¡Devuélveme mi puto chiste! O por qué todo el mundo odia a The Fat Jew, el rey del humor (robado)
El mundo de la comedia se rebela contra el penúltimo fenómeno del humor viral
¿Alguna vez te has preguntado a quién le debes tu sentido del humor? Pues igual va siendo hora de que te lo preguntes...
Hace unas semanas, Robert Kaseberg —comediante desconocido— logró sus 15 minutos de gloria al acusar a Conan O'Brien —uno de los presentadores de late night más populares de EEUU— de haber robado algunos de sus chistes. Él los había colgado en su blog o lanzado a través de Twitter, y O'Brien, o alguien de su equipo de guionistas, los habría tomado prestados para su late night.
¿Que cómo respondió el entorno de O'Brien?
O sea: “¡No es posible que dos personas distintas puedan llegar a la vez a tener estas percepciones-tan-elevadoras-para-la-humanidad! ¡SON OCURRENCIAS DEMASIADO BUENAS!?”. Todo sarcasmo.
La cosa quedó al final en nada, pero lo cierto es que la red de microblogging está procediendo a borrar tuits que considera hurtados. Es decir, ocurrencias tuiteadas por alguien, que luego otra persona postea como propias sin citar al autor original.
Cualquiera puede solicitar el borrado del un tuit aludiendo a cuestiones de copyright si rellena un sencillo formulario. Si los operarios de Twitter que evalúan cada caso consideran que la queja está justificada, esto es lo que pasa:
http://easycaptures.com/fs/uploaded/934/6200228161.png
"Twitter está haciendo los deberes, y otros deberían hacer lo mismo", piensan algunos en los corrillos dedicados a la ocurrencia jocosa. Y la culpa de ese creciente runrún la tiene, fundamentalmente, un hombre: Josh Ostrovsky.
¿Que no te suena de nada ese nombre? Espera. ¿Y si te decimos @TheFatJewish? Puede que ahora sí, pues él vuelve a ser la diana de los apóstoles del humor con copyright.
El plagiarismo como profesión
The Fat Jew ha construido su imperio de la risa alrededor de Instagram. Su perfil en la red social convoca a más de cinco millones y medio de seguidores. Es gente que está ahí por los memes, por los chistes, por las agudezas... El problema es que esas ocurrencias que casi nunca salen de la chistera de Ostrovsky.
El Instagram del judío orondo funciona como un agregador glotón que pica de todo. Es un gran álbum de cromos en el que Ostrovsky va pegando aquellas cosas risibles que se encuentra mientras hace zapping por internet. Y lo hace con tal descaro que la gente empieza a estar muy harta de él. Sobre todo a medida que The Fat Jew va sumando ceros a su cuenta corriente gracias al uso que hace de la inventiva ajena.
Pantallazo, photoshop para recortar aquella zona de la imagen en la que pueda aparecer alguna referencia al sitio o al autor del que está tomando prestado, y listo. Ese es su método
Cuando hablamos de comedia en vivo, el problema del plagio es difícil de delimitar. Si la enunciación de dos chistes no es exactamente igual, ¿cómo puede alguien probar que uno de esos chistes es la repetición del otro? En el caso de The Fat Jew todo es más palmario, porque el hombre ni siquiera se toma la molestia de modificar en lo más mínimo aquellas bromas que toma prestadas.
Corta-pega y al feed propio. O pantallazo, photoshop para recortar intencionadamente aquella zona de la imagen en la que pueda aparecer alguna referencia al sitio o al autor del que está tomando prestado, y listo.
Ese es su método. Ese es su mérito. Sobran las pruebas.
Así, a base de llenar su canal con las ocurrencias de otros, The Fat Jew se ha convertido en una especie de icono cultural, un mago del "lavado de chistes" y la ciber-risa que se está haciendo de oro. Y no hablamos sólo de los varios miles de dólares que puede llegar a cobrar cada vez que promociona un producto en alguno de sus posts. Su "marca personal" empieza a expandirse más allá de las redes sociales.
Comedy Central le encargó un episodio piloto para un proyecto que al final no se hará realidad. En julio Ostrovsky firmó con One Management Agency —la agencia que se ocupa de los asuntos de Bar Refaeli o Karolina Kurkova— para ejercer como modelo. Recientemente también lanzó su propia marca de vinos (White Girl Rosé), prepara su debut como empresario de la moda en la New York Fashion Week y en octubre llegará su primer libro, Money Pizza Respect, a través de Grand Central Publishing. Además, el comediante acaba de firmar un contrato con la agencia de talentos CAA —una de las más poderosas de la industria del entretenimiento— para que le represente, con la vista puesta en la gran pantalla.
