pelotón de tropas nacionalistas llegaron al pueblo a mediodía. [...] Había cuerpos y restos de ellos por todas partes. El suelo estaba pegajoso. Y el olor, por Dios santo, ¡qué olor! [...] Entonces una de esas cosas surgió de entre la niebla, unas criaturas desagrada¬bles, unos diablos con forma humana. Les bloqueamos el paso durante al menos noventa metros. No funcionó nada. Ni los rifles Krag, ni el cañón Gatling. [...] Creo que Rilev perdió el juicio. Preparó su bayoneta e intentó ensartar a una de aquellas bestias. A su alrededor se unieron doce más. ¡Con la velocidad del rayo pasó a ser sólo huesos! ¡Resultaba espantoso! [...] Y llegó, como un brujo calvo, un doctor o un monje, como quieras llamarlo [...] balanceando lo que al parecer era una pala lisa con una cuchilla en forma de luna menguante [...] debía de haber diez, tal vez veinte cadáveres a sus pies [...] corría, hablando sin cesar como un loco, señalando a su cabeza y más tarde a la del resto. El viejo hombre, sólo Dios sabe cómo reco¬noció lo que el chino estaba murmurando: nos ordenó que consiguiéramos todas las cabezas de las bestias. [...] Les disparamos a quemarropa. [...] Mientras recogíamos los cuerpos, descubrimos entre los chinos unos cuantos hombres blancos, nuestros misioneros. Uno de los nuestros encontró un monstruo con la columna aplastada por ¬las balas. Aún estaba vivo, agitando los brazos, separando sus dientes sangrientos ¡dejando escapar aquel gemido nauseabundo! El viejo hombre lo reconoció: era el pastor Alfred. Rezó un padrenuestro y a continuación le pegó un tiro al padre en la sien.

Wakowski vendió su relato a la revista sobre misterios Cuen¬tos macabros, un acto que le supuso la expulsión de su cargo y el encarcelamiento. Cuando salió de la cárcel, Wakowski se negó a concertar más entrevistas. En la actualidad, la Marina de EEUU niega la historia.


1905 D. C, TABORA, TANGANICA, COLONIA ALEMANA AL ESTE DE ÁFRICA

Las trascripciones del juicio afirman que un guía nativo al que sólo se conocía como «Simón» fue arrestado e imputado por decapitar a un famoso cazador blanco, Kart Seekt. El abogado defensor de Simón, un terrateniente holandés llamado Guy Voorster, explicó que su cliente creía que en realidad había reali¬zado una hazaña heroica. En palabras de Voorster:

El pueblo de Simón cree que existe una enfermedad que arrebata la fuerza de la vida a los hombres. En su lugar queda el cuerpo, muerto aunque aún con vida, sin sentido de uno mismo ni de sus alrededores y cuya única fija¬ción es el canibalismo. [...] Además, las víctimas de este monstruo no muerto se levantan de la tumba para devo¬rar a más víctimas. Este ciclo se repetirá, una y otra vez, hasta que no quede nadie sobre la faz de la Tierra excepto estas abominables criaturas. [...] Mi cliente afirma que la víctima en cuestión regresó a su campamento base con dos días de retraso, deliraba y tenía una herida inexplica¬ble en el brazo. Horas más tarde fallecía. [...] Entonces mi cliente me explicó que Herr Seerkt se levantó de su lecho de muerte para morder al resto de su partida. Mi cliente usó un cuchillo indígena para decapitar a Herr Seerkt y quemó su cabeza en la hoguera.

El señor Voorster añadió rápidamente que no estaba de acuerdo con el testimonio de Simón y lo utilizó para probar que estaba loco y que no debían ejecutarlo. Como la defensa de un demente sólo se aplicaba a los hombres blancos y no a los africa¬nos, Simón fue condenado a morir en la horca. Todos los regis¬tros del juicio se conservan todavía, aunque en muy malas condi¬ciones, en Dares Salaam, Tanzania.


1911 D. C, VITRE, LUISIANA

Esta leyenda americana común contada en bares y en vestua¬rios de instituto por todo el Sur Profundo, tiene sus raíces en un hecho histórico documentado. La noche de Halloween, varios jóvenes cajún tomaron parte en un reto que consistía en quedarse en el pantano desde medianoche hasta el amanecer. En la zona se decía que originariamente los zombis descendían desde la plantación de una familia y merodeaban por la ciénaga, consumiendo o reanimando a cualquier humano que se cruzara en su camino. A las doce de la mañana del día siguiente, ninguno de las adolescentes había regresado de su reto. Se organizó una partida de búsqueda para explorar la ciénaga. Se vieron atacados por al menos treinta gules, entre los que se encontraban los jóvenes. La partida se retiró y sin darse cuenta mostraron el camino de vuelta a Vitre a los no muertos. Mientras los habitantes formaban barricadas en sus casas, un ciudadano, Henri de la Croix, creyó que empapar a los no muertos con melaza atraería a millones de insectos que se encargarían de devorarlos. El plan falló, y De la Croix escapó vivo a duras penas. Empaparon a los no muertos de nuevo, esta vez con queroseno, y les prendie¬ron fuego. Sin percatarse de las consecuencias de este acto, los habitantes de Vitre vieron con horror cómo los gules prendían fuego a todo lo que tocaban. Varias víctimas, atrapadas dentro de edificios con barricadas, se quemaron vivas mientras otras huían al pantano. Varios días después, unos voluntarios para el rescate contaron un total de cincuenta y ocho supervivientes (en el pueblo vivían 114). Vitre se había quemado por completo. Había no muertos y humanos entre los cadáveres. Cuando las bajas de Vitre se añadieron a la cantidad de cadáveres de zombis que encontraron, al menos faltaban quince cuerpos. Los regis¬tros oficiales del gobierno en Baton Rouge describen el ataque como «un comportamiento alborotado de la población negra», una explicación curiosa ya que el pueblo de Vitre era entera¬mente blanco. Cualquier prueba de un brote zombi proviene de cartas privadas y diarios que se hallan entre los descendientes de los supervivientes.


1913 D. C, PARAMARIBO, SURINAM

Mientras el doctor Ibrahim Obeidallah puede que fuera el primero en expandir el conocimiento humano sobre los no muer¬tos, no fue (afortunadamente) el último. El doctor Jan Vanderhaven, muy conocido en Europa por su estudio de la lepra, llegó a la colonia de América del Sur para estudiar un extraño brote de esta familiar enfermedad.

