ATAQUES REGISTRADOS
Esta no es una lista de todos los ataques zombi a través de la histo¬ria. Este apartado simplemente relata todos los ataques cuya infor¬mación se ha documentado, ha sobrevivido y ha hecho pública el autor de este libro. Los relatos de sociedades con una historia oral han sido más difíciles de adquirir. Demasiado a menudo estas historias se han perdido cuando sus sociedades se han fragmen¬tado como resultado de la guerra, la esclavitud, los desastres natu¬rales o simplemente la corrupción de la modernización internacional. Quién sabe cuántas historias, cuánta información vital -tal vez incluso una cura- se han perdido a través de los siglos. Incluso en una sociedad tan bien informada como la nuestra, sólo se regis¬tra una fracción de los brotes. En parte, esto se debe a varias orga¬nizaciones políticas y religiosas que juraron guardar en secreto lodo conocimiento sobre los muertos vivientes. Esto también se debe a la ignorancia de un brote zombi . Aquellos que sospechan la verdad pero temen por su credibilidad, en la mayoría de los casos, ocultarán la información. Esto nos deja una lista corta pero bien documentada. Nota: Estos eventos se han ordenado en el orden cronológico de incidencia, no de descubrimiento.
60.000 A. C, KATANDA, ÁFRICA CENTRAL
Recientes expediciones arqueológicas descubrieron una cueva a orillas de la zona alta del río Semliki que contenía trece cráneos.
Todos habían sido aplastados. Muy cerca de ellos había una gran pila de cenizas fosilizadas. Los análisis en los laboratorios determinaron que las cenizas eran los restos de trece Homo sapiens En la pared de la cueva hay pintada una figura humana, con las manos alzadas en postura amenazadora y una mirada diabólica. Dentro de su enorme boca está el cuerpo de otro humano, este descubrimiento no ha sido aceptado como un incidente zombi auténtico. Una corriente de opinión afirma que los cráneos aplastados y los cuerpos quemados eran un modo de deshacerse de los gules, mientras el dibujo de la cueva sirve de aviso. Otros académicos solicitan algún tipo de prueba física, como un resto de Solanum fosilizado. Aún se están esperando los resultados, Si se confirma la autenticidad en Katanda, surgirá en nuestras cabezas la siguiente pregunta: ¿Por qué pasó un intervalo de tiempo tan grande entre este primer brote y el que le sigue?
3000 A. C, HIERACÓMPOLIS, EGIPTO
En 1892, una excavación británica desenterró una tumba sin inscripción. No pudieron encontrarse pistas que revelaran quién era la persona que la ocupaba ni nada sobre su posición en la sociedad. El cuerpo fue encontrado fuera de la cripta abierta, hecho un ovillo en una esquina y sólo parcialmente descompuesto. Miles de marcas de arañazos adornaban la superficie del interior de la tumba, como si el cadáver hubiera intentado abrirse camino hacia el exterior. ¡Los expertos forenses revelaron que las marcas se habían hecho durante un periodo de varios años! El cuerpo mismo tenía varias marcas de mordiscos en el radio derecho. La marca de los dientes mostraba que eran huma¬nos. La autopsia completa reveló que el cerebro seco y parcial¬mente descompuesto no sólo correspondía a los que están infec¬tados con Solanum (el lóbulo frontal había desaparecido por completo) sino que también contenía restos del virus. Existe en la actualidad un debate enfurecido sobre si este caso provocó o no que los últimos egipcios extrajeran el cerebro a las momias.
500 A. C, ÁFRICA
Durante el viaje para explorar y colonizar la costa occidental del continente, Hanno de Cartago, uno de los antiguos marineros más famosos de la civilización occidental, escribió en su diario de a bordo:
A la orilla de una gran jungla, donde las verdes colinas esconden sus copas sobre las nubes, mandé una expedi¬ción tierra adentro en busca de agua dulce. [....] Nuestros adivinos nos advirtieron sobre esta expedición. Según ellos se trataba de una tierra maldita, lugar de demonios aban¬donado por los dioses. Ignoré tales advertencias y pagué el precio más alto. [...] De treinta y cinco hombres que envié, sólo siete regresaron. [...] Los supervivientes sollo¬zaban un cuento sobre monstruos de la jungla. Hombres con colmillos de serpiente, garras de leopardo y ojos que ardían como las llamas del Infierno. Las espadas de bronce les cortaban la carne, pero no sangraban. Se alimentaron de nuestros marineros y el viento se llevó sus llantos [...] nuestros adivinos nos alertaron sobre los supervivientes que habían sido heridos, afirmando que traerían dolor a todo aquel que los tocara. [...] Nos apresuramos hacia los barcos y abandonamos a aquellas pobres almas en aque¬lla tierra de hombres-bestia. Que los dioses me perdonen
Como saben la mayoría de lectores, mucho del trabajo de Hanno resulta polémico y es tema de debate entre los histo¬riadores académicos. Dado que Hanno también describió un enfrentamiento con grandes criaturas parecidas a los monos que él apodó «gorilas» (los gorilas actuales nunca han habitado esa parte del continente) puede deducirse que ambos incidentes son producto tanto de su imaginación como de la de los historiadores posteriores. Incluso si tenemos en cuenta esto y sin considerar la exageración obvia de los colmillos de serpiente, las garras de leopardo y los ojos ardientes, la descripción básica de Hanuo se acerca bastante a la de los muertos andantes.
329 A. C, AFGANISTÁN
Una columna macedonia sin nombre, construida por el legendario conquistador Alejandro Magno, fue visitada muchas veces por las fuerzas soviéticas especiales durante su propia guerra de ocupación. A ocho kilómetros de este monumento, una unidad descubrió los restos antiguos de lo que se creyó que eran unas instalaciones mili¬tares del ejército heleno. Entre otros objetos, había una vasija de bronce pequeña. El dibujo de la inscripción mostraba: (1) un hombre mordiendo a otro hombre; (2) la víctima yaciendo en el lecho de muerte; (3) la víctima volvía de nuevo a la vida, y de nuevo volvía a (I) mordiendo a otro hombre. La naturaleza circular de esta vasija, al igual que los dibujos en sí mismos, podrían ser la prueba de un brote no muerto que Alejandro presenció o que le relató alguien de las tribus locales.
212 A. C, CHINA
Durante la dinastía Qin, todos los libros no relacionados con asuntos prácticos como la agricultura o la construcción fueron quemados por orden del emperador para protegerse contra «pensamientos peligrosos». Nunca sabremos si los relatos sobre los ataques zombis terminaron en llamas. Esta sección oculta de un manuscrito médico, preservado dentro de la pared de la casa de un erudito chino que fue ejecutado, podría ser la prueba de tales ataques:
El único tratamiento para las víctimas de la Pesadilla de la Vigilia Eterna es una desmembración completa seguida de las llamas. Debe sujetarse al paciente, llenársele la boca de paja y entonces amarrarlo bien. Deben extirparse todos los miembros y órganos, evitando el contacto con cualquier fluido corporal. Debe quemarse todo hasta que sólo queden cenizas para seguidamente esparcirlas todas al menos a doce pies en todas direcciones. Cualquier otro remedio no bastará, puesto que la enfermedad no tiene cura [...] el deseo de carne humana es insaciable. [...] Si las víctimas son numerosas y no hay esperanza de poder contenerlas, debe realizarse la decapitación inmediatamente [...] la pala shaolin es el arma más veloz para realizar esta tarea.
No hay mención a las víctimas de esta Pesadilla de la Vigilia Eterna como seres realmente muertos. Sólo el fragmento sobre el ansia que sienten por la carne de los sanos y el «tratamiento» en sí, sugieren la presencia de los zombis en la antigua China.
121 D. C, FANUM COCIDI, CALEDONIA (ESCOCIA)
Aunque se desconoce la fuente del brote, sus acontecimientos están bien documentados. El jefe bárbaro de la zona, creyendo que los no muertos estaban simplemente locos, envió a más de 3000 guerreros a «poner fin a esta sublevación demente». Su resultado: más de 600 guerreros devorados, el resto herido y finalmente transformado en muertos andantes. Un comerciante romano llamado Sextus Sempronios Tubero, que viajaba por esa región en aquel momento, presenció la batalla. Aunque no se dió cuenta de que los muertos andantes eran sólo eso, Tubero vio lo suficiente para fijarse en que la decapitación era el único modo de que los zombis dejaran de ser una amenaza. Apenas hubo escapado, Tubero contó este acontecimiento a Marcus Lucius Terentius, comandante de la guarnición militar más próxima en la Britania romana. Estaban a menos de un día de 9000 zombis. Siguiendo el flujo de refugiados, estos gules continuaron migrando al sur, en dirección constante hacia territorio romano. Terentius solo contaba con una cohorte (480 hombres) a su disposición, los refuerzos se encontraban a tres semanas de allí. Terentius ordeno primero cavar dos zanjas estrechas de dos metros de profundidad que finalmente alinearía para formar un pasillo recto de más de un kilómetro de largo. El resultado fue similar a un embudo
abierto hacia el norte. Entonces ambas zanjas se llenaron de bitumen liquidum (aceite crudo: se usaba normalmente para encender lámparas en esta parte de Britania). Cuando los zombis se acercaron, prendieron el aceite. Todos los gules que cayeron en la zanja quedaron atrapados dentro de sus límites profundos y se incineraron. El resto fue forzado hasta el túnel, donde no más de 300 podían mantenerse en fila de pie. Terentius ordenó a sus hombres que sacaran las espadas, alzaran los escudos y avanzaran hacia el enemigo. Después de nueve horas de batalla, todos los zombis habían sido decapitados. Las cabezas partiéndose rodaban hacía la zanja para ser incineradas. Las bajas romanas sumaron 150 muertos, sin heridos (los legionarios mataron a cualquier camarada mordido).
Las ramificaciones de este brote fueron inmediata e histórica¬mente importantes. El emperador Adriano mandó compilar toda la información sobre el brote en un trabajo inteligible. Este manual no sólo detallaba el patrón de comportamiento de los zombis y las instrucciones sobre los métodos más eficientes de deshacerse de los cuerpos, sino que también recomendaba una aplastante fuerza numérica «que se enfrentara al pánico inevitable del populacho general». Una copia de este documento, conocido simplemente como «Orden del Ejército XXXVII», fue distribuida a cada legión a través del imperio. Por este motivo, los brotes en zonas bajo el dominio romano nunca volvieron a alcanzar un número crítico v por eso nunca fueron registrados en detalle. También se cree que el primer brote impulsó la construcción del Muro de Adriano, una estructura que aislaba de forma eficaz Caledonia del norte del resto de la isla. Este es un brote de clase 3 de manual y, con mucho, el mayor registrado.
140-41 D. C, THAMUGADI, NUMIDIA (ARGELIA)
Seis pequeños brotes entre los nómadas del desierto fueron registrados por Lucius Valerius Strabo, gobernador romano de la provincia. Todos los brotes fueron aplastados por dos cohor¬tes de la base de la Tercera Legión Augusta. Número total do zombis abatidos: 134. Bajas romanas: 5. Aparte del informe oficial, una entrada del diario personal de un ingeniero del ejér¬cito registra un descubrimiento significativo:
Una familia de la zona permaneció prisionera en su casa durante al menos doce días mientras las criaturas salvajes arañaban e intentaban abrirse camino en vano por las puer¬tas cerradas con cerrojos y las ventanas. Después de que acabáramos con la mugre y rescatáramos a la familia, su conducta parecía cercana a la locura. Por lo que pudimos deducir, los gemidos de las bestias, día tras día, noche tras noche, demostraron ser una forma de tortura despiadada
Este es el primer reconocimiento conocido de daño psicológico causado por un ataque zombi . Al estar los seis inciden¬tes muy próximos en el tiempo puede considerarse creíble que uno o más zombis de ataques anteriores sobrevivieran el tiempo suficiente para volver a infectar una población.
156 D. C, CASTRA REGINA, GERMANIA (SUR DE ALEMANIA)
El ataque de diecisiete zombis acabó infectando a un clérigo importante. El comandante romano, al reconocer las señales de un recientemente transformado zombi , ordenó a sus tropas que destruyeran al antiguo hombre santo. Los ciudadanos de la zona encolerizaron y se desencadenaron disturbios. Número de zombis abatidos: 10, incluyendo al hombre santo. Bajas entre los romanos: 17, todos durante los disturbios. Número de civiles asesinados por las medidas represivas de los romanos: 198.
177 D. C, EMPLAZAMIENTO SIN NOMBRE CERCA DE TOLOSA, AQUITANIA (SUROESTE DE FRANCIA)
Una carta personal, escrita por un comerciante durante un viaje para ver a su hermano en Capua, describe al agresor:
Vino desde el bosque un hombre que apestaba a podrido. Su piel grisácea dejaba entrever muchas heridas de las que no emanaba la sangre. Al ver al niño gritar, pare¬ció que el cuerpo le temblaba de excitación. Su cabeza se volvió en la dirección del niño; su boca abierta en un gemido estremecedor. [...] Darius, el anciano veterano de la legión, se acercó [...] apartando hacia un lado a la madre, agarró al niño con un brazo y empuñó su gladius con el otro. La cabeza de la criatura le cayó sobre los pies y rodó colina abajo antes de que el resto del cuerpo la siguiera. [...] Darius insistió en que llevaran ropas de cuero cuando tiraran el cuerpo al fuego [...] la cabeza, que aún se movía mordiendo de un modo desagradable, alimentó las llamas.
Este pasaje debería tomarse como la típica actitud romana hacia los muertos vivientes: sin miedo, sin supersticiones, simplemente otro problema que requiere una solución práctica. Este fue el último ataque registrado durante el Imperio romano. Los siguientes brotes ni se combatieron con la misma eficacia ni fueron registrados con la misma claridad.
SIGLO VIII D. C, FRISIA (NORTE DE HOLANDA)
Aunque parece que este acontecimiento tuvo lugar en o alrede¬dor del año 700 d. C, las pruebas físicas las aporta un cuadro descubierto recientemente en la bóveda del Rijksmuseum de
Amsterdam. El análisis de los materiales fija la fecha señalada arriba. El cuadro muestra un grupo de caballeros con armadura completa atacando a una multitud de hombres rabiosos con carne gris, flechas y otras heridas cubriendo sus cuerpos y sangre chorreando de sus bocas. Mientras las dos fuerzas se enfrentan en el centro del lienzo, los caballeros empuñan la espadas para decapitar al enemigo. Se ve a tres zombis en la esquina de la parte inferior derecha, agachados sobre el cuerpo de un caballero muerto. Han quitado parte de su armadura y han arrancado una extremidad de su cuerpo. Los zombis se alimentan de la carne expuesta. Como el cuadro en sí no está firmado, nadie ha determinado aún de dónde procede esta obra o cómo terminó en el museo.
