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Cromañon: 4 Años Sin Justicia

NO VOY A HACER NINGÚN TIPO DE ACLARACIÓN, NI OPINIÓN. SIMPLEMENTE ESTO QUE PASA: 4 AÑOS SIN JUSTICIA.
MI DESEO PARA ESTA NAVIDAD ES QUE SE CONDENE A EL O LOS CULPABLES. SEA QUIEN SEA.
LAS ZAPATILLAS SIGUEN COLGANDO...









ESTAS SON LAS PERSONAS QUE HACE 4 AÑOS SE FUERON PARA SIEMPRE.



JUAN PABLO ALEGRE (20 AÑOS)



Ella igual lo espera. Pelusa consiguió cobijo hace dos años, en los fondos de una panadería de Villa Diamante, en Remedios de Escalada. Movía la cola cuando se le acercaba la sombra finita de Juan Pablo, porque sabía que era hora de la caricia y la mamadera. El siempre le dedicaba un rato, aunque tuviera que armar todas las medialunas del día. En la panadería "Antonella" trabajaba toda la familia Alegre. Marcos al timón, Silvia como sostén y los cuatro hijos como auxilio. Juan Pablo acomodaba la masa de las facturas, las masas secas y las galletitas. "Che, Gorda, hacete unos mates", y ahí iba la mamá. "Papi, quedate durmiendo un rato más, yo te saco el pan", y el hombre aprovechaba. Juan Pablo se hacía tiempo para ensayar con el grupo Los Condenados. Era la voz. Con una guitarra estaba cuando le sacaron la foto que, tiempo después, guiaría su búsqueda por los hospitales. Sus cuatro amigos se salvaron. Lo vieron entrar a la nube negra del boliche para salvar gente. Pelusa, la perra, todavía lo espera. Olfatea su ropa, se acuesta en sus sábanas. Por momentos, para las orejas. Presiente que es la sombra finita. Pero la caricia no llega.




LEONARDO SCHPAK (23 AÑOS)



Un oso bueno. No tenía tanto tiempo libre Leo. Es que estudiaba muchísimo, porque su sueño era recibirse lo antes posible de contador público. Así que, cuando no estaba en la facultad o preparando materias, trabajaba en la oficina familiar como uno de esos compañeros irreemplazables, fieles, siempre presentes. Bueno, buenazo. Y también desprolijo, gigante, como un oso, le decía su hermana: un oso hincha, jodón, con un corazón tan enorme como él. Leo necesitaba más tiempo para estar en todas partes. Y para dedicarse a dos de sus pasiones vitales: Racing y Callejeros. La primera, peligrosa a los ojos de su papá, que presumía intuitiva pero equivocadamente que era ahí donde podía esconderse la muerte. La segunda era la música Callejera, donde el tiempo se le terminó en una noche que prometía lo mejor: la música que le gustaba y hasta una compañera que iba a sumarle más emoción a la salida. Así que volvió apurado de la oficina, a cambiarse. Le dio un beso a su mamá, y también a su papá, que sólo volvió a verlo cuando lo mejor que tenía, ese corazón enorme, ya no latía.





FLORENCIA DIEZ (18 AÑOS)



La actriz que reía. En el ensayo se tentaban. Drácula enfilaba hacia el cuello de Lucy, para convertirla en vampira. Pero el papel de Lucy le había tocado a Florencia, cuyo promedio era de una risa por minuto, una broma por suspiro, una palabrota por oración. Drácula, Mina y Lucy terminaban a las carcajadas. Así y todo, llegaron a punto al estreno que ofrecieron a los vecinos de Colegiales. Aplausos, orgullo de los padres y unos pesitos de recaudación para los scouts del grupo Conto Paen.

Florencia soñaba con ser actriz, maquillarse frente a espejos enormes, vestirse con brillos o harapos, ver su nombre en las candilejas, hacer reír, hacer llorar.

Completó la nocturna con más voluntad que promedio y en diciembre se recibió de perito mercantil, un renglón formal de un currículum que apuntaba para otro lado.

Trabajó en una multinacional de hamburguesas, pero no le gustaron las sonrisas artificiales. Se sintió desvalorizada. El 10 de noviembre murió su abuelo, de 86 años, y su ánimo trastabilló: "Me quiero ir con él", le dijo a Liliana, la mamá.

El jueves 30 fue al recital de Ojos Locos, la banda que tocó antes que Callejeros. Le encantó, pero se quedó un rato más.




PATRICIA GONZÁLEZ (21 AÑOS)



Esa luchadora del alma. Le decían Pato o Patito y su nombre quedará para siempre en el comedor de la asamblea popular de San Telmo, donde ponía sus manos cada vez que podía, donde terminaron despidiendo a su cuerpo entero. Pato trabajaba en República Cromañón desde diciembre del 2003. Le pagaban 30 pesos por una noche de limpiar baños, levantar cajas de cerveza, barrer pisos después de la función o lo que hiciera falta. Se había criado en San Telmo, con su familia, hasta los ocho años y luego con sus vecinos Lidia y El Ruso, a los que adoraba como padres adoptivos. No pudo terminar el colegio y ya desde chica se las tuvo que rebuscar. Lo último fue un puesto en una feria de antigüedades, pero lo que conseguía un domingo se le acababa el lunes o el martes. Ahora vivía en un departamento de Almagro con Ana, su amiga del alma, inseparables. Juntas llevaban años buscando un crédito para poner una empresita de mensajería o un cibercafé. Era su sueño. Algo para tener un sueldito fijo, para no tener que meterse en la oscura Cromañón los fines de semana. A Patito no le gustaba su trabajo, pero lo hacía siempre con esa sonrisa, con la fe de los creyentes. Creía en Dios, Patito. Creía en la paz de un cielo protector.





MARIANA DE OLIVERA (17 AÑOS)



Culta, responsable y solidaria. Dice Mariana, su mamá: "Era terriblemente alegre, solidaria, independiente." Alegre: "Una vez, a los siete años, se metió con las amigas en el taller de mi papá y jugaron a la comida con las herramientas. Terminaron comiendo soda cáustica… Era el payaso de todas las fiestas familiares". Solidaria: para ayudar a sus amigos más pobres vendía cosméticos, ropa y dulces; en encendidas cartas les aconsejaba valorar el sacrificio que sus padres hacen por ellos. Se había anotado para estudiar Relaciones Laborales, porque en La Matanza a los dos años obtenía un título intermedio que le permitía salir a trabajar: su papá está desempleado y a su mamá le acaban de curar un cáncer. Camila, su hermanita de ocho años, la seguía como a un profeta. Juntos vivían en un barrio muy humilde, con nombre de ofensa: Villa Escaso, en González Catán. "Ella quería irse a vivir sola, porque yo no pude sacarla de acá", se lamenta Mariana. Liz era fanática de Les Luthiers, y le gustaba mucho el buen cine: perdida por Chaplin, vio mil veces la copia de "Tiempos Modernos" que le habían regalado. Y claro, amaba el rock de La Renga y Callejeros. "Yo la admiraba mucho, y se lo decía. Pensaba: ¡adónde llegará a los 30 años!"





