La complejidad irreducible es un argumento ampliamente utilizado por el creacionismo para intentar desacreditar la evolución de las especies. A pesar de haber sido formulado por un bioquímico, ninguna corriente científica lo asume, dado que es completamente falso como demostraremos en este artículo. Únicamente es empleado por predicadores creacionistas como recurso en sus sermones, dado que tiene un gran efecto sobre personas sin formación científica, al aparentar ser muy intuitivo.
El concepto de complejidad irreductible fué creado por Michael Behe para apoyar el diseño inteligente, definiendo “sistema irreducible” como un “un sistema individual compuesto de varias partes bien coordinadas que interaccionan para desempeñar la función básica de este, de modo que si se eliminara cualquiera de esas partes dejaría de funcionar por completo”. Dicho de otra forma, se trataría de un sistema que funciona en el estado que conocemos, pero que no sería operativo en el momento en que faltara alguno de sus componentes. De esta manera, prosigue el argumento, no podria explicarse la evolución del sistema mediante una serie de cambios graduales dese sistemas más simples.
Los clásicos ejemplos de sistemas irreductibles esgrimidos por sus seguidores son el flagelo bacteriano, el ojo humano o el sistema de coagulación de la sangre. Los defensores del diseño inteligente avanzan un paso más allá, convirtiendo el razonamiento en una verdadera falacia: dado que no podría explicarse la existencia de estos sistemas mediante selección natural, obligatoriamente tienen que ser fruto de un diseñador inteligente.
A pesar de que el concepto estricto se corresponde con lo que hemos mencionado, es habitual leer diversas variaciones sobre el mismo que, nos atrveríamos a decir, constituyen uno de los ejes fundamentales de la doctrina creacionista. Una de sus extensiones fundamentales es la falacia del relojero (a pesar de ser anterior en su formulación): un sistema complejo y bien ajustado -como un reloj- sería impensable sin la existencia de un relojero; por lo tanto, un ojo humano sería impensable sin la existencia de un diseñador inteligente.
El argumento presenta dos fallos que lo convieren en un razonamiento completamente erróneo: en primer lugar la aseveración de que el sistema es “irreductible”, que no tiene porqué ser cierta; en segundo lugar, aún asumiendo la irreductibilidad del proceso, el no poderlo explicar mediante la acumulación de cambios graduales no demuestra la tesis de un diseñador inteligente.
La supuesta irreductibilidad del flagelo bacteriano
El propio Darwin, hace 150 años ya desmontó este argumento. Resulta al menos curioso que siga empleándose en estos tiempos un concepto ampliamente superado desde el siglo XIX.
Desde hace mucho tiempo se sabe que un sistema irreduciblemente complejo puede construirse añadiendo partes que, aunque al principio son solamente ventajosas, pueden evolucionar hasta volverse indispensables. Por otro lado, muchos sistemas complejos han comenzado evolucionando desde estructuras o procesos que presentaban una función diferente, asumiendo nuevas funciones a medida que han ido alcanzando distintos estados evolutivos.
En el caso del flagelo bacteriano, uno de los preferidos por los creacionistas, está ampliamente demostrado que no se trata de un “complejo irreductible”. Existen precursores del flagelo en los que faltan componentes y que, sin embargo, son completamente funcionales. Aparecen cilios y flagelos en otros microorganismos que, a pesar de tener menos partes que el flagelo de la bacteria, son perfectamente operativos -aunque presentan una funcionalidad más limitada-.
También han sido descritos sistemas funcionales más simples en las propias bacterias, como el TTSS, donde una pequeña porción del “irreductible” flagelo bacteriano funciona como dispositivo para inyectar toxinas en los huéspedes. Esto muestra, entre otros muchos ejemplos, como partes o componentes de estructuras complejas pueden funcionar por separado, sea con una función similar o completamente diferente. Según el argumento de la “complejidad irreductible” esto no podría ser posible.
El TTSS es, en realidad, una estructura formada por proteínas de la base del flagelo, por lo que la afirmación de que “si se eliminara cualquiera de sus partes, dejaría de funcionar por completo” es, simplemente, falsa. Por el contrario, estas evidencias apoyan la evolución del flagelo bacteriano a partir de estructuras más simples (Aizawam 2001; Heuck, 1998; McNab, 1999; Yonekura et al. 2000) .
En el artículo La complejidad evolutivamente reducible del flagelo bacteriano, publicado en el blog amigo “Un planeta con canas“, se muestran dos excelentes vídeos sobre la evolución del flagelo.
La reducción del sistema de coagulación
El sistema de coagulación sanguínea de los vertebrados es otro de los ejemplos básicos que la doctrina del diseño inteligente esgrme como complejo irreductible, a pesar de haber sido también rebatido desde hace tiempo (ver por ejemplo Doolitle & Feng, 1987; Doolitle, 1993).