850 D. C, REGIÓN DESCONOCIDA DE SAJONIA (NORTE DE ALEMANIA)
Bearnt Kuntzel, un fraile que peregrinaba a Roma, registró este incidente en su diario personal. Un zombi que apareció deambulando de la Selva Negra mordió e infectó a un granjero de la zona. La víctima resucitó varias horas después de fallecer y atacó a su propia familia. Desde ese momento, el brote se extendió a la aldea entera. Los que sobrevivieron huyeron al castillo del señor, sin darse cuenta de que algunos de ellos habían sido mordidos. Cuando el brote se extendió aún más, los aldeanos vecinos se dirigieron en tropel a la zona infestada. El clero de la zona creyó que los no muertos habían sido infectados por el espíritu del demonio y que el agua bendita y los ensalmos desterrarían a los espíritus malignos. La «búsqueda sagrada» terminó en una masacre, con la congregación entera o devorada o convertida en muertos vivientes.
Desesperados, los señores y los caballeros vecinos se unieron para «purificar a la prole infernal en las llamas». Esta fuerza destartalada quemó todas las aldeas y zombis en un radio de ochenta kilómetros. Ni los humanos que no habían sido infec¬tados sobrevivieron a la masacre. El castillo original del señor, habitado por personas que se habían visto acorraladas por los no muertos, se había transformado para entonces en una prisión de más de 200 gules. Como los habitantes habían bloqueado las puertas y subido el puente levadizo antes de perecer, los caballe-ros no pudieron entrar al castillo para purificarlo. El resultado: la fortaleza se declaró «embrujada». Más de una década después, los campesinos que pasaban cerca de allí podían oír los gemidos de los zombis que había aún dentro. Según las cifras de Kunt¬zel, se contabilizaron más de 573 zombis y más de 900 humanos fueron devorados. Kuntzel cuenta también las represalias masi¬vas contra un pueblo judío cercano, culpado del brote por su falta de «fe». El trabajo de Kuntzel sobrevivió en los archivos del Vaticano hasta su descubrimiento accidental en 1973.
1073 D. C, JERUSALÉN
La historia del doctor Ibrahim Obeidallah, uno de los pioneros más importantes en el campo de la fisiología zombi , tipifica los grandes progresos y los trágicos retrasos en el intento de la ciencia por entender a los no muertos. Una fuente descono¬cida causó un brote de quince zombis en Jaffa, una ciudad de la costa palestina. La milicia local, que utilizó una copia tradu-cida de la Orden del Ejército Romano XXXVII, exterminó con éxito la amenaza con un mínimo de bajas humanas. Una mujer recientemente mordida quedó al cuidado de Obeidallah, un físico y biólogo eminente. A pesar de que la Orden del Ejército X XXVII hablaba de la decapitación inmediata y la incineración de todos los humanos a los que hubieran mordido, Obeidallah convenció (o quizá sobornó) a la milicia para que le permi¬tiera estudiar a la mujer moribunda. Se alcanzó un compro¬miso en el que se le permitía trasladar el cuerpo, y todo su equipo, a la cárcel. Allí, en la celda, bajo el ojo vigilante de la ley, observó a la víctima retenida hasta que expiró, y continuó estudiando el cadáver mientras se reanimó. Realizó numero¬sos experimentos al gul retenido. Descubriendo que todas las funciones fisiológicas necesarias para mantenerse vivo habían dejado de funcionar, Obeidallah probó científicamente que el sujeto estaba físicamente muerto pero que aún funcionaba. Viajó por Oriente Medio recabando información sobre otros brotes posibles.
La investigación de Obeidallah documentó la fisiología completa de los muertos vivientes. Sus notas incluían informes sobre el sistema nervioso, la digestión, incluso el ritmo de descomposición en relación con el entorno. Este trabajo también incluía un estudio completo de los patrones de comportamiento de los muertos vivientes, un logro extraordinario, siempre que fuera cierto. De forma irónica, cuando los caballeros cristianos invadieron Jerusalén en 1099, este hombre fue decapitado como adorador de Satán y casi toda su obra fue destruida. Algunos fragmentos sobrevivieron en Bagdad durante los siglos siguientes con el rumor de que sólo una fracción del texto original sobrevivió. La historia de la vida de Obeidallah, sin embargo, excepto los detalles de sus experimentos, sobrevivió a la matanza de los cruzados, junto con su biógrafo (un historiador judío y anterior colega). El hombre escapó a Persia, donde el trabajo fue copiado, publicado y consiguió un modesto éxito en varias cortes de Oriente Medio. Una copia permanece en los Archivos Nacionales de Tel Aviv.
1253 D. C, FISKURHOFN, GROENLANDIA
Continuando la gran tradición de la exploración nórdica Gunnbjorn Lundergaart, un jefe islandés, estableció una colonia a la entrada de un fiordo aislado. Se ha dicho que en la partida había 153 colonos. Lundergaart volvió a Islandia después de un invierno, presumiblemente para procurarse provisiones y nuevos colonos. Cinco años después, Lundergaart volvió y encontró el complejo de la isla en ruinas. De los colonos, sólo encontró tres docenas de esqueletos; los huesos limpios de carne. También se dice que encontró tres seres: dos mujeres y un niño. Su piel tenía manchas grises y los huesos atravesaban la carne en algunos sitios. Las heridas eran obvias, pero no había restos de sangre. Cuando fueron vistos, las figuras se volvieron y se acercaron a la partida de Lundergaart. Sin dar respuesta a la comunicación verbal, atacaron a los vikingos e inmediatamente fueron corta¬dos en pedazos. El escandinavo, al creer que la expedición al completo estaba maldita, ordenó que quemaran todos los cuer¬pos y las estructuras artificiales. Como su propia familia estaba entre los esqueletos, Lundergaart ordenó a sus hombres que lo mataran a él también, que desmembraran su cuerpo y lo echa¬ran a las llamas. El «Cuento de Fiskurhofn» que la patrulla de Lundergaart contó a unos monjes viajeros irlandeses sobrevive en los Archivos Nacionales de Reykiavik, Islandia. No se trata realmente del relato más fiel sobre un ataque zombi de la civi¬lización escandinava antigua, sino que también puede explicar por qué los asentamientos vikingos en Groenlandia se desva¬necieron misteriosamente durante los primeros años del siglo catorce.
1281 D. C, CHINA
El explorador veneciano Marco Polo escribió en su diario que durante una visita al palacio de verano del emperador en Xanadú, l'.ublai Khan le mostró una cabeza de zombi cortada conservada en un tarro de líquido alcohólico transparente (Polo describió el liquido como «con la esencia del vino pero transparente y ácido para el olfato»). Esta cabeza, afirmó Khan, la había cogido su abuelo, Gengis, cuando volvió de sus conquistas en el Oeste, Polo escribió que la cabeza se percató de la presencia de todos.
Incluso les miró con sus ojos casi descompuestos. Cuando se acercó a tocarla, la cabeza trató de morderle los dedos. Khan le castigó por este acto estúpido, volviéndole a contar el relato de un oficial de bajo rango de la corte que había intentado lo mismo y fue mordido por la cabeza cortada. El oficial «parecía haber muerto días después pero se levantó para atacar a sus sirvientes». Polo afirma que la cabeza permaneció «con vida» durante su estancia en China. Nadie sabe cuál fue el destino de esta reliquia. Cuando Polo volvió de Asia, su historia fue suprimida por la Iglesia católica y por eso no aparece en la publicación oficial de sus aventuras. Los historiadores han especulado que, ya que los mongoles llegaron tan lejos como a Bagdad, la cabeza puede ser uno de los sujetos originales de Ibrahim Obeidallah, lo cual da a esta cabeza el récord de la reliquia viva mejor conservada y más antigua de un espécimen zombi .
1523 D. C, OAXACA, MÉXICO
Los nativos hablan de una enfermedad que oscurece el alma, causando la sed de la sangre de sus hermanos. Hablan de hombres, mujeres, incluso niños cuya carne ha pasado a ser gris con partes pútridas y de olor impuro. Una vez que la oscuridad se cierne sobre ellos, no hay forma de curarlos, excepto con la muerte, que sólo puede conseguirse a través del fuego, debido a que el cuerpo se vuelve resistente a todas las armas del hombre. Creo que es una tragedia de los paganos, que, al no conocer a Nuestro Señor Jesu¬cristo, no conocen la cura para esta enfermedad. Ahora que hemos bendecido a estas masas con la luz y la verdad de Su amor, debemos esforzarnos en buscar a estas almas oscure¬cidas y purificarlas con toda la fuerza del Cielo.
Este texto fue tomado, supuestamente, de los relatos del padre Esteban Negrón, un cura español y estudiante de Bartolomé de las Casas, previamente editado desde sus trabajos originales y recientemente descubierto en Santo Domingo. Las opiniones sobre la autenticidad de este manuscrito varían. Algunos creen que es parte de una orden del Vaticano para suprimir toda la información al respecto. Otros creen que se trata de una elabo¬rada patraña en la línea de los Diarios de Hitler.
1554 D. C, AMÉRICA DEL SUR
Una expedición española bajo el mando de Don Rafael Cordoza se adentró en la jungla amazónica en busca de la legendaria El Dorado, la Ciudad de Oro. Los guías tupís lo alertaron para que no entrara en una zona conocida como el Valle del Sueño sin Fin. En él, le advirtieron, encontraría una raza de criaturas que gemían como el viento y sentían sed de sangre. Muchos hombres habían entrado en este valle, contó el tupí. Ninguno regresó jamás. Muchos de los conquistadores sintieron miedo al oír este aviso y suplicaron volver a la costa. Cordoza, al creer que el tupí se había inventado esta historia para esconder la ciudad dorada, obligó a su expedición a que continuara. Cuando anocheció, docenas de muertos andantes atacaron el campamento. Lo que ocurrió aque¬lla noche sigue siendo un misterio. Según proclamó un pasajero del Santa Verónica, el barco que llevó a Cordoza de América del Sur a Santo Domingo, él fue el único superviviente en alcan¬zar la costa. Si luchó hasta el final o si abandonó simplemente a sus hombres nadie lo sabe. Un año después, Cordoza llegó a España, donde contó toda la historia sobre este ataque a la Corte Real en Madrid y a la Santa Inquisición en Roma. Acusado por ¬la Corte Real de despilfarrar los recursos de la corona y de hablar sobre actos blasfemos por la Santa Inquisición, el conquistador fue despojado de su título y murió en la más profunda pobreza. Su historia es una recopilación de fragmentos de muchos textos referidos a este periodo de la historia de España. No se ha descu¬bierto ningún texto original.
1579 D. C, PACÍFICO CENTRAL
Durante su circunnavegación del globo, Francis Drake, el pirata que más tarde se convirtió en un héroe nacional, paró en una isla sin nombre para repostar provisiones de comida y agua fresca. Los nativos le advirtieron que no visitara un cayo pequeño cercano que estaba habitado por «los dioses de la muerte», Según la costumbre, los muertos y enfermos terminales eran puestos en esta isla, donde los dioses se apoderarían de ellos, de su cuerpo y su alma, para vivir eternamente. Drake, fasci¬nado por su historia, decidió investigar. Observando desde el barco vio como una partida de nativos en la orilla puso el cuerpo de un hombre muerto en la playa de la isla. Después de gritar varias veces con una caracola, los nativos regresaron al mar. Unos momentos más tarde, varias figuras aparecieron tambaleándose lentamente desde la jungla. Drake vio cómo se alimentaban del cadáver antes de perderlos de vista mientras se alejaban encorvados. Para su asombro, el cuerpo medio comido se levantó sobre sus pies y cojeó tras ellos. Drake nunca habló de este incidente en toda su vida. Los hechos se descubrieron en un diario secreto que mantuvo oculto hasta su muerte. Este diario, que pasó de coleccionista en coleccionista, finalmente encontró su sitio en la biblioteca del almirante Jackie Fischer, el padre de la moderna Marina Real. En 1907, Fischer mandó hacer unas copias y se lo dio a varios de sus amigos como regalo de Navi¬dad. Junto a las coordenadas exactas, Drake proclamó esta masa de tierra «la isla de los malditos».
1583 D. C, SIBERIA
Una partida de exploradores del infame cosaco Yermak, perdida y muerta de hambre en la helada naturaleza salvaje, fue refu¬giada por una tribu asiática indígena. Una vez que recuperaron las fuerzas, los europeos compensaron la amabilidad de la tribu declarándose ellos mismos los soberanos de aquella aldea y se establecieron allí durante el invierno hasta que llegara la fuerza principal de Yermak. Después de darse el festín varias semanas con la comida que la aldea había reunido, los cosacos destina¬ron entonces su apetito a los aldeanos. En un acto salvaje de canibalismo, se comieron a treinta personas, mientras el resto huía selva adentro. Los cosacos agotaron esta nueva fuente de alimento en días. Desesperados, se dirigieron hacia el cemente¬rio de la aldea, donde se cree que las bajas temperaturas habían mantenido algunos de los cadáveres frescos. El primer cuerpo exhumado fue una mujer de unos veinte años, que había sido enterrada con las manos y los pies atados y la boca amordazada. Cuando se descongeló, la mujer muerta revivió. Los cosacos estaban estupefactos. Esperando aprender cómo había conse¬guido tal proeza, le quitaron la mordaza. La mujer mordió en la mano a uno de los cosacos. Con duradera falta de visión, igno-rancia y brutalidad, los cosacos la desmembraron, la asaron y comieron su carne. Sólo dos se abstuvieron: el guerrero herido (sus camaradas creían que no había que desperdiciar la comida con los moribundos) y un hombre profundamente supersticioso que creía que la carne estaba maldita. En cierta manera, tenía razón. Todos los que comieron la carne del zombi murieron aquella noche. El hombre herido expiró a la mañana siguiente.
El único superviviente intentó quemar los cuerpos. Mientras preparaba la pira funeraria, el cadáver que había sido mordido revivió. Al verse perseguido por este nuevo zombi , el solitario superviviente se dirigió hacia la estepa. Tras una hora de persecución, el zombi se congeló. El cosaco deambuló durante varios días han que fue rescatado por otra partida de exploradores de Yermak. Su relato fue documentado por un historiador ruso, el padre Pielio Georgiavich Vatutin. La obra se mantuvo oculta durante varían generaciones, guardada en un monasterio aislado en la isla de Valam, en el lago Ladoga. Sólo ahora está siendo traducida al inglés. No se sabe nada sobre el destino de los aldeanos asiáticos o incluso sobre cuál es su identidad real. El genocidio posterior contra este pueblo por Yermak dejó pocos supervivientes. Desde un punto de vista científico, este relato representa el primer suceso conocido de un zombi completamente congelado.
