A bordo de su pequeña embarcación, Gastão Teixeira recorre todos los días el río Duero, a la altura de la ciudad lusitana de Porto.
Algunos le dicen "el barco de los ahogados", otros "barco de salvamentos", pero su nombre, pintado en blanco sobre azul, es sencillamente "Lobo de Mar. En sus primeras navegaciones cumplía funciones como pesquero, pero el tiempo le cambió el cometido. A bordo siempre se encuentra Gastão Teixeira, quien rescata a quien cae o se arroja al río Duero. Hace 23 años que patrulla las aguas y zambulle para salvar gente, y siempre en calidad de voluntario, sin retribución económica alguna.
Cuando alguien cae al agua en la zona de Porto, Gastão siempre llega primero. Antes que la Policía Marítima o el Cuerpo de Zapadores, él es quien se arroja al agua para evitar que el accidentado o el suicida se hundan para siempre.
Era muy joven cuando sacó a la primera persona del agua, y eso lo marcó. "Vi que tenía que hacer eso, el corazón me empujó. Y hasta el día de hoy, mi vida es esta", cuenta con sencillez en declaraciones al periódico lisboeta Diário de Notícias.
"Tenía 18 o 19 años cuando vi a una persona tirarse desde el puente. Agarré un barquito, del lado de Gaia (Vila Nova de Gaia se llama la localidad en la margen sur del Duero, frente a Porto) y fui a buscar el cuerpo. Partí una tabla de ese bote y la usé como remo. Llevé el cuerpo a tierra firme, con el agua entrando en el barco", relata sobre una de sus primeras intervenciones.
Aprendió a nadar de niño en el mismo río que hoy vigila, y a lo largo de su vida se desempeñó en varios oficios. Durante más de 30 años fue alfarero y hoy, ya jubilado, dedica más tiempo que antes a los rescates. "Salgo todos los días a excepción del domingo, porque también hay que estar un poco con la familia", refiere.
Teixeira no lleva la cuenta de las veces que zambulló para sacar personas. Sólo recuerda las cifras del agitado año 2013, cuando tuvo que hacerlo en diecinueve ocasiones. Por desgracia, sólo cuatro de esas personas pudieron ser rescatadas con vida.
Recientemente, el tripulante del Lobo de Mar tuvo un percance que puso en riesgo su actividad. El motor del bote se averió y el costo de su reparación era de 3.800 euros, una cifra que no puede solventar, por lo que la embarcación se vio obligada a permanecer amarrada.
"Siento como si me pegaran. Es una vida entera intentando llegar a tiempo. Cuando no lo logro, me pongo a llorar solo dentro del barco. Imagine ahora, que ni puedo salir de tierra", se lamentaba.
Si bien no golpeó las puertas de ninguna institución, el veterano navegante no oculta que la Cámara Municipal de Porto -que en 2016 le concedió la medalla de oro al mérito- bien podría echar un cable. Desde el citado periódico se hicieron consultas a dicho organismo, aunque sin obtener respuestas.
Por fortuna, la intervención de un particular permitió una solución al menos parcial para el problema. Un empresario que regentea cruceros por el Duero le prestó un motor, que si bien es menos potente que el original del Lobo de Mar, permite a Teixeira seguir en lo suyo.
"No me quiero jubilar del río", afirma. Y en eso coincide casi toda la gente que vive o se mueve cerca de las orillas. Casi todos los pilotos de barcos que navegan por el Duero tienen el teléfono de Gastão, y lo llaman cuando ven a alguien flotando en las aguas. Su conocimiento de las corrientes del Duero ha sido crucial para localizar ahogados cuando la policía o los bomberos no sabían ya dónde rastrillar. A él le basta saber el lugar y la hora donde la persona cayó, para determinar casi con total certidumbre donde irán a parar sus restos.
En una ciudad invadida por el turismo como lo es Porto, no pocos son los extranjeros que se accidentan. El mes pasado, e incluso sin contar con su barco, contribuyó con el rescate de una pareja de turistas que resbaló al acercarse temerariamente al agua.
Su misión es dura, pero vale la pena. Sin contener las lágrimas, recuerda el caso de "un chico muy joven que se tiró del puente D. Infante. Fue el milagro que tuve en esta vida. Lo saqué vivo, y un año después su padre vino a darme un abrazo y agradecerme. Esas son las medallas que tengo".