
“‘Vinyl’ tiene un equipo superlativo, un presupuesto millonario, una descomunal banda sonora… Pero le falta, de momento, ese pellizco extra para implicarnos emocionalmente”
“Vinyl”, lo de nuevo de HBO, supura prestigio y rigor mortis. Tiene algo de ataúd lujoso, forrado de suave terciopelo, con el muerto bien maqueado para recibir al público. Martin Scorsese, Mick Jagger , Terrence Winter (“Los Sopranos”, “Boarwalk empire”), Rodrigo Prieto (“El lobo de Wall Street”, “Babel”)… Un equipo superlativo, talento a chupinazos, un presupuesto millonario, una descomunal banda sonora… Pero le falta, de momento, ese pellizco extra, casi intangible, que uno necesita para implicarse emocionalmente. Gustará a cualquiera con un mínimo interés por el rock o el rutilante pasado de Nueva York, aunque las grandes series, las mejores películas y libros, necesitan sobreponerse al tema, sea cual sea. Es clave el qué, pero sobre todo el cómo.
En “Vinyl” cuesta no rendirse al esplendor técnico y cinematográfico y vibrar con las canciones, y sin embargo, al alcanzar los créditos, te notas entre ahíto y desinteresado. Quien busque Scorsese en estado puro, un montaje de infarto y una banda sonora no ya sublime, sino además y sobre todo necesaria, situada en el mismo plano dramático que sus personajes, imbricada a fondo en la historia, que vuelva a “Malas calles”. Esa sí que es vinilo sin cortar, droga “vintage”, carnívora y urgente. A falta de ver más capítulos, en la esperanza de que una vez trazadas las líneas maestras y apabullado el espectador pasemos del asombro a la médula, de la cabriola al tuétano, “Vinyl” sabe y huele a (magistral) ejercicio de estilo. Con todo, infinitamente superior al 99,9% de lo que ofrece la televisión convencional.