Michael Behe, el inventor del concepto de “complejidad irreductible”, afirma: “Cuando un animal sufre un corte, una proteína llamada Hagemann (factor XII) se fija a la superficie de las células próximas a la herida. El factor Hagemann es entonces modificado por una proteína llamada HMK, activándolo. Inmediatamente el factor XII activado convierte otra proteína, llamada prekallikreina, a su forma activa, kallikreina […] en ausencia de cualquiera de los componentes, la sangre no fabrica el coágulo, y el sistema [de coagulación] falla.” (Behe, 1996a).
Y, nuevamente, esta afirmación es falsa. Por poner únicamente un ejemplo, los delfines carecen de Factor XII y su sistema de coagulación es completamente funcional (Robinson, Kropatkin, & Aggeler, 1969).
El ojo que no ve
El tercer estandarte de la irreductibilidad es el ojo humano. ¿Como pensar que tal maravilla puede formarse por una serie de cambios graduales? ¿alguien puede imaginar “medio ojo” funcionando?. Tales alegatos son profusamente utilizados por los creacionistas, a pesar de que también han sido contestados desde hace años.
El engaño que entraña este argumento consiste en afirmar la imposibilidad de que funcione medio ojo. Obviamente: la biología evolutiva no pretende que la evolución se haya desarrollado formando un cuarto de ojo, medio ojo y un ojo entero. Esto vuelve a ser una falsedad.
La evolución del ojo tiene lugar a partir de estructuras fotosensibles más simples -no incompletas- y está profusamente documentada en la literatura científica, con multitud de organismos vivos que presentan distintos estados de complejidad. El propio ojo humano -y problablemente el de todos los vertebrados- se desarrolló a partir de órganos más sencillos a los que se incorporaron estirpes celulares de células fotosensibles procedentes de tejido cerebral (Arendt et al. 2004). En ningún momento hubo “medio ojo”, sino ojos más simples.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
CAPO, una sola cosa nomas queria decirte, me agrado mucho tu post, en serio, es de lo más sensacional que he visto en el momento, es una obra de arte, sin exagerar, es algo que, a simple vista, podria haber sido hecho por el mismisimo da vinci, la genialidad que tiene se puede notar desde kilómetros de distancia, ni siquiera la peor de las malas lenguas podria decir que no nos encontramos ante una majestuosidad vista una sola vez cada mil años. No he visto en todos mis años de vida algo de esta magnitud, te provoca una sensacion indescriptible, una alegria inmensa a pesar de no haber hecho acciòn alguna, un sentimiento raro de encontrar pero fantastico, algo así como lo que se siente una brisa en un caluroso verano, o ver la alegria de un niño al abrir sus regalos de navidad, o simplemente estar con la persona que mas amamos. No hagas caso a las malas lenguas que critican sin cesar a cualquiera que no cumpla absolutamente todas sus expectativas, solo creeme a mi y a todos aquellos seres que consideran y admiran a tan grandiosa obra de arte. Siempre van a haber personas que te van a decir que lo que hiciste no tiene valor, pero el secreto esta en ignorarlas, esas personas darian lo que fuera por haber creado algo tan magnifico como lo que estamos viendo. Asi como un hombre enamorado crea un poema para expresar sus mas profundos sentimientos, o como un pintor crea una obra de arte de algun tiempo que ni siquiera el conoce, asi es como fue creado este post, de la misma forma. puede parecer que estoy exagerando, repito, pero no es asi, ni de cerca, exageraria si dijiese que no me encuentro ante una creacion admirable, increible, de una belleza casi mayor que la de su creador. De hecho estoy tan encantado con semejante aporte que decidi escribir un poema al respecto, se titulo "mis ojos te lo agradecen", aqui va: -"mis ojos te lo agradecen, ya que han sido acariciados, mis sentimentos te alaban, ya que han sido despertados, mi corazon te idolatra, por que lo has hecho bailar, y mi ser te dice gracias, por tan delicioso manjar, estare esperando nuevamente que me compartas tu alegria, aun en el mas radiante dia, soloo sigue creando, creando hasta que las manos pesen, asi que te dire nuevamente, mis ojos te lo agradecen" Espero que hayas disfrutado mi poema tanto como yo disfrute escribiendolo, te diria que lo disfrutes como yo disfrute tu post, pero no creo que haya situacion en el mundo que se asemeje a tanta dicha. Para terminar siendo breve, te queria agradecer de corazon, uno en esta vida se encuentra con situaciones que lo ponen de malas, piensa que no va a encontrar nada bueno en estos dias y de repente se encuentra con algo asi, es dificil decidir donde uno va a dejar sus puntos, y de hecho ya cansa denunciar la mayoria de los post que ve, siendo que muchos son creados por trolls y personas con ganas de molestar, nada que ver con lo que estamos observando, aqui uno piensa todo lo