Los cuerpos infectados muestran síntomas similares a los que se dan por todo el planeta: úlceras purulentas, piel moteada, la carne, al parecer, en proceso de descomposi¬ción, etc. Sin embargo, todas las similitudes con las afecciones convencionales terminan aquí. Estas pobres almas parecen haber perdido por completo la cabeza. [...] No dan muestra de ningún pensamiento racional ni recono¬cen nada que les sea familiar: [...] Tampoco duermen ni beben agua. Rechazan todo tipo de comida excepto aquella que esté viva. [...] Ayer, un enfermero en el hospital, por puro juego, y desobedeciendo mis órdenes, arrojó una rata herida a la celda de los pacientes. Inmediatamente, uno de ellos agarró al bicho y se lo tragó entero. [...] El infectado se volvió casi de inmediato rabioso y hostil. [...] Mordía a todo lo que se le acercaba, enseñando los dientes como si fuera un animal. [...] Una visitante, una mujer influyente que desafió todas las normas del hospi-tal, fue posteriormente mordida por su esposo infectado. A pesar de que se utilizaron todos los métodos de trata miento conocidos, ella entró en colapso rápidamente a causa de la herida y murió horas más tarde ese mismo día. [...] Llevaron el cuerpo a la plantación de la familia. [...] A pesar de mis súplicas, no me permitieron realizarle la autopsia por la falta de decoro que suponía. [...] Anoche denunciaron el robo del cadáver. [...] Los experimentos con alcohol, formalina y una tela a 90 grados centígrados han eliminado la posibilidad de que se trate de una bacteria. [...] Además, debo deducir que el agente es un fluido vivo contagioso [...] apodado «Solanum».

(«Fluido vivo contagioso» era un término común antes de adoptar la palabra latina virus.) Estos extractos provienen de un estudio de doscientas páginas, realizado durante un año por el doctor Vanderhaven, sobre este nuevo descubrimiento. En dicho estudio, está documentada la tolerancia del zombi al dolor, su aparente falta de respiración, el lento proceso de descomposición, la falta de rapidez, la agilidad limitada y la ausencia de cicatrización. Debido al comportamiento violento de estos sujetos y al miedo aparente de los enfermeros del hospital, Vander¬haven nunca fue capaz de acercarse lo suficiente para hacer una autopsia completa. Por este motivo, fue incapaz de descubrir que los muertos vivientes eran sólo eso. En 1914, regresó a Holanda y publicó su trabajo. De forma irónica, ni recibió alabanzas ni quedó en ridículo con la comunidad científica. Su historia, como muchas otras de la época, quedó eclipsada por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Existen copias olvidadas de este trabajo en Amsterdam. Vanderhaven volvió a practicar la medi¬cina convencional en las Indias Orientales holandesas (Indone¬sia), donde posteriormente murió de malaria. El mayor adelanto de Vanderhaven fue el descubrimiento de un virus como culpa¬ble de la creación de los zombis y fue la primera persona en atribuirle el nombre de «Solanum». No se sabe por qué eligió este término. Aunque su trabajo no fue aplaudido por sus contempo¬ráneos europeos, ahora se lee en todo el mundo. Desafortunada¬mente, un país dio a los hallazgos del buen doctor un uso devas¬tador. (Véase «1942-45 d. C, Harbin», pp. 272-274.)


1923 D. C, COLOMBO, CEILAN

Este relato procede de The Oriental, un periódico para los britá¬nicos que vivían alejados de su patria en la colonia del océano Indico. Christopher Wells, copiloto de las líneas aéreas British Imperial, fue rescatado de una balsa hinchable después de pasar catorce días en el mar. Antes de morir debido a tal exposición, Wells explicó que habían transportado un cadáver descubierto por una expedición británica en el monte Everest. El cadáver era de un europeo, sus ropas pertenecían al siglo pasado y no tenía documentos identificativos. Como se encontraba congelado, el líder de la expedición decidió llevarlo en el avión a Colombo para estudiarlo en profundidad. Por el camino, el cadáver se derritió, resucitó y atacó a la tripulación de la aeronave. Los tres hombres lograron vencer al asaltante aplastándole el cráneo con un extintor de incendios (como no sabían a qué se enfrenta¬ban, simplemente se centraron en incapacitar al zombi). Ahora que estaban a salvo de este peligro inmediato, tenían que vérse-

las con una aeronave estropeada. El piloto mandó por radio un mensaje de socorro, pero no tuvo tiempo de enviar las coor¬denadas de posición. Los tres hombres se lanzaron en paracaídas al océano, pero el comandante de la tripulación no se había dado cuenta de que el mordisco que había sufrido tendría graves consecuencias. Al día siguiente, falleció, resucitó pocas horas después e inmediatamente atacó a los otros dos hombres. Mien¬tras el piloto luchaba contra el asaltante no muerto, Wells, en un ataque de pánico, echó a patadas por la borda a los dos. Después de contar -algunos dirían que confesar- su historia a las autori-dades, Wells se quedó inconsciente y murió al día siguiente. Su historia fue tomada como el delirio de un maniaco con insola¬ción. Investigaciones posteriores no encontraron pruebas ni del avión, ni de la tripulación, ni del supuesto zombi.


1942 D. C, PACÍFICO CENTRAL

Durante el avance inicial de Japón, enviaron un pelotón de los marines imperiales para establecer una guarnición en Atuk, una isla de las Islas Carolinas. Varios días después de su llegada, el pelotón se vio atacado por un enjambre de zombis que procedían de la jungla. Al principio hubo muchas bajas. Al no tener ninguna información sobre la naturaleza de sus atacantes o la manera correcta de destruirlos, los marines se dirigieron a la cima de una montaña fortificada al norte de la isla. De forma un tanto irónica, como dejaban morir a los heridos, los marines que iban sobreviviendo se evitaban el peligro de llevar a los camaradas infec¬tados con ellos. El pelotón se quedó atrapado en la fortaleza de la cima de la montaña varios días, sin comida, con poca agua y sin poder comunicarse con el exterior. Durante este tiempo, los gules asediaban su posición, incapaces de escalar los acantilados empinados pero impidiendo cualquier posibilidad de escapar. Después de dos semanas de encarcelamiento, Ashi Nakamura, el francotirador del pelotón, descubrió que un tiro en la cabeza resultaba fatal para el zombi. Saber esto permitió a los japoneses combatir por fin a sus atacantes. Después de acabar con los gules que había alrededor a tiro de rifle, avanzaron hasta la jungla para realizar un rastreo completo de la isla. Los relatos de los testigos cuentan que el oficial al mando, el teniente Hiroshi Tomonaga, decapitó a once zombis sólo con su catana de oficial (un argu¬mento para el uso de este arma). Tras la guerra, las investigacio¬nes que se realizaron y la comparación de los registros demos¬tró que Atuk se trataba, con toda probabilidad, de la misma isla que Sir Francis Drake describió como «la isla de los malditos». El propio testimonio de Tomonaga, ofrecido a las autoridades estadounidenses después de la guerra, afirmaba que, una vez que pudieron comunicarse por radio con Tokio, el Alto Mando japonés envió instrucciones precisas de capturar, sin matar, los zombis que quedaran. Una vez realizada tal tarea (consiguieron atar y amordazar a cuatro gules), enviaron el submarino imperial 1-58 para recuperar los prisioneros no muertos. Tomonaga confesó que desconocía lo que había ocurrido con los cuatro zombis. Le ordenaron a él y a sus hombres no hablar sobre lo ocurrido, bajo pena de muerte.