GASTÓN GARCÍA (25 AÑOS)



Fanático y bonachón. Gastón era uno de esos seguidores fieles, de ir a todos los recitales de Callejeros, pero también a sus ensayos; de pegar un calco de la banda en la bicicleta y en el auto de la familia. Bostero y Callejero, se presentaba. Sos un gordito bonachón, le decían los suyos, con afecto. Gastón estaba feliz: le acababan de entregar un departamento cerca de la casa de sus padres, en Villa Celina, a donde se iba a ir a vivir con su hermano Gustavo. Entusiasmadísimo, estaba. Para pagar las cuotas del préstamo trabajaba en la organización de planes de asistencia social en el Gobierno bonaerense. Y tenía pensado pasar fin de año en la casa de sus padres, con su enorme grupo de amigos. Había prometido cocinar unos ravioles exquisitos. Y había que creerle. La noche del jueves, Gastón logró escapar del humo y salió a la calle. Pero algo lo hizo volver. Su corazón lo empujó y entró a Cromañón para rescatar a otros chicos. Lo hizo una vez y sacó a una chica. Lo hizo otra y sacó a un muchacho. La tercera fue la última. Cuando sus amigos llamaron a la mamá para avisarle, le dijeron que estaba en el hospital. No se animaban a decir que yacía sobre un estacionamiento.





GUSTAVO MARCHIANO (21 AÑOS)



Un amor envuelto en banderas. Nació para ser artista: de sus dedos hábiles salieron los dibujos que decoraron toda su habitación, y decenas de banderas que llevaba a los recitales. Decidió acatar su talento, y se anotó para estudiar diseño gráfico en la UBA: en éste su primer año, aprobó las cuatro materias que cursó. "No trabajaba, porque la prioridad era el estudio, como nos decía siempre papá", explica Virginia, la hermana de Gustavo, flamante licenciada en administración de empresas. "Papá" murió hace tres años, y desde entonces sus palabras son ley para Virgina, Gustavo y Sergio, el otro varón, que compartía la carrera y la computadora con el artista. Sin novia oficial, los dos amores de Gustavo eran el fútbol, encarnado en su amado Boca Juniors, y la música, preferentemente de grupos desconocidos, pero también de La Renga, La Covacha y Callejeros, su último amor. "¿Vamos al show del jueves?", interpeló la semana pasada a sus amigos. Casi todos estaban ocupados. Excepto Mariano, que también fue.

Que tampoco volvió.





ALEJANDRA ABOSALEH (16 AÑOS)



Loca por la música. La foto es de sus 15: "Ningún padre le festeja el cumpleaños a un hijo seis meses después", se quejaba porque su fiesta, que debió hacerse el 2 de marzo, se pospuso hasta agosto. Pero la calma llegó cuando tuvo en sus manos un vaporoso vestido blanco. Alejandra Yasmín —"bonita, alegre, pizpireta, llena de vida", como la recuerda Ismael, su padre— era miembro de la Juventud Argentino Arabe y cursaba el cuarto año de Administración de Empresas en la ENET 24 de Villa del Parque. Le gustaba y ahí veía sus chances de trabajo, pero la vocación estaba en otro lado: la música la volvía loca y le dedicaba muchas horas por día. Estudiaba guitarra en la Escuela Municipal de Música Nø 2, de Camarones y Segurola, y ensayaba en casa con tangos de Piazzolla. Al futuro lo tenía clarísimo: terminaba la secundaria y, sin escalas, ingresaba en el Conservatorio Nacional. ¿Ejecutante o profesora? Quizá las dos, pero había tiempo para decidirse. Como muchos de sus amigos —Pipi, Ale, Agustina, Laura, Estefi, Martín, Ariel, Pamela, Sol, Melisa— tenía pasión por Callejeros, la misma que el 30 la llevó a Cromañón.




JACKELINE SANTILLÁN (29 AÑOS)



Periodista y solidaria. Jackie vivía pensando en los otros. Había ido a ver al grupo de rock Callejeros para darle las gracias, porque la banda la había ayudado en los festivales solidarios que ella organizaba para el hospital Borda. La capacidad de dar que la acompañó desde siempre se había convertido en su forma de vida desde el 2002, cuando su hermano Hugo Daniel, de 14 años, fue asesinado de un balazo por la espalda en Sarandí. Jackie se convirtió entonces en una militante contra la violencia institucional. Menudita, de pelo negro intenso y con cara de nena, hiperactiva y bondadosa, también colaboraba con un hogar de chicos abandonados de San Martín y estudiaba periodismo. En los días posteriores a la tragedia de Cromañón, decenas de jóvenes fueron a llorarla a Plaza Once, en el santuario que armaron los familiares de las víctimas. Eran oyentes del programa que conducía en una FM de Caseros y que la pinta entera: "Socialdemente", se llamaba el programa. Desde allí, Jackie hacía culto de la importancia que la música podía tener en las vidas necesitadas y se ocupaba de denunciar atropellos e injusticias. Como la que le tocó vivir a ella y que ahora sufren sus dos hijos, Melanie, de 3 años, y Matías, de 7.






PABLO SORAIDE (23 AÑOS)



Botín de oro, sueños descalzos. Fue goleador infantil en Barracas Central y jugador de Huracán, el club de sus amores. Definía como el Loco Houseman y tenía condiciones para jugar entre los grandes, pero tuvo que abandonar. Sus padres se separaron y Pablo pasó a ser el sostén de los dos hogares. Era aprendiz de matricero, empleado en un quiosco y estudiante de computación. Estaba juntando plata para levantar la hipoteca del departamento de su papá, Néstor, en Parque Patricios. Y se había enamorado de Celeste. Estos días, en un cajón, apareció una carta en la que le proponía casamiento... para el año 2007. Cuando revisaron su espalda, los camilleros se conmovieron: tenía tatuado un payaso triste.





SEBASTIÁN CWIERZ (32 AÑOS)



Música, deportes y familia.

Era el mayor de tres hermanos, el que volvió a casa de mamá tras el divorcio con Paola, la madre de su hijita Macarena. Su papá y sus dos hermanas, Gabriela y Micaela, también vivían en Valentín Alsina: él, solo; ellas, con sus respectivas familias. Sebastián, varón rodeado de mujeres, amaba los deportes: como profesor de gimnasia entrenaba al equipo de fútbol que habían formado los chicos pobres de Villa Tranquila, acicateados por un programa oficial de prevención del delito juvenil. Como guardavidas, cuidaba la pileta del club Regatas de Avellaneda. Pero el puchero lo ganaba como empleado de Bromatología en el municipio de Lanús. Esperaba ansioso la llegada de cada jueves, cuando iba a buscar a Maqui a la casa de su madre y se la traía con él hasta el sábado. Le gustaba mucho la música, y a Callejeros lo iba a ver seguido, gracias a que una compañera suya del profesorado era novia de uno de los músicos y le daba las entradas. Generoso, invitaba a sus hermanas y cuñados, y cada vez que podía también la sumaba a Macarena. "Sólo tenía cuatro años, pero era fanática del grupo", recuerda Micaela. Juntos habían ido a varios shows. También al del jueves.