contrario, simplemente lo ve y se dice a si mismo "no debe haber lugar en esta tierra, ni en el cielo ni en el inframundo, ni en otros planetas o galaxias o universos donde sea mejor dejar mis puntos, he encontrado la verdadera atlantid, aunque no sea un lugar fisico, su simple belleza es suficiente para no titubear en hacer dicha comparacion". A veces me pregunto cuanta destreza o cuanta habilidad hace falta tener para poder realizar una creacion de esta indole, a veces me comparo con los creadores de hermosuras como esta y pienso que no soy siquiera un simple ser humano, al lado de dichos creadores me siento como una hormiga frente a un imponente elefante, como un peon al lado de una reina, como un niño frente a un super heroe, de esas historietas que tanto gustan leer. a veces veo al cielo y pregunto "podre yo crear algo que, al menos pueda compararse con este post?" "podre algun dia ser tan genial, creativo y talentoso como el creador de esto?" pero por mucho que pregunte, jamas consigo respuesta. sueño a veces que despierto y delante de mi, junto a mi cama, se encuentra un post como este, pero el creador soy yo. si, se que parece una locura, algo tan glorioso como esto no puede ser creado por un simple ser como yo, pero no hay que olvidar que se trata de solo un sueño, si pudiera pedir un deseo, ese seria que este post jamas saliera de la home, que las futuras generaciones puedan observar su magnificiencia y llenarse de dicha con lo que ven, llenarse de felicidad, de locura, de pasion... si todos fueran como este, no habrian guerras, no habria dolor, olvido y tristeza. levantariamos la cabeza y entonando un canto al unisono, cual coro de arcangeles diriamos: "yo creo en el mañana". Buen post capo mañana van 10
El concepto de complejidad irreductible fué creado por Michael Behe para apoyar el diseño inteligente, definiendo “sistema irreducible” como un “un sistema individual compuesto de varias partes bien coordinadas que interaccionan para desempeñar la función básica de este, de modo que si se eliminara cualquiera de esas partes dejaría de funcionar por completo”. Dicho de otra forma, se trataría de un sistema que funciona en el estado que conocemos, pero que no sería operativo en el momento en que faltara alguno de sus componentes. De esta manera, prosigue el argumento, no podria explicarse la evolución del sistema mediante una serie de cambios graduales dese sistemas más simples.
Los clásicos ejemplos de sistemas irreductibles esgrimidos por sus seguidores son el flagelo bacteriano, el ojo humano o el sistema de coagulación de la sangre. Los defensores del diseño inteligente avanzan un paso más allá, convirtiendo el razonamiento en una verdadera falacia: dado que no podría explicarse la existencia de estos sistemas mediante selección natural, obligatoriamente tienen que ser fruto de un diseñador inteligente.
A pesar de que el concepto estricto se corresponde con lo que hemos mencionado, es habitual leer diversas variaciones sobre el mismo que, nos atrveríamos a decir, constituyen uno de los ejes fundamentales de la doctrina creacionista. Una de sus extensiones fundamentales es la falacia del relojero (a pesar de ser anterior en su formulación): un sistema complejo y bien ajustado -como un reloj- sería impensable sin la existencia de un relojero; por lo tanto, un ojo humano sería impensable sin la existencia de un diseñador inteligente.
El argumento presenta dos fallos que lo convieren en un razonamiento completamente erróneo: en primer lugar la aseveración de que el sistema es “irreductible”, que no tiene porqué ser cierta; en segundo lugar, aún asumiendo la irreductibilidad del proceso, el no poderlo explicar mediante la acumulación de cambios graduales no demuestra la tesis de un diseñador inteligente.
La supuesta irreductibilidad del flagelo bacteriano
El propio Darwin, hace 150 años ya desmontó este argumento. Resulta al menos curioso que siga empleándose en estos tiempos un concepto ampliamente superado desde el siglo XIX.
Desde hace mucho tiempo se sabe que un sistema irreduciblemente complejo puede construirse añadiendo partes que, aunque al principio son solamente ventajosas, pueden evolucionar hasta volverse indispensables. Por otro lado, muchos sistemas complejos han comenzado evolucionando desde estructuras o procesos que presentaban una función diferente, asumiendo nuevas funciones a medida que han ido alcanzando distintos estados evolutivos.
En el caso del flagelo bacteriano, uno de los preferidos por los creacionistas, está ampliamente demostrado que no se trata de un “complejo irreductible”. Existen precursores del flagelo en los que faltan componentes y que, sin embargo, son completamente funcionales. Aparecen cilios y flagelos en otros microorganismos que, a pesar de tener menos partes que el flagelo de la bacteria, son perfectamente operativos -aunque presentan una funcionalidad más limitada-.