1942-45 D. C, HARBIN, GOBIERNO TÍTERE DE JAPÓN DE MANCHUKUO (MANCHURIA)

En 1951, en su libro El sol se levantó en el Infierno, el que fuera oficial del Ejército de Inteligencia de EEUU, David Shore, deta¬llaba una serie de experimentos biológicos durante la guerra dirigidos por una unidad del ejército japonés conocida como Dragón Negro. Uno de los experimentos, denominado «Flor de cerezo», se organizó especialmente para crear y entrenar zombis para introducirlos en el ejército. Según Shore, cuando las fuerzas japonesas invadieron las Indias Orientales holandesas en 1941-42, descubrieron una copia del trabajo de Jan Vanderhaven en una biblioteca médica en Surabaya. Enviaron el trabajo al cuar¬tel general de Dragón Negro en Harbin para realizar estudios adicionales. Aunque se mandó realizar un plan teórico, no pudie¬ron encontrar muestras de Solanum (prueba de que la ancestral Hermandad de la Vida para acabar con los zombis había hecho su trabajo muy bien). Todo esto cambió seis meses después con el incidente en la isla de Atuk. Enviaron a Harbin a los cuatro zombis retenidos. Se llevaron a cabo experimentos con tres de ellos y el cuarto se utilizó para crear otros zombis. Shore afirma que usaban a los disidentes japoneses (todo aquel que no apoyara el régimen militar) como conejillos de indias. Cuando resucitaron a un pelotón de cuarenta zombis, los operativos de Dragón Negro intentaron entrenarlos como zánganos obedientes. Obtuvieron unos resultados muy sombríos: los mordiscos convirtieron a diez de los dieciséis instructores en zombis. Tras dos años de intentos frustrados, se tomó la decisión de liberar la fuerza de los cincuenta zombis con los que ahora contaban contra el enemigo sin importar en qué condiciones estuvieran. Lanzaron en paracaídas a diez gules sobre las fuerzas británi¬cas en Birmania. Atacaron el avión con fuego antiaéreo antes de que llegaran a su destino, y lo convirtieron en una bola de fuego que destruyó toda prueba de la carga no muerta. Se intentó por segunda vez enviando a diez zombis por submarino a la zona del canal de Panamá en la que EEUU participaba (esperaban que el consiguiente caos frenara la construcción en el Atlántico y la limitación en el Pacífico de los buques de guerra estadouni-denses). El submarino se hundió por el camino. Hubo un tercer intento (de nuevo en submarino) liberando a veinte zombis en el océano cerca de la costa occidental de Estados Unidos. A medio camino, mientras recorrían el Pacífico norte, el capitán del submarino informó por radio de que los zombis se habían liberado de sus ataduras y estaban atacando a la tripulación y que no tenía más opción que hundir la nave. Cuando la guerra terminó, se envió un cuarto y último ataque. Soltaron en paracaídas al resto de zombis en una madriguera de guerrillas chinas en la región de Yunnan. Nueve de los zombis que se lanzaron en paracaídas recibieron un tiro en la cabeza de los francotiradores chinos. Los tiradores de élite no se dieron cuenta de la impor¬tancia que tenían sus disparos. Habían recibido siempre la orden de disparar a la cabeza. El último zombi fue capturado, atado y llevado al cuartel general personal de Mao Tse-Tung para estu¬diarlo. Cuando la Unión Soviética invadió Manchukuo en 1945, todos los registros y las pruebas del proyecto «Flor de cerezo» habían desaparecido.
Shore afirma que su libro se basa en los relatos de los testimo¬nios de dos operativos de Dragón Negro, hombres que él perso¬nalmente interrogó después de que se rindieran ante el ejér¬cito de EEUU en Corea del Sur al finalizar la guerra. Al princi¬pio, Shore encontró quien le publicara su libro, una compañía pequeña e independiente conocida como Green Brothers Press. Antes de que llegara a las librerías, el gobierno ordenó confis¬car todos los ejemplares. A Green Brothers Press directamente se la acusó, de manos del senador Joseph McCarthy, de publicar «material obsceno y subversivo». A causa del peso de las deudas legales la compañía quebró. David Shore fue acusado de violar la seguridad nacional y sentenciado a cadena perpetua en Fort Leavenworth, Kansas. Lo absolvieron en 1961, pero murió de un ataque al corazón dos meses después de su puesta en liber¬tad. Su viuda, Sara Shore, mantuvo una copia secreta e ilegal de su manuscrito hasta su muerte en 1984. Su hija, Ana, ganó hace poco un pleito que le ha otorgado el derecho a publicarlo.

1943 D. C, COLONIA FRANCESA AL NORTE DE ÁFRICA

Este extracto proviene del interrogatorio al primer soldado raso Anthony Marno, ametrallador de cola en el bombardero B-24 del ejército de EEUU. Al regresar de una incursión nocturna contra las concentraciones de tropas alemanas en Italia, la aero¬nave empezó a descender sobre el desierto de Argelia. Tenían poco combustible; el piloto vio lo que parecía ser un asenta-miento civil y ordenó a su tripulación que saltara en paracaídas. Lo que habían encontrado era Fort Louis Philippe.

Parecía sacado de la pesadilla de un crío. [...] Abrimos las puertas, no había tranca ni nada. Caminamos hacia el patio y nos encontramos con todo aquel montón de esqueletos. Montañas de ellos, ¡no bromeo! Amontonados por todas partes, como en una película. Nuestro capitán, que parecía sacudir la cabeza, dijo: «Parece que haya un tesoro enterrado aquí, ¿sabéis?». Menos mal que no había ningún cuerpo en el pozo. Nos las arreglamos para llenar las cantimploras y cogimos algunas provisiones. No había comida, pero ¿quién la querría?, ¿eh?

Marno y el resto de la tripulación fueron rescatados por una caravana árabe a ochenta kilómetros del fuerte. Cuando pregun¬taron sobre aquel lugar, los árabes no respondieron. En aquel momento, el ejército de EEUU tampoco tenía los medios ni el interés para investigar unas ruinas abandonadas en mitad del desierto. Más tarde no se llevó a cabo ninguna expedición.