MARIO TORRES (31 AÑOS)



Marido y padre "de fierro".Pocas palabras hacen falta para dibujar un perfil del Pelado, y las elige Karina, su esposa: vecino de Isidro Casanova, vivaz, trabajador, tenía un único, gran sueño: fanático de Chevrolet, quería armarse un buen "Chivo". Había tenido uno, rojo, que tuvo que vender para hacerse la casa. "Y me lo recordaba todos los días", suspira Karina. Hijo de un carpintero, le pedía a su papá que le hiciera autitos de madera, y hasta el amor por sus hijos lo vivía en clave automovilística: "Cuando yo no esté, la moto es para el nene y el auto para la nena", dijo más de una vez. "La moto" se la había podido comprar hacía poquito gracias a las prendas que cortaba y vendía en la feria de La Salada, y era para Marcos, que tiene un año y medio. "El auto", que todavía no existe, sería para Bárbara, de cinco años. Un detalle: Marcos, dueño de un karting cuyos pedales todavía le quedan lejos, le debe su nombre a Marquitos Di Palma. "Yo no sé si era una premonición o qué", reflexiona Karina. "Pero también pedía que cuando se muriera lo cremáramos y tirásemos sus cenizas en el autódromo". Por pedido de los abogados su voluntad todavía no pudo ser cumplida. Todavía.




HUGO ZAMUDIO (26 AÑOS)



Pan y rock and roll. "Si crece La Trifulca crece toda la familia Zamudio", decía siempre Hugo, "Choi" para los amigos, el mayor de seis hermanos. En La Trifulca tocaba el bajo y desde que habían grabado el demo "Salir de gira" sentía que su deseo estaba más cerca. La plata para vivir venía de otro lado. Era facturero en la panadería "La reina de las flores", de Lomas del Mirador, un oficio que "el viejo" les enseñó a todos. De ahí sacaba 600 pesos por mes y 250 iban derecho a pagar la cuota de la casa de González Catán: dos cuartos, una cocina y un patiecito que compartía con Myriam y el hijo de ambos, Arielito, de 4. Era fanático de Los Redondos pero aquel 30 le regalaron una entrada para Callejeros y no era cuestión de ser sectarios.





DERLIS ESPÍNOLA (20 AÑOS)



Con banda propia. "Muy cariñoso, jodón y de sonrisa fácil", dicen de él sus amigos del barrio 17 de Marzo, de Isidro Casanova. Tal como se lo ve en la foto de la pancarta con la que los chicos marcharon el jueves. Se la sacaron en octubre, cuando salía de Mitos Argentinos, donde fue a ver el recital de "La Trifulca", la banda de su amigo Hugo Zamudio, muerto también en República Cromañón. Madre "ama de todo" y padre carpintero, Derlis dividía sus horas apretadas entre el estudio —estaba en segundo año del profesorado de Historia— y las guardias para cuidar a su hermana Lourdes, postrada en el Hospital Fernández. El 17 de Marzo es un barrio de rocanroleros —el 30 salieron de ahí 12 amigos y volvieron siete— y él no se quedaba atrás. "Callejeros", "Los Redondos", "Los Gardelitos", el orden de las bandas no alteraba su pasión. Los seguía a todas partes y su sueño era alcanzarlos. Tocaba la armónica y los teclados y aunque con un grupo de amigos no habían pasado del primer ensayo en casa de la familia Zamudio, la banda ya había sido bautizada como "La caída rock and roll". En esto andaba Derlis.




NICOLÁS LANDONI (26 AÑOS)



Calamar y piojoso. Una de las tribunas de Platense llevará su nombre; se va a decretar el 9 de octubre, fecha de su nacimiento, "Día del hincha" del club y el Libro de Visitas de la página web ya fue bautizado Nico Landoni. Aquí hubo una pasión fogoneada desde chico por Carlos, su padre. Con él siguió a Platense por el país sin importarle su silla de ruedas: no conocía otra forma de ir de un lado al otro porque padecía una atrofia espinal congénita. El 20 de diciembre se recibió de periodista en Deportea y tenía listo su currículum para salir a buscar trabajo ("Experiencia radial en las AM 88.7 y 750, de Vicente López, con el programa 'Llegó Platense'; un libro escrito en colaboración, 'Según pasan los años', sobre los 100 años del club...". A Platense se sumó el rock de la mano de Los Piojos. Dos tatuajes hablaban de sus pasiones: un piojito en el cuello y el escudo del "Calamar" en el brazo. "Callejeros" vino después. Los siguió a todos los recitales. Con él siempre estaban sus amigos David, Guille, Leo, Marcelo y Matías. A Cromañón fue con Leandro y su primo Martín. Soñaba con ver a la banda en enero en Villa Gesell. Otro es el deseo que se le va a cumplir, aunque demasiado rápido: sus cenizas —como siempre pidió— serán esparcidas en el área grande de Platense.





GABRIELA BORRAS (15 AÑOS)



Rollinga de alma. La escuela no era lo de ella. Lo de ella eran Los Piojos, la cerveza, los guisos de pollo y la ropa. Sus amigas del barrio Adolfo Sourdeaux, en Malvinas Argentinas, dicen que era "rollinga": jeans, Topper gastadas, pañuelito stone y todo el día en la calle. Para ir a bailar, su lugar favorito era "Nodo", en San Miguel. También dicen que era una lucecita siempre encendida y que se jugaba por los demás. El 30, en República Cromañón, se jugó por Amelia, su mamá. Era la primera vez que Gabriela iba a ver a "Callejeros". No era fan y fue por curiosidad. Tres Borrás, de una familia de siete, entraron aquella noche al boliche: Amelia, Gabriela y su hermana Cinthia, de 16. Cuando empezó el incendio las chicas lograron salir sin un rasguño pero no encontraron a su mamá, aunque ya estaba afuera. Llorando, Gabriela entró a buscarla y fue ella la que se perdió: volvieron a verla en el hospital Ramos Mejía, donde murió el 1ø de enero. Días antes había visto en el barrio un local que vendía ropa usada con muy poco éxito. "Tiene que ser nuestro", le dijo a Cinthia y a su amiga Carolina. La idea era empezar a diseñar y a vender ropa de rock. En homenaje a Gabriela, las chicas dicen que ahora ese proyecto tiene más fuerza que nunca.