Alguna gente dice, haz una cosa y hazla bien. Yo digo, haz muchas cosas y hazlas todas de manera mediocre
En cierto modo, su trato con CAA se puede percibir como un síntoma irónico de la falta de originalidad que reina en Hollywood. Pero las noticias no han hecho sino avivar la ola de críticas que The Fat Jew viene soportando desde hace años.
El gremio de la comedia le odia, y él de cuando en cuando sale a defenderse con argumentos tan peregrinos como el que sigue. El tipo, queda claro, tiene sentido del humor.
El trabajo de Ostrovsky como 'curator' de chistes en Instagram puede parecer inofensivo a ojos de cualquiera que sólo busque echarse unas risas, pero para los profesionales de la comedia es un ultraje, un robo. En realidad, para cualquier creador de contenidos. Porque en el fondo el debate no va tanto de chistes como de propiedad intelectual en la Internet del todo gratis.
La gente se pregunta: ¿No debería Instagram borrar un perfil como el de Fat Jew? ¿No deberían las redes sociales posicionarse en contra de la gente que construye carreras alrededor de agregar —o plagiar, cuando son sin atribución— las ocurrencias de otros?
En la era de la gratificación instantánea, lo importante no es quién lo ha creado, sino quién lo comparte
Fat Jew esquiva los golpes sugiriendo que la agregación y el reposteo son prácticas consustanciales a Internet, y la verdad es que no le falta razón. Porque, ¿qué son Facebook o Twitter si no meros agregadores que se benefician de los contenidos que crean —creamos— otros?
La realidad es que, en Internet, un post popular acaba siempre propagándose de tal manera que, después de un tiempo, la idea de quién lo ha creado en un primer momento deja de ser relevante. Simplemente, existe. Lo importante no es quién lo haya creado, sino quién lo comparte, dónde se lo encuentra uno.
De momento no parece que la vida de The Fat Jew se vaya a ver muy afectada por la polémica. Es cierto que en los últimos tiempos ha empezado a acreditar con un mayor frecuencia las fuentes de las que pica, pero las críticas las sigue despachando o con silencio o socarronería, como ha hecho siempre. Quizás porque, en el fondo, su juego no es el del humor, sino el de la fama.
Como comentaba en una reciente entrevista con The Hollywood Reporter: " Quiero ser incómodamente famoso, desarrollar un intenso problema de drogas, perder el control y rodearme de gente que sólo me quiere para usarme, mientras simultáneamente alieno a la gente que realmente me quiere y se preocupa por mí".
Ha...ha.
¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre tan absurda! (Groucho Marx)
El mundo de la comedia se rebela contra el penúltimo fenómeno del humor viral
¿Alguna vez te has preguntado a quién le debes tu sentido del humor? Pues igual va siendo hora de que te lo preguntes...
Hace unas semanas, Robert Kaseberg —comediante desconocido— logró sus 15 minutos de gloria al acusar a Conan O'Brien —uno de los presentadores de late night más populares de EEUU— de haber robado algunos de sus chistes. Él los había colgado en su blog o lanzado a través de Twitter, y O'Brien, o alguien de su equipo de guionistas, los habría tomado prestados para su late night.
¿Que cómo respondió el entorno de O'Brien?
O sea: “¡No es posible que dos personas distintas puedan llegar a la vez a tener estas percepciones-tan-elevadoras-para-la-humanidad! ¡SON OCURRENCIAS DEMASIADO BUENAS!?”. Todo sarcasmo.
La cosa quedó al final en nada, pero lo cierto es que la red de microblogging está procediendo a borrar tuits que considera hurtados. Es decir, ocurrencias tuiteadas por alguien, que luego otra persona postea como propias sin citar al autor original.
Cualquiera puede solicitar el borrado del un tuit aludiendo a cuestiones de copyright si rellena un sencillo formulario. Si los operarios de Twitter que evalúan cada caso consideran que la queja está justificada, esto es lo que pasa:
http://easycaptures.com/fs/uploaded/934/6200228161.png
"Twitter está haciendo los deberes, y otros deberían hacer lo mismo", piensan algunos en los corrillos dedicados a la ocurrencia jocosa. Y la culpa de ese creciente runrún la tiene, fundamentalmente, un hombre: Josh Ostrovsky.
¿Que no te suena de nada ese nombre? Espera. ¿Y si te decimos @TheFatJewish? Puede que ahora sí, pues él vuelve a ser la diana de los apóstoles del humor con copyright.
El plagiarismo como profesión
The Fat Jew ha construido su imperio de la risa alrededor de Instagram. Su perfil en la red social convoca a más de cinco millones y medio de seguidores. Es gente que está ahí por los memes, por los chistes, por las agudezas... El problema es que esas ocurrencias que casi nunca salen de la chistera de Ostrovsky.