1587 D. C, ISLA ROANOKE, CAROLINA DEL NORTE
Los colonos ingleses, aislados de cualquier apoyo de Europa, enviaban partidas de caza regulares al continente en busca de comida. Una de estas partidas desapareció durante tres semanas Cuando volvió un único superviviente, describió que les habían atacado «una pandilla de salvajes [...] con la carne pútrida y piel minada con gusanos; insensibles a la pólvora y a los disparos». Aunque sólo mataron a uno de los once hombres de la partida, cuatro de ellos fueron desfigurados salvajemente. Esos hombres murieron al día siguiente, los enterraron y a continua¬ción, unas horas después, se levantaron de sus poco profundas tumbas. El superviviente juró que los que antes eran camaradas se habían comido vivos al resto de la partida y que sólo él pudo escapar. El juez de la colonia acusó al hombre de mentiroso y de asesino. Lo ahorcaron a la mañana siguiente.
Enviaron una segunda expedición para que recogiera los cuer¬pos «por miedo a que sus restos fueran profanados por los paga¬nos». La partida de cinco hombres volvió en un estado cercano al colapso, con mordeduras y arañazos que les cubrían el cuerpo. En el continente, les habían atacado los «salvajes» que descri¬biera el superviviente muerto al que ahora justificaban y también algunos de los miembros de la primera partida de caza. Estos nuevos supervivientes, tras un periodo de examen médico, falle¬cieron con algunas horas de diferencia. Los entierros se celebra¬rían al amanecer del día siguiente. Esa noche, resucitaron. Los detalles no son muy precisos, al igual que el resto de la histo¬ria. Una versión describe la infección final y la destrucción de la ciudad entera. Otra describe a la población de Croatan recono¬ciendo el peligro por lo que era, cercando y quemando a todos los colonos de la isla. En un tercer relato, estos mismos nati¬vos americanos rescataron a los habitantes supervivientes de la ciudad y mataron a los no muertos y a los que estaban heridos. Estas tres historias han aparecido en relatos de ficción y textos históricos durante los últimos dos siglos. Ninguna presenta una explicación irrefutable a por qué el primer asentamiento inglés en América del Norte se desvaneció literalmente sin dejar rastro.
1611 D. C, EDO, JAPÓN
Enrique da Silva, un comerciante portugués que hacía negocios en las islas, escribió este pasaje en una carta a su hermano:
El padre Mendoza, que volvía a saborear el vino caste-llano de nuevo, habló de un hombre que se había convertido recientemente a su fe. Este salvaje era miembro de una de las órdenes más secretas en esta tierra bárbara y exótica, «La hermandad de la vida». De acuerdo con el clérigo anciano, esta sociedad secreta entrena a asesinos, y hablo con todo sinceridad, con el propósito de ejecutar demonios. […] Estas criaturas, según su explicación, fueron en el pasado seres humanos. Después de morir, unos demonios invisibles los hacían revivir [...] y se alimentaban de la carne de los vivos. Para combatir este terror, «La hermandad de la vida» había sido formada, según Mendoza, por el propio shogim. [...] Existen desde hace mucho [...] entrenados en el arte
de la destrucción. [...] Tienen una extraña manera de ir a la batalla sin armas dedicando la mayor parte del tiempo a evitar que los demonios les capturen, retorciéndose igual que una serpiente cuando los intentan capturar. [...] Las armas, que de forma extraña tienen la forma de las cimitarras orientales, se diseñaron para cortar cabezas. [..,] Su templo, aunque el lugar donde se localiza queda en secreto, parece poseer una habitación donde las cabezas cortadas de los monstruos que han abatido vivas y aím gimiendo adornan las paredes. Los reclutas de alto rango, preparados para formar parte de la hermandad, deben pasar una noche entera en esta habitación, sin ninguna compa¬ñía excepto la de estos objetos profanos. [...] Si la histo¬ria del padre Mendoza es cierta, esta es, tal y como sospe¬chábamos, la tierra de un demonio impío. [...] De no ser por el atractivo de la seda y las especias, haríamos bien en evitarla a toda costa. [...] Pregunté al anciano cura dónde se encontraba este converso, para poder escuchar las pala¬bras de este relato de sus propios labios. Mendoza me dijo que lo habían encontrado muerto hacía casi dos semanas. «La hermandad» no permite que se desvelen sus secretos ni que los miembros renuncien a su lealtad.
Existieron muchas sociedades secretas en el Japón feudal. «La hermandad de la vida» no aparece en ningún texto, pasado o presente. Da Silva comete algunas imprecisiones históricas en su carta, como cuando se refiere a la espada japonesa como «cimita-rra». (No estaría mal que los europeos aprendieran algunos deta¬lles de la cultura japonesa.) La descripción de las cabezas que siguen gimiendo también es una imprecisión, porque una cabeza cortada no podría producir ningún sonido sin el diafragma, los pulmones y las cuerdas vocales. Si esta historia es cierta, sin embargo, podría explicar por qué ha habido tan pocos brotes registrados en Japón a diferencia del resto del mundo. O bien la cultura japonesa ha creado un muro de silencio muy eficaz alrededor de sus brotes o «La hermandad de la vida» cumplió su misión. De cualquier forma, no se encontraron informes de brotes relativos a Japón hasta la segunda mitad del siglo XX.
1690 D. C, ATLÁNTICO SUR
El buque mercante Marialva abandonó Bissau, al oeste de África, con un grupo de esclavos para Brasil. Nunca llegó a su destino. Tres años después, en mitad del Atlántico sur, el navío danés Zeebrug divisó el Marialva a la deriva. Enviaron una partida con el propósito de salvarlos. Al llegar, encontraron una mercancía de no muertos africanos que aún estaban encadenados a sus camas, retorciéndose y gimiendo. No había rastro de la tripulación y cada uno de los zombis tenía por lo menos un mordisco en el cuerpo. Los daneses, que creían que el barco estaba maldito, remaron a toda prisa hacia su navío y contaron lo que habían encontrado al capitán. Inmediatamente, este mandó hundir al Marialva a cañonazos. Como no hay forma de saber exactamente cómo llegó a bordo la infección, todo lo que sabemos en pura especulación. No se encontraron botes salvavidas abordo Sólo se encontró el cuerpo del capitán, encerrado en su camarote, con una herida en la cabeza de haberse pegado un tiro él mismo. Muchos creen que, como los africanos estaban todos encadenados, la primera persona infectada debió de ser un miembro de la tripulación portuguesa. De ser cierto esto, los desafortunados esclavos tuvieron que soportar ver cómo sus captores se devora¬ban e infectaban los unos a los otros tras la lenta transformación en muertos vivientes, el virus abriéndose camino a través de sus sistemas. Incluso peor es la horrible posibilidad de que uno de los miembros de la tripulación atacara e infectara a un esclavo enca¬denado. Este nuevo gul, sucesivamente, mordería a la persona encadenada y gritando a su lado. Continuando fila abajo hasta que finalmente los gritos se apagaran y se llenara todo de zombis. Imaginar a los que se encontraban al final de la fila, viendo cómo su futuro se arrastraba lenta y directamente hacia ellos, cada vez más cerca, basta para evocar las peores pesadillas.
1762 D. C, CASTRIES, SANTA LUCÍA, EL CARIBE
La historia de este brote todavía es contada hoy tanto por los isleños del Caribe como por los inmigrantes del Caribe en Reino Unido. Funciona como una poderosa advertencia, no sólo del poder de los muertos vivientes, sino también de la frustrante incapacidad de los humanos para unirse y luchar contra ellos. Un brote de origen impreciso comenzó en la zona blanca pobre de la pequeña y superpoblada ciudad de Castries en la isla de Santa Lucía. Varios negros liberados y residentes mulatos se dieron cuenta del origen de la enfermedad e intentaron alertar a las autoridades. Fueron ignorados. El brote fue diagnos¬ticado como una forma de rabia. El primer grupo de personas que se infectó fue encerrado en la cárcel de la ciudad. A los que mordieron mientras intentaban contenerlos los enviaron a casa sin ofrecerles tratamiento alguno. En cuarenta y ocho horas, todo Castries era un caos. La milicia local, al no saber cómo detener el ataque, fue aplastada y consumida. Los blancos que quedaban consiguieron huir a las plantaciones de las afueras. Como a muchos de ellos les habían mordido, al final extendie¬ron la infección a la isla entera. Diez días después, el 50 % de la población blanca había muerto. El cuarenta por ciento, más de varios cientos de individuos, merodeaban por la isla convertidos en zombis resucitados. El resto escapó en las diferentes embar¬caciones que pudieron encontrar o permanecieron escondidos en las dos fortalezas de Vieux Fort y Rodney Bay. Esto dejó una considerable fuerza de esclavos negros que se encontraron ahora libres pero a merced de los no muertos.
A diferencia de los habitantes blancos, los antiguos escla¬vos tenían un profundo conocimiento cultural de su enemigo, una ventaja que reemplazó al pánico con la determinación. Los esclavos de todas las plantaciones se organizaron en equipos de caza muy disciplinados. Armados con antorchas y machetes (los blancos que huyeron se habían llevado con ellos todas las armas de fuego) y aliados con los negros y los mulatos liberados que quedaban (Santa Lucía tenía comunidades pequeñas pero importantes de ambas razas), rastrearon la isla de norte a sur. Se comunicaban con tambores, por lo que los equipos compartían la inteligencia y las tácticas de batalla coordinadas. Como una ola, lenta y premeditada, limpiaron Santa Lucía en siete días. Los blancos que se encontraban aún en los fuertes se negaron a unirse a la pelea, porque su intolerancia racial se unía a su cobardía. Diez días después de acabar con el último zombi , las tropas de las colonias británica y francesa llegaron. Inmediata¬mente, todos los que habían sido esclavos volvieron a ser enca¬denados. Los que se resistieron fueron ahorcados. Como el inci¬dente se registró como una sublevación de los esclavos, todos los negros y mulatos que habían sido liberados volvieron a ser esclavizados o ahorcados por ayudar en la supuesta rebelión. Aunque no existen registros escritos, un relato oral ha llegado hasta nuestros días. Se rumorea que existe un monumento en algún lugar de la isla. Ningún residente declarará dónde está localizado. Si uno puede sacar una lección positiva de Castries es que un grupo de civiles, motivados y disciplinados, con las armas más primitivas y una comunicación básica, puede formar un equipo formidable para cualquier ataque zombi .
1807 D. C, PARÍS, FRANCIA
Un hombre fue admitido en el Cháteau Robinet, un hospital para criminales dementes. El informe oficial archivado por el doctor Reynard Boise, administrador jefe, relata: «El paciente parece incoherente, casi animal, con un deseo insaciable de violencia. [...] Tiene una mandíbula que muerde como la de un perro rabioso. Consiguió herir con éxito a uno de los pacientes antes de que lo ataran». Lo historia que siguió consiste en el interno herido recibiendo un tratamiento escaso (le vendaron las heridas y le dieron un trago de ron) y entonces siendo colocado en una celda común con más de cincuenta hombres y mujeres. Lo que siguió días después fue una orgía de violencia. Los guardas y los doctores, demasiado asustados por los gritos que salían de la celda, se negaron a entrar hasta que hubo pasado una semana. Para enton¬ces, lo único que quedaba eran cinco infectados, zombis parcial¬mente devorados y las partes diseminadas de varias docenas de cadáveres. Boise pronto dimitió de su puesto y se retiró a la vida privada. Poco sabemos sobre lo que les pasó a los muertos andantes o al primer zombi que llevaron a la institución. El propio Napo¬león Bonaparte ordenó que cerraran el hospital, lo purificaran y lo convirtieran en una casa de convalecencia para los veteranos del ejército. Además, no se sabe nada sobre la procedencia del primer zombi , cómo contrajo la enfermedad o, de hecho, si infectó a alguien más antes de ser enviado al Cháteau Robinet.
1824 D. C, SUDAFRICA
Este extracto fue tomado del diario de H. F. Fynn, miembro de la expedición británica original que conoció, viajó y negoció con el gran rey zulú Shaka.
El kraal era un hervidero de vida. [...] El joven noble se adelantó en dirección al centro del establo. [...] Cuatro de los mejores guerreros del rey trajeron un cuerpo; lo traían atado de pies y manos [...] una bolsa hecha de piel de vaca le cubría la cabeza. Este tejido servía para cubrir también las manos y los antebrazos de los guardias, de modo que su piel nunca tocara la del condenado. [...] El joven noble agarró su azagaya (una lanza punzante de más de un metro de longitud) y se lanzó de un salto al establo. [...] El rey dio la orden con un grito y ordenó a sus guerreros que arrojaran la carga al kraal. El conde-nado se pegó contra la dura tierra, haciendo ademanes como un hombre borracho. La bolsa de piel se le escurrió de la cabeza [...] su cara, para mi asombro, estaba terriblemente desfigurada. Una gran protuberancia de carne había desaparecido de su cuello como si se la hubiera arrancado una bestia inmunda. Le habían arrancado los ojos, y el abismo que quedaba en ellos miraba fijamente al Infierno. De sus heridas ni siquiera fluía una gota diminuta de sangre. El rey levantó la mano, acallando a la multitud frenética. El silencio llenaba el kraal; un silencio tan completo que los pájaros parecieron obedecer la poderosa orden del rey. [...] El joven noble alzó su azagaya hasta el pecho y pronunció una palabra. Su voz era demasiado sumisa, demasiado suave para alcanzar mis oídos El hombre sin embargo, el pobre diablo, debió escuchar la voz solitaria. Volvió la cabeza lentamente, con la boca muy abierta. De sus labios magullados y rajados salió un aullido tan aterrador que hizo que me temblaran todos los huesos. El monstruo, ahora estaba convencido de que era un monstruo, se dirigió encorvado hacia el noble. El joven zulú blandió su azagaya. La agitó delante de él incrustando la oscura cuchilla en el pecho del monstruo El demonio no calló, no murió, no parecía que le hubieran agujereado el corazón. Simplemente continuó acercándose firme, imparable. El noble se retiró, temblando como una hoja cuando la lleva el viento. Se tropezó y cayó sobre la tierra que se unió a su cuerpo sudado. La multitud permaneció en silencio, mil estatuas de ébano observaban aquella trágica escena. [...] Entonces Shaka, de un salto, entró al establo y bramó: «¡Sóndela, sóndela!». Enseguida el monstruo dejó al noble que yacía en el suelo y se dirigió al rey. Con la rapidez de la bala de un mosquete, Shaka agarró la azagaya del pecho del monstruo y la dirigió hacia una de las vacías cuencas de los ojos. Entonces giró el arma como lo haría un campeón de esgrima, dando vueltas a la punta de la cuchilla dentro del cráneo del monstruo. La criatura abominable cayó de rodillas ante él, luego se tumbó, enterrando su abominable cara en la roja tierra africana.
