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Los "malos de la historia" (Tercera Parte)

Info10/19/2009
LA SERPIENTE ENROSCADA Nicolás Casariego, 28/08/2005 Joseph Fouché. Su biografía marcó dos décadas de la historia de Francia. Maestro de la doblez, sirvió con ahínco a la monarquía y a la república; a Napoleón y a Luis XVIII. Eterno ministro de Policía, cargo al que dio forma y contenido, hombre feo y funcionarial, fusiló a enemigos y opositores sin inmutarse. Murió humillado en el destierro. El 15 de enero de 1793 es la víspera de la votación de la Convención en la que se decidirá si el depuesto rey francés Luis XVI morirá o salvará la vida. Joseph Fouché (1759-1820), diputado por Nantes, asegura a sus correligionarios, los moderados girondinos, representantes del clero y la burguesía, que votará no a la ejecución. Desde que pisó la Asamblea, Fouché ha sido muy discreto y se ha dejado notar lo menos posible. Pero esta vez la votación no es secreta, y Europa entera espera el resultado, ansiosa por ver hasta dónde son capaces de llegar los republicanos franceses en el establecimiento de un nuevo orden. En las calles, los agitadores instigados por los radicales del partido de la “montaña”, liderado por Robespierre, movilizan a los parisienses a pedir la cabeza del ahora ciudadano Luis Capeto, prisionero en el Temple. El 16 de enero de 1793, cuando Fouché sube al estrado para otorgar su voto, todavía no está claro el triunfo del no. Pero ante la sorpresa de sus amigos, los girondinos, Fouché les traiciona y vota a favor de la ejecución del rey. Fouché, que sabe ver como nadie el derrotero que van a tomar los acontecimientos, ha llegado a la conclusión de que los radicales se impondrán, y a partir de ese día y durante un tiempo será uno de los más exaltados de entre ellos. El resultado final de la votación es bien conocido: Luis XVI y María Antonieta serán decapitados en la guillotina, entre los vítores del pueblo. El 1 de agosto de 1815, Joseph Fouché entra en la iglesia para casarse con la joven condesa de Castellane, exponente de la más rancia aristocracia. Fouché no es ahora un furibundo diputado republicano, azote de ricos y curas. Es el duque de Otranto, ministro de Policía del rey. Y como primer testigo del contrato de desposorios del regicida y la condesa firma… el propio rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. ¿Cómo es posible?, se dirán. ¿Quién fue ese hombre, capaz de cambiar de bando de un modo tan hipócrita, y de mantenerse en la escena política? ¿Por qué el rey Luis XVIII se avino a ser testigo de la boda de uno de los asesinos de su hermano? Y lo increíble es que las dos escenas descritas, al principio y al final de su carrera política, no son más que dos ejemplos de una trayectoria vital, la de Joseph Fouché, tan despreciable como fascinante. Durante más de veinte años, en una de las épocas más convulsas y determinantes de la Historia, Fouché, manejando los hilos tras el escenario, cambiando de partido y haciéndose imprescindible para sus superiores, fue uno de los hombres más poderosos de Francia. Sobrevivió a la Convención, al Directorio, al Consulado, al Imperio, a la corta Restauración, a la vuelta de Napoleón en los célebres Cien Días y al segundo Directorio, y mordió el polvo definitivamente cuando Luis XVIII, testigo de su boda, le humilló, desterrándole. Imperturbable, educado en el seno de la Iglesia, dejó a sus espaldas miles de cadáveres reales y cientos de cadáveres políticos, algunos de la talla de Danton, Robespierre, Barras, Carnot, o el mismísimo Napoleón. Para ello se valió primero de su habilidad política en la sombra, y más tarde, del manejo de la ingente información de la que dispuso como ministro de Policía para sucesivos Gobiernos en un periodo de 16 años. Llegó a tener a Josefina en nómina, y se dice que no había conversación de tres o más personas sobre cualquier asunto relevante que no llegara a sus oídos. Sobre Fouché se han vertido muchas opiniones, o más bien meros insultos, ya sea por parte de sus contemporáneos, o de quienes posteriormente se han interesado en su figura. Amoral, demoniaco, taimado, maquiavélico, reptil, artero, frío, cínico, cruel, siniestro, intrigante, feo, traidor, asesino. Chateaubriand definió la escena de su escandalosa boda, en la que el cojo Luis XVIII se ayudaba de su ministro para caminar, como “el vicio apoyado en la traición”. Para Robespierre, amigo de juventud y, después, encarnizado enemigo, Fouché era “un bajo y despreciable impostor… un hombre cuyas manos están llenas de botín y crímenes”. Según Heinrich Heine, poeta romántico alemán del siglo XIX, fue “un hombre que ha llevado su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, unas memorias falsas”. Talleyrand, aristócrata y gran diplomático, enemigo de Fouché, dijo de él que “desprecia tanto a la humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo”. Pero a veces la crítica esconde una admiración poco disimulada. Napoleón, de quien fue ministro de Policía, escribió: “Sólo he conocido a un traidor verdadero, perfecto: Fouché”. Balzac, que le dedicó más de una página en su novela Un asunto tenebroso, le define como “un genio singular, la cabeza más brillante que he conocido”. Y Stefan Zweig, autor de la magnífica biografía Fouché: un genio tenebroso, acaba la obra con las palabras: “… fue el más excepcional de los hombres políticos”. Porque este hombre, además de malo, fue astuto, osado, inteligente, meticuloso, prudente, y un fenomenal analista político. Nos guste o no, como ministro de Policía estableció una organización tan perfecta en el mantenimiento del orden, mediante espías y gendarmes, que fue tomada como modelo de los ministerios del Interior décadas más tarde. Firmaba sentencias de muerte si lo consideraba necesario para continuar en su puesto, pero en privado abogaba por el terror sin sangre. Humillaba y perseguía a los curas en público, pero les avisaba con tiempo para que huyeran. Sabía que se estaba representando en un teatro parisiense de barrio La veleta de Saint-Cloud, una comedia en la que se mofaban de su facilidad para cambiar de chaqueta y arrimarse al poder, pero no la prohibía. Se convirtió en el primer terrateniente del país, pero compensaba a quienes había robado. Conspiraba contra todos los Gobiernos para los que trabajaba, pero sólo cuando se daba cuenta de que tenían los días contados. Como animal político era un depredador, con el único objetivo de su propia supervivencia, pero infinitamente más hábil que muchos de los políticos que vemos hoy en las portadas de los periódicos: además de cambiar cromos y disfrutar del poder, era capaz de reducir los daños de las decisiones tomadas por el Gobierno en situaciones que sólo él leía de un solo vistazo. Cuando Napoleón mandó secuestrar en terreno neutral al duque de Engen y fusilarlo, Fouché comentó: “Fue peor que un crimen: fue una equivocación”. Y tras traicionar al emperador, dijo: “No he sido yo quien traicionó a Napoleón: fue Waterloo”. No era un psicópata, ni una bestia, ni un torturador, ni un asesino al uso. Este mago de la doblez era quizá algo peor. No era nada. En él la idea de que el mal, en contra de lo que piensa mucha gente, es sencillamente banal y aburrido, se tambalea. Su contradictoria y escurridiza figura da miedo porque atrae y se hace difícil que, leyendo alguna de sus frases crueles o el relato de sus fechorías, no se nos escape una incómoda sonrisa. Tampoco nos podemos apoyar en una infancia terrible, como