El Instagram del judío orondo funciona como un agregador glotón que pica de todo. Es un gran álbum de cromos en el que Ostrovsky va pegando aquellas cosas risibles que se encuentra mientras hace zapping por internet. Y lo hace con tal descaro que la gente empieza a estar muy harta de él. Sobre todo a medida que The Fat Jew va sumando ceros a su cuenta corriente gracias al uso que hace de la inventiva ajena.
Pantallazo, photoshop para recortar aquella zona de la imagen en la que pueda aparecer alguna referencia al sitio o al autor del que está tomando prestado, y listo. Ese es su método
Cuando hablamos de comedia en vivo, el problema del plagio es difícil de delimitar. Si la enunciación de dos chistes no es exactamente igual, ¿cómo puede alguien probar que uno de esos chistes es la repetición del otro? En el caso de The Fat Jew todo es más palmario, porque el hombre ni siquiera se toma la molestia de modificar en lo más mínimo aquellas bromas que toma prestadas.
Corta-pega y al feed propio. O pantallazo, photoshop para recortar intencionadamente aquella zona de la imagen en la que pueda aparecer alguna referencia al sitio o al autor del que está tomando prestado, y listo.
Ese es su método. Ese es su mérito. Sobran las pruebas.
Así, a base de llenar su canal con las ocurrencias de otros, The Fat Jew se ha convertido en una especie de icono cultural, un mago del "lavado de chistes" y la ciber-risa que se está haciendo de oro. Y no hablamos sólo de los varios miles de dólares que puede llegar a cobrar cada vez que promociona un producto en alguno de sus posts. Su "marca personal" empieza a expandirse más allá de las redes sociales.
Comedy Central le encargó un episodio piloto para un proyecto que al final no se hará realidad. En julio Ostrovsky firmó con One Management Agency —la agencia que se ocupa de los asuntos de Bar Refaeli o Karolina Kurkova— para ejercer como modelo. Recientemente también lanzó su propia marca de vinos (White Girl Rosé), prepara su debut como empresario de la moda en la New York Fashion Week y en octubre llegará su primer libro, Money Pizza Respect, a través de Grand Central Publishing. Además, el comediante acaba de firmar un contrato con la agencia de talentos CAA —una de las más poderosas de la industria del entretenimiento— para que le represente, con la vista puesta en la gran pantalla.
Alguna gente dice, haz una cosa y hazla bien. Yo digo, haz muchas cosas y hazlas todas de manera mediocre
En cierto modo, su trato con CAA se puede percibir como un síntoma irónico de la falta de originalidad que reina en Hollywood. Pero las noticias no han hecho sino avivar la ola de críticas que The Fat Jew viene soportando desde hace años.
El gremio de la comedia le odia, y él de cuando en cuando sale a defenderse con argumentos tan peregrinos como el que sigue. El tipo, queda claro, tiene sentido del humor.
El trabajo de Ostrovsky como 'curator' de chistes en Instagram puede parecer inofensivo a ojos de cualquiera que sólo busque echarse unas risas, pero para los profesionales de la comedia es un ultraje, un robo. En realidad, para cualquier creador de contenidos. Porque en el fondo el debate no va tanto de chistes como de propiedad intelectual en la Internet del todo gratis.
La gente se pregunta: ¿No debería Instagram borrar un perfil como el de Fat Jew? ¿No deberían las redes sociales posicionarse en contra de la gente que construye carreras alrededor de agregar —o plagiar, cuando son sin atribución— las ocurrencias de otros?
En la era de la gratificación instantánea, lo importante no es quién lo ha creado, sino quién lo comparte
Fat Jew esquiva los golpes sugiriendo que la agregación y el reposteo son prácticas consustanciales a Internet, y la verdad es que no le falta razón. Porque, ¿qué son Facebook o Twitter si no meros agregadores que se benefician de los contenidos que crean —creamos— otros?
La realidad es que, en Internet, un post popular acaba siempre propagándose de tal manera que, después de un tiempo, la idea de quién lo ha creado en un primer momento deja de ser relevante. Simplemente, existe. Lo importante no es quién lo haya creado, sino quién lo comparte, dónde se lo encuentra uno.
De momento no parece que la vida de The Fat Jew se vaya a ver muy afectada por la polémica. Es cierto que en los últimos tiempos ha empezado a acreditar con un mayor frecuencia las fuentes de las que pica, pero las críticas las sigue despachando o con silencio o socarronería, como ha hecho siempre. Quizás porque, en el fondo, su juego no es el del humor, sino el de la fama.
Como comentaba en una reciente entrevista con The Hollywood Reporter: " Quiero ser incómodamente famoso, desarrollar un intenso problema de drogas, perder el control y rodearme de gente que sólo me quiere para usarme, mientras simultáneamente alieno a la gente que realmente me quiere y se preocupa por mí".
Ha...ha.
¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre tan absurda! (Groucho Marx)