1947 D. C, JARVIE, COLUMBIA BRITÁNICA

Una serie de artículos de cinco periódicos diferentes cuentan los acontecimientos sangrientos y el heroísmo individual asociado con esta pequeña aldea canadiense. Los historiadores sospe¬chan que el transportista Mathew Morgan, un cazador de la zona, regresó a la aldea una noche con un misterioso mordisco en el hombro. Al amanecer del día siguiente, veintiún zombis merodeaban por las calles de Jarvie. Devoraron por completo a nueve personas. Los quince humanos que quedaban hicieron una barrera en la oficina del sheriff. Un disparo fortuito de uno de los ciudadanos aguerridos demostró lo que podía hacer una bala en el cerebro. Pero para entonces la mayoría de las venta¬nas estaban cubiertas, por lo que nadie podía apuntar con sus armas. Planearon trepar hasta el tejado, contactar con la oficina de teléfono y telégrafo y avisar a las autoridades en Victoria. Los supervivientes estaban a mitad de camino por la calle cuando los gules percibieron su presencia y les dieron caza. Un miembro del grupo, Regina Clark, les dijo a los otros que continuaran mien¬tras ella detenía a los no muertos. Clark, armada únicamente con una carabina MI de EEUU, dirigió a los zombis hasta un callejón sin salida. Los testigos insisten en que Clark lo hizo a propósito, reuniendo a los no muertos en un lugar limitado que le permi¬tiera alcanzar a un máximo de cuatro objetivos a la vez. Con una puntería fantástica y un tiempo de recarga pasmoso, Clark eliminó a todo el grupo. Varios testigos aseguran que vació un peine de quince balas en doce segundos sin fallar un solo tiro. Más pasmoso aún resultó que el primer zombi al que derribó fuera su marido. Fuentes oficiales tachan el suceso de «exposi¬ción inexplicable de violencia pública». Todos los artículos que salieron en el periódico se basan en lo que dijeron los ciudadanos de Jarvie. Regina Clark se negó a ser entrevistada. Sus memorias siguen siendo un secreto guardado por su familia.

1954 D. C, THAN HOA, INDOCHINA FRANCESA

Este pasaje se tomó de una carta escrita por Jean Beart Lacoutour, un hombre de negocios francés que vivió en la antigua colonia.

El juego se llama «La danza del Diablo». Una persona viva es puesta en una jaula con una de estas criaturas. Nuestro humano sólo tiene un cuchillo pequeño, de unos ocho centímetros de largo a lo sumo. [...] ¿Sobrevivirá a su vals con el cadáver viviente? De no ser así, ¿cuánto tiempo resistirá? Se realizan apuestas sobre esta y otras variables. [...] Mantenemos un establo para ellos, los gladiadores fétidos. La mayoría son víctimas de contien¬das fallidas. A algunos los cogemos de la calle. [...] Paga¬mos bien a sus familias. [...] Que Dios me perdone por este pecado inimaginable.

Esta carta, junto a una considerable fortuna, llegó a La Rochelle, Francia, tres meses después de la pérdida de la Indochina francesa contra las guerrillas comunistas de Ho Chi Minh. El destino de la «Danza del Diablo» de Lacoutour se desconoce. No se ha descubierto nueva información. Un año después, el cuerpo de Lacoutour llegó a Francia, muy descompuesto, con una bala en el cerebro. La explicación del coronel norvietnamita fue el suicidio.

1957 D. C, MOMBASA, KENIA

Este extracto fue tomado del interrogatorio que realizó un oficial del ejército británico a un rebelde kikuyu capturado durante la insurrección de Mau Mau (todas las respuestas provienen de un traductor):

P: ¿A cuántos viste?
R: A cinco.
P: Descríbelos.
R: Hombres blancos, con la piel gris y llena de grietas. Algu¬nos tenían heridas, marcas de mordiscos en algunas partes de su cuerpo. Todos tenían orificios de bala en el pecho. Se tambaleaban y gemían. Sus ojos no veían. La sangre chorreaba por sus dientes. El olor a carroña anunciaba su llegada. Los animales huyeron.

El intérprete masai y el prisionero comenzaron a hablar. El prisionero se quedó en silencio.

P: ¿Qué ocurrió?
R: Vinieron a por nosotros. Sacamos nuestras lalems (un arma masai, parecida al machete) y les cortamos las cabe¬zas y las enterramos.
P: ¿Enterrasteis las cabezas?
R: Sí.
P: ¿Por qué?
R: Porque el fuego nos habría dado ventaja.
P: ¿No fuiste herido?
R: No estaría aquí.
P: ¿No estabas asustado?
R: Sólo tememos a los vivos.
P: ¿Así que eran espíritus diabólicos?

El prisionero ríe entre dientes.

P: ¿De qué te ríes?
R: Los espíritus diabólicos se han inventado para asustar a los niños. Estos hombres eran muertos vivientes.

El prisionero dio poca información el resto de la entrevista. Cuando le preguntaron si había más zombis sueltos, se quedó callado. La trascripción completa apareció en un tabloide britá¬nico poco después ese mismo año. No se hizo nada al respecto.

1960 D. C, BYELGORANSK, UNIÓN SOVIÉTICA

Se sospecha, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, que las tropas soviéticas que invadieron Manchuria capturaron a la mayoría de los científicos japoneses, los datos y los experimen¬tos realizados (los zombis) involucrados en el proyecto especial Dragón Negro. Recientes revelaciones han confirmado que estos rumores son ciertos. El propósito de este nuevo proyecto sovié¬tico era crear un ejército secreto de muertos andantes para usarlos en la inevitable Tercera Guerra Mundial. «Flor de cerezo», rebautizada con el nombre de «Esturión», fue llevada cerca de una pequeña ciudad al este de Siberia donde había únicamente un gran edificio que servía como prisión a disidentes políticos. El emplazamiento no sólo garantizaba una total discreción sino también la disponibilidad directa de los experimentos realiza¬dos. Basándonos en descubrimientos recientes, somos capa-ces de determinar que, por alguna razón, los experimentos se descontrolaron y causaron un brote de varios cientos de zombis. Algunos científicos lograron escapar a la prisión. Seguros tras los muros, se asentaron creyendo que sería un asedio de poco tiempo hasta que llegara la ayuda. Nadie vino. Algunos historia¬dores creen que el aislamiento del pueblo (no había carreteras y las provisiones venían por aire) impidieron una respuesta inme¬diata. Otros creyeron que como el proyecto lo había comenzado Yósif Stalin, el KGB era reacio a informar al primer ministro Nikita Khrushchev de su existencia. Una tercera teoría sostiene que el líder soviético conocía el desastre y había cercado el área con tropas para evitar una evasión, y vigilaba y esperaba para ver el resultado del asedio. Dentro de los muros de la prisión, una coalición de científicos, personal del ejército y prisioneros sobrevivían de manera bastante cómoda. Construyeron inverna¬deros, cavaron pozos; consiguieron producir energía con moli¬nos de viento y dinamos humanas. Se mantenía el contacto por radio con la base prácticamente a diario. Los supervivien¬tes cuentan que, gracias a aquella situación, podrían aguantar hasta el invierno, cuando, con algo de suerte, los no muertos se congelaran. Tres días antes de la primera helada de otoño, un avión soviético lanzó un artilugio termonuclear tosco sobre Byelgoransk. La explosión de un megatón destruyó el pueblo, la prisión y los alrededores.
Durante décadas, el gobierno soviético explicaba el desas¬tre como una prueba nuclear de rutina. No se supo la verdad hasta 1992, cuando comenzó a filtrarse la información hacia Occidente. Los rumores sobre el brote también surgieron entre los siberianos más viejos, entrevistados por primera vez por la reciente prensa libre de Rusia. Los testimonios de los oficiales de alto rango soviéticos insinuaban la verdadera naturaleza de la devastación. Muchos reconocen que Byelgoransk existió. Otros confirman que se trataba de una prisión militar y de un centro de armas biológicas. Algunos incluso van más lejos y admiten algún tipo de «brote», aunque ninguno describe exactamente lo que lo desató. La prueba más perjudicial surgió cuando Artiom Zenoviev, un gángster ruso y antiguo archivero del KGB, entregó todas las copias del informe oficial del gobierno a una fuente anónima occidental (algo por lo que le pagaron maravillosa¬mente). El informe contiene transcripciones de radio, fotogra¬fías aéreas (del antes y el después) y los testimonios tanto de las tropas de tierra como de la tripulación del bombardero aéreo, junto a las confesiones firmadas de los que estaban al mando del proyecto Esturión. Incluidas con este informe hay 643 páginas con datos de laboratorio en relación a la fisiología y a los patro¬nes de comportamiento de los experimentos realizados con los no muertos. Los rusos se toman esta revelación como una patraña. Si esto es cierto y Zenoviev no es más que un oportunista con una imaginación brillante, entonces ¿por qué las personas que había en una lista que los hacía responsables según los infor¬mes oficiales, entre los que se encontraban científicos de altura, comandantes del ejército y miembros de Politburo, fueron ejecu¬tados por el KGB después de que incineraran Byelgoransk?