se suele hacer, para explicar su carácter. Nació el 31 de mayo de 1759 en el puerto de Nantes, hijo de un capitán de la marina mercante, y si sus padres le maltrataban, no ha quedado constancia. Y fue un marido y padre ejemplar. Adoraba a su primera mujer, dicen que feísima, y a sus hijos, pelirrojos, malsanos y todavía más feos que su mujer. Como él era también desagradable físicamente –esmirriado, ojos de pez, pálido, seco–, podemos convenir que todos ellos formaban una familia de aspecto horrible pero bien avenida. La muerte de sus hijos y de su mujer supusieron para Fouché los golpes más terribles que recibió. De su segunda mujer, la joven condesa, ya pasada la cincuentena, apenas disfrutó. Había caído en desgracia, vivía en el destierro, y ella le ponía los cuernos, para mayor escarnio, con el hijo de un republicano exiliado. A veces, también a Fouché la vida le devolvió algún golpe. Entre los crímenes más terribles que cometió está el que le confirió el sobrenombre del mitrailleur de Lyón. En 1792 es enviado como procónsul a Lyón, ciudad que se había levantado contra la Convención, y había sido derrotada. En tres meses, junto a sus colegas, se ocupa de la demolición de los más bellos palacios y casas de Lyón, y en sucesivas matanzas, de la ejecución de dos mil habitantes. Así, ganándose a pulso la fama de duro, salva su cabeza frente al sanguinario Comité de Salud Pública, que exigía una represión ejemplar. Y aunque en principio logre más tarde echar la culpa a otro, el recuerdo de estos crímenes y de otros muchos le acompañó hasta la tumba, allí en Trieste, lejos de Francia. Para despedir a Joseph Fouché, quizá sirva el diálogo que mantuvo con el honesto Carnot, viejo militar republicano, cuando éste se enteró de que su compañero jacobino de tantos años había vendido la República a Luis XVIII, y que eso suponía para él la muerte o el exilio. Carnot le pregunta: “¿Y adónde voy ahora?”. Y Fouché, despiadado, responde: “Adonde quieras, majadero”. No es un diálogo en el que Fouché derroche ingenio, como en otras ocasiones. Mejor. Así le vemos tal como fue para quienes se interpusieron en su camino. No en vano el blasón de su ducado mostraba una columna áurea con una serpiente enroscada. EL ROSTRO DE LA GUERRA José Enrique Ruiz-Doménec, 18/09/2005 Tamerlán fue el último de los grandes conquistadores nómadas de Asia central en el siglo XIV. Borracho de poder y sangre, el héroe turco-mongol se transformó en un déspota cruel. Saqueó Bagdad y Damasco; en Isfahán no respetó a la población rendida y ordenó matar a sus 70.000 habitantes; en Delhi fue tal el horror, que exclamó: “Yo no quería eso”. Tamerlán entró lentamente en la historia y dejó atrás un halo de heroísmo y crueldad difícil de entender hoy día. Después de todo, la única razón por la que Christopher Marlowe le dedicó una extensa epopeya heroica a finales del siglo XVI fue para comprender las masacres perpetradas en Ispahán, Bagdad, Astracán, Damasco o Delhi, donde se produjeron centenares de miles de muertos, hay quien habla incluso de millones. El europeo sedentario, culto y escritor se siente culpable a la hora de relatar los aspectos sombríos de la conducta humana sin que eso le lleve a olvidarlos por completo. Voltaire, por ejemplo, mientras ordenaba sus ideas sobre la civilización, dedicó unos atinados comentarios sobre este personaje en los Ensayos sobre la historia, convencido de que todo tiene explicación, incluso el terror. Aunque Goethe no participaba de esas ideas, y menos cuando se hicieron realidad en la plaza de la Concordia con el inmoderado uso de la guillotina, situó a Tamerlán en la galería de personajes dignos de su Diván. El motivo se encuentra tal vez en la ópera que le dedicó Händel y que formaba parte obligada de la cultura de un ilustrado sensible a Oriente, o más probablemente porque de ese modo podía adentrarse en el territorio de un mito imborrable en los pueblos de las estepas, que, al cabo, aún utilizan la figura de Tamerlán como el espejo donde reflejar la identidad nacional. Tamerlán supo mantener el equilibrio en los conflictivos caminos por donde transitaban las caravanas que llevaban la seda, las especias y otras materias estratégicas de China a Europa. Se aprovechó de esa excepcional interconexión de rutas mercantiles y de redes comerciales para cimentar un imperio de cultura turca, educación mongola y religión islámica, un imperio desde el Hindu Kush hasta el Mediterráneo, análogo, si no superior, al creado por Alejandro Magno siglos antes. Estaba convencido desde el primer momento de que ocuparía un lugar principal en la historia, y se sentía a gusto cada vez que un hecho confirmaba esa decisión. Prefería enfrentarse al mundo antes que reconocer un fracaso. Siempre fue a más, hasta el final de sus días. A esa actitud algunos le llaman ambición política; otros, orgullo desmedido, desenterrando el viejo calificativo de la hybris que los filósofos griegos daban a los hombres que no ponen límites a sus actos. Tamerlán sabía lo que era tragar polvo, pero en el momento que avanzó sus tropas en todas direcciones la experiencia resultó indescriptible. Fijó la vista en el país que los musulmanes llaman “Mawara al-Nahir”, la llanura entre el Amu Daria y el Sir Daria, con ciudades erosionadas por el viento y excelentes tierras de pasto. Pensó en las posibilidades de los pueblos nómadas y entonces llegó a la conclusión de que podía dominar el mundo. Atacó a sus vecinos, pactó con sus enemigos, atisbó la riqueza de los reinos sedentarios de su entorno, lanzó a sus jinetes en todas direcciones, sin pararse a considerar la mirada aterrorizada de los pueblos a los que sometía. La mirada de las víctimas. El nombre de Tamerlán es una contracción de Timur-Lang o incluso, en persa, de Timur-i Lang, lo que significa Timur el Cojo, apelativo que recibió por una malformación física que le hacía ladearse ostensiblemente, aunque ese defecto nunca le impidió ejercer la virtud de la generosidad para sus hombres: virtud que en realidad es el imperativo moral por excelencia para un jefe nómada, pero que en él brillaba de forma especial debido a su sensibilidad por el arte, la música (tocaba la cítara) y la astronomía. Tras unos quince años de duras pruebas en el seno familiar de los Barlas (nació en la ciudad de Tech, cerca de Samarcanda, el 8 de abril de 1336), Tamerlán intervino en la vida política a la sombra del abuelo de su mujer Aldjäi, el emir Kazghan, pero para entonces, tras décadas de prosperidad debido a la paz mongólica, la violencia había hecho su aparición en el territorio. Los ataques más serios procedían de Kandahar, donde unos príncipes inflamados de fe islámica cuestionaban el poder del kan. En una carta que emitía una frustración raras veces manifestada en público, el mercader genovés Andalò de Savignone afirmaba que la peste asolaba las tierras de Asia central y los conflictos entre familias estaban a punto de arruinar la ruta de la seda. Poco después, esa última advertencia se hizo realidad, pues unos integristas islámicos asesinaron al último obispo de Zaiton, Jacobo de Florencia, que había sido nombrado por el fallecido papa Benedicto XII, y los mercaderes italianos comenzaron a evitar aquellos parajes. A medida que se degradaba la situación, aumentaban las posibilidades de un líder carismático. Pero aún era prematuro. La historia debía dar un giro más para convertir a Tamerlán en el héroe de su país. Cuesta creer que la estabilidad de Asia central se rompie- ra por un