


Digamos que mientras lees el periódico, te encuentras con el anuncio de un laboratorio que está buscando conejillos de india para una prueba. Por increíble que parezca el anuncio menciona que se remunerará a las personas por drogarse, tener relaciones sexuales o comer como barril sin fondo. ¿Absurdo, verdad? Quizá pienses que se trata de algún tipo de broma bien elaborada. Sin embargo, estas experiencias son reales, y existieron. Y todas demostraron de forma científica que es terriblemente posible exagerar en una cosa que parece buena.

"Se busca hombre sexualmente activo y saludable para tener relaciones con una mujer. Previo pago. Estaremos observando."
Sí, dicho anunció existió. En los años 1950 y 1960, el investigador William Masters estaba decidido a descubrir todo lo que había que saber sobre el acto sexual. Hasta ese punto, la investigación había sido realizada a través de cuestionarios, que fueron contaminados por el hecho de que las personas mentían sin parar (lo que podría explicar por qué en la época se creía que el largo promedio del miembro masculino era de 30 centímetros).
Masters necesitaba estudiar el acto sexual de primera mano. Entonces contrató a Virginia Johnson, una atractiva asistente, y comenzó a pagarles a las personas para que tuvieran relaciones con otros extraños.
Para estos individuos, ofreció todos los beneficios de la prostitución sin la amenaza constante de lesiones genitales o de ser encadenado a un calabozo y posteriormente violado. No podría existir nada de malo en esto, ¿verdad?
La realidad.
En primer lugar, Masters y Johnson estarían mirando. Claro, la observación no era suficiente. La ciencia también exigía una serie de sensores conectados a la pareja en cuestión para medir la respuesta sexual, monitoreando el deseo de la misma forma que una prueba de polígrafo detecta cuando alguien está mintiendo. Sólo que en lugar de medir las mentiras, estos medirían que tan malo estabas siendo a la hora de excitar a tu pareja.
Para garantizar que la relación tenía lugar entre perfectos desconocidos, las parejas eran combinadas de forma aleatoria (si te resulta increíble, la próxima vez que estés en la fila del banco imagina que eres combinado de forma aleatoria para tener una relación sexual con cualquiera de las personas a tu alrededor) Y a propósito, los participantes tenía edades que iban desde los 18 hasta los 89 años.
Y no es por criticar el trabajo de Masters y Johnson. Estos eran totalmente revolucionarios y cambiaron la forma en que el mundo veía al sexo. Sólo estamos diciendo que la idea de una bacanal desenfrenado que los participantes llevaban en mente no era precisamente con lo que se encontraban en el laboratorio. Y fue mucho peor para las mujeres involucradas en los experimentos, ya que tenían el encargo de llegar al clímax mediante una prótesis de un miembro masculino con una cámara de video acoplada.