EMILIANO GIRALT (21 AÑOS)



El héroe de Soldati. Era socorrista de Callejeros y había sido bombero voluntario en Villa Soldati, su barrio. Aunque fue cocinero en el buffet del Club Sportivo Varela, estudió panadería en el Sindicato de Panaderos, cerrajería en el Suterh y vendió alarmas casa por casa, lo de él era la ayuda social y por ahí se encauzó, siempre sin cobrar un peso. Primero se sumó al Grupo para Operaciones de Emergencia (GOE), hasta que llegó el tiempo de un proyecto más personal, ESSA, Equipo de Salvataje y Socorrismo Argentino: 15 amigos que decidieron juntarse para cubrir todos los eventos a los que no llega ni la Cruz Roja ni el SAME ni nadie, como las caminatas a Luján, los recitales a beneficio o las marchas por el sida. Su padre, Jorge Giralt, los llamaba con cariño "Un conjunto de locos que salía a salvar gente". Por amigos en común se conectaron con Callejeros y los siguieron en los recitales de Córdoba, Excursionistas y en tres de República Cromañón. La noche del 30 Emiliano estaba en el costado izquierdo del escenario. Lo vieron salvar a algunos chicos y salir... pero insistió. Cuando el cortejo fúnebre llegó a Soldati los bomberos voluntarios lo recibieron como un héroe, con una guardia de honor.




NICOLÁS NIEVA (17 AÑOS)



Scout y caballero. Era hijo de padres separados, lo que según su filosofía tenía como ventajas tener una mamá, Marina, con quien vivía en Flores, una "mamasa", Carmen, la segunda mujer de su padre, y seis hermanos. Como había conseguido trabajo en un estudio de dibujo decidió dejar la escuela. El dibujo, la arquitectura, la electrónica y la música eran sus debilidades. Ahí entraba Callejeros. No tenía novia, aunque las chicas morían por él. Era un "caballerito", por eso Diego, el mayor de sus hermanos, imaginó: "Seguro que Nico está en el cielo dejando pasar a los otros chicos primero." Caballero, componedor de discordias familiares y con vocación de servicio, Nicolás había sido boy scout entre los 7 y los 12 años. En una de las últimas reuniones familiares había dicho que si se moría quería que lo cremaran y que tiraran sus cenizas en Bariloche, donde pasó uno de sus mejores campamentos. Creció, pero sin perder un gramo de su espíritu humanitario. Por eso Carmen no duda: "Si aquella noche hubiera salido vivo habría estado rescatando chicos."




ROBERTO Y MATÍAS CALDERÓN (41 Y 14 AÑOS)



El fin de la penitencia. Todo el mundo sabía que a Matías le encantaba la música y ver tocar folclore a su tío. Si en noviembre se quedó paradito al lado del escenario, mirándolo fijo, junto a los otros músicos, orgulloso y feliz. En Lugano y Florencio Varela, todos sabían también los gustos de Roberto, sargento del Ejército, amante de la pesca, del buen humor de su mujer, Noemí, de la dulzura de su hija, Romina. Y de los programas de cocina, de los amigos y de la mesa familiar. Roberto soñó con festejar el final de una penitencia que había dejado a Matías sin ir al recital de Callejeros en Excursionistas. Soñó con pasar una noche juntos y celebrar. Empezó por llevarlo a Cromañón. Los dos murieron.




BÁRBARA Y DARÍO YANNI (19 Y 16 AÑOS)



Unidos por el fútbol. Ariel, el mayor de los hermanos Yanni, es fanático de Argentinos Juniors. Tanto, que la contagió a Bárbara, la más futbolera de los tres. Darío era el más reservado. Había pasado a cuarto año en el colegio Luján de los Patriotas y desde siempre jugaba al fútbol: primero en el Lugano Tennis Club y ahora en un Ateneo, cerca de la casa familiar en el barrio de Liniers. Bárbara peleaba duro por su carrera. Quería ser periodista deportiva. Hasta repartió volantes en Ituzaingó, por cinco pesos al día, porque la plata no alcanzaba para pagarse los estudios. Pero la suerte había cambiado a su favor. Su mamá, Beatriz, (catequista y colaboradora con la iglesia San Enrique y con Cáritas) le consiguió la ayuda necesaria para terminar el ingreso a Ciencias de la Comunicación en la UCA. Y le estaba gestionando una beca para empezar el primer año. El 30, los dos hermanos fueron juntos a Cromañón. Darío murió esa misma noche y Bárbara este último viernes. Mientras la cuidaba, Ariel, "guardabosque" de toda la vida, le dijo a su papá: "Si sale de ésta yo mismo le consigo un novio".




JORGE PEREIRA (20 AÑOS)



Es un fanatismo que contagia el de Callejeros. Hasta a la mamá y la sobrinita de dos años, que ahora pregunta todo el tiempo por él. La música del grupo era algo más para compartir, como compartían todo con "la vieja" y sus dos hermanos, desde que hace diez años el papá falleció. Con esa unión familiar soñaba Jorge. Una unión que para él iba a tomar la forma de una linda casa que algún día le regalaría a la mamá. Y, mientras se encaminaba ese sueño grande, estaba permitida la dosis diaria de felicidad. Salir, ir a los recitales del grupo, seguirlos por todas partes. Con Nelson, su hermano, habían decidido, apenas salidos del recital en Excursionistas que "sí o sí vamos". La única duda era si Cromañón sí o no: demasiado chico, dijo Jorge alguna vez, demasiado peligroso si a alguien se le ocurre encender una bengala. Pero la idea de juntar la fiesta del rock con las fiestas de fin de año fue más fuerte que cualquier tristeza y Jorge ya no dudó más. Esa tarde Nelson y él se encontraron, en casa, salieron juntos caminando por Muñiz, lleno de amigos y conocidos que saludaron, aquí y allá. Se tomaron el subte, pese al maldito calor, y bajaron en Once.




SEBASTIAN JUÁREZ (27 AÑOS)



Todo por la vieja. Eran trillizos, pero a los tres meses de vida murió Ariel. Quedaron Sebastián y Eduardo, y hasta el pasado 30 de diciembre eran inseparables: ese día sólo había plata para pagar una entrada. "Andá vos" cedió Eduardo. Los músicos de Ojos Locos, el grupo telonero, eran amigos suyos desde siempre. Vida seria la de Sebastián: abandonó la secundaria en segundo año para salir a trabajar tras el divorcio de sus padres. Changueaba vendiendo flores en la esquina de Beiró y General Paz para mantener a la vieja, sin trabajo desde hace cinco años. "Ahora iba a terminar la escuela a la noche; yo había juntado los certificados para anotarlo como me había pedido", dice mamá Cristina. Si los amigos tuvieran precio, Sebastián hubiera sido millonario; tenía cientos. Algunos murieron junto a él, y como él serán recordados con un monumento en la plaza de Versalles. "Cuando vi el desastre por televisión pensé 'si Sebastián está ahí seguro está ayudando'", dice Cristina. Tenía razón: después de haber logrado escapar del humo, su hijo regresó a Cromañón tres veces para ayudar a sacar gente. En la última no salió él.