La historia acaba bruscamente aquí. Fynn nunca explicó qué le pasó al noble condenado o al zombi que aniquilaron. Natu¬ralmente, este rito de paso ceremonial plantea varias preguntas interesantes: ¿Cuándo comenzó a utilizarse a los zombis de este modo? ¿Los zulúes tienen más de un gul para este propósito? De ser así, ¿de qué modo los consiguen?
1839 D. C, ESTE DE ÁFRICA
El diario de viaje de Sir James Ashton-Hayes, uno de los muchos incompetentes europeos en busca del nacimiento del Nilo, revela la probabilidad de un ataque zombi y una respuesta organizada y culturalmente aceptada.
Llegó al pueblo muy temprano aquella mañana, era un joven negro con una herida en el brazo. Evidentemente al pobre salvaje le había fallado la lanza y la cena que espe¬raba se había esfumado. Por muy gracioso que parezca, los acontecimientos que siguieron me parecieron tremen¬damente bárbaros. [...]En el pueblo, tanto el doctor como el jefe de la tribu examinaron la herida, oyeron la histo¬ria del joven hombre y asintieron con la cabeza sobre una decisión secreta. El hombre herido, entre lágrimas, se despidió de su mujer y su familia [...] obviamente, según sus costumbres, el contacto físico no está permitido, luego se arrodilló ante el jefe. [...]El anciano cogió un garrote largo con la punta de hierro y entonces lo clavó en la cabeza del condenado, aplastándola como a un gigante huevo negro. Casi de inmediato, diez guerreros de la tribu tiraron sus lanzas, desenvainaron los primitivos sables y pronunciaron un cántico extraño: «Nagamba ekwaga mili eereeah enge». A continuación, simplemente se dirigieron hacia la sabana. El cuerpo del desgraciado salvaje, para horror mío, fue desmembrado y quemado mientras las mujeres de la tribu sollozaban frente a la columna de humo. Cuando consulté a nuestro guía para que me diera algún tipo de explicación, simplemente encogió su diminuta figura y respondió: «¿Quiere que se levante de nuevo esta noche?». Un pueblo raro, estos salvajes.
Hayes se niega a decir exactamente qué tribu era y los estudios posteriores han revelado que todos sus datos geográficos, lamentablemente, no son precisos. (No es de extrañar que nunca encontrara el Nilo.) Por suerte, el grito de guerra se identifico más tarde como «Njamba egoaga na era enge», una frase kikuyi que significa «Juntos peleamos y juntos ganamos o expiramos» Esto dio a los historiadores una pista de que se encontraba al menos en lo que actualmente en la moderna Kenia.
1848 D. C, CORDILLERA OWL CREEK, WYOMING
Aunque probablemente no se trate del primer ataque zombi en EEUU, se trata del primero que fue registrado. Un grupo de cincuenta y seis pioneros conocidos como la Partida Knudlian desapareció en la zona central de las Montañas Rocosas de camino a California. Un año después, una segunda expedición descubrió los restos de un campamento base que se creyó que había sido su último lugar de descanso.
Las señales de la batalla eran obvias. Restos de equipo roto estaban desparramados entre los carros calcinados. También descubrimos los restos de al menos cuarenta y cinco personas. Entre las muchas heridas, todos compartían una fractura en el cráneo. Algunos de los agujeros parecían de bala, otros de instrumentos romos como marti¬llos e incluso rocas. [...] Nuestro guía, un hombre con muchos años de experiencia en aquellos bosques, creía que no se trataba de la obra de indios salvajes. Después de todo, decía, ¿por qué habrían de matar a nuestra gente sin llevarse los caballos y los bueyes? Contamos los esquele¬tos de todos los animales y tuvimos que darle la razón. [...] Hubo otro factor que encontramos más alarmante y era el número de heridas por mordeduras que tenían los muertos. Como ningún animal, ni el lobo blanco aulla¬dor ni la hormiga diminuta, había tocado sus cadáveres, obviamos su participación en lo acontecido. En la fron¬tera siempre contaban historias sobre caníbales, pero nos horrorizaba creer que tales cuentos sobre un salvajismo tan impío pudieran ser ciertos, especialmente después de un cuento tan horrible como el de la Expedición. [...] Sin embargo, lo que no pudimos comprender fue por qué se habían comido entre ellos tan rápido si aún no se habían acabado las provisiones de comida.
Este pasaje proviene de Arne Svenson, una maestra que se convirtió en colonizadora y granjera de la segunda expedición, Esta historia en sí misma no prueba necesariamente que se trate de un brote de Solanum. Aparecerán pruebas más sólidas, pero habrá que esperar otros cuarenta años.
1852 D. C, CHIAPAS, MÉXICO
Un grupo de cazadores de tesoros americanos de Boston, James Millar, Luke MacNamara y Willard Donglass, viajaron a esta región remota en la jungla con el propósito de saquear unas supuestas ruinas mayas. Mientras permanecían en el pueblo de Tzinteel, fueron testigos del entierro de un hombre al que tacha-ban de ser «un bebedor de la sangre de Satán». Vieron que el hombre estaba herido, amordazado y aún vivo. Al creer que se trataba de una ejecución bárbara, los estadounidenses lograron rescatar al condenado. Una vez que le quitaron las cadenas y la mordaza, el prisionero atacó al instante a los liberadores. Loa disparos no hacían efecto alguno. Mató a MacNamara; los otros dos fueron heridos levemente. Un mes más tarde, sus familias recibieron una carta fechada el día después del ataque. En sus páginas, los dos hombres relataban los detalles de su aventura, incluyendo una declaración jurada de que su amigo asesinado había «vuelto a la vida» después del ataque. También escri-bieron que sus heridas superficiales de mordedura se estaban ulcerando y que empezaban a tener una horrible fiebre. Prometían descansar unas semanas en Ciudad de México para que les tratara un médico y luego volverían a Estados Unidos lo antes posible. Nunca más se supo de ellos.
1867 D. C, OCÉANO ÍNDICO
Un barco de vapor inglés para el correo, el RMS Rona, que transportaba a 137 convictos a Australia, ancló en Bijoutier Island para ayudar a un barco sin identificar que apareció varado en un banco de arena. La partida que enviaron descubrió a un zombi con la espalda rota, arrastrándose por las cubiertas desiertas del barco. Cuando intentaron ofrecerle ayuda, el zombi se inclinó hacia delante y mordió en los dedos a uno de los marineros Mientras otro marino cortaba la cabeza al zombi con su sable los otros cogieron al camarada herido para llevarlo de vuelta al barco. Aquella noche, colocaron al marinero herido en su litera y le dieron un trago de ron y el cirujano del barco le prometió que lo examinaría al amanecer. Aquella noche, el nuevo zombi resucitó y atacó a sus compañeros de abordo. El capitán, con un ataque de pánico, ordenó que taparan con tablas la carga, que encerraran dentro a los convictos con el gul y que conti¬nuaran el viaje a Australia. El resto del viaje, el resonar cons¬tante de los gritos se convirtió en gemidos. Varios tripulantes juraron oír los chillidos de agonía de las ratas mientras se las comían vivas.
Tras seis semanas en el mar, el barco echó el ancla en Perth. Los oficiales y la tripulación remaron a tierra para informar al alcalde mayor sobre lo que había ocurrido. Al parecer, nadie creyó las historias de aquellos marineros. Enviaron un contin¬gente de tropas regulares para, y sólo por esa razón, que escol¬laran a los prisioneros. El RMS Rona permaneció anclado cinco días, esperando a que llegaran dichas tropas. El sexto día, una tormenta rompió la cadena del ancla del barco, lo desplazó varias millas a través de la costa y lo estrelló contra un arre¬cife. Los habitantes del pueblo y la antigua tripulación del barco no encontraron rastro alguno de los no muertos. Lo único que quedó fueron huesos de humanos y huellas que llevaban tierra adentro. La historia del Rona era común entre los marineros a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Los regis¬tros del almirantazgo indican que el barco se perdió en el mar.
1882 D. C, PIEDMONT, OREGÓN
Las pruebas del ataque provienen de una partida humanitaria enviada para investigar un pequeño pueblo con una mina de hierro después de dos meses de aislamiento. Este grupo encontró Piedmont en ruinas. Muchas de las casas estaban quemadas. Las que aún quedaban en pie estaban llenas de agujeros de bala. Lo peculiar era que los agujeros dejaban ver que todos los tiros se habían dado desde el interior, como si la lucha hubiera tenido lugar entre aquellas paredes. Más impactante aún fue el descu¬brimiento de veintisiete esqueletos mutilados y medio comidos. Una primera teoría considerando el canibalismo quedó descartada cuando se encontraron los almacenes del pueblo con suficiente comida para un invierno entero. Cuando investigaron la mina, la partida humanitaria realizó su último y más terrorífico descubrimiento. Habían hecho estallar desde dentro la entrada, Encontraron cincuenta y ocho hombres, mujeres y niños, todos muertos de inanición. Los rescatadores determinaron que habla suficiente comida para varias semanas almacenada y que se había consumido, por lo que sugirió que estuvieron allí encerrados más tiempo. Una vez que se realizó un recuento minucioso de los cadáveres, algunos mutilados y otros muertos de inanición, faltaban al menos treinta y dos de los ciudadanos.
La teoría que acepta un mayor grupo de personas es que, por algún motivo, un gul o un grupo de gules surgieron de los bosques y atacaron Piedmont. Tras una batalla corta y violenta los supervivientes llevaron toda la comida que pudieron a la mina. Después de encerrarse, lo más probable es que estás personas esperaran un rescate que nunca llegó. Se puede sospe-char que, antes de tomar la decisión de refugiarse en la mina, uno o más supervivientes intentaran realizar un viaje complicado a través de los bosques en busca del puesto de vigilancia más cercano. Como no existe ningún registro ni se encontraron los cuerpos, es lógico asumir que estos mensajeros mencionados antes murieran en el bosque o fueran engullidos por los no muertos. Si allí hubo zombis, no se sabe por qué no recuperaron los restos de ninguno. Tras el incidente de Piedmont no hubo un encubrimiento oficial. Los rumores hablan de una plaga, una avalancha, una lucha interna y el ataque de los «indios salvajes» (no hay nativos americanos que vivan allí, ni siquiera cerca de Piedmont). Nunca volvió a abrirse la mina. La compañía minera Patterson (propietaria de la mina de la ciudad) pagó 20 dolares en compensación a cada pariente de los residentes de Piedmont a cambio de su silencio. La prueba de esta transacción aparece en los libros de cuentas de la compañía. Esto se descubrío cuando la corporación se declaró en bancarrota en 1931. No hubo investigaciones posteriores.
1888 D. C, HAYWARD, WASHINGTON
Este pasaje describe la aparición del primer cazador de zombis profesional de América del Norte. El incidente comenzó cuando un cazador de pieles llamado Gabriel Allens llegó dando banda¬zos al pueblo con un corte profundo en el brazo. «Allens habló de un espíritu que deambulaba en forma de hombre poseído, con la piel tan gris como la piedra y los ojos fijos en la nada. Cuando Allens se aproximó al desdichado, este liberó un atroz gemido y mordió al cazador en el antebrazo derecho.» Este pasaje procede del diario de Jonathan Wilkes, el doctor del pueblo que trató a Allens después del ataque. Se sabe muy poco sobre cómo se expandió la infección de la primera víctima al resto de miem¬bros del pueblo. Algunos datos sugieren que la siguiente víctima fue el doctor Wilkes y a continuación tres hombres que intenta¬ron atarlo. Seis días después del ataque inicial, Hayward sufría un asedio. Muchos se escondieron en sus casas y en la iglesia del pueblo mientras los zombis atacaban implacables las barricadas. Aunque había muchas armas de fuego, nadie se dio cuenta de la necesidad de pegarles un tiro en la cabeza. La comida, el agua y la munición se acabaron en seguida. Nadie creía que pudieran aguantar otros seis días.
Al amanecer del séptimo día, llegó un lakota llamado Elija Black. A caballo, con un sable del Ejército de Caballería de EEUU, decapitó a doce gules los primeros veinte minutos. Enton¬ces, Black usó un pedazo de madera carbonizado para dibujar un círculo alrededor de la torre de agua del pueblo antes de subir a lo más alto de ella. Entre gritos, una corneta vieja del ejército y su caballo atado como cebo, se las arregló para atraer a todos los muertos andantes que había en el pueblo hacia su posición.
El que entraba en el círculo recibía un tiro en la cabeza con un rifle Winchester. De este modo cuidadoso y disciplinado, Black eliminó a la horda al completo, cincuenta y nueve zombis, en seis horas. Para cuando los supervivientes se dieron cuenta de lo que había ocurrido, su salvador se había ido. Los relatos posterio-res consiguieron reunir los antecedentes de Elija Black. Cuando tenía quince años, él y su abuelo estaban cazando cuando se encontraron con la masacre de la Partida Knudhansen. Al menos uno de los miembros había sido infectado previamente y, una vez reconvertido, había atacado al resto del grupo. Black y SU abuelo acabaron con los otros zombis a golpes de tomahawk en la cabeza, decapitándolos y quemándolos. Uno de los supervi¬vientes, una mujer de treinta años, explicó cómo se extendió la infección y cómo la mitad de la partida ahora resucitada había deambulado por el bosque. Entonces confesó que sus heridas y las de otras personas eran maldiciones incurables. De común acuerdo, suplicaron su muerte.