exceso de celo por parte del kan Trughluk Temür, que reclamó el control de la ruta de la seda como en los tiempos de su célebre antepasado Gengis Kan. La gente echó a correr nada más conocer la noticia de que nuevamente iban a probar en sus carnes el filo del sable mongol. Los días del dominio musulmán parecían contados. Pocos pensaron en quedarse; la mayoría huyeron en dirección al Amu Daria con el objeto de atravesar el gran río y dirigirse hacia el Jorasán iraní, y una vez allí pedir protección a los sultanes turcos. Tamerlán se distanció de ellos, incluidos los miembros más relevantes de la familia Barlas, que optaron por la huida y el exilio. Echó sobre sus hombres toda la responsabilidad de los clanes turco-mongoles que decidieron permanecer en la región. El kan se quedó pasmado ante tanto valor. Hacía mucho tiempo que no se veía nada igual. Quizá pensó en las viejas leyendas nestorianas que ahora parecían hacerse realidad en la vida de un hombre pobre, privado de todo apoyo, incluso del familiar, pero valeroso y osado, que por su capacidad y talento personal se había convertido en el caudillo de un poderoso ejército. Como decía el viajero franciscano Guillermo de Rubruck, éste es precisamente el modo como actuaban los nestorianos de Asia central: de la nada hacían correr los rumores más grandes. La pregunta está desde entonces en el aire reclamando una respuesta: ¿Tamerlán es un hombre de la estirpe de los grandes conquistadores como Alejandro, César, Atila, Ye Liu Dashi, Gengis Kan o Kublai? El gran kan tuvo poco tiempo para articular una respuesta adecuada. La historia se le echó encima, como les ocurre a menudo a los seres timoratos, indecisos y engreídos. Tamerlán emprendió la marcha hacia el campamento mongol a un trote agotador. Necesitaba un gesto brillante ante los jóvenes nómadas (oboghs) que habían comenzado a verle como el único líder capaz de mantener la independencia nacional frente al invasor. Contó para ello con un apoyo tan firme como inesperado. Los jefes de las sarbadars, unas organizaciones urbanas de corte mafioso que controlaban el comercio de la región, le ofrecieron el dinero suficiente para las levas, un dinero que él amablemente aceptó. Los éxitos militares fomentaron la fama de guerrero invencible, pero entonces comenzaron las visiones. Ese carácter sagrado, propio de los santones y los chamanes de las estepas, se convirtió en un signo de distinción. Era un gesto que parecía regresar unos buenos cien años atrás: a la época dorada de los imperios nómadas. El deseo de independencia arraigó en la conciencia de todos los pueblos entre el Amu Daria y el Sir Daria. En cierto sentido, la guerra de liberación sería el punto de partida del ascenso al primer plano de la historia de Tamerlán: el triunfo estimuló esa parte de la psique de los nómadas que observa con admiración al héroe de una guerra. Cuantos más jóvenes ingresaban en su ejército, mayor era la posibilidad de una victoria sobre los odiados invasores. Dos o tres campañas demostraron la eficacia de la máquina militar que había creado en menos de 10 años y que se caracterizaba, a juicio de Beatrice Forbes Manz, por la rapidez de movimiento y por la facilidad de las levas. En cierta ocasión recorrió en apenas quince días la inmensa distancia que separa la ciudad iraní de Shiraz del Amu Daria con un ejército de miles de hombres. El 10 de abril de 1370, Tamerlán se proclamó soberano de su país en una ceremonia conforme a los usos mongoles. Nadie puso el menor obstáculo, y menos cuando se supo que él nunca adoptaría uno de los pomposos títulos tan del gusto de los príncipes de Oriente: se limitó a añadir a su nombre el apelativo de grande, ulu en turco, kabir en árabe, y se convirtió así en el gran emir, el primero de los príncipes turcos entre el Amu Daria y el Sir Daria. Tamerlán comprendía el estado de ánimo de la gente mucho mejor que cualquiera de sus consejeros. Atendió a los ulema, los maestros coránicos, que le indujeron a reconstruir Samarcanda, una ciudad destruida por Gengis Kan en 1219, de ahí su nombre Shammir-Qand, “destruida por Shammir”, pues Shammir es el nombre árabe de Gengis. Y al hacerlo la convirtió en una ciudad mítica, como La Meca (o Santiago de Compostela para los cristianos o Las Vegas para los modernos jugadores), que llenó de monumentos de estilo timúrida, como la mezquita, las madrazas, los mausoleos, el observatorio astronómico, y por ese motivo la transformó en un lugar a visitar como Río de Janeiro o Veracruz. A comienzos de la década de 1370, la mitad de los habitantes del Oriente Próximo apenas habían oído hablar de Tamerlán; en pocos años, sin embargo, su nombre sería familiar a todos ellos: para unos era el héroe del islam tanto tiempo esperado; para otros, un sanguinario sin escrúpulos. Tras su famosa generosidad y sensibilidad artística, era un hombre implacable, adusto e incluso cruel, que convirtió la guerra en la razón de la vida. La situación creada en Georgia, Armenia o Azerbaiyán fue el resultado de esa forma de ser. El kan Toktamich de la Horda de Oro reapareció para ser derrotado en pocos meses; Yûsuf Sufi, el príncipe de Khwarezm, única alternativa de poder en la región, también fue vencido. Con puño de hierro en guante de seda, Tamerlán movía las piezas de Asia central. La muerte de su hija cambió su carácter y su disposición hacia los vencidos. Al situarse como un hombre agraviado por la fortuna, evocando una injusticia cósmica, hizo que todos los guerreros se identificaran con su duelo. Ese gesto legitimó la decisión de imponer el terror a los enemigos. Emergió así una forma de ser terrible a la vez que justiciera. La primera vez ocurrió en la conquista del Jorasán persa. Aunque desafió a otros jefes tribales a que se sumasen a la contienda, nadie aceptó participar en la campaña. Los jefes de la Horda de Oro consideraron que era pronto para iniciar una expedición que expondría a los nómadas a la necesidad de atacar plazas fuertes. Tamerlán comprendía esa dificultad, pero el duelo forzó su decisión. De pronto se encontró solo ante un enemigo poderoso, pertrechado en sólidas murallas. El dolor se dobló en osadía. El momento de la verdad llegó a las puertas de Ispahán (hoy Isfahán), en la ribera norte del río Zaindeh Rud, la capital de Persia en tiempo de los turcos selyúcidas. Tamerlán prometió respetar las vidas y los bienes de todos los habitantes si se rendían sin condiciones. Todo parecía pactado cuando de repente sucedió un incidente banal del que nadie se acuerda en el día de hoy. Un comerciante al parecer asesinó a un miembro de su guardia personal, o quizá fuese al revés, el guardia violó a la mujer del comerciante, que defendió el honor clavándole una daga. ¿Quién lo puede saber con exactitud? El caso es que Tamerlán reaccionó de forma terrible, mostrando el lado oscuro de su carácter. Ordenó el saqueo de la ciudad y la muerte de todos los habitantes –hombres, mujeres, niños y ancianos–. Resulta difícil conocer con exactitud el número de asesinados, nunca inferior a 70.000. La masacre de Ispahán puso fin a la imagen de libertador con la que se había presentado en Irán. La guerra de los cinco años (1393-1396) mostraría a todo el mundo la nueva cara de Tamerlán: la cara de un déspota sanguinario que opuso a quienes lo desafiaron una violencia inusitada, sembrando el terror a su paso. Dejó paisajes arrasados, ciudades saqueadas, horrores que los cronistas describieron con morboso deleite. Tras derrotar al poderoso kan de la Horda