
El 30 de septiembre de 1999 se produjo en Tokaimura el accidente nuclear más grave en la historia de Japón antes de Fukushima. En un momento dado, se depositó en un tanque una solución de nitrato de uranilo que contenía aproximadamente 16,6 kilogramos de uranio, lo que excedía su masa crítica. El límite superior debería haber sido 2,3 y nunca hubiera sucedido el accidente si las vasijas no fueran capaces de contener más de la cantidad crítica del producto. Pero sucedió.
Se produjo una reacción de fisión nuclear automantenida en la que se liberaron montones de neutrones y radiación gamma. Particularmente, los neutrones son muy peligrosos. Resulta que cuando los neutrones se hallan en el seno de un núcleo atómico son estables, pero cuando el neutrón queda liberado puede moverse sin mayores problemas.
No se ve afectado por las cargas eléctricas, ya que es neutro y, por suerte, no es estable, sino que tiene una vida media de unos 15 minutos. Eso significa que dado un cierto número de neutrones, la mitad de ellos se transforman en protones al cabo de ese tiempo (emitiendo, además un electrón y un antineutrino).
El problema es que si un neutrón de esos se acerca mucho a un núcleo atómico, induce una reacción nuclear. Esto lo puede hacer gracias a que no tiene fuerza que se oponga a ello, la electromagnética en este caso; y si se acerca a distancia suficientemente pequeña como para que esté al alcance de la fuerza fuerte, el núcleo puede absorberlo. Con el neutrón de más, es posible que algún núcleo se vuelva inestable, emitiendo protones, con lo que el elemento ha cambiado: ha habido una reacción nuclear y el átomo ha no es el que era. Si se produce en una cadena de ADN de una célula ya tenemos una mutación.
Consecuencias del accidente
Por tanto, al liberarse grandes cantidades de neutrones, el accidente fue muy serio. En un principio, se desalojaron las viviendas más cercanas y se estableció un perímetro de seguridad de 350 metros. Pero viendo la magnitud del problema, posteriormente lo establecieron en 10 kilómetros y recomendaron a las 310.000 personas que vivían dentro de ese radio que no salieran de sus casas.
Pero los operarios que estaban cerca recibieron una dosis 15.000 veces superior a la admisible. Uno de ellos era Hiroshi Ouchi, de 35 años. En unos microsegundos, los haces de neutrones se dispersaron por el cuerpo de este hombre, destruyendo los cromosomas de las células de su cuerpo. Lo transportaron con urgencia al Hospital de la Universidad de Tokyo. Parecía estar relativamente bien, incluso habló con los médicos, aunque estos últimos ya sabián que era hombre muerto.
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Su condición empeoró progresivamente: su piel empezó a caerse, por lo que su carne quedó expuesta y se ennegreció; su cuerpo cedió en sus ingestas y excreciones; su cuerpo perdió en un solo día 20 kilogramos de fluidos esenciales. Se le mantuvo en coma médico desde entonces. Los médicos estuvieron siempre monitorizándolo. Se le hicieron transfusiones masivas, trasplantes de células madre, injertos de piel. Se intentó mejorar su condición por todos los medios, pero sólo pudieron seguir manteniéndolo con vida durante 83 días.