1962 D. C, CIUDAD SIN IDENTIFICAR, NEVADA

Los detalles de este brote son sorprendentemente incompletos, ya que ocurrieron en una zona relativamente acomodada del planeta en la segunda mitad del siglo veinte. Según fragmentos de los relatos de testigos de segunda mano, recortes de periódicos viejos y un informe de policía sospechosamente impreciso, un pequeño brote de zombis atacó y asedió a Hank Davis, un gran¬jero de la zona, y a tres de sus empleados en un establo durante cinco días y noches. Cuando la policía acabó con los gules y entró en el establo, encontraron a todos los ocupantes muertos. La investigación posterior determinó que los cuatro hombres se mataron entre ellos. Más concretamente, tres hombres fueron asesinados, mientras que el cuarto se quitó la vida. No hay una razón concreta para este acontecimiento. El establo era más que seguro para soportar un ataque y sólo habían consumido la mitad de una pequeña provisión de agua y comida que tenían. La teoría actual es que el incesante gemido de los zombis, mezclado con el sentimiento de total aislamiento e impotencia, les provocó una completa crisis psicológica. No se dio una explicación oficial al brote. El caso aún «se está investigando».

1968 D. C, LAOS ORIENTAL

Esta historia la contó Peter Stavros, un paciente drogadicto y anti¬guo francotirador de las Fuerzas Especiales. En 1989, mientras le evaluaban psicológicamente en el hospital para veteranos de Los Ángeles, contó esta historia al psiquiatra que le atendía. Stavros afirmaba que su equipo estaba en una misión rutinaria de búsqueda y destrucción en la frontera vietnamita. Su objetivo era un pueblo del que se sospechaba que era una zona de preparación de Pathet Lao (guerrillas comunistas). Cuando entraron en el pueblo, descu¬brieron que los habitantes estaban en mitad de un asedio contra varias docenas de muertos andantes. Por razones que se desco¬nocen, el líder del equipo les ordenó la retirada y luego pidió un ataque aéreo. Los bombarderos, armados con napalm, destrozaron la zona, acabando con los muertos vivientes y los supervivien¬tes humanos. No existen pruebas documentadas que corroboren la historia de Stavros. Los otros miembros de su equipo están o muertos, o perdidos en combate, o perdidos en Estados Unidos, o simplemente se negaron a que les entrevistaran.

1971 D. C, VALLE NONG'ONA, RUANDA

Jane Massey, reportera dedicada a la vida salvaje para La Tierra viviente, fue como enviada por la revista a documentar la vida de los gorilas de lomo plateado en peligro de extinción. Este extracto es sólo una pequeña anécdota de las muchas y popula¬res historias de los primates raros y exóticos:

Cuando cruzamos el valle escarpado, vi moverse algo entre el follaje. Nuestro guía también lo vio y nos conven¬ció de que aligeráramos el paso. En aquel momento oí algo bastante extraño en aquella zona del planeta: completo silencio. Ningún pájaro, ningún animal, ni siquiera insec¬tos, y hablamos de insectos de un tamaño considerable. Le pregunté a Kengeri y lo único que me dijo fue que bajara la voz. Desde la zona más baja del valle, pude oír un gemido espeluznante. Kevin (el fotógrafo de la expedi¬ción) se puso más blanco de lo normal y continuó diciendo que debía de ser el viento. Un dato, yo he oído el viento en Sarawak, Sri Lanka, el Amazonas e incluso en Nepal y ¡eso NO es viento! Kengeri puso una mano en el machete y nos dijo que nos calláramos. Le dije que quería bajar al valle para echar un vistazo. El se negó. Cuando insistí, me dijo: «Los muertos andan sueltos por aquí» y se marchó.

Massey nunca exploró el valle ni descubrió la fuente del gemido. La historia del guía podría tratarse de una superstición de la zona. El gemido pudo haber sido simplemente el viento. Sin embargo, hay mapas del valle que revelan que está rodeado por acantilados escarpados, lo que hace imposible que los gules escapen. En teoría, este valle podría servir como receptáculo para las tribus que quieran atrapar pero no destruir a los muer¬tos andantes.

