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La grieta, esa falsedad de los políticos

Info•9/21/2018
La Cadena de odio del poder


Permítanme disentir sobre la existencia de una grieta política que apareció en el país desde los últimos 15 años.

Porque “la grieta” no es una novedad estratégica-política de la contemporaneidad sino que es parte de un mecanismo funcional que excede a la realidad del momento incluso a la de nuestro país.

Numerosos son los ejemplos de esta dualidad tanto a nivel local: conservadores y revolucionarios, unitarios y federales, autonomistas y radicales, radicales y peronistas, kirchneristas y macristas, entre otros; así como los ejemplos extranjeros: absolutistas y liberales, demócratas y republicanos, socialistas y liberales, capitalistas y comunistas, etc.





Pero ¿Qué esconde esta “grieta”?


Esta polarización del pensamiento colectivo es un fenómeno funcional para quienes detentan el poder.

La construcción del otro como un enemigo a quien se le atribuyen todas las características negativas, corruptas y repulsivas permite, a quienes poseen el monopolio de la fuerza, identificarse con los atributos directamente opuestos, dotándolos de una percepción social positiva al concentrar las virtudes en cierta forma despreciadas por su adversario.

De esta manera, esta diferencia semio-lingüística se convierte en un argumento válido que supera cualquier defecto a través de un silogismo bastante simple:

“Mi contrincante es corrupto, y todo lo que hace o dice es corrupto. Yo me opongo a lo que hace mi enemigo. Por lo tanto, yo soy honesto/íntegro y todo lo que haga refleja dichas cualidades.”

Sin embargo, creo que todo ser humano reconoce que los blancos y negros no existen realmente, sino que nos manejamos en grises más claros o más oscuros. De esta manera, es imposible conjugar la maldad y la bondad en dos imágenes humanas inversamente proporcionales. Lamentablemente, muy seguido caemos en esta dualidad apolínea-dionisiaca, entre lo bueno y lo malo.

Y esta dualidad es el eje de la cadena de odio del poder.

El secreto para manejar a las masas no es hacer lo correcto, el verdadero secreto es hacer odiar a mi competencia. Poco va a importar lo que haga o deje de hacer, mientras pueda seguir dando argumentos en contra de mi competidor que generen indignación en las personas.


No obstante, como decía con gran lucidez Lincoln: “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo“. Esto quiere decir, que en algún momento los votantes nos damos cuenta del engaño del actual regente. Empezamos a sospechar que sus planteos no pasan del discurso y se quedan inmóviles o bien se contradicen con el virtuosismo con el que se vanaglorian.

De repente, el honrado pasa a ser un impostor que ha jugado con la devoción de la gente, que se ha aprovechado de un pueblo con un corazón fervoroso al despertar los instintos atávicos agitando el lenguaje de la bronca, ira y el resentimiento.

Lo que sucede a continuación es bastante predecible, una vez cerrado un eslabón de odio, aparece otro nuevo en la cadena que se une al reclamo popular contra la demagogia. Aunque poca sea su empatía real con el demos, sabe que lo que se busca es terminar con aquel que se proclamaba como salvador pero terminó siendo un impostor. Y es aquí donde la cadena se repite y se construye al predecesor como artífice de toda desgracia ocurrida, por lo que este nuevo protagonista es el virtuoso… ya sabemos cómo sigue.

Tal vez, ese sea el mayor problema de la política, nos concentramos por atacar el pasado para evitar construir hacia el futuro. Así, se justifica todo error presente por culpa de lo anterior. Y cuando menos lo recordamos, se pasa uno o varios mandatos justificando la ineficacia por una herencia pesada que tal vez ni sea tan pesada ni sea tanta herencia.

Para que la política haga realmente progresar al país, debemos dejar de caer en el juego del odio. Debemos aceptar el presente y hacernos responsables de nuestras acciones. Porque es fácil echarle la culpa al otro, porque es fácil pensar que somos los buenos. Lo verdaderamente difícil es aceptar que no somos ni tan buenos ni los otros son tan malos y que, si nuestras intenciones son auténticas, debemos asumir las cargas y responsabilidades por lo que hacemos sin importar lo que el otro haya o no haya hecho anteriormente. Y porque para construir de verdad no hace falta destruir a nadie.
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