de Oro, se abrió paso primero en dirección a Irak, donde le esperaba el gran muftí Ahmed Djelaïr al frente de lo que quedaba de los ejércitos árabes abasíes. La batalla de Bagdad se presentaba difícil. El 29 de agosto de 1393, la avanzadilla de su ejército estaba a las puertas de la ciudad. Los soldados comenzaron el saqueo. Todo el mundo tenía presente lo ocurrido en 1258, cuando los mongoles arrasaron la ciudad. Nada de resistencia, entonces. Rendición. Tamerlán entra en Bagdad en litera, cansado, y se dispone a descansar en una de las ricas fincas en la ribera del Tigris, sin que eso le impida trasladar a los sabios de la ciudad a Samarcanda para que trabajen para él. Luego les toca el turno a las regiones del Cáucaso; en Georgia y Armenia, la destrucción de las iglesias cristianas se realiza al mismo tiempo que la deportación de numerosas poblaciones circasianas de las orillas del Caspio, la peor parada fue la ciudad de Astracán. Finalmente, remonta el río Volga en dirección a Kazán, aunque inesperadamente, a la altura del actual Sarátov, cambia de rumbo y se dirige a la llanura de Kursk, saqueando todo a su paso, para descender por el Don hasta las colonias genovesas del mar de Azof. Regresa por el Cáucaso, donde vuelve a saquear las iglesias cristianas, mientras le llegan las noticias de la terrible derrota de la caballería europea en la ciudad danubiana de Nicópolis ante el ejército del sultán otomano Bayaceto I. El estatus de héroe de guerra favoreció a Tamerlán en las dos grandes operaciones militares que emprendería en los últimos años de su vida. La más cruenta fue el ataque al norte de la India. Atravesó el Kafiristán con un imponente ejército con el objetivo de conquistar el reino del desgraciado Mahmud Chah II. La campaña se hizo cada vez más dura hasta el punto de que asesinó a los 100.000 prisioneros que llevaba consigo. Este río de sangre presagiaba lo que iba a ocurrir tras la conquista de Delhi, que resultó más fácil de lo que se pensaba, pues la caballería timúrida se mostró especialmente eficaz contra los elefantes del rey hindú. Una vez más, los acuerdos no se cumplieron y los soldados se entregaron al saqueo, la violación y el asesinato de todos los habitantes. Las escenas fueron aún más atroces que en Ispahán, Bagdad o Astracán. Al ver tanta muerte y destrucción, el propio Tamerlán exclamó: “Yo no quería eso”. Expresión de un hombre que no sabe controlar el impulso asesino de la soldadesca cuando se siente legitimada por las decisiones de sus jefes. Aquel mismo año, Tamerlán comenzó a organizar la conquista de la península de Anatolia y de Siria, aunque para ello tuviera que enfrentarse con el poderoso sultán otomano. Tamerlán saqueó Damasco y en el mes de julio de 1402 se enfrentó a las puertas de Ankara con Bayaceto I, a quien derrotó e hizo prisionero. Resulta imposible negar que fuera el hombre más importante de su época, al menos así lo llegó a creer el influyente historiador tunecino Ibn Jaldûn, que le trató por esos años. La victoria de Tamerlán animó a los europeos interesados en la situación del Oriente Próximo, como el mariscal Boucicaut, gobernador de Génova. Se prepararon embajadas. La más famosa fue la del madrileño Ruy González de Clavijo, en nombre de Enrique III de Castilla, que daría lugar al libro Embajada a Tamerlán, uno de los grandes testimonios sobre la diversidad del mundo de la literatura castellana traducido al inglés, francés y ruso. En estos meses de esperanza para la cristiandad, nadie prestó atención a los comentarios de los pueblos sometidos y durante un tiempo los diplomáticos europeos vivieron en el paraíso. Pero todo era pura fantasía que concluyó con el severo despertar de la noticia de que Tamerlán había muerto el 19 de enero de 1405, cuando preparaba la conquista de China. Su cuerpo recibió sepultura en un bello mausoleo, que todavía hoy podemos admirar en Samarcanda. Al entrar en él, se siente la enigmática fuerza de aquel hombre que una vez fue el rostro de la guerra. EL GENERAL TRAIDOR Lorenzo Silva, 25/09/2005 El general Ufkir, héroe, villano y golpista. La vida de este militar encarna la perversión en estado puro. Hombre de confianza de Mohamed V primero y de Hassan II después, se ocupó de someter a los marroquíes y gestionar las cloacas del régimen. Torturador y maquiavélico, murió como un traidor tras haber atentado contra su rey. En el prólogo a su reciente libro sobre la monarquía alauí tras la independencia, Les trois rois, Ignace Dalle cita una frase de Claude Simon: “No trates de recordar cómo fueron las cosas, eso nunca lo sabrás”. El autor francés ilustra así su reflexión sobre la dificultad de establecer la verdad de la historia marroquí, en tanto que el cronista ha de recurrir al testimonio de personas a las que debe suponer dispuestas a mentir o atenazadas por el miedo a contar lo que saben y piensan. La reflexión vale especialmente a la hora de intentar hacer una semblanza del que quizá sea, a la misma altura que Hassan II, el personaje más notable del Marruecos del siglo XX: el general Mohamed Ufkir, durante muchos años gran visir del monarca y al final frustrado regicida. Esta última vuelta de tuerca le valdría pasar a los anales de su país como el general felón, convirtiéndose así en la bestia negra de todos: de los opositores por haber encarnado la feroz represión del régimen, y de los cortesanos por la postrera traición al rey. Un delito que pagaría a altísimo precio su familia; su viuda, Fátima, y sus seis hijos, encerrados en condiciones infrahumanas durante 17 años, sin que Hassan II se apiadara de ellos ni quienes lo criticaban se interesaran por la suerte de aquella mujer y aquellos niños cuya falta no era otra que la de llevar el apellido maldito. La historia de este encierro se hizo relativamente conocida merced a los libros que publicaron algunos de los protagonistas tras su liberación. Sobre todo, por La prisonnière, las memorias de Malika Ufkir (la hija mayor del general, educada en palacio y para quien durante años Hassan II fue como un segundo padre), y Les jardins du roi, el emocionante y apenas resentido ajuste de cuentas con el pasado de la viuda, Fátima Ufkir. Por esos testimonios conocemos las tremendas condiciones de hambre, enfermedad y humillación que vivieron aquellos desdichados, que durante ocho años no se vieron la cara los unos a los otros pese a estar recluidos juntos y poder oírse. Sabemos cómo lucharon contra la locura con historias que inventaba Malika y apuntaba una de sus hermanas menores, Sukaina, y cómo llegaron a organizar una fuga de película con túnel al estilo de La gran evasión, aunque finalmente los que lograron salir fueran atrapados de nuevo al cabo de unos días. Pero la historia del hombre, del marido y padre abatido de cinco tiros el 16 de agosto de 1972, tras haber organizado el fallido derribo del Boeing 727 de Hassan II por seis cazas F-5 de sus Fuerzas Armadas Reales, quedó en segundo plano. Y no es menos impresionante. Después del atentado y la fulminante ejecución de su número dos (oficialmente se hablaría de “suicidio de fidelidad”, pero pocos suicidas aciertan a meterse cinco tiros, y uno de ellos en el lado izquierdo de la cabeza siendo diestro), Hassan II, con su proverbial talento para los símiles, diría que aquel último acto daba fin a un “drama shakespeariano”. Tal era, sin duda, el intento de asesinato del rey por su hombre de confianza, pero tal fue la vida toda de Mohamed Ufkir, nacido el 29 de septiembre de 1920 en el