Algunso hombres se hacen estas preguntas sobre como seducir a las mujeres feministas: “Si no podemos acercarnos, ¿cómo hacemos para seducir a una mujer sin caer en el machismo?”, “Si hablar con una mujer es ya tachado de machista, ¿cómo vamos a tener relaciones? Nos extinguiríamos”.
Lo cierto, es que las personas que se involucran en la lucha feminista, no tienen necesariamente que tener un manual con pautas que solucionen los problemas de seducción de los hombres o como por ejemplo ¿Cómo han conseguido las mujeres ligar sin caer en el ‘hembrismo’? (lo contrario del machismo)
Entiendo que muchos duden ahora sobre la seducción, ya que han crecido en un mundo donde les han enseñado que las cosas son así: ellos tienen que acercarse a la mujer que elijan y ellas se sentirán halagadas y agradecidas. Independientemente del resultado final del acercamiento, el acto en sí no es reprobable. Pero entonces leen o escuchan a mujeres quejarse de que esto no siempre les gusta y de que no quieren que sea así. Y el castillo de naipes que han ido construyendo desde la adolescencia con problemas de estructura empieza a tambalearse. Pánico.
Necesitan un nuevo as bajo la manga para parchear el castillo, porque soplar y echarlo abajo da miedo: significa desprenderse de uno de esos privilegios que tienen por el hecho de ser hombres, por no hablar de que habría que empezar el castillo desde el principio y no saben cómo.
Don’t panic. Las mujeres, gracias al slutshaming (miedo o vergüenza a ser tachadas de frescas, de putas o de ligeritas de cascos: más términos que sólo existen para unas pero no para otros), han tenido que desarrollar de forma intuitiva a lo largo de la Historia una serie de ‘técnicas’ para propiciar situaciones con un hombre que les haya interesado. Porque sí, las mujeres no sólo se han dejado conquistar, siempre ha habido relaciones donde la que se fijó primero en el otro fue la mujer. Quizás haya parecido siempre que eran el sujeto pasivo en los inicios de un romance, pero cualquiera de los que tienen estas dudas ahora, seguro tienen en su haber historias donde todo empezó por el interés de ella.
Si esto es así, es por lo que comentábamos más arriba: siendo sutiles en sus intentos para que nadie pueda tacharlas de frescas: miradas no demasiado obvias, sonrisas no demasiado reveladoras, frases con dobles y triple sentido, que puedan ser aceptadas o rechazadas por el hombre sin sentirse presionados o incómodos. Y sin que ellas queden en evidencia.
La mujer no ha sido nunca invasiva a la hora de seducir a un hombre, cuanto más atrás nos vayamos en el tiempo, menos invasivas han sido. Acercarse a un desconocido en un bar para comentar qué bonitos ojos tiene, o preguntarle si está solo o qué hace allí. La mujer nunca recurre (ni falta que nos hace) al ‘¿Qué hace un chico como tú en un lugar como éste?’, entre otras cosas porque los chicos están donde quieren sin que nadie se lo cuestione. pueden estar en cualquier sitio a cualquier hora, no pasa nada. Solos o acompañados, nunca se les pone en tela de juicio.
Por lo que, si las mujeres han conseguido iniciar romances, aventuras y relaciones sin incomodar al hombre o invadir su espacio, está claro que el hombre también puede hacerlo sin invadir el de la mujer. Sólo hay que aplicar el concepto que precisamente venimos reivindicando las feministas, según el cual todos somos iguales y merecemos el mismo respeto y el mismo derecho a andar por la calle, salir de copas e ir a la oficina con la seguridad de no ser abordados súbitamente o sentirnos invadidos por alguien a quien jamás le hemos dado la más mínima prueba de que así lo deseamos. Y ese concepto, de hecho, es el feminismo.
NOS VIMO´
Lo cierto, es que las personas que se involucran en la lucha feminista, no tienen necesariamente que tener un manual con pautas que solucionen los problemas de seducción de los hombres o como por ejemplo ¿Cómo han conseguido las mujeres ligar sin caer en el ‘hembrismo’? (lo contrario del machismo)
Entiendo que muchos duden ahora sobre la seducción, ya que han crecido en un mundo donde les han enseñado que las cosas son así: ellos tienen que acercarse a la mujer que elijan y ellas se sentirán halagadas y agradecidas. Independientemente del resultado final del acercamiento, el acto en sí no es reprobable. Pero entonces leen o escuchan a mujeres quejarse de que esto no siempre les gusta y de que no quieren que sea así. Y el castillo de naipes que han ido construyendo desde la adolescencia con problemas de estructura empieza a tambalearse. Pánico.
Necesitan un nuevo as bajo la manga para parchear el castillo, porque soplar y echarlo abajo da miedo: significa desprenderse de uno de esos privilegios que tienen por el hecho de ser hombres, por no hablar de que habría que empezar el castillo desde el principio y no saben cómo.
Don’t panic. Las mujeres, gracias al slutshaming (miedo o vergüenza a ser tachadas de frescas, de putas o de ligeritas de cascos: más términos que sólo existen para unas pero no para otros), han tenido que desarrollar de forma intuitiva a lo largo de la Historia una serie de ‘técnicas’ para propiciar situaciones con un hombre que les haya interesado. Porque sí, las mujeres no sólo se han dejado conquistar, siempre ha habido relaciones donde la que se fijó primero en el otro fue la mujer. Quizás haya parecido siempre que eran el sujeto pasivo en los inicios de un romance, pero cualquiera de los que tienen estas dudas ahora, seguro tienen en su haber historias donde todo empezó por el interés de ella.
Si esto es así, es por lo que comentábamos más arriba: siendo sutiles en sus intentos para que nadie pueda tacharlas de frescas: miradas no demasiado obvias, sonrisas no demasiado reveladoras, frases con dobles y triple sentido, que puedan ser aceptadas o rechazadas por el hombre sin sentirse presionados o incómodos. Y sin que ellas queden en evidencia.
La mujer no ha sido nunca invasiva a la hora de seducir a un hombre, cuanto más atrás nos vayamos en el tiempo, menos invasivas han sido. Acercarse a un desconocido en un bar para comentar qué bonitos ojos tiene, o preguntarle si está solo o qué hace allí. La mujer nunca recurre (ni falta que nos hace) al ‘¿Qué hace un chico como tú en un lugar como éste?’, entre otras cosas porque los chicos están donde quieren sin que nadie se lo cuestione. pueden estar en cualquier sitio a cualquier hora, no pasa nada. Solos o acompañados, nunca se les pone en tela de juicio.
Por lo que, si las mujeres han conseguido iniciar romances, aventuras y relaciones sin incomodar al hombre o invadir su espacio, está claro que el hombre también puede hacerlo sin invadir el de la mujer. Sólo hay que aplicar el concepto que precisamente venimos reivindicando las feministas, según el cual todos somos iguales y merecemos el mismo respeto y el mismo derecho a andar por la calle, salir de copas e ir a la oficina con la seguridad de no ser abordados súbitamente o sentirnos invadidos por alguien a quien jamás le hemos dado la más mínima prueba de que así lo deseamos. Y ese concepto, de hecho, es el feminismo.
NOS VIMO´