1975 D. C, AL-MARQ, EGIPTO

La información relativa a este brote proviene de varias fuentes: entrevistas a los habitantes del pueblo que fueron testigos de lo ocurrido, nueve declaraciones juradas del personal militar egip¬cio de bajo rango y los relatos de Gassim Farouk (un antiguo oficial de inteligencia de las fuerzas aéreas egipcias que emigró hace poco a Estados Unidos), además de la información sobre la investigación de varios periodistas internacionales que han preferido mantener sus identidades en secreto. Todas las fuen¬tes corroboran la historia sobre un brote de origen desconocido que atacó e invadió este pequeño pueblo egipcio. Las llamadas pidiendo ayuda no obtuvieron respuesta, a la policía de otros pueblos y al comandante de la base de la Segunda División Armada de Egipto en Gabal Garib a tan sólo cincuenta y siete kilómetros. En un extraño giro de los acontecimientos, el opera¬dor de teléfono de Gabal Garib también era un agente israelí del Mossad que pasó la información a los cuarteles generales de la FDI en Tel Aviv. Tanto el Mossad como los integrantes de la Fuerza de Defensa de Israel se tomaron la información como una patraña y la hubieran olvidado rápidamente si no hubiera sido por el general Jacob Korsunsky, un ayudante de la primera ministra Golda Meir. Judío estadounidense que fue colega de David Shore, Korsunsky estaba al tanto de la existencia de los zombis y de la amenaza que suponían si no les ponían obstácu¬los. De forma impresionante, Korsunsky convenció a Meir para que formara una misión de reconocimiento para investigar Al-Marq. La infección se encontraba en aquel momento en su día catorce. Nueve supervivientes habían formado una barricada en la mezquita del pueblo con un poco de agua y sin comida. Con el consentimiento de Korsunsky, una patrulla de paracai¬distas descendió al centro de Al-Marq y, tras doce horas de bata¬lla, eliminaron a todos los zombis. Se sospecha que esta histo¬ria tuvo un final salvaje. Algunos creen que el ejército egipcio rodeó Al-Marq, capturó a los israelíes y preparó su ejecución allí mismo. Cuando suplicaron a los supervivientes, que mostra¬ron a los soldados los cadáveres de los zombis, los egipcios permitieron a los israelíes pasar de un modo seguro hasta sus hogares. Otros llevaron esta posibilidad más lejos, dando lugar a que la tomaran como una de las razones de la tregua egipcio-israelí. No existen pruebas consistentes que sostengan esta histo¬ria. Korsunsky murió en 1991. Sus memorias, relatos persona¬les, comunicados del ejército, los consiguientes artículos en los periódicos e incluso películas sobre la supuesta batalla grabadas por un cámara del Mossad, han quedado ocultos por el gobierno israelí. Si esto es cierto, se presenta una cuestión interesante y, posiblemente, perturbadora. ¿Por qué tendría que convencerse el ejército egipcio de que los muertos vivientes existen a través de testimonios y, al parecer, cadáveres humanos? ¿No tendría que existir un espécimen (o varios) intacto y con las funciones activas para probar una historia tan impresionante? De ser así, ¿dónde están ahora esos especímenes?

1979 D. C, SPERRY, ALABAMA

Durante su jornada diaria, Check Bernard, el cartero de la zona, paró en la granja de los Henrichs y vio que no habían recogido el correo del día anterior. Como nunca había ocurrido antes, Bernard decidió llevar el correo a la casa. A quince metros de la puerta principal, oyó lo que parecían disparos, gritos de dolor y llamadas de socorro. Bernard se fue, condujo dieciséis kiló¬metros hasta el teléfono público más cercano y llamó a la poli¬cía. Cuando dos ayudantes del sheriff y un equipo paramédico llegaron, encontraron a la familia Henrichs completamente descuartizada. La única superviviente, Freda Henrichs, estaba sufriendo, como se podía ver a la perfección, los síntomas de una infección avanzada. Golpeó a los paramédicos antes de que los ayudantes del sheriff pudieran atarla. Un tercer ayudante, el último en llegar y novato en el cuerpo, sufrió un ataque de pánico y disparó a la mujer en la cabeza. A los dos hombres a los que había mordido los llevaron al hospital del condado para que los trataran y poco después murieron. Tres horas después, resu¬citaron durante la autopsia, atacaron al coronel y a su ayudante y salieron a la calle. Alrededor de medianoche la ciudad estaba aterrorizada. Había veintidós zombis y devoraron por completo a quince personas. Muchos supervivientes buscaron refugio en sus casas. Otros intentaron huir del pueblo. Tres colegiales se las arreglaron para subir a lo alto de la torre de agua. Aunque estaban rodeados (varios gules intentaron escalar la torre pero volvieron a caerse al suelo), estos niños permanecieron a salvo hasta que los rescataron. Un hombre, Harland Lee, tenía en su casa un subfusil Uzi modificado, una escopeta paralela recor¬tada y dos pistolas mágnum del 44 (una era un revólver y la otra una automática). Los testigos afirman que vieron a Lee atacar a un grupo de doce zombis, disparando con la Uzi en primer lugar y a continuación con las otras armas. Cada vez, Lee disparaba al torso de los zombis, provocándoles gran daño pero sin matarlos. Como se le terminaba la munición y a su espalda había un montón de coches destrozados, Lee intentó disparar a la cabeza con una pistola en cada mano. Como las manos le temblaban mucho, Lee no acertaba ningún tiro. El autoproclamado salvador de la ciudad terminó siendo devorado al instante. Por la mañana, los ayudantes del sheriff de los pueblos colin¬dantes, con la policía del estado y con grupos de voluntarios, se reunieron en Sperry. Iban armados con rifles de caza con miras y sabían que el tiro en la cabeza era mortal (un cazador de la zona había aprendido esto al defender su casa), así que rápidamente acabaron con la amenaza. La explicación oficial (proporcionada por el Departamento de Agricultura) fue la «histeria colectiva a causa de un escape de pesticida en el nivel freático del pueblo». El Centro de Control de Enfermedades se deshizo de todos los cuerpos antes de que pudieran realizarse las autopsias. La mayo¬ría de las grabaciones de radio, las imágenes de las noticias y las fotografías de los particulares se confiscaron inmediatamente.
Varios supervivientes rellenaron ciento setenta y cinco declara¬ciones juradas. Noventa y dos de esos casos se han llevado a la corte, cuarenta y ocho aún están por resolver y el resto han sido retirados misteriosamente. Se ha presentado recientemente una declaración con motivo del acceso a las imágenes de los medios de comunicación que fueron confiscadas. Al parecer, para que se tome una decisión habrá que esperar años.

OCT. 1980 D. C, MARICELA, BRASIL

Las noticias de este brote en principio provenían de Madre Verde, un grupo medioambiental que pretendía atraer la aten¬ción sobre las difíciles condiciones que los indios locales sufrían a causa de la adquisición y la destrucción de su tierra. Los gana¬deros, que pretendían conseguir sus objetivos utilizando la violencia, se armaron y se dirigieron al poblado indio. Cuando se encontraban en lo más profundo de la selva tropical les atacó un enemigo aún más terrorífico: una horda de más de treinta zombis. Todos acabaron devorados o resucitaron convertidos en muertos andantes. Dos supervivientes consiguieron llegar al pueblo más cercano, Santarem. Ignoraron sus advertencias y los informes oficiales explican que la batalla fue una insurrección de la población india. Tres brigadas armadas se encaminaron hacia Maricela. Como no encontraron ningún rastro de los no muer¬tos, se dirigieron al pueblo indio. Lo que ocurrió a continuación lo negó mediante comunicado oficial el gobierno brasileño, pero sabían que se trataba de un ataque de muertos andantes. Los relatos de los testigos describen la masacre exactamente como tal, con las tropas del gobierno matando a todo ser que cami¬nara, tanto zombi como humano. De forma irónica, los miem¬bros de Madre Verde también negaron esta historia; afirmando que, en realidad, el gobierno brasileño se inventó esta patraña de los zombis para justificar la masacre de los indios. Buena parte de las pruebas provienen de un sargento mayor retirado del Departamento de Artillería del ejército brasileño. Cuenta que durante los días precedentes a la batalla, habían requisado prácticamente todos los lanzallamas del país. Tras la operación, habían devuelto las armas vacías.