SERGIO RUIZ (21 AÑOS)



El de la mesa de entradas. Algunos bajan la mirada, otros leen y quedan paralizados: "Se comunica al personal de la casa el fallecimiento del compañero Sergio Ruiz por los sucesos de público conocimiento que enlutan al pueblo argentino. El compañero desarrollaba tareas de atención al público en el hall central". El cartel está pegado en el edificio de Barracas donde trabajan los 196 inspectores de la Ciudad de Buenos Aires. Uno de ellos fue en marzo a controlar las condiciones del boliche ubicado en Bartolomé Mitre al 3000, pero estaba cerrado. No volvió a intentarlo, siguió las actuaciones por vía burocrática. Sergio había empezado a trabajar en esa dependencia del Gobierno en noviembre. Necesitaba plata para arreglar su moto, viajar a la Costa y poder seguir al nuevo Racing del Cholo Simeone. Acababa de cobrar su primer sueldo, de 600 pesos, cuando compró las entradas para el recital de Callejeros. Fue con su hermano Roberto, su primo Carlos y su amigo Federico. Ellos se salvaron. Los amigos prefieren recordarlo por el partidazo que jugó esa tarde en Versalles, con la camiseta que hoy sus padres no pueden soltar.





SERGIO ESCOBAR (23 AÑOS)



El cervecero. Matecito a las cinco de la mañana, una peinada rápida y a trabajar. La rutina de Sergio comenzaba en las silenciosas calles de Ezpeleta y seguía en el supermercado Auchan de Quilmes, donde reponía las frutas y las verduras. Tenía que dejar las góndolas completas antes de las 10, hora de un descanso. Su jornada laboral terminaba a las 14, cuando volvía rápido a jugar con su hijo, Tomás, que lleva un año y medio de vida.

Hace un mes terminó de juntar la plata para comprarle un reloj con cronómetro a Griselda, su hermana, que estudia para profesora de gimnasia. Se lo dio en la fiesta de cumpleaños, el martes 28.

—¿Vamos mañana a ver a Callejeros, que presentan el disco?

—Uhmm, no sé —contestó Sergio— yo voy el jueves.

No era tan fanático del rock, pero sí de Quilmes, el equipo que lo hizo sufrir hasta que volvió a Primera División, luego de infinitos intentos. Rosana, su mujer, preparaba un gran festejo para el Año Nuevo, con toda la parentela, en un salón que está a dos cuadra del nuevo estadio cervecero. Ya estaba la comida y la música. Pero iba a faltar un invitado.




SILVINA RANIERI (20 AÑOS)



Hermosa, apasionada. La confianza en sí misma desbordaba sus ojos llameantes. Extravertida, dueña de un temperamento indómito, Silvina lo expresaba con su bello cuerpo: cantaba, bailaba y estudiaba teatro, además de cursar segundo año de Psicología en la UBA. Siempre se gustó. De niña le divertía maquillarse, peinarse y sacarse fotos; de grande también. Semejante energía vital no floreció entre rosas: su mamá murió cuando tenía 9 años, su papá cuando tenía 15. Un año antes se había mudado junto a su hermano Daniel, que tiene once años más que ella pero parecen cuarenta. Escuchemos su historia. Acunémoslo. "Con Silvina éramos distintos, casi opuestos. Pero uno no podía estar sin el otro. Yo era su tutor, pero a mí, ¿quién me guiaba? Ella me veía como un rompebolas, era el papel que me tocó cumplir. Era fanática del rock nacional, a Callejeros los seguía desde hace tres años. Había ido al recital del martes, y aunque a mí no me gustaban ni el boliche ni la zona entendí que cuando uno sigue a una banda va a todos lados. Yo no viví la adolescencia como ella, no tuve ni salidas ni amigos. Entonces me hacía feliz que ella sí pudiera disfrutarlos".




PEDRO IGLESIAS (19 AÑOS)



Cuerpo sin rumbo. Acababa de terminar el primer año de periodismo en la Universidad Austral. Fue a Cromañón con dos amigos y salió muerto. Pero a su desgracia le siguió otra: el dramático viaje de su familia para encontrarse con su cuerpo, una historia que se repitió en decenas de víctimas, durante la madrugada del 31 de diciembre hasta después del Año Nuevo. El cuerpo de Pedro fue identificado en el hospital Rivadavia horas después del incendio. Hasta allí lo habían llevado en una ambulancia. Y desde allí lo volvieron a trasladar, esta vez hasta la Morgue de la Corte Suprema, donde hicieron una autopsia de resultado cantado: muerte por asfixia. José Antonio, el papá, furioso, reclamaba el cadáver a gritos, pero recién pudo tenerlo treinta horas después, "las más trágicas" para la familia. Al despedirlo, alcanzaron a poner sobre el cajón una camiseta de River, la gran pasión de Pedro, esa que no se suspendía por lluvia ni por nada. Meses atrás, jugando con el destino, había pedido que, cuando muriera, sus cenizas fueran arrojadas en el estadio Monumental. No imaginó que su tiempo iba a llegar tan pronto.




MARCELO TABORDA (28 AÑOS)



Carreras y rock suave. Carreras de autos, eso le gustaba. Había que verlo cuando corría la escudería Chevrolet. Una pasión que, de paso, le daba tela suficiente para tener por qué pelear (sal y pimienta del primer año y medio de convivencia) con su mujer, Silvina, una fanática de Ford. El segundo fanatismo era Independiente, casi una religión. De Callejeros, en cambio, tenía apenas un CD, el primero, que le parecía un rock suave y tranquilo. Pero en Navidad alguien habló del recital de Callejeros, y ahí nomás puso la plata para ir. Una cita familiera que incluía a su hermana y sus dos primas, y a la que estuvieron a punto de faltar porque Silvina puso algunos peros de último momento (tanto cansancio, calor). Marcelo, que desde que se conocieron haciendo el CBC jamás dejó de acompañarla, no se merecía el desplante. Así que su mujer no lo decepcionó y por amor, por alegrarlo, se duchó y se cambió para ir. Subieron al auto, charlando, para encontrarse con las chicas en la puerta, abrazarse, hacer chistes de último momento. Después la noche se oscureció demasiado. Empujó a Silvina hasta la puerta, pero él se quedó sin fuerzas. Las carreras, las peleas en chiste, la pasión por Independiente, de pronto se apagaron.




FERNANDA ROJAS (18 AÑOS)



Dormir entre ángeles. Hay dos amurados a la pared, varios en la repisa, quién sabe cuántos por el aire. La pieza de Fernanda está llena de ángeles. También hay duendes, pero ella prefería a sus amigos alados. Hizo pintar el cuarto de azul, para que no extrañaran el cielo.

Fernanda estudiaba cosmetología, una carrera con buena perspectiva laboral: siempre hay cumpleaños de 15, casamientos o alguna suegra necesitada de un retoque, fue lo que pensó.

Coleccionaba aritos, de todos colores y tamaños. Nunca retomó sus habilidades como patinadora artística y nadadora, dos atributos de su infancia en la localidad de Florida, del norte bonaerense.

Con su hermana Sabrina, de 22 años, charlaba hasta tarde. Hablaban de chicos, de música, de proyectos. Los ángeles testigos, siempre discretos, cultivaban el disimulo.