pequeño oasis de Ain Chair, en el Tafilalet, provincia sahariana limítrofe con Argelia, de la que, por cierto, proviene la familia real marroquí, los alauís. Como éstos, la familia Ufkir reclamaba su condición de chorfas o jerifes, es decir, de descendientes del profeta (Mohamed lo sería en vigesimotercera generación). Su padre, el pachá Si Ahmed, no era un hombre rico, aunque sí gozaba del respeto de la gente de Budnib, donde Mohamed pasó su infancia. De hecho, ufkir significa algo así como “empobrecido”, y Ahmed Ufkir era conocido por practicar el precepto coránico de la generosidad hacia los indigentes. Tras educarse en la escuela bereber de Azrou, Mohamed ingresa en 1939 en la escuela de oficiales de Meknés, de donde salían los cuadros de los tiradores marroquíes, las eficaces tropas indígenas del Ejército francés, intensivamente utilizadas en las dos guerras mundiales y en conflictos coloniales diversos. En 1941 se incorpora como subteniente al 4º RTM (Regimiento de Tiradores Marroquíes), de guarnición en Taza. En estos primeros años de servicio causa una excelente impresión, tal y como resume el informe de sus superiores franceses: “Buena instrucción militar, gallardo, sabe mandar, robusto y enérgico, deportivo. Espíritu abierto, franco y simpático”. Muy pronto ratificará sobradamente sus condiciones en el campo de batalla. En 1944, el 4º RTM es enviado a Italia, donde las tropas aliadas tratan en vano de abrir el camino hacia Roma, obstruido por la resistencia de Montecassino. Los marroquíes, die Todesschwalben (“las golondrinas de la muerte”, apelativo que les dieron los soldados alemanes en la Gran Guerra), se revelarán como un factor clave para resolver la situación: acostumbrados al combate de guerrillas en las montañas, sus acciones serán valiosísimas para la causa aliada. En ellas se distinguirá el subteniente Ufkir, que no participó, sin embargo, en la toma de Montecassino ni quedó desfigurado por los lanzallamas alemanes, como dice su leyenda (sacando conclusiones erróneas de su particular aspecto físico: usaba gafas porque tenía miopía y astigmatismo, las prefería oscuras porque le daban un aire intimidatorio y los relieves de su piel eran debidos al acné). Tuvo, eso sí, un papel destacado en la batalla de Cerasola y en la toma de Siena, lo que le valió el ascenso a teniente, la Cruz de Guerra francesa con palmas, la Silver Star norteamericana y la Legión de Honor. Pero la carrera militar de Ufkir apenas estaba empezando. Donde se revelaría realmente sería en Indochina, adonde llega con el 4º RTM en la primavera de 1947. Allí, Ufkir se hará notar en las peligrosas operaciones de limpieza en el delta del Mekong. Tras pasar por varias unidades, acabará dirigiendo el temible Comando O, un escuadrón anfibio de liquidadores que se mueve a placer en la noche y en los arrozales, donde se cobra la vida de cientos de rebeldes vietnamitas en una guerra sin cuartel. En Oriente terminó de forjarse el hombre Ufkir. Volvió como capitán y con varias palmas más en su Cruz de Guerra. Fue además en tierras vietnamitas donde conoció al general Boyer de la Tour, posteriormente Residente General en Marruecos y clave en su futura ascensión. En Indochina, según sus detractores, habría aprendido asimismo las artes de tortura que pondría años después en práctica como jefe del aparato represor de Hassan II. Y según el amargo testimonio de Fátima Ufkir, también allí, en el barrio saigonés de Cho Lon, fue donde contrajo un desmedido amor por el juego y por las mujeres asiáticas. Mujeriego, Ufkir lo sería toda su vida. A Fátima, su esposa y después viuda, la conoció poco después de volver de Indochina. Ella sólo tenía 14 años, él ya había pasado los 30; pero Mohamed le dijo a su padre, compañero de armas, que quería casarse con aquella muchacha apenas la vio. El padre acabó consintiendo bajo condición de que no la desposara antes de los 16 ni la hiciera madre antes de los 20. Lo primero lo cumplió, no así lo segundo. Fátima le dio seis hijos y él le fue infiel incontables veces, a menudo con amigas suyas. Pero la mujer que había elegido por esposa era una persona de carácter y no se quedó atrás: tuvo al menos dos amantes conocidos, y con el primero llegó a irse a vivir después de divorciarse, en pleno apogeo del poder de Ufkir. Él, sin embargo, no se atrevió a tomar represalias y acabó pidiéndole a Fátima que volviera con él, lo que ésta, agotada la pasión por su joven galán, hizo un par de años después. De ellos se refieren escenas memorables, como la vez que Ufkir fue a buscarla a un hotel de Tánger, creyendo que ella estaba con otro hombre, y la abofeteó antes de descubrir que en realidad había viajado allí con una amiga. Fátima le devolvió el bofetón, haciéndole volar sus emblemáticas gafas, que pisoteó furiosa. La peripecia de este matrimonio tormentoso y a la postre desdichado (aunque en sus memorias Fátima le recuerda con cariño, como el verdadero hombre de su vida, que hasta el final “le hacía el amor con la pasión de los veinte años”), daría para una novela entera, pero debemos volver a la otra historia, a la que dio a Ufkir su lugar en la Historia con mayúscula. En los últimos años del Protectorado francés sobre Marruecos, el brillante héroe de guerra Ufkir aparece como ayudante de campo del Residente General, la máxima autoridad francesa en la oficiosa colonia (oficialmente se trata de una tutela consentida por el sultán). El entonces presidente del Gobierno francés, Edgar Faure, recordaría después en sus memorias que el joven capitán mostraba ya dotes para la intriga. Lo cierto es que Ufkir se las arreglará para aparentar haber tenido un papel determinante en la abdicación del sultán títere Ben Arafa, y, por tanto, en la restitución del trono al exiliado Mohamed V, paso previo para la independencia finalmente declarada en 1956. En esos años, Ufkir evoluciona hábilmente: de colaborador de los franceses, y por tanto cómplice al menos formal de la áspera persecución de los independentistas marroquíes, pasa a ser el contacto en la Residencia General de los nacionalistas, con quienes se reúne en numerosas ocasiones (entre ellos está Ben Barka, a quien después se ligaría su destino). En resumen, cuando Mohamed V toma el poder, el ya entonces comandante Ufkir (recién ascendido por los franceses) será su ayudante de campo. No falta quien dice que a sugerencia de Francia, que habría organizado así una transición no traumática a la nueva situación. Sea como fuere, a partir de aquí Mohamed Ufkir iba a desempeñarse como fiel servidor de los monarcas alauís. De Mohamed V, primero, y poco después, tras su desgraciada y misteriosa muerte, del heredero y sucesor, Hassan II. En tal condición, Ufkir se ocupó de someter a los marroquíes y gestionar las cloacas del régimen. En recompensa, fue recibiendo cargos y ascendiendo imparablemente, hasta el grado de general de división. Comenzó por organizar el nuevo ejército, que se estrenó sofocando la revuelta del Rif, la región septentrional del país. Una operación que llevaron a cabo personalmente Ufkir y el entonces príncipe Hassan, desde ahí íntimos, y en la que, según la chismografía marroquí (tan copiosa como poco fiable), Ufkir habría cometido atrocidades tales como degollar prisioneros o hacerlos volar con granadas para halagar a su señor. Tras ascender al trono, Hassan II encarga a Ufkir la dirección de la Seguridad Nacional. Empieza aquí el papel más oscuro y siniestro de nuestro personaje. Para doblegar a la oposición, organiza