También han sido descritos sistemas funcionales más simples en las propias bacterias, como el TTSS, donde una pequeña porción del “irreductible” flagelo bacteriano funciona como dispositivo para inyectar toxinas en los huéspedes. Esto muestra, entre otros muchos ejemplos, como partes o componentes de estructuras complejas pueden funcionar por separado, sea con una función similar o completamente diferente. Según el argumento de la “complejidad irreductible” esto no podría ser posible.
El TTSS es, en realidad, una estructura formada por proteínas de la base del flagelo, por lo que la afirmación de que “si se eliminara cualquiera de sus partes, dejaría de funcionar por completo” es, simplemente, falsa. Por el contrario, estas evidencias apoyan la evolución del flagelo bacteriano a partir de estructuras más simples (Aizawam 2001; Heuck, 1998; McNab, 1999; Yonekura et al. 2000) .
En el artículo La complejidad evolutivamente reducible del flagelo bacteriano, publicado en el blog amigo “Un planeta con canas“, se muestran dos excelentes vídeos sobre la evolución del flagelo.
La reducción del sistema de coagulación
El sistema de coagulación sanguínea de los vertebrados es otro de los ejemplos básicos que la doctrina del diseño inteligente esgrme como complejo irreductible, a pesar de haber sido también rebatido desde hace tiempo (ver por ejemplo Doolitle & Feng, 1987; Doolitle, 1993).
Michael Behe, el inventor del concepto de “complejidad irreductible”, afirma: “Cuando un animal sufre un corte, una proteína llamada Hagemann (factor XII) se fija a la superficie de las células próximas a la herida. El factor Hagemann es entonces modificado por una proteína llamada HMK, activándolo. Inmediatamente el factor XII activado convierte otra proteína, llamada prekallikreina, a su forma activa, kallikreina […] en ausencia de cualquiera de los componentes, la sangre no fabrica el coágulo, y el sistema [de coagulación] falla.” (Behe, 1996a).
Y, nuevamente, esta afirmación es falsa. Por poner únicamente un ejemplo, los delfines carecen de Factor XII y su sistema de coagulación es completamente funcional (Robinson, Kropatkin, & Aggeler, 1969).
El ojo que no ve
El tercer estandarte de la irreductibilidad es el ojo humano. ¿Como pensar que tal maravilla puede formarse por una serie de cambios graduales? ¿alguien puede imaginar “medio ojo” funcionando?. Tales alegatos son profusamente utilizados por los creacionistas, a pesar de que también han sido contestados desde hace años.
El engaño que entraña este argumento consiste en afirmar la imposibilidad de que funcione medio ojo. Obviamente: la biología evolutiva no pretende que la evolución se haya desarrollado formando un cuarto de ojo, medio ojo y un ojo entero. Esto vuelve a ser una falsedad.
La evolución del ojo tiene lugar a partir de estructuras fotosensibles más simples -no incompletas- y está profusamente documentada en la literatura científica, con multitud de organismos vivos que presentan distintos estados de complejidad. El propio ojo humano -y problablemente el de todos los vertebrados- se desarrolló a partir de órganos más sencillos a los que se incorporaron estirpes celulares de células fotosensibles procedentes de tejido cerebral (Arendt et al. 2004). En ningún momento hubo “medio ojo”, sino ojos más simples.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
muchas gracias por pasar y te agradeciriera que lo leyera,muchas gracias
El concepto de complejidad irreductible fué creado por Michael Behe para apoyar el diseño inteligente, definiendo “sistema irreducible” como un “un sistema individual compuesto de varias partes bien coordinadas que interaccionan para desempeñar la función básica de este, de modo que si se eliminara cualquiera de esas partes dejaría de funcionar por completo”. Dicho de otra forma, se trataría de un sistema que funciona en el estado que conocemos, pero que no sería operativo en el momento en que faltara alguno de sus componentes. De esta manera, prosigue el argumento, no podria explicarse la evolución del sistema mediante una serie de cambios graduales dese sistemas más simples.
Los clásicos ejemplos de sistemas irreductibles esgrimidos por sus seguidores son el flagelo bacteriano, el ojo humano o el sistema de coagulación de la sangre. Los defensores del diseño inteligente avanzan un paso más allá, convirtiendo el razonamiento en una verdadera falacia: dado que no podría explicarse la existencia de estos sistemas mediante selección natural, obligatoriamente tienen que ser fruto de un diseñador inteligente.