Hace ocho meses habían sumado una compañera a sus conversaciones de trasnoche: Bernarda, una perra dálmata, invasora de cuartos, destructora de todo a su paso.

En el relato de los familiares no aparece el episodio de la muerte. Prefieren creer que Fernanda duerme entre ángeles.




SEBASTIAN FERNÁNDEZ (19 AÑOS)



Los goles de Sebita. Se iba a acostar recordando las imágenes de sus goles. Un toquecito por arriba del arquero, un derechazo en comba, la fortuna de un rebote. Cuando el sueño se hacía más profundo, el escenario del potrero desaparecía y la secuencia se trasladaba a la cancha de Racing. "Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, los goles de Sebita, que ya van a venir", escuchaba con los ojos cerrados y la oreja en la almohada. Con los amigos, Sebastián imitaba los desbordes entreverados de Lisandro López. Era fana, fana. Hasta se tatuó el escudo de la Academia en un brazo, a prueba de removedores.

Vivía en Gerli, pero imaginaba su futuro en Quilmes, donde está la farmacia de Alejandro, su papá. Le copió la vocación, pero de la madre, Beatriz, copió la ternura. Abrazos a los amigos, caricias a Gonzalo y Flavia, sus hermanos, mimos a su novia. Necesitaba el contacto, por eso se tatuó en la piel las iniciales de sus seres queridos. En su casa de Gerli suenan estos días los discos de Pier y de La Renga. Así lo sienten más cerca.




JULIÁN ROZENGARDT (18 AÑOS)



Lector y rebelde. Comprometido, fuerte y ancho, algo cabeza dura y entusiasta al mango con cada cosa que se proponía. Leía mucho Julián. Lo último fue Gramsci, pero también le pedía a su abuelo "lo mejor de Lenin". Se había tatuado una estrella roja en homenaje al Che Guevara. Julián también practicaba con pasión el básquet y el fútbol. Cuestionaba todo, algo bien de su personalidad: la Iglesia, la Justicia, el colegio que acababa de terminar y hasta la familia, todo era un motivo para discutir y luchar, para enojarse y reclamar que todo cambie, que se podía estar mejor. Así lo recordarán sus vecinos de El Palomar, sus amigos y primos que fueron corriendo a su cuarto para encontrarse con sus cosas, su papá, Rodolfo, su mamá, Silvia, su tío Daniel, que grita que lo quiere como a un hijo. Su entierro fue de los más concurridos. Cientos de corazones para despedir al pibe de la barra, al muchacho que nunca faltaba al club, que amaba los tractores, a ese fan de la música que buscaba bandas populares para escuchar y no sólo oír lo que decían. Los domingos, sin falta, se lo encontraba en la casa de los abuelos.




DIANA NOBOA (15 AÑOS)



La primera flor. Las hermanas Noboa fueron las protagonistas exclusivas de las primeras historias de vida que publicó Clarín luego de las crónicas duras y las cifras iniciales de la tragedia del Once. Lucía se salvó. Cecilia sobrevivió apenas un día. Y Daiana fue la primera en morir.

Era la preferida de Margarita, su mamá. Y para los chicos del barrio era la más linda de las tres, la estrella con mayor resplandor.

Quería ser veterinaria, para atender a sus cuatro perros y a sus dos gatos, pero también para darle forma a su recién asomada vocación. Pasaba al segundo año del Polimodal.

Era la primera vez que iba a un recital de Callejeros.

Tenía sueños modestos, como todos los que recorrieron estas páginas. Murió asfixiada, sin rescate, sin revancha.

Ahora vive de otra forma, en la sonrisa de un amigo, en el rezo de sus padres, en el recuerdo doloroso de un país.

Y si es así, si es cierto que vivirá mientras alguien la recuerde, habrá que acordarse de ella el 5 de febrero, porque cumplirá 16.




MACARENA CWIERZ (4 AÑOS)



Una princesa mandona. No debió ser Macarena. Al menos para su papá, Sebastián, convencido de que la panza de Paola escondía un varón. Claro, la desilusión se acabó tras verla sonreír, con esos pocitos en los cachetes con que derretía a todos. "Se sientan y se callan la boca", repetía ella, probando si el reto de su maestra en el jardín tenía la misma eficacia en casa. Con su colección de muñecas le salía bien: ninguna se rebeló ante las sesiones de peinado o paseos por el living, que jamás la encontraban desarreglada. Amaba vestirse de princesa y maquillarse hasta el cuello. Y seguir a papá a todos lados. Incluidos los recitales.




GASTÓN AMAYA (10 AÑOS)



Mimado y callejero. Sobre la camita quedó el anotador con su último dibujo: la tapa de un disco de Callejeros. Sobrino de uno de los encargados de seguridad de la banda, Gastón llevaba un año yendo a recitales, seduciendo a los grandes con sus cuentos de nene que está en todo: hacía taekwondo, le gustaba ir al taller de su papá, Eduardo, se quería teñir el pelo de rojo y convencer a su mamá, Elsa, para que también lo haga. Iba a pasar al 5º grado del Instituto Isidro Casanova. Y hoy tenía que empezar natación en el club de su barrio.




GUSTAVO ZERPA (6 AÑOS)



El debut. ¿Cuándo voy a ir, papá? Hacía tiempo que Gusti le pedía a Gabriel que lo llevara a un recital de Callejeros. El papá trabaja en la seguridad del grupo y ya llevaba a su sobrino, Gonzalo Amaya. Pero con Gusti tenía reparos porque era muy chiquito. No sólo por sus seis años. Gusti parecía un pollito, flaquito, tan frágil. Le gustaban los Power Rangers y jugaba a la pelota en la sociedad de fomento de Isidro Casanova. Cuando empezó el incendio estaba en el VIP, para invitados especiales. Demasiado lejos de la puerta.




NICOLÁS FLORES (4 AÑOS)



Drama y misterio. Su mamá, de 23 años, murió en el recital y él no aparece. La suerte corrida por Nicolás Flores es el gran misterio de la tragedia de Once. Romina lo llevó al boliche, pero nadie sabe lo que pasó después. Algunas personas aseguran haberlo visto, pero no dan precisiones. Había cumplido cuatro años el 15 de diciembre. Le gustaba bailar cumbias. Siempre se lo veía alegre y conversador. Nació en la localidad de Bosques y su abuela, Stella Maris, hoy lo busca con desesperación.




LAUTARO BLANCO (13 AÑOS)



Siempre tenía la última palabra: si lo dejaban hablar convencía a cualquiera. Dudaba poco, quizá muy poco. Así, con esa determinación, decidió que quería ser arquero. Jugó para la Asociación Atlética Primera Junta, Sportivo Barracas y el club Los Pibes, y lo seleccionaron para jugar en Boca. Pero no se bancó el trato frío y riguroso que le daban. Porque, para exigente, nadie como él: pocas cosas lo lastimaban más que perder, a cualquier cosa, ante cualquiera. Una vez cambió la camiseta de Boca por la de Vélez, encandilado por la campaña de Carlos Bianchi. "Pero después me pidió permiso para volver a ser de Boca, que había empezado a ganar todo", recuerda Carlos, su papá. Lauti acababa de terminar el primer año de la secundaria, y como desde chiquito le gustaba el rock —su máximo ídolo era León Gieco— había logrado que sus viejos lo acompañaran a muchos recitales, junto a sus hermanos Mailín, Martín y Malena, y a sus primos. "Comprobamos que en los shows hay una onda de mucha hermandad", advierte mamá Mercedes. Con Andrés, Droopy y Guido hicieron una gran bandera para llevar a Cromañón. También trabajó Mailín, que con 16 años hoy pelea por su vida en el Hospital Italiano.