una red de centros extrajudiciales de detención, entre los que destacan Dar el Mokri, a las afueras de Rabat, y la comisaría Derb Mulay Cherif, en Casablanca. Allí, según diversas fuentes, se practican torturas y mutilaciones espantosas, y muchos opositores entran en ellas para no salir jamás. Algunos testigos dicen que se llega a atormentar a mujeres embarazadas y a los padres en presencia de sus hijos, y que el propio Ufkir participa a menudo en los interrogatorios. Relevantes opositores marroquíes, detenidos y torturados, afirman, en cambio, no haber visto nunca a Ufkir ocuparse de la odiosa tarea. En todo caso, su responsabilidad resulta innegable: hasta Fátima Ufkir la admite. La única excusa que ofrece es que su marido “hizo sólo lo que el rey le pedía”. El punto culminante del horror se produce en 1965, verdadero año negro del régimen. En marzo, unas protestas estudiantiles degeneran en graves disturbios en Casablanca. El fiel Ufkir se encarga de reprimirlos. Según cuentan, llega a vérsele disparando sobre las avenidas de Casablanca atestadas de gente desde un helicóptero al que ha hecho arrancar la puerta lateral para instalar una ametralladora. Cientos de muertos quedan tendidos sobre las calles. El 29 de octubre de 1965, Mehdi Ben Barka, antiguo profesor de matemáticas del rey, fundador de la UNFP (Unión Nacional de Fuerzas Populares), oponente insigne del régimen y célebre líder revolucionario internacionalista, es raptado en París. No volverá a aparecer. El asunto genera un grave escándalo, arruina las relaciones franco-marroquíes y termina con la condena en rebeldía de Ufkir como instigador del secuestro. El general, que nunca más podrá volver a pisar el suelo del país por el que derramó su sangre y cuyas más altas condecoraciones posee, siempre negaría su responsabilidad. Recientes revelaciones de antiguos agentes marroquíes indican, sin embargo, que no sólo estaba al corriente de todo, sino que incluso pudo interrogar a Ben Barka (ese día estaba en París), y que, tras morir éste accidentalmente, organizó el envío a Marruecos del cadáver y lo hizo desaparecer con un ácido especial proporcionado por el Mosad. Todo hace pensar que la operación no era sólo marroquí. A Ben Barka se lo llevaron policías franceses y se hicieron cargo de él, en primera instancia, hampones vinculados al SDECE, los servicios franceses, con los que Ufkir mantenía buena relación (como con la CIA, el Mosad o los servicios secretos españoles). Tras el ‘affaire’ Ben Barka, en Marruecos se suceden duros años bajo el estado de excepción, siempre con Ufkir, que va acumulando ministerios, como hombre fuerte del régimen. La situación de podredumbre, corrupción y descontento estalla con el asalto del palacio real de Sjirat en 1971, cuando un millar de cadetes irrumpe en la fiesta de cumpleaños del rey causando una matanza de la que Hassan II escapa milagrosamente. Ufkir, al lado del rey en todo momento durante el ataque, recibe el encargo de reducir y castigar sin piedad a los golpistas. Y así lo hace. A la mañana siguiente son fusilados numerosos jefes del ejército, entre ellos varios generales. Desde ese momento, según múltiples testimonios, Ufkir sufre una transformación. La escenificará en la primera reunión del Gobierno tras la masacre, donde al ver que los demás ministros, enriquecidos por el saqueo del país, proponen que todo siga igual, saca su viejo revólver de Indochina, lo pone encima de la mesa y les espeta que o algo cambia o Marruecos va a la perdición. Ufkir no es el pobre que indica su apellido, pero no se ha consagrado a la rapiña como otros. El rey se lo lleva aparte, lo calma y le escucha. Anuncia una serie de medidas en favor de la población. Según su familia, a Ufkir le causó una honda impresión ver fusilados a viejos y honrados compañeros de armas. Según sus enemigos, estaba ya implicado en el primer golpe, aunque acertó a ocultarlo. El hecho es que en los meses siguientes se mostró ausente, taciturno, replegado sobre sí mismo. Tenía con sus hijos extraños arrebatos de cariño (en especial con Malika, la mayor, a la que, cosa notable en un país musulmán, permitía ir en minifalda y llenar su cuarto de chicos), y toleraba sin protestar la aventura que su mujer, con la que había vuelto a casarse, vivía en ese momento con otro hombre. Fue entonces cuando se aproximó a los líderes opositores, con los que se vio en secreto en el extranjero, y urdió el atentado aéreo contra el rey. Pero los cazas F-5 sólo lograron inutilizar dos de los tres reactores del Boeing 727 real, al que atacaron sobre la vertical de Tetuán cuando volvía de Francia. Con el motor que le quedaba, el avión aterrizó en Rabat, y el rey se puso a salvo. Llamó a su presencia a Ufkir, que acudió sin oponer resistencia. Para algunos, fue el coronel Dlimi, su sucesor al frente de las alcantarillas del Estado, quien le disparó allí mismo los cinco tiros. Para otros (que alegan que Dlimi era buen tirador y seguramente no habría necesitado tantas balas), fue el propio rey quien acabó con el traidor. El cadáver acribillado fue devuelto a la familia. Cuentan que su madre no derramó una lágrima durante el velatorio. Un año antes su hijo le había pedido que no llorara por él, si acertaba a morir como un hombre. Por razones bien distintas, tampoco Marruecos le lloró. Héroe, villano, o héroe y villano, lo cierto es que Mohamed Ufkir fue todo menos un hombre vulgar. ASESINO COMPULSIVO Martín Casariego, 09/10/2005 Calígula, diminutivo de Cayo César por las sandalias que solía vestir, padeció tal locura que superó en perversión a su antecesor, el malvado Tiberio. “Que me odien, con tal de que me teman”, es la frase que acuñó durante su imperio para justificar las mayores atrocidades. Obligó a suicidarse a su suegro, mató a su abuela, sedujo a sus hermanas y maltrató a muchos de los senadores de Roma. Ante el dilema de qué es más importante para el destino de un hombre, si el entrenamiento o las condiciones naturales, la educación o la herencia genética, el sentido común, prudente, susurra en nuestros oídos que ambas. Uno solo de esos factores, por excelente que sea, no garantiza nada. Ilustrando esto, en la galería de emperadores romanos destacan, por monstruosos, Calígula y Nerón. Nerón tuvo como preceptor al gran filósofo estoico Séneca, quien se suicidó al saber que los soldados del emperador estaban ya en camino para ejecutarle. Calígula (Anzio, 12 d. C.-Roma, 41), emperador durante 3 años, 10 meses y 8 días, tuvo por padre al ejemplar Germánico. Su figura ha inspirado, por poner tres ejemplos de menor a mayor interés y en saltos vertiginosos, páginas porno en Internet, una película de Tinto Brass y un drama de Albert Camus. Casado con Agripina –hija del glorioso general Marco Agripa, y de Julia, hija de Augusto–, Germánico tuvo nueve hijos, de los que le sobrevivieron tres mujeres y tres varones. A Cayo César, el pequeño, criado en campamentos, adorado por los legionarios, le apodaron Calígula, diminutivo de las sandalias militares que solía vestir. Al morir Augusto, las legiones no querían a Tiberio como sucesor y habían aclamado a su sobrino, Germánico; pero éste, leal, rehusó. Así habla Suetonio de Germánico: “Reunía tantas virtudes de cuerpo y espíritu, y en tan alto grado, como ningún otro las tuvo nunca. Era de singular belleza y fortaleza; sobresalía por su dominio de la elocuencia y la cultura, tanto griegas como latinas; no había quien le igualase en su bondad (…). Con frecuencia abatió a sus enemigos luchando cuerpo a cuerpo”. Victorioso en Germania, en Armenia, conquistador de Capadocia, Germánico murió con 34 años en Asia, en 19 d. C., tras una larga enfermedad. Se sospechó que le había envenenado, por orden de Tiberio, Cneo Pisón, gobernador de Siria. Si Augusto se mesaba los cabellos y gemía, exclamando: “¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!”, Tiberio hubo de soportar inscripciones y gritos nocturnos cerca de su palacio: “¡Devuélvenos a Germánico!”