Look intrigante, verborragia y definiciones con peso propio: Javier Milei (47) traspasó las barreras que le dio su profesión y es, indudablemente, uno de los hombres del momento. Se instaló en los medios como un economista que se destaca tanto por sus conocimientos intelectuales como por su chispa para mostrar a la persona detrás de... “No me considero un personaje porque soy naturalmente como me ven. Una persona es la síntesis de un conjunto de decisiones a lo largo de toda su vida, correctas e incorrectas. En algún momento fui jugador de fútbol y llegué a ser parte del plantel profesional de Chacarita. Por otro lado, fui cantante de una banda de rock and roll. Hacíamos música de los Stones. Y, por un tercer lado, soy economista”.
–¿Por qué hoy no sos futbolista?
–En el año 89, cuando fue la hiperinflación de Alfonsín, estaba acompañando a mi mamá al supermercado y, mientras ella seleccionaba los distintos productos, yo estaba apoyado sobre el changuito. En esa época no existían los códigos de barras y veía cómo las chicas, con una suerte de pistolas, remarcaban los precios. Veía que los precios subían y que la gente se abalanzaba sobre la mercadería. Y la solución de dignidad me dijo que dejara el fútbol y me pusiera a estudiar. Dejé el deporte por completo y, mientras estudiaba, tuve una banda de rock por un par de años, hasta que no me dio más la garganta y dejó de divertirme.
–¿Tus padres estaban de acuerdo con que fueras futbolista?
–Sí, de hecho mi padre prefería eso más que economista, una cosa bastante rara. Todo mi proceso en la universidad me lo trataron de hacer bastante difícil, cada vez que se venían los exámenes. Mi padre nunca avaló la profesión que elegí. Desde un primer momento me dijo que era una profesión de mierda, con la cual me iba a cagar de hambre, porque los economistas no servían para nada. Mi padre fabricaba peleas en las que me dejaba de hablar, me castigaba, me restringía. Yo no trabajaba, iba a una universidad privada, había que pagar la cuota, y eso generaba toda una serie de tensiones en los momentos de los exámenes, y, en lugar de poder estar abocado plenamente a estudiar, me encontraba con una situación adversa, de los peores tratos y basureo que te puedas imaginar. Y cuando llegó el título fue la primera oportunidad que le di a mi padre para reconvertirse.
–¿Y qué pasó?
–El título te lo entregaba un familiar y le pedí que lo hiciera él. Fue mi forma de perdonarle todas las atrocidades que me había hecho, pero después volvió a reincidir. Luego lo volví a perdonar cuando casi se muere, así que hoy por hoy es una relación irreversible. Y como mi madre es cómplice, son personas muy tóxicas y es mejor tenerlos lejos que cerca, por eso no tengo relación alguna con ellos.
–Cuando hablás de atrocidades, ¿a qué te referís? ¿Hay algo más que el basureo del que hablabas?
–Hay cuestiones adicionales, hay más cosas, pero no sirve para nada mirar para atrás. Hoy no sé ni me interesa qué piensan de mí.
–¿Qué te gusta hacer en el día a día, además de tu trabajo?
–Lo que más disfruto es estar con Conan, mi hijo de cuatro patas. Es un mastín inglés formidable, precioso, que tiene su cuenta de Twitter que le hicieron mis seguidores. Mis prioridades son estar con Conan y hacer economía. Si hoy fuese mi último día, me abrazaría a Conan, leería un poco de economía, me volvería a abrazar a Conan, me divertiría un rato con alguna amiga y, en las últimas horas, me volvería abrazar a Conan. Hace trece años y algunos meses que estamos juntos.
–¿Cómo llegaste a él?
–Lo compré en un criadero, es cordobés.
–¿Nunca te casaste?
–¡No!
–¿Dormís con Conan?
–¡Obvio! Por cómo se pone, ocupa más lugar en la cama que yo. No me casé porque no creo en la institución del matrimonio. Y las fiestas mucho no me gustan. No soy una persona que le gusten las fiestas, tengo otro perfil. Soy más de cuestiones recluidas, íntimas. Es muy difícil que me veas en una reunión con mucha gente. Todos mis intercambios son uno a uno, dos a uno, tres a uno. Si no, se degrada mucho el diálogo. Y con el único que estoy dispuesto a convivir es con Conan. No me interesa probar. En distintas relaciones que tuve, cuando llegaba el fin de semana, el domingo ya no soportaba más.
–¿Alguna mujer te hizo sentir que no le gustaba que el perro tuviera la prioridad?
–¡Todas! A nadie le gusta ir por el cuarto puesto… Primero viene Conan, después la economía, luego mi trabajo y, en un cuarto lugar, la mujer. Tampoco me interesa tener hijos, tengo mis dudas de si podría llegar a ser un buen padre, lo que me tocó vivir a mí no fue bueno.
–¿Sos mujeriego?
–La paso bien, no me quejo. En general, las novias me duran dos meses. Me di cuenta de que cada vez que conocía a alguien que me atraía tenía un conjunto de sensaciones que, en realidad, son reacciones químicas, que después disminuyen. Cuando entendés esa lógica, disfrutás de los químicos sabiendo que es eso y no dejás de mirar costos y beneficios a rajatabla. Y nunca superé esa etapa. Entonces es muy difícil que encuentres a alguien que haya tenido un vínculo conmigo y le di una definición contundente. Hasta que los químicos no bajan, no me sacás una palabra comprometida ni de casualidad porque hago un culto de las palabras. ¡A mi casa no entra nadie! Es la casa de Conan y mía, es el reducto de nosotros dos, ni siquiera pasan mis amigos. Mis relaciones siempre las entablé afuera.
–¿Nunca te reclamaron ir a tu casa?
–Me lo plantearon, pero importa un rábano… Si no te gusta, se terminó.
–¿Cómo son tus navidades y años nuevos?
–Con Conan. Compro comida y festejamos. De hecho, Conan toma champagne para el brindis. Antes de Conan, la pasaba con mi familia, que era un bodrio, una cosa verdaderamente espantosa. Una sola vez pasé la Navidad en la casa de una amiga que quiero mucho, que me invitó con Conan.
–¿Cómo es la mujer que te puede gustar?
–Tienen que ser divorciadas para que no me vengan con que se quieren casar, tienen que tener hijos para que no me los pidan a mí, y hay una valoración a la cuestión física y a la cabeza. Tenés que pasarlas todas. Me gustan las curvilíneas.
–Si te preguntan por tu pelo, ¿lo sentís como una molestia?
–A los que me dicen que tengo peluca, les digo que si fuese así, me cagaron… arriba lo tengo raleado. El que me conoce sabe que, en el fondo, sigo siendo un rocanrolero. No me peino. Me baño y me seco el pelo con la toalla hasta que te quema. Me subo al auto, bajo el vidrio y el cabello queda en las manos invisibles, el viento se ocupa. En los canales me maquillan pero nadie me toca el pelo, a nadie se le ocurre peinarme.