SEBASTIAN BONOMINI (21 AÑOS)



Gorrión de la calle. A Sebastián no le gustaba nada estar encerrado. Había pasado como una exhalación por las aulas de Medicina y decidió que los planes a largo plazo no eran para él. Amigos, gimnasio, armar una computadora para su hermano o poner el sueldo a disposición de la familia, cada mes: eso era lo suyo. Además de Boca y la música, por supuesto. Y un ritual: comer en casa, tratando de evitar que "la vieja" trabajara de más. Intento inútil pero amoroso: ella siempre iba a tratar de esperarlo con algo rico para comer. Como esa última noche, en que "Seba" terminó de trabajar en el centro de fotocopiado a las siete y volvió a casa, a encontrarse con "el Ruso Ariel", su amigo del alma, que había nacido el mismo día que él. Y que lo esperaba con el auto en la puerta y una chica en el asiento de atrás. Una vez más, por última vez, el ritual familiar se repitió cuando "Seba" fue a cruzarse con su madre que llegaba, compras en mano y con la pregunta de siempre: "¿Te espero a comer?" El sonrió, y subiendo al auto rumbo a Cromañón respondió: "No, mami, no me esperes. Esta noche va a ser la más larga del mundo. Eterna, va a ser".



ERIKA BROGGI (19 AÑOS)



Estoy en un ciber, en un pequeño pueblo turistico de cordoba a 700 kilometros de casa, trabajando en lo que queria desde hace tiempo...puse un negocio de venta de cosas relacionadas al rock, un comercio al cual lo habiamos diagramado con erika..es una lastima que ella no pueda estar trabajando codo a codo conmigo y mi novia, tal como lo habiamos pensado tantas veces.

Solo un afiche con sus fotos y un par de frases hay, que nombren a ella.

Quiero contarles un poco lo que viví esa maldita noche.

Esta vez yo no fuí al recital, este año ya los habia visto muchas veces, inclusive viajado hasta Cordoba para seguirlos, pero esta vez no queria ir. Cuando a las 11 y media de la noche veo en la tele que se habia incendiado un boliche y habia 6 muertos, un escalofrio infernal me recorrio el cuerpo...ahí me di cuenta que me habian llamando al celular desde un telefono del barrio de once y enseguida pense que mi novia podia ser una de esas victimas, ya que ella con varios de mis amigos estaban alli. Por suerte al rato me enteré que ella estaba bien, al igual que la mayoria de mis amigos, pero Erika no habia aparecido todavia y a la hermana de Erika la habian encontrado tirada en las afueras de cromagñon inconciente, y ahora estaba en el fernandez peliandola. Enseguida me fui para cromagñon en el auto y empezamos a recorrer hospitales, asi estuve desde las 12 de la noche hasta las 4 de la mañana........era un caos todos los hospitales, gente tirada en los pasillos, con tubos de oxigenos desparramados, gente agolpandose contra los mostradores gritando nombres de familiares y conocidos, todo era un caos y Erika Broggi no aparecia en ningun lado....en realidad en casi ningun hospital a esa hora tenian informacion concreta y cuando decias el apellido, los doctores memorizaban si habian atendido a alguien así.....nosotros teniamos la esperanza que Erika estaba desmayada y no hayan podido identificarla con nombre ya que no llevaba documentos..

..ibamos en el auto a todo lo que da por las calles silenciosas de Bs As recorriendo hospitales con una angustia terrible escuchando la radio am para enterarnos de novedades, los muertos aumentaban y empezaban a dar algunos nombres......el silencio era aterrador, no queriamos escuchar los nombres y despues de escucharlos respirabamos aliviados porque Erika no estaba. En el instituto del quemado fue el primer lugar donde nos trataron mal, no nos dejaban entrar ni nos respondian ante la insistencia de algun informe. Un policia nos informo que en el Same iba a estar la infomacion de los heridos y allí fuimos eramos como 7 autos todos buscando datos, cruzando semaforos para llegar al Same y nos dijieran que no tenian idea de nada..que esperemos un rato las novedades.

Al fin nos dijieron que llamemos al 112 creo y que nos teniamos que ir a defensa civil, que ahí iban a dar la informacion de todo, eran como las 4 casi cuando partimos todos para defensa civil ya habia como 30 autos, todos cansados de ir de hospital en hospital, todos sin dormir, muchos habian estado adentro de cromagñon y no tenian zapatillas, otros no tenian remeras, era un caos....en defensa civil otra vez el silencio nadie sabia nada, al 112 no contestaba nadie, ni a ningun numero de todos los que llamamos, un familiar con la radio encendida dijo que en una sede del gobierno iban a dar la informacion, entonces de nuevo a la carrera para llegar y ver si Erika y tantos otros estaban en alguna lista.

Nos juntamos varios amigos que habian estado buscando en otros autos en otros hospitales a eri y esperamos las noticias, estabamos terceros en la fila ya empezaba a hacerse de dia....al rato se lleno de gente, habia mas de 500 personas y las listas no aparecian, seguian la peleas entre familiares que no querian hacer fila, todo era un desastre, en eso lo vimos a pato vestido solo con un pantalon, desconcertado totalmente, vino a preguntarnos si estabamos todos bien y cuando se entero que $Erika no aparecia puso un grito en el cielo y otros 2 que estaban con el se lo llevaron (erika como otros de mis amigos seguian a callejeros desde sus comienzos en el 99 y eran amigos de la banda) al fin dieron la lista interminable, desde un patrullero en medio de la calle por un megafono y la gente, se desmayaba, lloraba, pateaba, otros (los minimos) festejaban porque sus familiares estaban internados y no muertos. tuvimos que tomar la decision de empezar a recorrer de nuevo los hospitales pero ahora a las morgues, para verificar que Erika no estaba allí y si que estaba en terapia intensiva sin ser reconocida, pero lamentablemente no fue así.

En el primer hospital que entramos habian improvisado en un pasillo el deposito de cuerpos, al pasilll lo dividia en dos una mampara improvisada de un metro ochenta de alto y todos espiaban por arriba a ver si veian al cuerpo del familiar. hicimos la fila, habia como 8 o nueve adelante, pasaban uno por familiar y los hacian pasar de a dos por vez...cuando estabamos por entrar el colo empezo a gritar, "la vi, la vi" está acá.