. Tiberio persiguió con saña hasta la muerte a su esposa y a sus hijos mayores. A sus hijas, por no representar ningún peligro, las dejó en paz. También Calígula parecía inofensivo, y Tiberio le llamó a Capri en 31 d. C. De los labios de Calígula jamás salió ningún reproche hacia el destructor de su familia. Se mostró obsequioso con su tío abuelo, y más tarde se dijo que “nunca había existido mejor servidor ni peor amo”. Una frase de Tiberio dice mucho de quien la pronuncia, de aquel a quien se refiere y, en fin, de la condición humana: “Dejo vivir a Cayo para su desgracia y la de todos”. En 35 d. C. le nombró hijo adoptivo y coheredero con Gemelo, nieto suyo y primo de Calígula. Sobre la muerte de Tiberio hay distintas versiones. Una asegura que le envenenó Calígula, y que le ahogó con una almohada cuando reclamó el anillo que le había arrebatado mientras estaba inconsciente. Según Tácito, fue Macrón el magnicida. Según Séneca (cuyo tratado sobre la cólera tiene como fin criticar sutilmente a Calígula o señalar los errores que debería evitar), Tiberio, moribundo, se quitó el anillo, como para entregarlo a alguien, pero luego se lo volvió a poner; llamó a sus servidores, ninguno acudió, se levantó y cayó muerto cerca del lecho. Esta versión es la más creíble, pues apuntala la idea de un Calígula cobarde y servil cuando no ejercía el poder, e indica que el sagaz –y monstruoso también– Tiberio no se equivocaba al juzgarle inofensivo para él. Calígula diría que, si bien no había cometido parricidio, había entrado a veces con un cuchillo en el dormitorio de Tiberio para vengar el asesinato de su madre y hermanos, aunque por piedad había desistido. Sin duda, una mentira para dárselas de compasivo y disfrazar su total indiferencia ante la suerte de sus familiares. El Senado declaró inválido el testamento de Tiberio en 37 d. C. y concedió a Calígula el poder total, ante el júbilo de las multitudes, que veían en él no sólo al hijo de Germánico, sino a un descendiente directo –y no meramente político, como Tiberio– del amado Augusto. El apoyo de Macrón, el jefe de la Guardia Pretoriana, fue imprescindible. Calígula había sido hábil: al revés que otros posibles sucesores, había sabido sobrevivir al terror de Tiberio, y se había ganado a Macrón a través de su esposa, a la que había prometido conceder el divorcio y desposar si era nombrado emperador. La guardia personal del emperador estaba formada por 500 hombres, y Calígula reforzó su importancia, hasta el punto de llegar a elegir y eliminar emperadores. De hecho, los pretorianos permitieron la elección de Calígula, le asesinaron y eligieron a su sucesor, Claudio, hermano de Germánico. A Macrón y a su esposa les pagaría más adelante con la muerte, pensando que se estaban volviendo demasiado poderosos. Al principio, Calígula se mostró generoso y prudente. Perdonó a los exiliados y condenados a muerte, ofreció espectáculos, regaló dinero al pueblo y mejoró las relaciones con los belicosos partos. Pero pronto el príncipe dejó paso al monstruo, transformación que algunos hacen coincidir con una grave enfermedad, una encefalitis padecida en octubre de 37 d. C., olvidando que ya en Capri participaba con entusiasmo en las ejecuciones y torturas de los condenados. Miles de ciudadanos le velaron en el Palatino. Calígula se restableció y muchos lo lamentarían, como lamentaría el Senado el haber creído que podría manejar al joven emperador. Los senadores fueron, en efecto, uno de sus blancos favoritos. A unos los marcó con fuego y los hizo trabajar en las minas o reparando carreteras; a otros los aserró en dos, o los encerró en jaulas a cuatro patas, o los arrojó a las fieras. Sin llegar tan lejos, también los humillaba, haciéndoles correr tras su carroza, con la toga, durante kilómetros, u obligándoles a permanecer de pie, con un delantal, a los pies de su diván mientras comía. En el viaje de vuelta de su única campaña bélica, una farsa grotesca, le salió al encuentro una embajada de nobles suplicándole que acelerara el paso. Calígula respondió, golpeando la empuñadura de la espada: “Ya llegaré, ya llegaré, y ésta conmigo”. Pero la que siempre llega es la muerte, y a Calígula le quedaban cuatro meses de vida. Su maldad también se cebó en su familia, aunque al principio favoreció a sus miembros. Dejó únicamente con vida al futuro emperador Claudio para usarle como bufón. Adoptó a Gemelo el día en que vistió la toga viril, aunque pronto mandó asesinarle. Su primo tomaba un medicamento para la tos, y el pretexto fue que olía a antídoto, como si temiera que Calígula fuera a envenenarle. “¿Un antídoto contra César?”, se burlaba. Obligó a suicidarse a su suegro, Silano. Se dice que desvirgó a su hermana Drusila, y que en una ocasión su abuela Antonia les sorprendió fornicando. Se rumoreó que envenenó a su abuela, o que la obligó a suicidarse porque un día encontró que su cabeza era hermosa, pero que no encajaba bien en los hombros. A Drusila sí la quiso, aunque la repudió. Se la quitó al ex cónsul Lucio Casio Longino, y vivió con ella como si fuera su legítima esposa. La nombró heredera del Imperio, y cuando murió, en 38 d. C., decretó un luto oficial y, roto de dolor, abandonó Roma precipitadamente. Cuando regresó se había dejado crecer el pelo y la barba. También mantuvo relaciones sexuales con sus otras hermanas, aunque no las amó tanto, e incluso las prostituyó con sus amigos libertinos. Después las acusó de adúlteras y cómplices de las intrigas contra él. Desterradas, las amenazaba: “No sólo dispongo de islas, sino también de espadas”. Además de Junia Claudila, quien murió de parto, y de Drusila, tuvo tres esposas. A Livia Orestila se la llevó del banquete nupcial tras decir al marido: “Deja de manosear a mi mujer”. A Lolia Pauliba se la quitó a su esposo tras oír que su abuela había sido la mujer más hermosa de su tiempo. A Cesonia, ni guapa ni joven, pero de desenfrenada lascivia, la amó con pasión. De ella tuvo una hija, Julia Drusila. Creía que la prueba de su paternidad era cómo arañaba con sus deditos la cara y los ojos de los niños que jugaban con ella. Sobre el sexo de Calígula, ya se han dado algunas pistas. Lo único que se puede afirmar es que tenía alguno, aunque no se sepa cuál. Mientras comía o fornicaba, presenciaba a menudo torturas o decapitaciones. Mantuvo relaciones sexuales con diversos hombres, entre ellos el mimo Mnester y varios de los rehenes. Valerio Catulo, un joven de familia consular, pregonaba que le había sodomizado. Su cortesana favorita fue Pirilis, y no se abstuvo de ninguna mujer. A las nobles las obligaba a asistir a sus banquetes, por lo general con sus maridos; las examinaba como un tratante de esclavas, y cuando le apetecía, elegía una. Al regresar al comedor la elogiaba o insultaba, describiendo su cuerpo y su forma de hacer el amor. Tuvo un buen maestro en Tiberio, quien, en Capri, se bañaba con niños aún sin destetar, a los que ofrecía el pene a modo de pezón y a los que llamaba sus pececillos, y sin duda conoció a los