A pesar de que el concepto estricto se corresponde con lo que hemos mencionado, es habitual leer diversas variaciones sobre el mismo que, nos atrveríamos a decir, constituyen uno de los ejes fundamentales de la doctrina creacionista. Una de sus extensiones fundamentales es la falacia del relojero (a pesar de ser anterior en su formulación): un sistema complejo y bien ajustado -como un reloj- sería impensable sin la existencia de un relojero; por lo tanto, un ojo humano sería impensable sin la existencia de un diseñador inteligente.
El argumento presenta dos fallos que lo convieren en un razonamiento completamente erróneo: en primer lugar la aseveración de que el sistema es “irreductible”, que no tiene porqué ser cierta; en segundo lugar, aún asumiendo la irreductibilidad del proceso, el no poderlo explicar mediante la acumulación de cambios graduales no demuestra la tesis de un diseñador inteligente.
La supuesta irreductibilidad del flagelo bacteriano
El propio Darwin, hace 150 años ya desmontó este argumento. Resulta al menos curioso que siga empleándose en estos tiempos un concepto ampliamente superado desde el siglo XIX.
Desde hace mucho tiempo se sabe que un sistema irreduciblemente complejo puede construirse añadiendo partes que, aunque al principio son solamente ventajosas, pueden evolucionar hasta volverse indispensables. Por otro lado, muchos sistemas complejos han comenzado evolucionando desde estructuras o procesos que presentaban una función diferente, asumiendo nuevas funciones a medida que han ido alcanzando distintos estados evolutivos.
En el caso del flagelo bacteriano, uno de los preferidos por los creacionistas, está ampliamente demostrado que no se trata de un “complejo irreductible”. Existen precursores del flagelo en los que faltan componentes y que, sin embargo, son completamente funcionales. Aparecen cilios y flagelos en otros microorganismos que, a pesar de tener menos partes que el flagelo de la bacteria, son perfectamente operativos -aunque presentan una funcionalidad más limitada-.
También han sido descritos sistemas funcionales más simples en las propias bacterias, como el TTSS, donde una pequeña porción del “irreductible” flagelo bacteriano funciona como dispositivo para inyectar toxinas en los huéspedes. Esto muestra, entre otros muchos ejemplos, como partes o componentes de estructuras complejas pueden funcionar por separado, sea con una función similar o completamente diferente. Según el argumento de la “complejidad irreductible” esto no podría ser posible.
El TTSS es, en realidad, una estructura formada por proteínas de la base del flagelo, por lo que la afirmación de que “si se eliminara cualquiera de sus partes, dejaría de funcionar por completo” es, simplemente, falsa. Por el contrario, estas evidencias apoyan la evolución del flagelo bacteriano a partir de estructuras más simples (Aizawam 2001; Heuck, 1998; McNab, 1999; Yonekura et al. 2000) .
En el artículo La complejidad evolutivamente reducible del flagelo bacteriano, publicado en el blog amigo “Un planeta con canas“, se muestran dos excelentes vídeos sobre la evolución del flagelo.
La reducción del sistema de coagulación
El sistema de coagulación sanguínea de los vertebrados es otro de los ejemplos básicos que la doctrina del diseño inteligente esgrme como complejo irreductible, a pesar de haber sido también rebatido desde hace tiempo (ver por ejemplo Doolitle & Feng, 1987; Doolitle, 1993).
Michael Behe, el inventor del concepto de “complejidad irreductible”, afirma: “Cuando un animal sufre un corte, una proteína llamada Hagemann (factor XII) se fija a la superficie de las células próximas a la herida. El factor Hagemann es entonces modificado por una proteína llamada HMK, activándolo. Inmediatamente el factor XII activado convierte otra proteína, llamada prekallikreina, a su forma activa, kallikreina […] en ausencia de cualquiera de los componentes, la sangre no fabrica el coágulo, y el sistema [de coagulación] falla.” (Behe, 1996a).
Y, nuevamente, esta afirmación es falsa. Por poner únicamente un ejemplo, los delfines carecen de Factor XII y su sistema de coagulación es completamente funcional (Robinson, Kropatkin, & Aggeler, 1969).
El ojo que no ve
El tercer estandarte de la irreductibilidad es el ojo humano. ¿Como pensar que tal maravilla puede formarse por una serie de cambios graduales? ¿alguien puede imaginar “medio ojo” funcionando?. Tales alegatos son profusamente utilizados por los creacionistas, a pesar de que también han sido contestados desde hace años.
El engaño que entraña este argumento consiste en afirmar la imposibilidad de que funcione medio ojo. Obviamente: la biología evolutiva no pretende que la evolución se haya desarrollado formando un cuarto de ojo, medio ojo y un ojo entero. Esto vuelve a ser una falsedad.