Al final entró junto a la enfermera, abrieron las bolsas de todos los cuerpos y Eri no estaba. nos vamos matando para otro hospital, los nervios, el sol, el hambre, la desesperacion, las escenas que habiamos vivido ese dia nos estaban matando.

Recibimos por celular la noticia de que en un segundo hospital otros amigos habian entrado a la morgue y que tampoco estaba y que katy(la hermana) estaba fuera de peligro.

ERan noticias alentadoras, no estaba el cuerpo ni en cromagñon, ni en 2 hospitales, solo faltaban 5 hospitales mas.

Cuando llegamos al tercero nos dicen que solo habia 2 cuerpos femeninos, pensamos que era imposible que este ahí, cuando entramos a la morgue escuchamos que a la persona que estaba reconociendo cuerpos adelante nuestro le preguntan si buscan a una chica con tatuaje de racing en la espalda......fue el peor golpe detodos....Erika tenia ese tatuaje..Erika estaba alli, envuelta en la maldita bolsa negra.




ARIEL MALENOVSKY (24 AÑOS)



Nació el 22 de junio de 1980. Un pibe ejemplar, extremadamente cariñoso, de buena familia, trabajador, fiel incondicional para todos sus amigos.



Apasionado por el fútbol, San Lorenzo el equipo de su corazón al que seguía ganara o perdierse. Por supuesto fanático total de Callejeros desde la primera hora.



Todos los que lo conocieron coincidieron en lo buena persona que era y en lo que Ariel dejó como enseñanza de vida dándo amor sobre todas las cosas.




LEANDRO MIGLIARO (20 AÑOS)




Abril de 2005.-

Querido Leandro:

Me animo a decirte que ya sos “querido” para mí, porque a partir de tu ausencia, triste, lamentable e injusta, he aprendido a quererte. Cuánta impotencia que da ver que tanta gente joven ha zucumbido frente a reiterados y oscuros mecanismos de corrupción, porque el final que tuvimos no fue más que el final que -frente a tanta coima, arreglo y mirar hacia otro lado- se venía anunciando.-

Cómo permanecer inmune a tanto dolor, fuera de tanta rabia, lejos del desgarro que significa tu ausencia y la ausencia de tantos chicos que –como vos- tuvieron como único pecado ser jóvenes, demasiado jóvenes para ser concientes que era justamente esa corrupción que vemos pasar inadvertidamente por al lado nuestro a diario, el verdugo que en un instante segó tantas vidas, truncó tantos sueños.

Esa NOCHE se robó hijos, hermanos, padres, novios, esposos, amigos, alumnos, conocidos, familiares de amigos, al mozo que te servía el café, a la chica la vuelta, al vecino de enfrente, al muchacho de abajo, al compañero de trabajo, a la chica del kiosco, a los cajeros del supermercado, a la compañera de la facu, a esos chicos del colegio. A todos nos envolvió de alguna manera –más cercana o más lejana- ese humo negro y sofocante que, desde entonces, nubla la mirada y desborda los ojos en forma de lágrimas.-

Un segundo. Ese fue el tiempo necesario para que la indiferencia, el mirar para otro lado, el no te metás, el eterno “el sistema es así”, convirtiera la música (que por los oidos de los que estaban allí, ingresaba al cuerpo y se dirigía directo al corazón) en un solo grito desgarrador, en un mar de lágrimas sacadas a borbotones por el humo penetrante y avasallador.

Cómo conjugar tu sonrisa noble y tu mirada de tipo bueno, (pero inerte) en el pecho de Marta, tu mamá, que cada día treinta abraza tu foto, como si en ese abrazo quisiera asirse a vos y no dejarte ir, como si desafiara al destino que te robó de su lado y en ese abrazo insuflara vida a tu ausencia.-

Cómo puede un ser tan pequeño como ella, cargar con tanta entereza el peso de tu partida en sus hombros y seguir adelante. Probablemente su consuelo estará en saber que estás con tu viejo, con tu abuelo y tu tío allá arriba.-

Durante diecinueve años ella fue el ángel que te protegió acá en la tierra, que no dejó que los abatares de su vida pudieran con ella, porque su hijo, su único tesoro, la necesitaba y debía estar fuerte para su retoño. DIOS quiso que hoy te toque a vos convertirte en su Angel protector. Te toca una dura misión, porque no será fácil para tu madre, pero con la luz que desde el más dulce y acogedor de los recuerdos puedas brindarle, saldrá adelante, porque ella sabe que la recompensa a tanto dolor será grande el día que el SEÑOR la llame a reunirse con vos y pueda estrecharte nuevamente entre sus brazos.-

Tan pequeña físicamente y sin embargo tan grande. Evidentemente Marta es un ser especial al que DIOS dotó de una fortaleza especial. La admiro, la respeto, la quiero y a través de ella aprendí a quererte a vos, porque aunque no te conocí en vida, te conozco desde el recuerdo de tu madre.

Cada treinta, rezo una pequeña oración por vos y por las demás víctimas, por Marta y por los demás padres y no puedo evitar envolver a mis hijos en un abrazo profundo y prolongado, como tantas veces te habrá abrazado tu vieja a vos... y tengo miedo... Pero sé, también, que en algún momento tendré que soltarles la mano para que comiencen a andar sus propios caminos, rogando a Dios que hayamos aprendido algo.-

Un abrazo. NINO





EMILIANO RIGHI (17 AÑOS)



CARTAS AL PAIS. DIARIO CLARÍN 11-02-05



“Lloro mientras escribo”

Cada día, cada hora, me enfermo más y más. No encuentro paz en mi interior, a pesar que salí a pelear por la vida que le quitaron a mi hijo. Todavía no puedo con mi duelo interno y menos puedo con los enredos políticos, judiciales y leyes que promulgan para que puedan quedar en libertad asesinos y corruptos.

Cuando escribo esta carta, miro la foto de mi hijo Emiliano, que tenia 17 años , muerto por la falta de aplicación de normas, corrupción, falta de escrúpulos, negligencia y abandono de persona en el lugar del accidente, en Cromañón. Hoy no puedo explicar lo ocurrido a dos de mis hijos (8 y 10 años) el último tiene un año y medio.

Hasta hace poco tiempo, yo lo iba a buscar a Emiliano a la salida de la escuela. Teníamos un control casi estricto de sus salidas, siempre nos decía dónde estaba, adonde quería ir. Esa cámara de la muerte era su primer recital.

Cuando Emiliano terminó séptimo grado como abanderado, no lo dejamos ir al viaje de egresados por las cosas que estaban pasando. Ahora me pregunto “¿por qué? y ¿para qué?” .

Estoy escribiendo, llorando, esperando que entre mi hijo y me diga “Hola, pá” , con esa sonrisa que él tenía .

Gran parte de la sociedad no lo entiende, el presidente mantiene su silencio, el Gobierno de la Ciudad explica ante la Legislatura su gestión, lo Legisladores hacen preguntas sin contenido , y los pocos que piden explicaciones tienen respuestas estudiadas.

Los que mataron a mi hijo están libres, y puede que sean beneficiados por la reforma del Código Penal.
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