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Carl Sagan el kit del esceptico 9 reglas del pensamiento

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“Mis padres no sabían casi nada de ciencia. Pero al iniciarme simultáneamente al escepticismo y hacerme preguntas, me enseñaron los dos modos de pensamiento fundamentales para el método científico”.

Así recordaba su niñez el astrónomo, astrofísico y cosmólogo Carl Edward Sagan (1934-1996), uno de los mayores divulgadores científicos de la historia, quien a través de su serie de televisión Cosmos, en los años 1980, convirtió la ciencia en parte de la cultura de masas.

Contagió a más de 400 millones de telespectadores su pasión por la astronomía y trató de inculcarles el poder de la lógica para el pensamiento escéptico.

Desde pequeño, a Sagan le fascinó el misterio de la vida en el Universo. Como investigador, comenzó su carrera en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, donde contribuyó a la misión de la sonda Mariner 2 que llegó a Venus en 1962 y confirmó las predicciones científicas de Sagan de que era un planeta seco con un calor abrasador.

A pesar de su carácter de científico escéptico y riguroso, muchas de sus primeras publicaciones fueron sobre exobiología y en varias ocasiones especuló sobre la vida en Venus, Marte, Júpiter e incluso la Luna. Sagan no se autocensuraba a la hora de hacerse preguntas, aunque luego se diera cuenta de que sus hipótesis eran infundadas.

Su interés en refutar la pseudociencia le llevó a organizar dos simposios en la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). El primero, en 1969, trató del estudio de OVNIs. Dos renombrados astrónomos, J. Allen Hynek y James McDonald defendían que los objetos voladores no identificados estaban visitando la Tierra y que, aunque no hubiese suficientes avistamientos para hacer un caso convincente sobre naves extraterrestres, el gran volumen de informes justificaba el examen y estudio del tema.


Carl Sagan con un modelo de la sonda Viking en el Valle de la Muerte. Crédito: NASA/Cosmos Studies

Por el contrario, Sagan enfatizó la poca fiabilidad de los testigos, la ausencia de pruebas físicas y las explicaciones que incluían autoengaños y alucinaciones. Apuntó que no existían casos simultáneos y fidedignos (informados por un gran número de testigos), que eran muy exóticos (no explicables en términos de fenómenos postulados razonablemente) y aplicó el estándar escéptico que más se asocia con su nombre: “afirmaciones extraordinarias requieren niveles extraordinarios de pruebas o evidencias”.

UN “DETECTOR DE CHORRADAS”

En 1970 Sagan se convirtió en profesor de la Universidad de Cornell, donde dirigió el Laboratorio de Estudios Planetarios y pasó la mayor parte de su carrera, dedicada a la investigación y a mejorar la comprensión pública de la naturaleza de la ciencia. Quería que cada ciudadano tuviese un “detector de chorradas” como defensa ante los farsantes del comercio y la política, así como de la ciencia.

Además de su éxito como divulgador en televisión, ganó el Premio Pulitzer en 1977 por uno de sus primeros libros: Los dragones del Edén, con el que quiso recorrer el camino de la evolución de la inteligencia humana.

Y en paralelo siguió buscando el contacto con inteligencias alienígenas mediante los mensajes lanzados en la sonda espacial Pioneer 10 (1972) y en las Voyager (1977), y también a través del Instituto SETI, dedicado a buscar señales de inteligencia extraterrestre analizando las ondas que nos llegan del espacio.

En sus años finales, Sagan hizo las contribuciones más importantes en el combate contra la pseudociencia. En los años 1990, cuando la astrología, el debate sobre abducciones alienígenas, la medicina alternativa y otras terapias New Age se ponían de moda, el cosmólogo utilizó su columna semanal en la revista Parade para desacreditar a los “vendedores de humo” y promover la educación presentando al público los últimos descubrimientos científicos.

La sonda Mariner 2 llegó a Venus en 1962 y confirmó las predicciones de Sagan de que era un planeta seco con un calor abrasador. Crédito: NASA Jet Propulsion Laboratory (NASA-JPL)
Esos artículos sirvieron de base para tres libros finales, sobre todo para El mundo y sus demonios (1995)¸una defensa de la ciencia sobre la irracionalidad.

En ese libro, Sagan enumera nueve reglas del pensamiento escéptico:



1. Siempre que sea posible debe haber una confirmación independiente de los «hechos».

2. Estimular un exhaustivo debate involucrando a los defensores y detractores mejor informados, desde todos los puntos de vista.

3. Los argumentos de autoridad tienen poco peso. Las «autoridades» han cometido errores en el pasado. Lo harán de nuevo en el futuro. Puede que sea mas correcto decir que en la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay expertos.

4. Barajar más de una hipótesis. Si hay algo que explicar, piense en todas las diferentes formas en las que se podría hacer. Luego piense en formas con las que poner a prueba y poder refutar sistemáticamente cada una de las alternativas. Lo que sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta selección darwiniana entre «múltiples hipótesis de trabajo», tiene la mejor oportunidad de ser la respuesta correcta que si simplemente se hubiera quedado con la primera idea que pasó por su mente.

5. Intente no encariñarse con una hipótesis sólo porque es la suya. No es más que una estación de paso en la búsqueda del conocimiento. Pregúntese por qué le gusta la idea. Compárela a fondo con las alternativas. Vea si se pueden encontrar razones para rechazarla. Si usted no lo hace, otros si lo harán.

6. Cuantificar. Si aquello a lo que se busca explicación es susceptible de medirse, de atribuirle alguna cantidad numérica, tendrá mucha más capacidad para ser discriminada entre hipótesis rivales. Lo que es ambiguo y cualitativo está abierto a muchas explicaciones. Por supuesto que hay verdades que han de ser buscadas en numerosos ámbitos cualitativos a los que estamos obligados a enfrentarnos, pero encontrarlas es más difícil.

7. Si hay una cadena de argumentos, todos los eslabones deben ser correctos (incluyendo la premisa) —no sólo la mayoría de ellos .

8. Navaja de Occam. Esta conveniente regla de oro nos insta a elegir la solución más simple cuando se enfrentan dos hipótesis, que explican igualmente bien los datos.

9. Siempre pregúntese si la hipótesis puede ser, al menos en principio, falsable. Las proposiciones que son incontrastables o infalsables no sirven de mucho. Considérese la abrumadora idea de que nuestro universo y todo en él es sólo una partícula elemental —un electrón, por ejemplo— en un cosmos mucho más grande.Pero, si nunca podemos adquirir información de fuera de nuestro universo, ¿cómo se puede saber si es cierto o no? Se ha de ser capaz de verificar las afirmaciones. Hasta el mayor de los escépticos ha de tener la oportunidad de seguir su razonamiento, de forma que pueda repetir el experimento y ver si consigue el mismo resultado.


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