La evolución del ojo tiene lugar a partir de estructuras fotosensibles más simples -no incompletas- y está profusamente documentada en la literatura científica, con multitud de organismos vivos que presentan distintos estados de complejidad. El propio ojo humano -y problablemente el de todos los vertebrados- se desarrolló a partir de órganos más sencillos a los que se incorporaron estirpes celulares de células fotosensibles procedentes de tejido cerebral (Arendt et al. 2004). En ningún momento hubo “medio ojo”, sino ojos más simples.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
CAPO, una sola cosa nomas queria decirte, me agrado mucho tu post, en serio, es de lo más sensacional que he visto en el momento, es una obra de arte, sin exagerar, es algo que, a simple vista, podria haber sido hecho por el mismisimo da vinci, la genialidad que tiene se puede notar desde kilómetros de distancia, ni siquiera la peor de las malas lenguas podria decir que no nos encontramos ante una majestuosidad vista una sola vez cada mil años. No he visto en todos mis años de vida algo de esta magnitud, te provoca una sensacion indescriptible, una alegria inmensa a pesar de no haber hecho acciòn alguna, un sentimiento raro de encontrar pero fantastico, algo así como lo que se siente una brisa en un caluroso verano, o ver la alegria de un niño al abrir sus regalos de navidad, o simplemente estar con la persona que mas amamos. No hagas caso a las malas lenguas que critican sin cesar a cualquiera que no cumpla absolutamente todas sus expectativas, solo creeme a mi y a todos aquellos seres que consideran y admiran a tan grandiosa obra de arte. Siempre van a haber personas que te van a decir que lo que hiciste no tiene valor, pero el secreto esta en ignorarlas, esas personas darian lo que fuera por haber creado algo tan magnifico como lo que estamos viendo. Asi como un hombre enamorado crea un poema para expresar sus mas profundos sentimientos, o como un pintor crea una obra de arte de algun tiempo que ni siquiera el conoce, asi es como fue creado este post, de la misma forma. puede parecer que estoy exagerando, repito, pero no es asi, ni de cerca, exageraria si dijiese que no me encuentro ante una creacion admirable, increible, de una belleza casi mayor que la de su creador. De hecho estoy tan encantado con semejante aporte que decidi escribir un poema al respecto, se titulo "mis ojos te lo agradecen", aqui va: -"mis ojos te lo agradecen, ya que han sido acariciados, mis sentimentos te alaban, ya que han sido despertados, mi corazon te idolatra, por que lo has hecho bailar, y mi ser te dice gracias, por tan delicioso manjar, estare esperando nuevamente que me compartas tu alegria, aun en el mas radiante dia, soloo sigue creando, creando hasta que las manos pesen, asi que te dire nuevamente, mis ojos te lo agradecen" Espero que hayas disfrutado mi poema tanto como yo disfrute escribiendolo, te diria que lo disfrutes como yo disfrute tu post, pero no creo que haya situacion en el mundo que se asemeje a tanta dicha. Para terminar siendo breve, te queria agradecer de corazon, uno en esta vida se encuentra con situaciones que lo ponen de malas, piensa que no va a encontrar nada bueno en estos dias y de repente se encuentra con algo asi, es dificil decidir donde uno va a dejar sus puntos, y de hecho ya cansa denunciar la mayoria de los post que ve, siendo que muchos son creados por trolls y personas con ganas de molestar, nada que ver con lo que estamos observando, aqui uno piensa todo lo contrario, simplemente lo ve y se dice a si mismo "no debe haber lugar en esta tierra, ni en el cielo ni en el inframundo, ni en otros planetas o galaxias o universos donde sea mejor dejar mis puntos, he encontrado la verdadera atlantid, aunque no sea un lugar fisico, su simple belleza es suficiente para no titubear en hacer dicha comparacion". A veces me pregunto cuanta destreza o cuanta habilidad hace falta tener para poder realizar una creacion de esta indole, a veces me comparo con los creadores de hermosuras como esta y pienso que no soy siquiera un simple ser humano, al lado de dichos creadores me siento como una hormiga frente a un imponente elefante, como un peon al lado de una reina, como un niño frente a un super heroe, de esas historietas que tanto gustan leer. a veces veo al cielo y pregunto "podre yo crear algo que, al menos pueda compararse con este post?" "podre algun dia ser tan genial, creativo y talentoso como el creador de esto?" pero por mucho que pregunte, jamas consigo respuesta. sueño a veces que despierto y delante de mi, junto a mi cama, se encuentra un post como este, pero el creador soy yo. si, se que parece una locura, algo tan glorioso como esto no puede ser creado por un simple ser como yo, pero no hay que olvidar que se trata de solo un sueño, si pudiera pedir un deseo, ese seria que este post jamas saliera de la home, que las futuras generaciones puedan observar su magnificiencia y llenarse de dicha con lo que ven, llenarse de felicidad, de locura, de pasion... si todos fueran como este, no habrian guerras, no habria dolor, olvido y tristeza. levantariamos la cabeza y entonando un canto al unisono, cual coro de arcangeles diriamos: "yo creo en el mañana". Buen post capo mañana van 10
El concepto de complejidad irreductible fué creado por Michael Behe para apoyar el diseño inteligente, definiendo “sistema irreducible” como un “un sistema individual compuesto de varias partes bien coordinadas que interaccionan para desempeñar la función básica de este, de modo que si se eliminara cualquiera de esas partes dejaría de funcionar por completo”. Dicho de otra forma, se trataría de un sistema que funciona en el estado que conocemos, pero que no sería operativo en el momento en que faltara alguno de sus componentes. De esta manera, prosigue el argumento, no podria explicarse la evolución del sistema mediante una serie de cambios graduales dese sistemas más simples.