Tras este asesinato en masa por compasión, el viejo lakota le reveló a su nieto que le había ocultado la herida de una morde¬dura que había sufrido durante la batalla. La última persona a la que dio muerte ese día Elija Black fue su propio abuelo. Desde ese momento, dedicó su vida a cazar el resto de zombis de la Partida Knudhansen. En cada encuentro, aprendía más y conseguía mayor experiencia. Aunque nunca llegó a Piedmont, consiguió eliminar a nueve de los zombis del pueblo que habían deambulado por el bosque. Cuando ocurrió lo de Hayward, Black se había convertido, con toda probabilidad, en el principal estudioso de campo, rastreador y asesino de no muertos del mundo. Se sabe muy poco sobre el resto de su vida o cómo terminó finalmente En 1939 se publicó su biografía tanto en forma de libro como en una serie de artículos que aparecieron en periódicos ingleses Como no se conserva ninguna versión, es imposible saber con exactitud en cuántas batallas luchó Black. Hay en marcha una investigación para localizar las copias perdidas de su libro.
http://www.taringa.net/posts/paranormal/11681387/Max-Brooks-The-Zombie-Survival-Guide-espanol-parte-8.html
Esta no es una lista de todos los ataques zombi a través de la histo¬ria. Este apartado simplemente relata todos los ataques cuya infor¬mación se ha documentado, ha sobrevivido y ha hecho pública el autor de este libro. Los relatos de sociedades con una historia oral han sido más difíciles de adquirir. Demasiado a menudo estas historias se han perdido cuando sus sociedades se han fragmen¬tado como resultado de la guerra, la esclavitud, los desastres natu¬rales o simplemente la corrupción de la modernización internacional. Quién sabe cuántas historias, cuánta información vital -tal vez incluso una cura- se han perdido a través de los siglos. Incluso en una sociedad tan bien informada como la nuestra, sólo se regis¬tra una fracción de los brotes. En parte, esto se debe a varias orga¬nizaciones políticas y religiosas que juraron guardar en secreto lodo conocimiento sobre los muertos vivientes. Esto también se debe a la ignorancia de un brote zombi . Aquellos que sospechan la verdad pero temen por su credibilidad, en la mayoría de los casos, ocultarán la información. Esto nos deja una lista corta pero bien documentada. Nota: Estos eventos se han ordenado en el orden cronológico de incidencia, no de descubrimiento.
60.000 A. C, KATANDA, ÁFRICA CENTRAL
Recientes expediciones arqueológicas descubrieron una cueva a orillas de la zona alta del río Semliki que contenía trece cráneos.
Todos habían sido aplastados. Muy cerca de ellos había una gran pila de cenizas fosilizadas. Los análisis en los laboratorios determinaron que las cenizas eran los restos de trece Homo sapiens En la pared de la cueva hay pintada una figura humana, con las manos alzadas en postura amenazadora y una mirada diabólica. Dentro de su enorme boca está el cuerpo de otro humano, este descubrimiento no ha sido aceptado como un incidente zombi auténtico. Una corriente de opinión afirma que los cráneos aplastados y los cuerpos quemados eran un modo de deshacerse de los gules, mientras el dibujo de la cueva sirve de aviso. Otros académicos solicitan algún tipo de prueba física, como un resto de Solanum fosilizado. Aún se están esperando los resultados, Si se confirma la autenticidad en Katanda, surgirá en nuestras cabezas la siguiente pregunta: ¿Por qué pasó un intervalo de tiempo tan grande entre este primer brote y el que le sigue?
3000 A. C, HIERACÓMPOLIS, EGIPTO
En 1892, una excavación británica desenterró una tumba sin inscripción. No pudieron encontrarse pistas que revelaran quién era la persona que la ocupaba ni nada sobre su posición en la sociedad. El cuerpo fue encontrado fuera de la cripta abierta, hecho un ovillo en una esquina y sólo parcialmente descompuesto. Miles de marcas de arañazos adornaban la superficie del interior de la tumba, como si el cadáver hubiera intentado abrirse camino hacia el exterior. ¡Los expertos forenses revelaron que las marcas se habían hecho durante un periodo de varios años! El cuerpo mismo tenía varias marcas de mordiscos en el radio derecho. La marca de los dientes mostraba que eran huma¬nos. La autopsia completa reveló que el cerebro seco y parcial¬mente descompuesto no sólo correspondía a los que están infec¬tados con Solanum (el lóbulo frontal había desaparecido por completo) sino que también contenía restos del virus. Existe en la actualidad un debate enfurecido sobre si este caso provocó o no que los últimos egipcios extrajeran el cerebro a las momias.
500 A. C, ÁFRICA
Durante el viaje para explorar y colonizar la costa occidental del continente, Hanno de Cartago, uno de los antiguos marineros más famosos de la civilización occidental, escribió en su diario de a bordo:
A la orilla de una gran jungla, donde las verdes colinas esconden sus copas sobre las nubes, mandé una expedi¬ción tierra adentro en busca de agua dulce. [....] Nuestros adivinos nos advirtieron sobre esta expedición. Según ellos se trataba de una tierra maldita, lugar de demonios aban¬donado por los dioses. Ignoré tales advertencias y pagué el precio más alto. [...] De treinta y cinco hombres que envié, sólo siete regresaron. [...] Los supervivientes sollo¬zaban un cuento sobre monstruos de la jungla. Hombres con colmillos de serpiente, garras de leopardo y ojos que ardían como las llamas del Infierno. Las espadas de bronce les cortaban la carne, pero no sangraban. Se alimentaron de nuestros marineros y el viento se llevó sus llantos [...] nuestros adivinos nos alertaron sobre los supervivientes que habían sido heridos, afirmando que traerían dolor a todo aquel que los tocara. [...] Nos apresuramos hacia los barcos y abandonamos a aquellas pobres almas en aque¬lla tierra de hombres-bestia. Que los dioses me perdonen
Como saben la mayoría de lectores, mucho del trabajo de Hanno resulta polémico y es tema de debate entre los histo¬riadores académicos. Dado que Hanno también describió un enfrentamiento con grandes criaturas parecidas a los monos que él apodó «gorilas» (los gorilas actuales nunca han habitado esa parte del continente) puede deducirse que ambos incidentes son producto tanto de su imaginación como de la de los historiadores posteriores. Incluso si tenemos en cuenta esto y sin considerar la exageración obvia de los colmillos de serpiente, las garras de leopardo y los ojos ardientes, la descripción básica de Hanuo se acerca bastante a la de los muertos andantes.
329 A. C, AFGANISTÁN
Una columna macedonia sin nombre, construida por el legendario conquistador Alejandro Magno, fue visitada muchas veces por las fuerzas soviéticas especiales durante su propia guerra de ocupación. A ocho kilómetros de este monumento, una unidad descubrió los restos antiguos de lo que se creyó que eran unas instalaciones mili¬tares del ejército heleno. Entre otros objetos, había una vasija de bronce pequeña. El dibujo de la inscripción mostraba: (1) un hombre mordiendo a otro hombre; (2) la víctima yaciendo en el lecho de muerte; (3) la víctima volvía de nuevo a la vida, y de nuevo volvía a (I) mordiendo a otro hombre. La naturaleza circular de esta vasija, al igual que los dibujos en sí mismos, podrían ser la prueba de un brote no muerto que Alejandro presenció o que le relató alguien de las tribus locales.
212 A. C, CHINA
Durante la dinastía Qin, todos los libros no relacionados con asuntos prácticos como la agricultura o la construcción fueron quemados por orden del emperador para protegerse contra «pensamientos peligrosos». Nunca sabremos si los relatos sobre los ataques zombis terminaron en llamas. Esta sección oculta de un manuscrito médico, preservado dentro de la pared de la casa de un erudito chino que fue ejecutado, podría ser la prueba de tales ataques:
El único tratamiento para las víctimas de la Pesadilla de la Vigilia Eterna es una desmembración completa seguida de las llamas. Debe sujetarse al paciente, llenársele la boca de paja y entonces amarrarlo bien. Deben extirparse todos los miembros y órganos, evitando el contacto con cualquier fluido corporal. Debe quemarse todo hasta que sólo queden cenizas para seguidamente esparcirlas todas al menos a doce pies en todas direcciones. Cualquier otro remedio no bastará, puesto que la enfermedad no tiene cura [...] el deseo de carne humana es insaciable. [...] Si las víctimas son numerosas y no hay esperanza de poder contenerlas, debe realizarse la decapitación inmediatamente [...] la pala shaolin es el arma más veloz para realizar esta tarea.
No hay mención a las víctimas de esta Pesadilla de la Vigilia Eterna como seres realmente muertos. Sólo el fragmento sobre el ansia que sienten por la carne de los sanos y el «tratamiento» en sí, sugieren la presencia de los zombis en la antigua China.
121 D. C, FANUM COCIDI, CALEDONIA (ESCOCIA)
Aunque se desconoce la fuente del brote, sus acontecimientos están bien documentados. El jefe bárbaro de la zona, creyendo que los no muertos estaban simplemente locos, envió a más de 3000 guerreros a «poner fin a esta sublevación demente». Su resultado: más de 600 guerreros devorados, el resto herido y finalmente transformado en muertos andantes. Un comerciante romano llamado Sextus Sempronios Tubero, que viajaba por esa región en aquel momento, presenció la batalla. Aunque no se dió cuenta de que los muertos andantes eran sólo eso, Tubero vio lo suficiente para fijarse en que la decapitación era el único modo de que los zombis dejaran de ser una amenaza. Apenas hubo escapado, Tubero contó este acontecimiento a Marcus Lucius Terentius, comandante de la guarnición militar más próxima en la Britania romana. Estaban a menos de un día de 9000 zombis. Siguiendo el flujo de refugiados, estos gules continuaron migrando al sur, en dirección constante hacia territorio romano. Terentius solo contaba con una cohorte (480 hombres) a su disposición, los refuerzos se encontraban a tres semanas de allí. Terentius ordeno primero cavar dos zanjas estrechas de dos metros de profundidad que finalmente alinearía para formar un pasillo recto de más de un kilómetro de largo. El resultado fue similar a un embudo
abierto hacia el norte. Entonces ambas zanjas se llenaron de bitumen liquidum (aceite crudo: se usaba normalmente para encender lámparas en esta parte de Britania). Cuando los zombis se acercaron, prendieron el aceite. Todos los gules que cayeron en la zanja quedaron atrapados dentro de sus límites profundos y se incineraron. El resto fue forzado hasta el túnel, donde no más de 300 podían mantenerse en fila de pie. Terentius ordenó a sus hombres que sacaran las espadas, alzaran los escudos y avanzaran hacia el enemigo. Después de nueve horas de batalla, todos los zombis habían sido decapitados. Las cabezas partiéndose rodaban hacía la zanja para ser incineradas. Las bajas romanas sumaron 150 muertos, sin heridos (los legionarios mataron a cualquier camarada mordido).
Las ramificaciones de este brote fueron inmediata e histórica¬mente importantes. El emperador Adriano mandó compilar toda la información sobre el brote en un trabajo inteligible. Este manual no sólo detallaba el patrón de comportamiento de los zombis y las instrucciones sobre los métodos más eficientes de deshacerse de los cuerpos, sino que también recomendaba una aplastante fuerza numérica «que se enfrentara al pánico inevitable del populacho general». Una copia de este documento, conocido simplemente como «Orden del Ejército XXXVII», fue distribuida a cada legión a través del imperio. Por este motivo, los brotes en zonas bajo el dominio romano nunca volvieron a alcanzar un número crítico v por eso nunca fueron registrados en detalle. También se cree que el primer brote impulsó la construcción del Muro de Adriano, una estructura que aislaba de forma eficaz Caledonia del norte del resto de la isla. Este es un brote de clase 3 de manual y, con mucho, el mayor registrado.
140-41 D. C, THAMUGADI, NUMIDIA (ARGELIA)
Seis pequeños brotes entre los nómadas del desierto fueron registrados por Lucius Valerius Strabo, gobernador romano de la provincia. Todos los brotes fueron aplastados por dos cohor¬tes de la base de la Tercera Legión Augusta. Número total do zombis abatidos: 134. Bajas romanas: 5. Aparte del informe oficial, una entrada del diario personal de un ingeniero del ejér¬cito registra un descubrimiento significativo:
Una familia de la zona permaneció prisionera en su casa durante al menos doce días mientras las criaturas salvajes arañaban e intentaban abrirse camino en vano por las puer¬tas cerradas con cerrojos y las ventanas. Después de que acabáramos con la mugre y rescatáramos a la familia, su conducta parecía cercana a la locura. Por lo que pudimos deducir, los gemidos de las bestias, día tras día, noche tras noche, demostraron ser una forma de tortura despiadada
Este es el primer reconocimiento conocido de daño psicológico causado por un ataque zombi . Al estar los seis inciden¬tes muy próximos en el tiempo puede considerarse creíble que uno o más zombis de ataques anteriores sobrevivieran el tiempo suficiente para volver a infectar una población.
156 D. C, CASTRA REGINA, GERMANIA (SUR DE ALEMANIA)
El ataque de diecisiete zombis acabó infectando a un clérigo importante. El comandante romano, al reconocer las señales de un recientemente transformado zombi , ordenó a sus tropas que destruyeran al antiguo hombre santo. Los ciudadanos de la zona encolerizaron y se desencadenaron disturbios. Número de zombis abatidos: 10, incluyendo al hombre santo. Bajas entre los romanos: 17, todos durante los disturbios. Número de civiles asesinados por las medidas represivas de los romanos: 198.
177 D. C, EMPLAZAMIENTO SIN NOMBRE CERCA DE TOLOSA, AQUITANIA (SUROESTE DE FRANCIA)
Una carta personal, escrita por un comerciante durante un viaje para ver a su hermano en Capua, describe al agresor:
Vino desde el bosque un hombre que apestaba a podrido. Su piel grisácea dejaba entrever muchas heridas de las que no emanaba la sangre. Al ver al niño gritar, pare¬ció que el cuerpo le temblaba de excitación. Su cabeza se volvió en la dirección del niño; su boca abierta en un gemido estremecedor. [...] Darius, el anciano veterano de la legión, se acercó [...] apartando hacia un lado a la madre, agarró al niño con un brazo y empuñó su gladius con el otro. La cabeza de la criatura le cayó sobre los pies y rodó colina abajo antes de que el resto del cuerpo la siguiera. [...] Darius insistió en que llevaran ropas de cuero cuando tiraran el cuerpo al fuego [...] la cabeza, que aún se movía mordiendo de un modo desagradable, alimentó las llamas.
Este pasaje debería tomarse como la típica actitud romana hacia los muertos vivientes: sin miedo, sin supersticiones, simplemente otro problema que requiere una solución práctica. Este fue el último ataque registrado durante el Imperio romano. Los siguientes brotes ni se combatieron con la misma eficacia ni fueron registrados con la misma claridad.
SIGLO VIII D. C, FRISIA (NORTE DE HOLANDA)
Aunque parece que este acontecimiento tuvo lugar en o alrede¬dor del año 700 d. C, las pruebas físicas las aporta un cuadro descubierto recientemente en la bóveda del Rijksmuseum de
Amsterdam. El análisis de los materiales fija la fecha señalada arriba. El cuadro muestra un grupo de caballeros con armadura completa atacando a una multitud de hombres rabiosos con carne gris, flechas y otras heridas cubriendo sus cuerpos y sangre chorreando de sus bocas. Mientras las dos fuerzas se enfrentan en el centro del lienzo, los caballeros empuñan la espadas para decapitar al enemigo. Se ve a tres zombis en la esquina de la parte inferior derecha, agachados sobre el cuerpo de un caballero muerto. Han quitado parte de su armadura y han arrancado una extremidad de su cuerpo. Los zombis se alimentan de la carne expuesta. Como el cuadro en sí no está firmado, nadie ha determinado aún de dónde procede esta obra o cómo terminó en el museo.
