"Por sí mismas, las cosas no significan nada, como los utensilios de cocina de una civilización antigua; sin embargo nos dicen algo, siguen allí no como simples objetos, sino como vestigios de pensamientos; emblemas de soledad".
Paul Auster
Tras meses de solicitar el acceso a diferentes personajes que se ostentaron como administradores del edificio, a las 6:30 de la mañana de un domingo pude entrar por uno de sus sótanos a Insurgentes 300, un icono de la Ciudad de México, ubicado en la colonia Roma en el polígono que ocupan las calles de Insurgentes, Medellín, Querétaro y Zacatecas. Mucha gente le llama el edificio Canadá, otros simplemente lo conocen porque ahí, en su planta baja se encuentra el Rincón Cubano, un lugar que se resiste a morir entre luces de neón y el ritmo tropical.
Superficialmente se ha mencionado que fueron los sismos de 1985 los que pusieron en riesgo su seguridad estructural y a esto se atribuye su desalojo y estado actual. Lo cierto es que nació con mala estrella pues originalmente se planeó como sede de la Sub-Central de Correos a petición de la Secretaria de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), quien lo solicitó en 1956. El edificio nunca llegó a ser lo que se pensó, por el contrario, se destinó a albergar más de 400 despachos, los más exclusivos de su tiempo.
Sin embargo, por el momento huele a viejo, a polvo estancado y a orines. Los despachos al entrar desprenden la fuerza de la ausencia y los objetos imposibilitados para narrar se expresan como pueden, solos y descontextualizados. Hay tantas evidencias de actividad humana que uno se transporta a otros tiempos rápidamente, la ciudad se ha detenido entre esos espacios rotos, agrietados y malvibrosos aunque la ciudad sigue, allá afuera su transformación incesante.
Recorrer piso a piso, escalón por escalón cada uno de los niveles del Condominio Insurgentes es labor silenciosa. No se permite el acceso —me recuerda nuestro guía— y los administradores pocas veces aceptan cámaras fotográficas, advierte.