Los clásicos ejemplos de sistemas irreductibles esgrimidos por sus seguidores son el flagelo bacteriano, el ojo humano o el sistema de coagulación de la sangre. Los defensores del diseño inteligente avanzan un paso más allá, convirtiendo el razonamiento en una verdadera falacia: dado que no podría explicarse la existencia de estos sistemas mediante selección natural, obligatoriamente tienen que ser fruto de un diseñador inteligente.
A pesar de que el concepto estricto se corresponde con lo que hemos mencionado, es habitual leer diversas variaciones sobre el mismo que, nos atrveríamos a decir, constituyen uno de los ejes fundamentales de la doctrina creacionista. Una de sus extensiones fundamentales es la falacia del relojero (a pesar de ser anterior en su formulación): un sistema complejo y bien ajustado -como un reloj- sería impensable sin la existencia de un relojero; por lo tanto, un ojo humano sería impensable sin la existencia de un diseñador inteligente.
El argumento presenta dos fallos que lo convieren en un razonamiento completamente erróneo: en primer lugar la aseveración de que el sistema es “irreductible”, que no tiene porqué ser cierta; en segundo lugar, aún asumiendo la irreductibilidad del proceso, el no poderlo explicar mediante la acumulación de cambios graduales no demuestra la tesis de un diseñador inteligente.
La supuesta irreductibilidad del flagelo bacteriano
El propio Darwin, hace 150 años ya desmontó este argumento. Resulta al menos curioso que siga empleándose en estos tiempos un concepto ampliamente superado desde el siglo XIX.
Desde hace mucho tiempo se sabe que un sistema irreduciblemente complejo puede construirse añadiendo partes que, aunque al principio son solamente ventajosas, pueden evolucionar hasta volverse indispensables. Por otro lado, muchos sistemas complejos han comenzado evolucionando desde estructuras o procesos que presentaban una función diferente, asumiendo nuevas funciones a medida que han ido alcanzando distintos estados evolutivos.
En el caso del flagelo bacteriano, uno de los preferidos por los creacionistas, está ampliamente demostrado que no se trata de un “complejo irreductible”. Existen precursores del flagelo en los que faltan componentes y que, sin embargo, son completamente funcionales. Aparecen cilios y flagelos en otros microorganismos que, a pesar de tener menos partes que el flagelo de la bacteria, son perfectamente operativos -aunque presentan una funcionalidad más limitada-.
También han sido descritos sistemas funcionales más simples en las propias bacterias, como el TTSS, donde una pequeña porción del “irreductible” flagelo bacteriano funciona como dispositivo para inyectar toxinas en los huéspedes. Esto muestra, entre otros muchos ejemplos, como partes o componentes de estructuras complejas pueden funcionar por separado, sea con una función similar o completamente diferente. Según el argumento de la “complejidad irreductible” esto no podría ser posible.
El TTSS es, en realidad, una estructura formada por proteínas de la base del flagelo, por lo que la afirmación de que “si se eliminara cualquiera de sus partes, dejaría de funcionar por completo” es, simplemente, falsa. Por el contrario, estas evidencias apoyan la evolución del flagelo bacteriano a partir de estructuras más simples (Aizawam 2001; Heuck, 1998; McNab, 1999; Yonekura et al. 2000) .
En el artículo La complejidad evolutivamente reducible del flagelo bacteriano, publicado en el blog amigo “Un planeta con canas“, se muestran dos excelentes vídeos sobre la evolución del flagelo.
La reducción del sistema de coagulación
El sistema de coagulación sanguínea de los vertebrados es otro de los ejemplos básicos que la doctrina del diseño inteligente esgrme como complejo irreductible, a pesar de haber sido también rebatido desde hace tiempo (ver por ejemplo Doolitle & Feng, 1987; Doolitle, 1993).