850 D. C, REGIÓN DESCONOCIDA DE SAJONIA (NORTE DE ALEMANIA)
Bearnt Kuntzel, un fraile que peregrinaba a Roma, registró este incidente en su diario personal. Un zombi que apareció deambulando de la Selva Negra mordió e infectó a un granjero de la zona. La víctima resucitó varias horas después de fallecer y atacó a su propia familia. Desde ese momento, el brote se extendió a la aldea entera. Los que sobrevivieron huyeron al castillo del señor, sin darse cuenta de que algunos de ellos habían sido mordidos. Cuando el brote se extendió aún más, los aldeanos vecinos se dirigieron en tropel a la zona infestada. El clero de la zona creyó que los no muertos habían sido infectados por el espíritu del demonio y que el agua bendita y los ensalmos desterrarían a los espíritus malignos. La «búsqueda sagrada» terminó en una masacre, con la congregación entera o devorada o convertida en muertos vivientes.
Desesperados, los señores y los caballeros vecinos se unieron para «purificar a la prole infernal en las llamas». Esta fuerza destartalada quemó todas las aldeas y zombis en un radio de ochenta kilómetros. Ni los humanos que no habían sido infec¬tados sobrevivieron a la masacre. El castillo original del señor, habitado por personas que se habían visto acorraladas por los no muertos, se había transformado para entonces en una prisión de más de 200 gules. Como los habitantes habían bloqueado las puertas y subido el puente levadizo antes de perecer, los caballe-ros no pudieron entrar al castillo para purificarlo. El resultado: la fortaleza se declaró «embrujada». Más de una década después, los campesinos que pasaban cerca de allí podían oír los gemidos de los zombis que había aún dentro. Según las cifras de Kunt¬zel, se contabilizaron más de 573 zombis y más de 900 humanos fueron devorados. Kuntzel cuenta también las represalias masi¬vas contra un pueblo judío cercano, culpado del brote por su falta de «fe». El trabajo de Kuntzel sobrevivió en los archivos del Vaticano hasta su descubrimiento accidental en 1973.
1073 D. C, JERUSALÉN
La historia del doctor Ibrahim Obeidallah, uno de los pioneros más importantes en el campo de la fisiología zombi , tipifica los grandes progresos y los trágicos retrasos en el intento de la ciencia por entender a los no muertos. Una fuente descono¬cida causó un brote de quince zombis en Jaffa, una ciudad de la costa palestina. La milicia local, que utilizó una copia tradu-cida de la Orden del Ejército Romano XXXVII, exterminó con éxito la amenaza con un mínimo de bajas humanas. Una mujer recientemente mordida quedó al cuidado de Obeidallah, un físico y biólogo eminente. A pesar de que la Orden del Ejército X XXVII hablaba de la decapitación inmediata y la incineración de todos los humanos a los que hubieran mordido, Obeidallah convenció (o quizá sobornó) a la milicia para que le permi¬tiera estudiar a la mujer moribunda. Se alcanzó un compro¬miso en el que se le permitía trasladar el cuerpo, y todo su equipo, a la cárcel. Allí, en la celda, bajo el ojo vigilante de la ley, observó a la víctima retenida hasta que expiró, y continuó estudiando el cadáver mientras se reanimó. Realizó numero¬sos experimentos al gul retenido. Descubriendo que todas las funciones fisiológicas necesarias para mantenerse vivo habían dejado de funcionar, Obeidallah probó científicamente que el sujeto estaba físicamente muerto pero que aún funcionaba. Viajó por Oriente Medio recabando información sobre otros brotes posibles.
La investigación de Obeidallah documentó la fisiología completa de los muertos vivientes. Sus notas incluían informes sobre el sistema nervioso, la digestión, incluso el ritmo de descomposición en relación con el entorno. Este trabajo también incluía un estudio completo de los patrones de comportamiento de los muertos vivientes, un logro extraordinario, siempre que fuera cierto. De forma irónica, cuando los caballeros cristianos invadieron Jerusalén en 1099, este hombre fue decapitado como adorador de Satán y casi toda su obra fue destruida. Algunos fragmentos sobrevivieron en Bagdad durante los siglos siguientes con el rumor de que sólo una fracción del texto original sobrevivió. La historia de la vida de Obeidallah, sin embargo, excepto los detalles de sus experimentos, sobrevivió a la matanza de los cruzados, junto con su biógrafo (un historiador judío y anterior colega). El hombre escapó a Persia, donde el trabajo fue copiado, publicado y consiguió un modesto éxito en varias cortes de Oriente Medio. Una copia permanece en los Archivos Nacionales de Tel Aviv.
1253 D. C, FISKURHOFN, GROENLANDIA
Continuando la gran tradición de la exploración nórdica Gunnbjorn Lundergaart, un jefe islandés, estableció una colonia a la entrada de un fiordo aislado. Se ha dicho que en la partida había 153 colonos. Lundergaart volvió a Islandia después de un invierno, presumiblemente para procurarse provisiones y nuevos colonos. Cinco años después, Lundergaart volvió y encontró el complejo de la isla en ruinas. De los colonos, sólo encontró tres docenas de esqueletos; los huesos limpios de carne. También se dice que encontró tres seres: dos mujeres y un niño. Su piel tenía manchas grises y los huesos atravesaban la carne en algunos sitios. Las heridas eran obvias, pero no había restos de sangre. Cuando fueron vistos, las figuras se volvieron y se acercaron a la partida de Lundergaart. Sin dar respuesta a la comunicación verbal, atacaron a los vikingos e inmediatamente fueron corta¬dos en pedazos. El escandinavo, al creer que la expedición al completo estaba maldita, ordenó que quemaran todos los cuer¬pos y las estructuras artificiales. Como su propia familia estaba entre los esqueletos, Lundergaart ordenó a sus hombres que lo mataran a él también, que desmembraran su cuerpo y lo echa¬ran a las llamas. El «Cuento de Fiskurhofn» que la patrulla de Lundergaart contó a unos monjes viajeros irlandeses sobrevive en los Archivos Nacionales de Reykiavik, Islandia. No se trata realmente del relato más fiel sobre un ataque zombi de la civi¬lización escandinava antigua, sino que también puede explicar por qué los asentamientos vikingos en Groenlandia se desva¬necieron misteriosamente durante los primeros años del siglo catorce.
1281 D. C, CHINA
El explorador veneciano Marco Polo escribió en su diario que durante una visita al palacio de verano del emperador en Xanadú, l'.ublai Khan le mostró una cabeza de zombi cortada conservada en un tarro de líquido alcohólico transparente (Polo describió el liquido como «con la esencia del vino pero transparente y ácido para el olfato»). Esta cabeza, afirmó Khan, la había cogido su abuelo, Gengis, cuando volvió de sus conquistas en el Oeste, Polo escribió que la cabeza se percató de la presencia de todos.
Incluso les miró con sus ojos casi descompuestos. Cuando se acercó a tocarla, la cabeza trató de morderle los dedos. Khan le castigó por este acto estúpido, volviéndole a contar el relato de un oficial de bajo rango de la corte que había intentado lo mismo y fue mordido por la cabeza cortada. El oficial «parecía haber muerto días después pero se levantó para atacar a sus sirvientes». Polo afirma que la cabeza permaneció «con vida» durante su estancia en China. Nadie sabe cuál fue el destino de esta reliquia. Cuando Polo volvió de Asia, su historia fue suprimida por la Iglesia católica y por eso no aparece en la publicación oficial de sus aventuras. Los historiadores han especulado que, ya que los mongoles llegaron tan lejos como a Bagdad, la cabeza puede ser uno de los sujetos originales de Ibrahim Obeidallah, lo cual da a esta cabeza el récord de la reliquia viva mejor conservada y más antigua de un espécimen zombi .
1523 D. C, OAXACA, MÉXICO
Los nativos hablan de una enfermedad que oscurece el alma, causando la sed de la sangre de sus hermanos. Hablan de hombres, mujeres, incluso niños cuya carne ha pasado a ser gris con partes pútridas y de olor impuro. Una vez que la oscuridad se cierne sobre ellos, no hay forma de curarlos, excepto con la muerte, que sólo puede conseguirse a través del fuego, debido a que el cuerpo se vuelve resistente a todas las armas del hombre. Creo que es una tragedia de los paganos, que, al no conocer a Nuestro Señor Jesu¬cristo, no conocen la cura para esta enfermedad. Ahora que hemos bendecido a estas masas con la luz y la verdad de Su amor, debemos esforzarnos en buscar a estas almas oscure¬cidas y purificarlas con toda la fuerza del Cielo.
Este texto fue tomado, supuestamente, de los relatos del padre Esteban Negrón, un cura español y estudiante de Bartolomé de las Casas, previamente editado desde sus trabajos originales y recientemente descubierto en Santo Domingo. Las opiniones sobre la autenticidad de este manuscrito varían. Algunos creen que es parte de una orden del Vaticano para suprimir toda la información al respecto. Otros creen que se trata de una elabo¬rada patraña en la línea de los Diarios de Hitler.
1554 D. C, AMÉRICA DEL SUR
Una expedición española bajo el mando de Don Rafael Cordoza se adentró en la jungla amazónica en busca de la legendaria El Dorado, la Ciudad de Oro. Los guías tupís lo alertaron para que no entrara en una zona conocida como el Valle del Sueño sin Fin. En él, le advirtieron, encontraría una raza de criaturas que gemían como el viento y sentían sed de sangre. Muchos hombres habían entrado en este valle, contó el tupí. Ninguno regresó jamás. Muchos de los conquistadores sintieron miedo al oír este aviso y suplicaron volver a la costa. Cordoza, al creer que el tupí se había inventado esta historia para esconder la ciudad dorada, obligó a su expedición a que continuara. Cuando anocheció, docenas de muertos andantes atacaron el campamento. Lo que ocurrió aque¬lla noche sigue siendo un misterio. Según proclamó un pasajero del Santa Verónica, el barco que llevó a Cordoza de América del Sur a Santo Domingo, él fue el único superviviente en alcan¬zar la costa. Si luchó hasta el final o si abandonó simplemente a sus hombres nadie lo sabe. Un año después, Cordoza llegó a España, donde contó toda la historia sobre este ataque a la Corte Real en Madrid y a la Santa Inquisición en Roma. Acusado por ¬la Corte Real de despilfarrar los recursos de la corona y de hablar sobre actos blasfemos por la Santa Inquisición, el conquistador fue despojado de su título y murió en la más profunda pobreza. Su historia es una recopilación de fragmentos de muchos textos referidos a este periodo de la historia de España. No se ha descu¬bierto ningún texto original.
1579 D. C, PACÍFICO CENTRAL
Durante su circunnavegación del globo, Francis Drake, el pirata que más tarde se convirtió en un héroe nacional, paró en una isla sin nombre para repostar provisiones de comida y agua fresca. Los nativos le advirtieron que no visitara un cayo pequeño cercano que estaba habitado por «los dioses de la muerte», Según la costumbre, los muertos y enfermos terminales eran puestos en esta isla, donde los dioses se apoderarían de ellos, de su cuerpo y su alma, para vivir eternamente. Drake, fasci¬nado por su historia, decidió investigar. Observando desde el barco vio como una partida de nativos en la orilla puso el cuerpo de un hombre muerto en la playa de la isla. Después de gritar varias veces con una caracola, los nativos regresaron al mar. Unos momentos más tarde, varias figuras aparecieron tambaleándose lentamente desde la jungla. Drake vio cómo se alimentaban del cadáver antes de perderlos de vista mientras se alejaban encorvados. Para su asombro, el cuerpo medio comido se levantó sobre sus pies y cojeó tras ellos. Drake nunca habló de este incidente en toda su vida. Los hechos se descubrieron en un diario secreto que mantuvo oculto hasta su muerte. Este diario, que pasó de coleccionista en coleccionista, finalmente encontró su sitio en la biblioteca del almirante Jackie Fischer, el padre de la moderna Marina Real. En 1907, Fischer mandó hacer unas copias y se lo dio a varios de sus amigos como regalo de Navi¬dad. Junto a las coordenadas exactas, Drake proclamó esta masa de tierra «la isla de los malditos».
1583 D. C, SIBERIA
Una partida de exploradores del infame cosaco Yermak, perdida y muerta de hambre en la helada naturaleza salvaje, fue refu¬giada por una tribu asiática indígena. Una vez que recuperaron las fuerzas, los europeos compensaron la amabilidad de la tribu declarándose ellos mismos los soberanos de aquella aldea y se establecieron allí durante el invierno hasta que llegara la fuerza principal de Yermak. Después de darse el festín varias semanas con la comida que la aldea había reunido, los cosacos destina¬ron entonces su apetito a los aldeanos. En un acto salvaje de canibalismo, se comieron a treinta personas, mientras el resto huía selva adentro. Los cosacos agotaron esta nueva fuente de alimento en días. Desesperados, se dirigieron hacia el cemente¬rio de la aldea, donde se cree que las bajas temperaturas habían mantenido algunos de los cadáveres frescos. El primer cuerpo exhumado fue una mujer de unos veinte años, que había sido enterrada con las manos y los pies atados y la boca amordazada. Cuando se descongeló, la mujer muerta revivió. Los cosacos estaban estupefactos. Esperando aprender cómo había conse¬guido tal proeza, le quitaron la mordaza. La mujer mordió en la mano a uno de los cosacos. Con duradera falta de visión, igno-rancia y brutalidad, los cosacos la desmembraron, la asaron y comieron su carne. Sólo dos se abstuvieron: el guerrero herido (sus camaradas creían que no había que desperdiciar la comida con los moribundos) y un hombre profundamente supersticioso que creía que la carne estaba maldita. En cierta manera, tenía razón. Todos los que comieron la carne del zombi murieron aquella noche. El hombre herido expiró a la mañana siguiente.
El único superviviente intentó quemar los cuerpos. Mientras preparaba la pira funeraria, el cadáver que había sido mordido revivió. Al verse perseguido por este nuevo zombi , el solitario superviviente se dirigió hacia la estepa. Tras una hora de persecución, el zombi se congeló. El cosaco deambuló durante varios días han que fue rescatado por otra partida de exploradores de Yermak. Su relato fue documentado por un historiador ruso, el padre Pielio Georgiavich Vatutin. La obra se mantuvo oculta durante varían generaciones, guardada en un monasterio aislado en la isla de Valam, en el lago Ladoga. Sólo ahora está siendo traducida al inglés. No se sabe nada sobre el destino de los aldeanos asiáticos o incluso sobre cuál es su identidad real. El genocidio posterior contra este pueblo por Yermak dejó pocos supervivientes. Desde un punto de vista científico, este relato representa el primer suceso conocido de un zombi completamente congelado.