sprintias, jóvenes de ambos sexos que Tiberio juntaba de tres en tres para que copularan delante de él. También con el dinero fue imaginativo, tanto para derrocharlo como para recaudarlo. Inventó baños con perfumes calientes y fríos; hizo construir navíos descomunales, precedente de los transatlánticos de lujo, con velas de diferentes colores, termas, pórticos y comedores, vides y árboles frutales, y en menos de un año dilapidó la fortuna de Tiberio, valorada en 2.700 millones de sestercios. Arruinado, se dedicó al robo y la rapiña, recuperando los procesos por supuestas traiciones. Obligó a que testaran en su favor, subió los impuestos, discurrió nuevos gravámenes, y cuando nació su hija, angustiado por su pobreza no ya como emperador, sino como padre, anunció que aceptaría donativos. Cuando cada 10 días firmaba la lista de los presos que habían de ser ejecutados decía que “así aligeraba sus gastos”. Organizó subastas con precios exorbitantes, y algunos ciudadanos, obligados a comprar, se abrieron las venas, arruinados. En una de ellas, un ex pretor se durmió. Calígula avisó al heraldo para que no perdiera de vista a aquel hombre que con la cabeza hacía constantes gestos afirmativos. Cuando el ex pretor despertó se le habían adjudicado 13 gladiadores por nueve millones de sextercios. En sus últimos días encontraba placer en pasear descalzo sobre montones de monedas, e incluso en revolcarse entre ellas desnudo. El humor y el sadismo son una peligrosa combinación, y Calígula sucumbía a veces a momentos de inspiración. Ejercitándose con armas de madera con un mirmillón, al caer éste al suelo, simulando haber sido vencido, lo atravesó con un puñal y se puso a correr de un lado a otro con la palma de los vencedores. Durante un sacrificio, estando ya la víctima propiciatoria sobre el altar, se ciñó la túnica de los victimarios, alzó el mazo y lo descargó sobre la cabeza del sacerdote. Con todo, no carecía de virtudes, y, como suele suceder, virtudes y aficiones coincidían. Despreciaba la erudición, pero no la elocuencia, y era un gran orador. Buen cantante y bailarín, y carente de toda vergüenza, en cierta ocasión llamó por la noche a tres ex cónsules. Cuando ya se temían lo peor apareció vestido con manto de mujer y túnica talar, entre un gran estruendo de panderetas y flautas. Tras cantar y bailar, desapareció. En las representaciones teatrales no se resistía a acompañar con el canto a los actores trágicos mientras recitaban, e imitaba los gestos de los histriones, ensalzándolos o corrigiéndolos públicamente. Buen luchador, sus gladiadores favoritos eran los tracios y los secutores. Odiaba a los mirmillones, a los que les redujo la armadura. Ya hemos visto lo que hizo con uno mientras se entrenaba. Buen auriga, era fanático partidario del equipo verde (había en su época cuatro equipos de cuadrigas: rojo, verde, azul y blanco), hasta el punto de cenar a veces en sus caballerizas e incluso dormir. A Incitatio, su caballo favorito, le hizo un establo de mármol y un pesebre de marfil, y le regaló una casa y esclavos. Se dice que había pensado nombrarlo cónsul, aunque esto podría ser una broma o un desprecio más hacia los nobles. Relacionada con esta afición está una de sus más célebres frases: “¡Ojalá el pueblo romano tuviera un único cuello!”. Furioso porque el público animaba a unas cuadrigas que no eran sus favoritas, le habría gustado poder cortar la cabeza de todos los romanos de un solo tajo. Cortar cuellos parecía ser una de sus obsesiones. Al besar el cuello de su esposa o sus amantes, acostumbraba decir: “¡Un cuello tan hermoso que será cortado en el momento que yo lo ordene!”. La calvicie fue otra. Sin pelo en la coronilla, se castigaba con la pena capital mirarle desde arriba, y cuando se encontraba con personas de largos y hermosos cabellos, se los cortaba. En cierta ocasión, con los presos en fila, sin molestarse en examinar los expedientes, determinó que se arrojasen a las fieras “desde el calvo hasta el otro calvo”. Satisfacía su crueldad con suplicios tanto físicos como morales, y en las ejecuciones hizo proverbial la orden de “hiérele de forma que note que se muere”. Obligaba a los padres a presenciar el tormento de sus hijos; a uno, tras ello, le hizo asistir a un banquete, y bromeaba con él y le incitaba a contar chistes. Mandó azotar en su presencia durante días a un intendente de juegos y cacerías, y cuando el olor de su cerebro en putrefacción empezó a molestarle, consintió, por fin, en que lo mataran. Evidentemente, la locura es la única explicación posible para su admirable y extenso currículo. Él mismo era consciente de su desequilibrio mental, y a menudo pensó en retirarse para intentar sanar. Se piensa que era esquizofrénico. Era epiléptico y padecía de insomnio. Tenía crisis nocturnas de terror, y cuando estallaba una fuerte tormenta se escondía bajo la cama o recorría el palacio pidiendo socorro. Calígula profundizó en el asentamiento del Imperio y la demolición de la República iniciados por Augusto y continuados por Tiberio. Su endiosamiento puede entenderse en clave política, como manera de establecer una teocracia y concentrar aún más el poder en su persona. Quien sostiene que, en esa línea, tomó como modelo la cultura egipcia, y que por ello se acostaba con sus hermanas, olvida que fue amante de Drusila mucho antes de su proclamación como emperador. Lo que es indudable es que ese proyecto, si existió, se mezcló, como todo, con su locura. Junto a la estatua de Júpiter preguntó a Apeles, un actor trágico, cuál de los dos le parecía más importante. El actor dudó, y Calígula ordenó flagelarle hasta la muerte sin dejar de elogiar su voz, preciosa incluso cuando gemía pidiendo clemencia. Prolongado hasta el foro una parte de su palacio, y convertido el templo de Cástor y Pólux en su pórtico, se exhibía a menudo entre los dos dioses, y los paseantes habían de adorarle. Puesto que se creía el dios-sol, durante las noches de plenilunio invitaba –sin éxito– a la luna a hacer el amor con él. De día hablaba en voz alta o al oído con la estatua de Júpiter Capitolino, y acercaba sus orejas a la boca de ésta para escuchar las respuestas. Se le oyó amenazarla: “O me derribas tú a mí, o yo a ti” (sacado de la Ilíada). Dentro de su irracionalidad, mantenía una cierta lógica: nadie podía hacer sombra al dios-sol. Destruyó las estatuas de hombres ilustres que Augusto había llevado del Capitolio al Campo de Marte. Estuvo a punto de retirar de las bibliotecas todas las obras y bustos de Tito Livio, por su total falta de talento, y de Virgilio, por farragoso. De Séneca decía que componía “simples ejercicios poéticos de certamen” y que eran “arena sin cal”. Mandó asesinar a Ptolomeo, tras hacerlo venir de su reino y rendirle grandes honores, porque los espectadores le siguieron con la mirada al entrar en el circo, admirados por su manto de púrpura. Si esto puede entenderse como un paso para anexionar Mauritania, lo que hizo con Esio Próculo, llamado Colosero por la belleza y robustez de su cuerpo, sólo puede explicarse por su perversidad: le sacó de su asiento en el anfiteatro y le arrojó a la arena. Salió vencedor de dos combates, y Calígula ordenó que lo pasearan cubierto de harapos y cadenas, lo exhibieran ante las mujeres y, por último, lo degollaran. Calígula era alto, muy blanco de piel, corpulento. De ojos y sienes hundidos, de frente ancha y torva, se maquillaba para aumentar la fiereza de su semblante y ens
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