DIC 1980 D. C, JURUTI, BRASIL

Esta estación remota, a más de 480 kilómetros río abajo de Mari¬cela, se convirtió en la escena de varios ataques cinco semanas después. Los zombis surgieron del agua por toda la ribera. El resultado de estos ataques (el número, la respuesta, las bajas) aún se desconoce.


1984 D. C, CABRIO, ARIZONA

Este brote, mucho más leve considerando el espacio y las perso¬nas involucradas, apenas se considera de clase 1. Sin embargo, las ramificaciones representan uno de los acontecimientos más significativos en el estudio del Solanum. El incendio en una escuela elemental causó la muerte a cuarenta y siete niños a causa de la inhalación de humo. La única superviviente, Ellen Aims, de nueve años, escapó saltando desde una ventana rota pero sufrió profundas laceraciones y pérdida de sangre. Salvó la vida gracias a una transfusión de urgencia del banco de sangre. En media hora, Ellen comenzó a sufrir los síntomas de una infección de Solanum. El personal médico no lo entendía y sospecharon que la sangre estaba contaminada por otras enfermedades. Mientras le realizaban las pruebas, la niña murió. Delante de los empleados, los testigos y los padres, resucitó y mordió a la enfermera que estaba atendiéndola. Ataron a Ellen, pusieron a la enfermera en cuarentena y el médico de guardia contó el caso a un colega de Phoenix (Arizona). Dos horas más tarde, los médicos del Centro de Control de Enfermedades llegaron, escoltados por las fuer¬zas de la ley de la zona y «agentes federales sin identificación». Llevaron en avión a Ellen y a la enfermera infectada a un lugar sin revelar para un «tratamiento avanzado». Confiscaron todos los informes del hospital y el banco de sangre. No permitieron a la familia Aims acompañar a la niña. Tras una semana sin reci¬bir noticias, les informaron de que su hija había «fallecido» y que habían tenido que incinerar el cuerpo por «motivos sanita¬rios». Este caso ha sido el primero registrado que demuestra que el Solanum puede transferirse desde la sangre almacenada en un banco. Esto plantea las siguientes preguntas: ¿Quién fue el donante con la sangre infectada? ¿Cómo pudo tomarse su sangre sin que el sujeto supiera que estaba infectado y por qué nunca se supo nada sobre el donante? Además, ¿cómo se enteró el CCE del caso de Ellen tan rápido (el médico de Phoenix se negó a que le entrevistaran) y por qué respondió la agencia tan rápido? Aunque no es necesario decirlo, la teoría sobre una conspira¬ción rodea aún este caso. Los padres de Ellen han presentado una demanda contra el CCE con el único propósito de conocer la verdad. Sus declaraciones han contribuido en la investigación de este caso del autor.

1987 D. O, KHOTAN, CHINA

En marzo de 1987, varios grupos de disidentes chinos informa¬ron a Occidente sobre un desastre cerca de la planta de energía nuclear en Xinjiang. Tras varios meses negando la historia, el gobierno chino anunció de modo oficial que había habido un «fallo» en las instalaciones. En un mes, la historia cambió a «intentan realizar sabotaje [...] unos terroristas contrarrevolu-cionarios». En agosto, Tycka!, un periódico sueco, publicó la historia de que un satélite espía de Estados Unidos sobre Khotan había fotografiado tanques y otros vehículos armados dispa¬rando a quemarropa a lo que parecían ser grupos desorganiza¬dos de civiles que intentaban entrar en la planta nuclear. Otras fotografías revelan que algunos de los «civiles» rodeaban a otros y los desmembraban y se comían sus cadáveres. El gobierno estadounidense niega que su satélite aportara tales imágenes y Tycka! se retractó de tal historia. Si lo que ocurrió en Khotan fue un brote zombi, entonces hay más preguntas que respuestas. ¿Cómo empezó el brote? ¿Cuánto duró? ¿Cómo se contuvo al final? ¿Cuántos zombis había? ¿Entraron en la planta? ¿Cuánto daño causaron? ¿Por qué no ocurrió algo parecido al desastre de Chernóbil? ¿Escapó algún zombi? ¿Ha habido más ataques desde entonces? Una parte de la información que aporta cierta credibilidad a la historia del brote proviene del profesor Kwang Zhou, un disidente chino que había desertado a Estados Unidos. Kwang conocía a un soldado que había participado en aquel incidente. Antes de que lo enviaran a un centro de reeducación junto con otros testigos, el joven le contó que el nombre clave de aquella operación era «Pesadilla del despertar eterno». Aún hay otra pregunta: ¿Cómo empezó este brote inicial? Tras leer el libro de David Shore, en especial la sección sobre cómo captu¬raron un zombi de Dragón Negro las tropas comunistas chinas, es lógico sacar la conclusión de que el gobierno chino tuvo, o aún tiene, su propia versión de «Flor de cerezo» y «Esturión», su propio proyecto para crear un ejército de no muertos.


DIC. 1992 D. O, MONUMENTO NACIONAL JOSHUATREE, CALIFORNIA

Varios excursionistas y viajeros de este parque en el desierto encontraron una tienda de campaña y equipo abandonados junto a la carretera principal. Investigando las historias, los guardas del parque descubrieron una escena horripilante a dos kilómetros del campamento abandonado. Encontraron a una chica de unos veinte años muerta, con la cabeza destrozada a golpes de piedra y su cuerpo cubierto de marcas de mordedu¬ras realizadas por otro humano. Una investigación más a fondo realizada por la policía local y nacional identificó a la víctima; se trataba de Sharon Parsons de Oxnard, California. Ella y su novio, Patrick MacDonald, acamparon en el parque la semana anterior. Todos los boletines difundidos por los medios de comunicación apuntaban hacia MacDonald. La autopsia completa de Parsons reveló un hecho que sorprendió al juez de instrucción del caso. El nivel de descomposición de su cuerpo no cuadraba con el del tejido cerebral. Además, el esófago contenía restos de carne humana que coincidían con el grupo sanguíneo de MacDonald. Sin embargo, las muestras de piel que había bajo las uñas enca¬jaban con un tercero en discordia, Devin Martin, un fotógrafo de la fauna salvaje y solitario que había recorrido en bicicleta el parque un mes antes. Como tenía pocos amigos, no tenía familia y trabajaba como autónomo, la desaparición de Martin nunca se denunció. Una búsqueda completa en el parque no reveló nada. El vídeo de vigilancia de una gasolinera en Diamond Bar reveló que MacDonald había parado allí brevemente. El empleado de servicio describió a MacDonald como demacrado, frenético y llevando un trapo lleno de sangre sobre el hombro. La última vez que se vio a MacDonald iba en dirección oeste, hacia Los Angeles.


