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Mujeres asesinas, mujeres heroínas

Info1/15/2009
¿Por qué si una mujer decide donar sus órganos es una heroína y, en cambio, si decide abortar es tachada de asesina? ¿Por qué puede discutirse cuándo termina la vida humana, pero no cuándo comienza?

Luis Novaresio


¿Por qué si una mujer decide donar sus órganos es una heroína y, en cambio, si esa misma mujer decide abortar es tachada de asesina? ¿Por qué puede discutirse cuándo termina la vida humana, pero no puede debatirse cuándo comienza?

Cerrado otro período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, donde una decena de proyectos que modifican la legislación sobre el aborto perdieron estado parlamentario, las respuestas a estas preguntas las dan (en off, nada de grabadores) dos legisladores que se caracterizan por ir al frente con el lavado del dinero, los superpoderes o la estatización de las jubilaciones: hay muchas presiones “de arriba”. Lo inadmisible no es que se adopte una posición de total rechazo o aprobación a la interrupción del embarazo. Lo preocupante es que no se quiera, ni por asomo, admitir el debate público de ideas. La muerte no es única. Por años morir fue perder la actividad circulatoria sanguínea: la asistolia. Ésa era la muerte biológica. En el mismo año en que los franceses gritaban que la imaginación sería el poder, en Harvard se definía que la muerte no era el fin de la actividad cardiopulmonar sino la irreversibilidad del daño cerebral que provoca el coma.

La muerte encefálica es la ausencia completa de conciencia, motilidad y sensibilidad, más la falta de respiración espontánea y la carencia de reflejos con trazado electroencefalográfico plano. Pasaron 40 años desde entonces y la medicina ha debatido –y debate– distintas nociones como la muerte cortical, teoría que sostiene que la vida humana se termina (y empieza) sólo y exclusivamente con el fin de las funciones cerebrales superiores que nos diferencian de las otras especies vivas.

Aquellas que manejan la conciencia y la cognición a través del “cerebro superior”, los hemisferios cerebrales y fundamentalmente la corteza cerebral.

¿Hay, entonces, varias nociones de muerte? Cualquier debate médico moderno dirá que sí. En la Argentina, objetivamente, se muere dos veces. Cuando se adoptó por ley la decisión de que todos los argentinos fuéramos donantes presuntos de órganos, salvo expresa oposición, se tomó como norma la convicción de que la muerte no es el último latido del corazón. Se eligió la muerte encefálica. Primera muerte.

Sin embargo, para enterrar el cadáver se exige el corazón sin latir. Segunda muerte. Y aquí, ante este doble estándar, no hay prurito moral, al menos masivo.

Si hay varias muertes, ¿hay varios inicios de la vida? Esto sería interesante debatir en el Congreso. No será posible pensar que si existen distintos criterios del fin de la vida, quizá existan distintos criterios para determinar el comienzo. Y en ese caso: si una mujer puede decidir donar órganos, ¿podría caber la posibilidad de que también elija el origen de vida?

Hay quienes creen que todo comienza desde la concepción en el seno materno. Los religiosos, en general, y Vélez Sarsfield en su Código Civil en el artículo 70. Otros creen que recién se inicia cuando se nace.

El mismo Vélez, perdonándole la contradicción ante tan difícil tema cuando dice cuatro artículos más adelante que, nacido muerto, el feto no adquiere derechos. Para otros, la vida distinta de la madre es cuando el feto se implanta a los pocos días de la fecundación o cuando aparece la médula espinal (día 14) o cuando es viable o el sistema neurológico está pleno (semana 12) y así, tantos más.

¿Entonces? Que no es más que un prejuicio dogmático o una pose de moralina no discutir semejante tema entre los representantes del pueblo. Que una mujer no es heroína o asesina medida por esos mismos prejuicios. Que el Estado no está para hacernos “buenos” o nobles sino para garantizar la libertad de pensamiento y acción siempre que no tropiece con el artículo 19 de la Constitución y jorobe al prójimo. Que una norma no obliga: faculta.

Nadie se divorció porque Alfonsín impulsara la ley de separación sino porque quienes lo hicieron dejaron de amarse, o lo que fuera en su vida privada, ajeno a la mano del gobierno. Y que, finalmente, quizá el gran médico y antropólogo de su especialidad Diego Gracia se animó hace tiempo a ayudarnos a pensar a ciudadanos y legisladores cuando dijo que “la muerte es un hecho cultural, humano. Tanto el criterio de muerte cardiopulmonar como el de muerte cerebral y el de muerte cortical son construcciones culturales, convenciones racionales, pero que no pueden identificarse sin más con el concepto de muerte natural.

No hay muerte natural. Toda muerte es cultural. Y los criterios de muerte también lo son. Es el hombre el que dice qué es la vida y qué es la muerte. Y puede ir cambiando su definición de estos términos con el transcurso del tiempo. Los criterios de muerte pueden, deben y tienen que ser racionales y prudentes, pero no pueden aspirar nunca a ser ciertos”. Quizá válido también para pensar el inicio de la vida misma.


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