1587 D. C, ISLA ROANOKE, CAROLINA DEL NORTE
Los colonos ingleses, aislados de cualquier apoyo de Europa, enviaban partidas de caza regulares al continente en busca de comida. Una de estas partidas desapareció durante tres semanas Cuando volvió un único superviviente, describió que les habían atacado «una pandilla de salvajes [...] con la carne pútrida y piel minada con gusanos; insensibles a la pólvora y a los disparos». Aunque sólo mataron a uno de los once hombres de la partida, cuatro de ellos fueron desfigurados salvajemente. Esos hombres murieron al día siguiente, los enterraron y a continua¬ción, unas horas después, se levantaron de sus poco profundas tumbas. El superviviente juró que los que antes eran camaradas se habían comido vivos al resto de la partida y que sólo él pudo escapar. El juez de la colonia acusó al hombre de mentiroso y de asesino. Lo ahorcaron a la mañana siguiente.
Enviaron una segunda expedición para que recogiera los cuer¬pos «por miedo a que sus restos fueran profanados por los paga¬nos». La partida de cinco hombres volvió en un estado cercano al colapso, con mordeduras y arañazos que les cubrían el cuerpo. En el continente, les habían atacado los «salvajes» que descri¬biera el superviviente muerto al que ahora justificaban y también algunos de los miembros de la primera partida de caza. Estos nuevos supervivientes, tras un periodo de examen médico, falle¬cieron con algunas horas de diferencia. Los entierros se celebra¬rían al amanecer del día siguiente. Esa noche, resucitaron. Los detalles no son muy precisos, al igual que el resto de la histo¬ria. Una versión describe la infección final y la destrucción de la ciudad entera. Otra describe a la población de Croatan recono¬ciendo el peligro por lo que era, cercando y quemando a todos los colonos de la isla. En un tercer relato, estos mismos nati¬vos americanos rescataron a los habitantes supervivientes de la ciudad y mataron a los no muertos y a los que estaban heridos. Estas tres historias han aparecido en relatos de ficción y textos históricos durante los últimos dos siglos. Ninguna presenta una explicación irrefutable a por qué el primer asentamiento inglés en América del Norte se desvaneció literalmente sin dejar rastro.
1611 D. C, EDO, JAPÓN
Enrique da Silva, un comerciante portugués que hacía negocios en las islas, escribió este pasaje en una carta a su hermano:
El padre Mendoza, que volvía a saborear el vino caste-llano de nuevo, habló de un hombre que se había convertido recientemente a su fe. Este salvaje era miembro de una de las órdenes más secretas en esta tierra bárbara y exótica, «La hermandad de la vida». De acuerdo con el clérigo anciano, esta sociedad secreta entrena a asesinos, y hablo con todo sinceridad, con el propósito de ejecutar demonios. […] Estas criaturas, según su explicación, fueron en el pasado seres humanos. Después de morir, unos demonios invisibles los hacían revivir [...] y se alimentaban de la carne de los vivos. Para combatir este terror, «La hermandad de la vida» había sido formada, según Mendoza, por el propio shogim. [...] Existen desde hace mucho [...] entrenados en el arte
de la destrucción. [...] Tienen una extraña manera de ir a la batalla sin armas dedicando la mayor parte del tiempo a evitar que los demonios les capturen, retorciéndose igual que una serpiente cuando los intentan capturar. [...] Las armas, que de forma extraña tienen la forma de las cimitarras orientales, se diseñaron para cortar cabezas. [..,] Su templo, aunque el lugar donde se localiza queda en secreto, parece poseer una habitación donde las cabezas cortadas de los monstruos que han abatido vivas y aím gimiendo adornan las paredes. Los reclutas de alto rango, preparados para formar parte de la hermandad, deben pasar una noche entera en esta habitación, sin ninguna compa¬ñía excepto la de estos objetos profanos. [...] Si la histo¬ria del padre Mendoza es cierta, esta es, tal y como sospe¬chábamos, la tierra de un demonio impío. [...] De no ser por el atractivo de la seda y las especias, haríamos bien en evitarla a toda costa. [...] Pregunté al anciano cura dónde se encontraba este converso, para poder escuchar las pala¬bras de este relato de sus propios labios. Mendoza me dijo que lo habían encontrado muerto hacía casi dos semanas. «La hermandad» no permite que se desvelen sus secretos ni que los miembros renuncien a su lealtad.
Existieron muchas sociedades secretas en el Japón feudal. «La hermandad de la vida» no aparece en ningún texto, pasado o presente. Da Silva comete algunas imprecisiones históricas en su carta, como cuando se refiere a la espada japonesa como «cimita-rra». (No estaría mal que los europeos aprendieran algunos deta¬lles de la cultura japonesa.) La descripción de las cabezas que siguen gimiendo también es una imprecisión, porque una cabeza cortada no podría producir ningún sonido sin el diafragma, los pulmones y las cuerdas vocales. Si esta historia es cierta, sin embargo, podría explicar por qué ha habido tan pocos brotes registrados en Japón a diferencia del resto del mundo. O bien la cultura japonesa ha creado un muro de silencio muy eficaz alrededor de sus brotes o «La hermandad de la vida» cumplió su misión. De cualquier forma, no se encontraron informes de brotes relativos a Japón hasta la segunda mitad del siglo XX.
1690 D. C, ATLÁNTICO SUR
El buque mercante Marialva abandonó Bissau, al oeste de África, con un grupo de esclavos para Brasil. Nunca llegó a su destino. Tres años después, en mitad del Atlántico sur, el navío danés Zeebrug divisó el Marialva a la deriva. Enviaron una partida con el propósito de salvarlos. Al llegar, encontraron una mercancía de no muertos africanos que aún estaban encadenados a sus camas, retorciéndose y gimiendo. No había rastro de la tripulación y cada uno de los zombis tenía por lo menos un mordisco en el cuerpo. Los daneses, que creían que el barco estaba maldito, remaron a toda prisa hacia su navío y contaron lo que habían encontrado al capitán. Inmediatamente, este mandó hundir al Marialva a cañonazos. Como no hay forma de saber exactamente cómo llegó a bordo la infección, todo lo que sabemos en pura especulación. No se encontraron botes salvavidas abordo Sólo se encontró el cuerpo del capitán, encerrado en su camarote, con una herida en la cabeza de haberse pegado un tiro él mismo. Muchos creen que, como los africanos estaban todos encadenados, la primera persona infectada debió de ser un miembro de la tripulación portuguesa. De ser cierto esto, los desafortunados esclavos tuvieron que soportar ver cómo sus captores se devora¬ban e infectaban los unos a los otros tras la lenta transformación en muertos vivientes, el virus abriéndose camino a través de sus sistemas. Incluso peor es la horrible posibilidad de que uno de los miembros de la tripulación atacara e infectara a un esclavo enca¬denado. Este nuevo gul, sucesivamente, mordería a la persona encadenada y gritando a su lado. Continuando fila abajo hasta que finalmente los gritos se apagaran y se llenara todo de zombis. Imaginar a los que se encontraban al final de la fila, viendo cómo su futuro se arrastraba lenta y directamente hacia ellos, cada vez más cerca, basta para evocar las peores pesadillas.
1762 D. C, CASTRIES, SANTA LUCÍA, EL CARIBE
La historia de este brote todavía es contada hoy tanto por los isleños del Caribe como por los inmigrantes del Caribe en Reino Unido. Funciona como una poderosa advertencia, no sólo del poder de los muertos vivientes, sino también de la frustrante incapacidad de los humanos para unirse y luchar contra ellos. Un brote de origen impreciso comenzó en la zona blanca pobre de la pequeña y superpoblada ciudad de Castries en la isla de Santa Lucía. Varios negros liberados y residentes mulatos se dieron cuenta del origen de la enfermedad e intentaron alertar a las autoridades. Fueron ignorados. El brote fue diagnos¬ticado como una forma de rabia. El primer grupo de personas que se infectó fue encerrado en la cárcel de la ciudad. A los que mordieron mientras intentaban contenerlos los enviaron a casa sin ofrecerles tratamiento alguno. En cuarenta y ocho horas, todo Castries era un caos. La milicia local, al no saber cómo detener el ataque, fue aplastada y consumida. Los blancos que quedaban consiguieron huir a las plantaciones de las afueras. Como a muchos de ellos les habían mordido, al final extendie¬ron la infección a la isla entera. Diez días después, el 50 % de la población blanca había muerto. El cuarenta por ciento, más de varios cientos de individuos, merodeaban por la isla convertidos en zombis resucitados. El resto escapó en las diferentes embar¬caciones que pudieron encontrar o permanecieron escondidos en las dos fortalezas de Vieux Fort y Rodney Bay. Esto dejó una considerable fuerza de esclavos negros que se encontraron ahora libres pero a merced de los no muertos.
A diferencia de los habitantes blancos, los antiguos escla¬vos tenían un profundo conocimiento cultural de su enemigo, una ventaja que reemplazó al pánico con la determinación. Los esclavos de todas las plantaciones se organizaron en equipos de caza muy disciplinados. Armados con antorchas y machetes (los blancos que huyeron se habían llevado con ellos todas las armas de fuego) y aliados con los negros y los mulatos liberados que quedaban (Santa Lucía tenía comunidades pequeñas pero importantes de ambas razas), rastrearon la isla de norte a sur. Se comunicaban con tambores, por lo que los equipos compartían la inteligencia y las tácticas de batalla coordinadas. Como una ola, lenta y premeditada, limpiaron Santa Lucía en siete días. Los blancos que se encontraban aún en los fuertes se negaron a unirse a la pelea, porque su intolerancia racial se unía a su cobardía. Diez días después de acabar con el último zombi , las tropas de las colonias británica y francesa llegaron. Inmediata¬mente, todos los que habían sido esclavos volvieron a ser enca¬denados. Los que se resistieron fueron ahorcados. Como el inci¬dente se registró como una sublevación de los esclavos, todos los negros y mulatos que habían sido liberados volvieron a ser esclavizados o ahorcados por ayudar en la supuesta rebelión. Aunque no existen registros escritos, un relato oral ha llegado hasta nuestros días. Se rumorea que existe un monumento en algún lugar de la isla. Ningún residente declarará dónde está localizado. Si uno puede sacar una lección positiva de Castries es que un grupo de civiles, motivados y disciplinados, con las armas más primitivas y una comunicación básica, puede formar un equipo formidable para cualquier ataque zombi .
1807 D. C, PARÍS, FRANCIA
Un hombre fue admitido en el Cháteau Robinet, un hospital para criminales dementes. El informe oficial archivado por el doctor Reynard Boise, administrador jefe, relata: «El paciente parece incoherente, casi animal, con un deseo insaciable de violencia. [...] Tiene una mandíbula que muerde como la de un perro rabioso. Consiguió herir con éxito a uno de los pacientes antes de que lo ataran». Lo historia que siguió consiste en el interno herido recibiendo un tratamiento escaso (le vendaron las heridas y le dieron un trago de ron) y entonces siendo colocado en una celda común con más de cincuenta hombres y mujeres. Lo que siguió días después fue una orgía de violencia. Los guardas y los doctores, demasiado asustados por los gritos que salían de la celda, se negaron a entrar hasta que hubo pasado una semana. Para enton¬ces, lo único que quedaba eran cinco infectados, zombis parcial¬mente devorados y las partes diseminadas de varias docenas de cadáveres. Boise pronto dimitió de su puesto y se retiró a la vida privada. Poco sabemos sobre lo que les pasó a los muertos andantes o al primer zombi que llevaron a la institución. El propio Napo¬león Bonaparte ordenó que cerraran el hospital, lo purificaran y lo convirtieran en una casa de convalecencia para los veteranos del ejército. Además, no se sabe nada sobre la procedencia del primer zombi , cómo contrajo la enfermedad o, de hecho, si infectó a alguien más antes de ser enviado al Cháteau Robinet.
1824 D. C, SUDAFRICA
Este extracto fue tomado del diario de H. F. Fynn, miembro de la expedición británica original que conoció, viajó y negoció con el gran rey zulú Shaka.
El kraal era un hervidero de vida. [...] El joven noble se adelantó en dirección al centro del establo. [...] Cuatro de los mejores guerreros del rey trajeron un cuerpo; lo traían atado de pies y manos [...] una bolsa hecha de piel de vaca le cubría la cabeza. Este tejido servía para cubrir también las manos y los antebrazos de los guardias, de modo que su piel nunca tocara la del condenado. [...] El joven noble agarró su azagaya (una lanza punzante de más de un metro de longitud) y se lanzó de un salto al establo. [...] El rey dio la orden con un grito y ordenó a sus guerreros que arrojaran la carga al kraal. El conde-nado se pegó contra la dura tierra, haciendo ademanes como un hombre borracho. La bolsa de piel se le escurrió de la cabeza [...] su cara, para mi asombro, estaba terriblemente desfigurada. Una gran protuberancia de carne había desaparecido de su cuello como si se la hubiera arrancado una bestia inmunda. Le habían arrancado los ojos, y el abismo que quedaba en ellos miraba fijamente al Infierno. De sus heridas ni siquiera fluía una gota diminuta de sangre. El rey levantó la mano, acallando a la multitud frenética. El silencio llenaba el kraal; un silencio tan completo que los pájaros parecieron obedecer la poderosa orden del rey. [...] El joven noble alzó su azagaya hasta el pecho y pronunció una palabra. Su voz era demasiado sumisa, demasiado suave para alcanzar mis oídos El hombre sin embargo, el pobre diablo, debió escuchar la voz solitaria. Volvió la cabeza lentamente, con la boca muy abierta. De sus labios magullados y rajados salió un aullido tan aterrador que hizo que me temblaran todos los huesos. El monstruo, ahora estaba convencido de que era un monstruo, se dirigió encorvado hacia el noble. El joven zulú blandió su azagaya. La agitó delante de él incrustando la oscura cuchilla en el pecho del monstruo El demonio no calló, no murió, no parecía que le hubieran agujereado el corazón. Simplemente continuó acercándose firme, imparable. El noble se retiró, temblando como una hoja cuando la lleva el viento. Se tropezó y cayó sobre la tierra que se unió a su cuerpo sudado. La multitud permaneció en silencio, mil estatuas de ébano observaban aquella trágica escena. [...] Entonces Shaka, de un salto, entró al establo y bramó: «¡Sóndela, sóndela!». Enseguida el monstruo dejó al noble que yacía en el suelo y se dirigió al rey. Con la rapidez de la bala de un mosquete, Shaka agarró la azagaya del pecho del monstruo y la dirigió hacia una de las vacías cuencas de los ojos. Entonces giró el arma como lo haría un campeón de esgrima, dando vueltas a la punta de la cuchilla dentro del cráneo del monstruo. La criatura abominable cayó de rodillas ante él, luego se tumbó, enterrando su abominable cara en la roja tierra africana.
