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Crotos, linyeras y el drama de la Argentina rural

Info1/28/2016



En este extracto de Los profetas del odio y la yapa, más allá de encontrar el origen etimológico de los populares “croto” y “linyera”, Jauretche nos muestra el drama de la sociedad rural que pretenden eternizar nuestras clases dominantes. Aquí están, en palabras de Jauretche, las consecuencias de un modelo de país que prioriza la exportación de productos primarios sobre la industria nacional y arroja a la miseria a millones de individuos, los que no encuentran su lugar en un modelo productivo que requiere de muy poca gente para funcionar.



Así nació el croto que ahuyentó al linyera. Don Enrique Larreta, en una de sus desafortunadas incursiones por el teatro, exhibió a este último cuando ya había desaparecido de los campos argentinos. La miseria del croto corrió la pobreza del linyera. Este era el inmigrante golondrina —italiano, generalmente— que aprovechando la oposición del clima de los dos hemisferios, empalmaba las cosechas de su país con las del nuestro. El golondrina no pudo competir con el brazo barato del peón criollo.
Ninguno de los intelectuales se ha puesto a averiguar por qué se llama croto al linyera nativo. Esto es, porque siendo gobernador de Buenos Aires don José Camilo Croto, se le quejaron los ingleses de los ferrocarriles por la cantidad de paisanos que se “colaban” en los trenes de carga. Don José Camilo resolvió salomónicamente el entredicho, limitando a 12 los “colados” por tren, y aplicando esta disposición policial, cuando los oficiales de policía en la recorrida controlaban el número de “pasajeros”, contaban hasta doce haciendo bajar el resto.



“Ustedes siguen por Croto”, decían. Y de crotos les quedó el nombre.
Ese estado de desocupación permanente, picado de una que otra chanza, y el nomadismo que originó la busca de trabajo, destruyeron el hogar criollo del suburbio pueblerino. Erraba el hombre en la miseria y en la miseria quedaba la mujer. ¿Qué extrañar entonces si a la vuelta la encontraba preñada de unos kilos de yerba o carne, o de unas prendas para tapar las vergüenzas suya y de sus hijos?



De allí los hijos con el nombre de la madre, esas criaturas descalzas, buscando las sobras de las fondas con unas bolsitas, pidiendo limosna, lustrando botines o disputando las achuras a los perros de los mataderos, en los que otro escritor llama “otrora florecientes pueblitos de campaña”.
Sin la frontera y el salvaje pudo cantar el “croto”, como su padre Fierro:


Si no le quedó un cobre,
sino de hijos un enjambre
¡qué más iba a hacer la pobre
para no morirse de hambre!



No hay drama pasional. Cuando el drama es social se hace costumbre y no ofende.
Entretanto subía la estadística de inaptos para el servicio militar por subalimentación de la infancia.
Para los intelectuales es un problema de cultura.



¡Ese es el trabajador rural que la industria le sacó al campo! Las estadísticas podrán decir que solo hubo una transferencia de mano de obra rural a la industria, pero el hecho cierto es que era mano de obra suburbana, endémicamente desocupada, presionando en el medio rural, con una desproporcionada oferta de trabajo.
Este mal gravitó sobre las formas de producción agrarias.




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