Michael Behe, el inventor del concepto de “complejidad irreductible”, afirma: “Cuando un animal sufre un corte, una proteína llamada Hagemann (factor XII) se fija a la superficie de las células próximas a la herida. El factor Hagemann es entonces modificado por una proteína llamada HMK, activándolo. Inmediatamente el factor XII activado convierte otra proteína, llamada prekallikreina, a su forma activa, kallikreina […] en ausencia de cualquiera de los componentes, la sangre no fabrica el coágulo, y el sistema [de coagulación] falla.” (Behe, 1996a).
Y, nuevamente, esta afirmación es falsa. Por poner únicamente un ejemplo, los delfines carecen de Factor XII y su sistema de coagulación es completamente funcional (Robinson, Kropatkin, & Aggeler, 1969).
El ojo que no ve
El tercer estandarte de la irreductibilidad es el ojo humano. ¿Como pensar que tal maravilla puede formarse por una serie de cambios graduales? ¿alguien puede imaginar “medio ojo” funcionando?. Tales alegatos son profusamente utilizados por los creacionistas, a pesar de que también han sido contestados desde hace años.
El engaño que entraña este argumento consiste en afirmar la imposibilidad de que funcione medio ojo. Obviamente: la biología evolutiva no pretende que la evolución se haya desarrollado formando un cuarto de ojo, medio ojo y un ojo entero. Esto vuelve a ser una falsedad.
La evolución del ojo tiene lugar a partir de estructuras fotosensibles más simples -no incompletas- y está profusamente documentada en la literatura científica, con multitud de organismos vivos que presentan distintos estados de complejidad. El propio ojo humano -y problablemente el de todos los vertebrados- se desarrolló a partir de órganos más sencillos a los que se incorporaron estirpes celulares de células fotosensibles procedentes de tejido cerebral (Arendt et al. 2004). En ningún momento hubo “medio ojo”, sino ojos más simples.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
Los órganos más sencillos los encontramos en algunos organismos unicelulares, como el protista Euglena, donde un orgánulo fotosensible conectado al flagelo le permite distinguir entre luz y oscuridad, para desplazarse en función de ésta ( Wolken, 1977; Suzuki et al. 2003). Este primer paso no puede considerarse un ojo como tal: ni distingue formas, ni produce imágenes, únicamente detecta luz o ausencia de ésta.
Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células epidérmicas sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas subyacentes (Hickman et al., 2006). Tampoco son verdaderos ojos, dado que no forman imágenes y solo informan de luces y sombras; por eso se denominan manchas oculares u ocelos.
El siguiente paso consite en invaginar la superficie fotorreceptora, formando una “copa” fotosensible. La ventaja de esta nueva estructura es que permite un mayor número de células en el mismo espacio y a su vez es capaz de detectar la dirección de los rayos lumínicos en función de la cara de la copa que resulta estimulada. Ojos de este tipo aparecen, por ejemplo, en el gasterópodo Patella.
A partir de aquí, la estructura se va complicando, adoptando la forma de una cámara esférica abierta (p.e. en los géneros Haliotis y Nautilus), un ojo cerrado sin lente (p.e. géneros Helix y Turbo) e incluso ojos cerrados y con lente (p.e. géneros Murex y Nucella).
En otros muchos grupos animales aparecen ojos y ocelos con distinto grado de complejidad, incluso con estructuras muy diferentes como los ojos compuestos de los insectos. De hecho, se piensa que el ojo ha evolucionado de forma independiente en distintos grupos animales.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
Pór último, existe otro aspecto, ya esbozado por Darwin, que es incompatible con la doctrina del diseño inteligente: las imperfecciones. La existencia de “fallos en el diseño”, como el punto ciego del ojo de los vertebrados o la disposición invertida de las neuronas retinianas, pueden explicarse bajo la interpretación evolutiva dado que ésta trabaja sobre estructuras existentes, modificándolas y adaptándolas sin un diseño previo. Esto produce configuraciones que no suelen ser óptimas, sino solamente funcionales. Cabría esperar que un diseñador evitara estos errores, salvo que hablemos -más que de un diseñador- de un “chapucero inteligente”.
En los vertebrados, los fotorreceptores responden a la luz en función de los pigmentos visuales que se encuentran en la bicapa lipídica de los repliegues de los conos y discos membranosos de los bastones. Estos últimos contienen rodopsina y permiten la visión en condiciones de baja luminosidad. Los conos contienen tres tipos diferentes de pigmentos y son responsables de la percepción del color. Recientemente, Arendt y colaboradores (Arendt et al. 2004) han demostrado que estas células fotosensibles de los vertebrados -incluyendo al ser humano- son similares a ciertas células cerebrales de un gusano marino, Platynereis dumereili, cuya migración posterior explicaría el desarrollo de nuestros ojos, diferentes al de los que encontramos en invertebrados.
muchas gracias por pasar y te agradeciriera que lo leyera,muchas gracias