ENE. 1993 D. C, CENTRO DE LOS ÁNGELES, CALIFORNIA

Aún se está realizando una investigación en relación a la primera fase de este brote, incluyendo cómo se expandió en un princi¬pio a las zonas cercanas. El brote lo detectó primero un grupo de jóvenes, miembros de una banda callejera conocida como los VBR, o los Venice Boardwalk Reds. Entraron en aquella zona de la ciudad para vengar a uno de sus miembros, asesinado por una banda rival conocida como los Perros Negros. Alrededor de la 1 a. m., entraron en una zona industrial casi abandonada donde los Perros tenían su guarida. Lo primero que notaron fue que no había vagabundos. La zona era conocida por su gran barrio de chabolas que había en un solar desocupado. Las cajas de cartón, los carros de la compra y demás parafernalia que pertenecía a los sin techo estaban desparramados por toda la calle, pero no había señal alguna de ellos. Iban prestando muy poca atención a la carretera y el conductor del vehículo de los Reds atropello por accidente a un peatón que se movía muy despacio. El conduc¬tor perdió el control de su El Camino y viró bruscamente hacia el lado de uno de los edificios. Antes de que los Reds pudieran atender al vehículo, que se había estropeado, o reprender a su compañero por su falta de habilidad al volante, vieron moverse al peatón que habían atropellado. Aunque tenía la columna rota, la víctima empezó a reptar hacia la banda callejera. Uno de los Reds sacó una pistola de 9 mm y disparó al hombre en el pecho. Este acto no sólo no paró al hombre, sino que envió una onda de sonido a un radio de varias manzanas. Abrió fuego varias veces más, todos hacia su objetivo, sin producir resultado alguno. El último disparo fue directo al cráneo y lo mató. Los Reds nunca tuvieron tiempo de descubrir exactamente lo que lo había matado. De repente oyeron un gemido que parecía proce¬der de todas direcciones. Lo que creían que se trataba de las sombras de las farolas era un grupo de más de cuarenta zombis que se acercaba desde todas las direcciones.
Como tenían el coche estropeado, los Reds fueron calle abajo, literalmente atravesaron una pequeña línea libre entre los muertos vivientes. Tras varias manzanas, se encontraron, iróni¬camente, a los miembros que quedaban de los Perros Negros, también a pie después de que los zombis hubieran invadido su guarida y destrozado sus coches. Cambiaron la rivalidad por la supervivencia, las dos bandas pactaron un cese de fuego y se dispusieron a buscar un medio de escapar o un refugio seguro. Aunque muchos de los edificios (bien construidos, almacenes sin ventanas) les hubieran servido de buenas fortalezas, esta¬ban cerrados o (en el caso de los que habían sido abandonados) entablados y no podían entrar. Como conocían mejor la zona, los Perros tomaron la iniciativa y sugirieron que debían dirigirse al instituto De Soto Júnior, un edificio pequeño a una distan¬cia fácil de cubrir corriendo. Con los zombis a pocos minutos de distancia, las dos bandas llegaron al instituto y para poder entrar rompieron una ventana del segundo piso. Al hacer esto activaron la alarma antirrobo que, además, alertó a todos los zombis que se encontraban por la zona, aumentando su número a más de cien. La alarma, sin embargo, era el único aspecto negativo de aquel reducto formidable. En los términos de una fortaleza, De Soto era una elección excelente. Una construc¬ción de cemento armado sólida, con rejas y cubierta de venta¬nas con mallas y puertas de madera maciza cubiertas de acero hacían fácilmente defendible aquel edificio de dos plantas. Una vez dentro, el grupo actuó con una prudencia admirable, esta¬bleciendo un plan secundario, comprobando todas las puertas y las ventanas para estar más seguros, llenando todos los reci¬pientes que pudieron de agua y almacenado sus propias armas y municiones. Como creyeron que la policía era peor enemigo aún que los muertos vivientes, ambas bandas usaron el teléfono para llamar a las bandas callejeras aliadas en lugar de a las auto¬ridades. Ninguno con los que lograron contactar se creyó lo que estaban escuchando, pero prometieron llegar lo antes posible.
Este último acto fue, en otro giro irónico, uno de los pocos casos de exceso de medios jamás registrado en una insurrec¬ción de no muertos. Bien protegidos, bien armados, bien liderados, bien organizados y extremadamente bien motivados, los miembros de las bandas fueron capaces de matar a los muertos vivientes desde las ventanas de arriba sin perder a ninguno de los suyos. Los refuerzos (bandas callejeras aliadas que prometieron ofrecer apoyo) llegaron, desafortunadamente, al mismo tiempo que la policía de Los Ángeles. El resultado fue el arresto de todos los involucrados.
El incidente se definió oficialmente como «un tiroteo entre bandas callejeras de la zona». Tanto los Reds como los Perros intentaron transmitir la verdad a todos los que quisieran escucharla. Su historia se explicó como una ilusión psicótica produ¬cida por el «hielo», un narcótico popular en esa época. Como la policía y los refuerzos de los miembros de otras bandas sólo vieron cadáveres muertos a tiros pero a ningún zombi, nadie pudo actuar como testigo. Los cuerpos de los no muertos fueron recogidos e incinerados. Como casi todos ellos habían sido vagabundos, no se pudo identificar a ninguno y tampoco los echaron en falta. Declararon culpables de asesinato en primer grado a los miembros originales de las bandas que se vieron involucradas y la sentencia fue cadena perpetua en alguna de las prisiones de California. Todos fueron asesinados el primer año de su encarcelación, supuestamente por miembros de bandas rivales. Esta historia habría acabado aquí si no hubiera sido por un detective de la policía de Los Ángeles que pidió permanecer en el anonimato. El/ella leyó sobre el caso Parsons-MacDonald varios días antes y estaba intrigado/a por los detalles más extra¬ños. Así que, en cierto modo, creyó las historias de los miem¬bros de las bandas. El informe del juez de instrucción le dio el argumento más convincente. Cuadraba perfectamente con la autopsia de Parsons. El último clavo en el ataúd fue una cartera que se había encontrado en uno de los no muertos, un hombre de unos treinta años que parecía ir mejor vestido y aseado que la mayoría de los vagabundos. La cartera pertenecía a Patrick MacDonald. Como el propietario tenía un disparo en la cara de una bala del calibre doce, no había forma exacta de identificarlo. El/la detective anónimo/a creyó que era mejor no decírselo a sus superiores por miedo a la acción disciplinaria. En lugar de eso, él/ella copió el informe del caso al completo y lo presentó al autor de este libro.

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