La historia acaba bruscamente aquí. Fynn nunca explicó qué le pasó al noble condenado o al zombi que aniquilaron. Natu¬ralmente, este rito de paso ceremonial plantea varias preguntas interesantes: ¿Cuándo comenzó a utilizarse a los zombis de este modo? ¿Los zulúes tienen más de un gul para este propósito? De ser así, ¿de qué modo los consiguen?
1839 D. C, ESTE DE ÁFRICA
El diario de viaje de Sir James Ashton-Hayes, uno de los muchos incompetentes europeos en busca del nacimiento del Nilo, revela la probabilidad de un ataque zombi y una respuesta organizada y culturalmente aceptada.
Llegó al pueblo muy temprano aquella mañana, era un joven negro con una herida en el brazo. Evidentemente al pobre salvaje le había fallado la lanza y la cena que espe¬raba se había esfumado. Por muy gracioso que parezca, los acontecimientos que siguieron me parecieron tremen¬damente bárbaros. [...]En el pueblo, tanto el doctor como el jefe de la tribu examinaron la herida, oyeron la histo¬ria del joven hombre y asintieron con la cabeza sobre una decisión secreta. El hombre herido, entre lágrimas, se despidió de su mujer y su familia [...] obviamente, según sus costumbres, el contacto físico no está permitido, luego se arrodilló ante el jefe. [...]El anciano cogió un garrote largo con la punta de hierro y entonces lo clavó en la cabeza del condenado, aplastándola como a un gigante huevo negro. Casi de inmediato, diez guerreros de la tribu tiraron sus lanzas, desenvainaron los primitivos sables y pronunciaron un cántico extraño: «Nagamba ekwaga mili eereeah enge». A continuación, simplemente se dirigieron hacia la sabana. El cuerpo del desgraciado salvaje, para horror mío, fue desmembrado y quemado mientras las mujeres de la tribu sollozaban frente a la columna de humo. Cuando consulté a nuestro guía para que me diera algún tipo de explicación, simplemente encogió su diminuta figura y respondió: «¿Quiere que se levante de nuevo esta noche?». Un pueblo raro, estos salvajes.
Hayes se niega a decir exactamente qué tribu era y los estudios posteriores han revelado que todos sus datos geográficos, lamentablemente, no son precisos. (No es de extrañar que nunca encontrara el Nilo.) Por suerte, el grito de guerra se identifico más tarde como «Njamba egoaga na era enge», una frase kikuyi que significa «Juntos peleamos y juntos ganamos o expiramos» Esto dio a los historiadores una pista de que se encontraba al menos en lo que actualmente en la moderna Kenia.
1848 D. C, CORDILLERA OWL CREEK, WYOMING
Aunque probablemente no se trate del primer ataque zombi en EEUU, se trata del primero que fue registrado. Un grupo de cincuenta y seis pioneros conocidos como la Partida Knudlian desapareció en la zona central de las Montañas Rocosas de camino a California. Un año después, una segunda expedición descubrió los restos de un campamento base que se creyó que había sido su último lugar de descanso.
Las señales de la batalla eran obvias. Restos de equipo roto estaban desparramados entre los carros calcinados. También descubrimos los restos de al menos cuarenta y cinco personas. Entre las muchas heridas, todos compartían una fractura en el cráneo. Algunos de los agujeros parecían de bala, otros de instrumentos romos como marti¬llos e incluso rocas. [...] Nuestro guía, un hombre con muchos años de experiencia en aquellos bosques, creía que no se trataba de la obra de indios salvajes. Después de todo, decía, ¿por qué habrían de matar a nuestra gente sin llevarse los caballos y los bueyes? Contamos los esquele¬tos de todos los animales y tuvimos que darle la razón. [...] Hubo otro factor que encontramos más alarmante y era el número de heridas por mordeduras que tenían los muertos. Como ningún animal, ni el lobo blanco aulla¬dor ni la hormiga diminuta, había tocado sus cadáveres, obviamos su participación en lo acontecido. En la fron¬tera siempre contaban historias sobre caníbales, pero nos horrorizaba creer que tales cuentos sobre un salvajismo tan impío pudieran ser ciertos, especialmente después de un cuento tan horrible como el de la Expedición. [...] Sin embargo, lo que no pudimos comprender fue por qué se habían comido entre ellos tan rápido si aún no se habían acabado las provisiones de comida.
Este pasaje proviene de Arne Svenson, una maestra que se convirtió en colonizadora y granjera de la segunda expedición, Esta historia en sí misma no prueba necesariamente que se trate de un brote de Solanum. Aparecerán pruebas más sólidas, pero habrá que esperar otros cuarenta años.
1852 D. C, CHIAPAS, MÉXICO
Un grupo de cazadores de tesoros americanos de Boston, James Millar, Luke MacNamara y Willard Donglass, viajaron a esta región remota en la jungla con el propósito de saquear unas supuestas ruinas mayas. Mientras permanecían en el pueblo de Tzinteel, fueron testigos del entierro de un hombre al que tacha-ban de ser «un bebedor de la sangre de Satán». Vieron que el hombre estaba herido, amordazado y aún vivo. Al creer que se trataba de una ejecución bárbara, los estadounidenses lograron rescatar al condenado. Una vez que le quitaron las cadenas y la mordaza, el prisionero atacó al instante a los liberadores. Loa disparos no hacían efecto alguno. Mató a MacNamara; los otros dos fueron heridos levemente. Un mes más tarde, sus familias recibieron una carta fechada el día después del ataque. En sus páginas, los dos hombres relataban los detalles de su aventura, incluyendo una declaración jurada de que su amigo asesinado había «vuelto a la vida» después del ataque. También escri-bieron que sus heridas superficiales de mordedura se estaban ulcerando y que empezaban a tener una horrible fiebre. Prometían descansar unas semanas en Ciudad de México para que les tratara un médico y luego volverían a Estados Unidos lo antes posible. Nunca más se supo de ellos.
1867 D. C, OCÉANO ÍNDICO
Un barco de vapor inglés para el correo, el RMS Rona, que transportaba a 137 convictos a Australia, ancló en Bijoutier Island para ayudar a un barco sin identificar que apareció varado en un banco de arena. La partida que enviaron descubrió a un zombi con la espalda rota, arrastrándose por las cubiertas desiertas del barco. Cuando intentaron ofrecerle ayuda, el zombi se inclinó hacia delante y mordió en los dedos a uno de los marineros Mientras otro marino cortaba la cabeza al zombi con su sable los otros cogieron al camarada herido para llevarlo de vuelta al barco. Aquella noche, colocaron al marinero herido en su litera y le dieron un trago de ron y el cirujano del barco le prometió que lo examinaría al amanecer. Aquella noche, el nuevo zombi resucitó y atacó a sus compañeros de abordo. El capitán, con un ataque de pánico, ordenó que taparan con tablas la carga, que encerraran dentro a los convictos con el gul y que conti¬nuaran el viaje a Australia. El resto del viaje, el resonar cons¬tante de los gritos se convirtió en gemidos. Varios tripulantes juraron oír los chillidos de agonía de las ratas mientras se las comían vivas.
Tras seis semanas en el mar, el barco echó el ancla en Perth. Los oficiales y la tripulación remaron a tierra para informar al alcalde mayor sobre lo que había ocurrido. Al parecer, nadie creyó las historias de aquellos marineros. Enviaron un contin¬gente de tropas regulares para, y sólo por esa razón, que escol¬laran a los prisioneros. El RMS Rona permaneció anclado cinco días, esperando a que llegaran dichas tropas. El sexto día, una tormenta rompió la cadena del ancla del barco, lo desplazó varias millas a través de la costa y lo estrelló contra un arre¬cife. Los habitantes del pueblo y la antigua tripulación del barco no encontraron rastro alguno de los no muertos. Lo único que quedó fueron huesos de humanos y huellas que llevaban tierra adentro. La historia del Rona era común entre los marineros a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Los regis¬tros del almirantazgo indican que el barco se perdió en el mar.
1882 D. C, PIEDMONT, OREGÓN
Las pruebas del ataque provienen de una partida humanitaria enviada para investigar un pequeño pueblo con una mina de hierro después de dos meses de aislamiento. Este grupo encontró Piedmont en ruinas. Muchas de las casas estaban quemadas. Las que aún quedaban en pie estaban llenas de agujeros de bala. Lo peculiar era que los agujeros dejaban ver que todos los tiros se habían dado desde el interior, como si la lucha hubiera tenido lugar entre aquellas paredes. Más impactante aún fue el descu¬brimiento de veintisiete esqueletos mutilados y medio comidos. Una primera teoría considerando el canibalismo quedó descartada cuando se encontraron los almacenes del pueblo con suficiente comida para un invierno entero. Cuando investigaron la mina, la partida humanitaria realizó su último y más terrorífico descubrimiento. Habían hecho estallar desde dentro la entrada, Encontraron cincuenta y ocho hombres, mujeres y niños, todos muertos de inanición. Los rescatadores determinaron que habla suficiente comida para varias semanas almacenada y que se había consumido, por lo que sugirió que estuvieron allí encerrados más tiempo. Una vez que se realizó un recuento minucioso de los cadáveres, algunos mutilados y otros muertos de inanición, faltaban al menos treinta y dos de los ciudadanos.
La teoría que acepta un mayor grupo de personas es que, por algún motivo, un gul o un grupo de gules surgieron de los bosques y atacaron Piedmont. Tras una batalla corta y violenta los supervivientes llevaron toda la comida que pudieron a la mina. Después de encerrarse, lo más probable es que estás personas esperaran un rescate que nunca llegó. Se puede sospe-char que, antes de tomar la decisión de refugiarse en la mina, uno o más supervivientes intentaran realizar un viaje complicado a través de los bosques en busca del puesto de vigilancia más cercano. Como no existe ningún registro ni se encontraron los cuerpos, es lógico asumir que estos mensajeros mencionados antes murieran en el bosque o fueran engullidos por los no muertos. Si allí hubo zombis, no se sabe por qué no recuperaron los restos de ninguno. Tras el incidente de Piedmont no hubo un encubrimiento oficial. Los rumores hablan de una plaga, una avalancha, una lucha interna y el ataque de los «indios salvajes» (no hay nativos americanos que vivan allí, ni siquiera cerca de Piedmont). Nunca volvió a abrirse la mina. La compañía minera Patterson (propietaria de la mina de la ciudad) pagó 20 dolares en compensación a cada pariente de los residentes de Piedmont a cambio de su silencio. La prueba de esta transacción aparece en los libros de cuentas de la compañía. Esto se descubrío cuando la corporación se declaró en bancarrota en 1931. No hubo investigaciones posteriores.
1888 D. C, HAYWARD, WASHINGTON
Este pasaje describe la aparición del primer cazador de zombis profesional de América del Norte. El incidente comenzó cuando un cazador de pieles llamado Gabriel Allens llegó dando banda¬zos al pueblo con un corte profundo en el brazo. «Allens habló de un espíritu que deambulaba en forma de hombre poseído, con la piel tan gris como la piedra y los ojos fijos en la nada. Cuando Allens se aproximó al desdichado, este liberó un atroz gemido y mordió al cazador en el antebrazo derecho.» Este pasaje procede del diario de Jonathan Wilkes, el doctor del pueblo que trató a Allens después del ataque. Se sabe muy poco sobre cómo se expandió la infección de la primera víctima al resto de miem¬bros del pueblo. Algunos datos sugieren que la siguiente víctima fue el doctor Wilkes y a continuación tres hombres que intenta¬ron atarlo. Seis días después del ataque inicial, Hayward sufría un asedio. Muchos se escondieron en sus casas y en la iglesia del pueblo mientras los zombis atacaban implacables las barricadas. Aunque había muchas armas de fuego, nadie se dio cuenta de la necesidad de pegarles un tiro en la cabeza. La comida, el agua y la munición se acabaron en seguida. Nadie creía que pudieran aguantar otros seis días.
Al amanecer del séptimo día, llegó un lakota llamado Elija Black. A caballo, con un sable del Ejército de Caballería de EEUU, decapitó a doce gules los primeros veinte minutos. Enton¬ces, Black usó un pedazo de madera carbonizado para dibujar un círculo alrededor de la torre de agua del pueblo antes de subir a lo más alto de ella. Entre gritos, una corneta vieja del ejército y su caballo atado como cebo, se las arregló para atraer a todos los muertos andantes que había en el pueblo hacia su posición.
El que entraba en el círculo recibía un tiro en la cabeza con un rifle Winchester. De este modo cuidadoso y disciplinado, Black eliminó a la horda al completo, cincuenta y nueve zombis, en seis horas. Para cuando los supervivientes se dieron cuenta de lo que había ocurrido, su salvador se había ido. Los relatos posterio-res consiguieron reunir los antecedentes de Elija Black. Cuando tenía quince años, él y su abuelo estaban cazando cuando se encontraron con la masacre de la Partida Knudhansen. Al menos uno de los miembros había sido infectado previamente y, una vez reconvertido, había atacado al resto del grupo. Black y SU abuelo acabaron con los otros zombis a golpes de tomahawk en la cabeza, decapitándolos y quemándolos. Uno de los supervi¬vientes, una mujer de treinta años, explicó cómo se extendió la infección y cómo la mitad de la partida ahora resucitada había deambulado por el bosque. Entonces confesó que sus heridas y las de otras personas eran maldiciones incurables. De común acuerdo, suplicaron su muerte.
Tras este asesinato en masa por compasión, el viejo lakota le reveló a su nieto que le había ocultado la herida de una morde¬dura que había sufrido durante la batalla. La última persona a la que dio muerte ese día Elija Black fue su propio abuelo. Desde ese momento, dedicó su vida a cazar el resto de zombis de la Partida Knudhansen. En cada encuentro, aprendía más y conseguía mayor experiencia. Aunque nunca llegó a Piedmont, consiguió eliminar a nueve de los zombis del pueblo que habían deambulado por el bosque. Cuando ocurrió lo de Hayward, Black se había convertido, con toda probabilidad, en el principal estudioso de campo, rastreador y asesino de no muertos del mundo. Se sabe muy poco sobre el resto de su vida o cómo terminó finalmente En 1939 se publicó su biografía tanto en forma de libro como en una serie de artículos que aparecieron en periódicos ingleses Como no se conserva ninguna versión, es imposible saber con exactitud en cuántas batallas luchó Black. Hay en marcha una investigación para localizar las copias perdidas de su libro.
http://www.taringa.net/posts/paranormal/11681387/Max-Brooks-The-Zombie-Survival-Guide-espanol-parte-8.html