En 1930 un Presidente (Hipólito Yrigoyen) fue destituido por el Ejército, la banca inglesa, los medios editados en Buenos Aires, oligarcas bonaerenses y los radicales que soñaban con volver al gobierno. Ese tipo sabía que estaba en el horno y se resignó por una cuestión ética.
En 1955, Perón asumió que no tenía forma de enfrentar a la Revolución Libertadora y escapó al Paraguay en una avioneta enviada por Alfredo Stroessner. El ya estaba al tanto de todo y no fue sorprendido por los golpistas apoyados por los partidos opositores, la Iglesia Católica, ciertos medios de comunicación y la mayoría de los oficiales de las Fuerzas Armadas.
En 1962 otro presidente, Arturo Frondizi cayó por una conspiración armada por Perón, los norteamericanos, radicales conservadores y las Fuerzas Armadas. Frondizi sabía que estaba listo y se resignó a su suerte.
En 1966, a otro presidente , Arturo Illia lo sacó un general: Juan Carlos Onganía, apoyado por Perón, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, diarios conservadores, revistas de elite, los empresarios y la Embajada de Estados Unidos. Illia conocía a los que lo iban a rajar pero no pudo enfrentar semejante conjunto que encima estaba apoyado por una revista que editó Jacobo Timerman, padre del patético canciller Kirchnerista.
En 1976, una Presidenta, María Estela Martínez de Perón fue derrocada por todas las Fuerzas Armadas, todos los diarios del país, la Iglesia Católica, la Embajada de Estados Unidos, los banqueros, los empresarios y en este caso la opinión pública, porque en verdad era una tarada sin remedio. Tan boluda era que creyó en la palabra de Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera, y se sorprendió cuando fue subida al helicóptero que usaba para llegar a Olivos y le dijeron que la llevaban a pasear. Pero sus ministros, secretarios y alcahuetes ya sabían que la estaban metiendo en cana, y nada podía salvar los restos de un proceso político que inició Héctor Cámpora (el REY de los tarados) por orden del general Perón.
Estas historias oscuras y tenebrosa dejó enseñanzas que Cristina Fernández no supe aplicar cuando escribía sus largas cartas en Facebook.
Todos los protagonistas poderosos de la Argentina aprendieron que un Golpe de Estado sirve para cambiar lo que hacía una Presidenta que agonizaba por errores políticos y por la corrupción propia y de sus principales representantes.
CFK estuvo tranquila: todos querían que termine su mandato.
Nadie conspiró contra la Presidencia de la Nación, CFK fabricó una mentira (decía todo el tiempo que la querían derrocar) para entretener a la militancia y mimetizar las noticias que refieren al caso Nisman, la confirmación del procesamiento contra Amado Boudou, las consecuencias políticas de la marcha del 18 F, el aislamiento internacional del gobierno y las vinculaciones de Máximo Kirchner con una causa abierta a Lázaro Báez.
Cristina buscaba una victimización política, necesitaba alimentar un relato épico que escondiera su humillante y costos fracaso en el poder.
Para CFK fue más fácil crear un Partido Judicial y denunciar una presunta conspiración mediática, que poner la bandera a media asta y dar el pésame a la familia Nisman.
El ejercicio del poder también implica abrir el corazón ante una tragedia institucional que nos golpeó a todos.
En 1955, Perón asumió que no tenía forma de enfrentar a la Revolución Libertadora y escapó al Paraguay en una avioneta enviada por Alfredo Stroessner. El ya estaba al tanto de todo y no fue sorprendido por los golpistas apoyados por los partidos opositores, la Iglesia Católica, ciertos medios de comunicación y la mayoría de los oficiales de las Fuerzas Armadas.
En 1962 otro presidente, Arturo Frondizi cayó por una conspiración armada por Perón, los norteamericanos, radicales conservadores y las Fuerzas Armadas. Frondizi sabía que estaba listo y se resignó a su suerte.
En 1966, a otro presidente , Arturo Illia lo sacó un general: Juan Carlos Onganía, apoyado por Perón, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, diarios conservadores, revistas de elite, los empresarios y la Embajada de Estados Unidos. Illia conocía a los que lo iban a rajar pero no pudo enfrentar semejante conjunto que encima estaba apoyado por una revista que editó Jacobo Timerman, padre del patético canciller Kirchnerista.
En 1976, una Presidenta, María Estela Martínez de Perón fue derrocada por todas las Fuerzas Armadas, todos los diarios del país, la Iglesia Católica, la Embajada de Estados Unidos, los banqueros, los empresarios y en este caso la opinión pública, porque en verdad era una tarada sin remedio. Tan boluda era que creyó en la palabra de Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera, y se sorprendió cuando fue subida al helicóptero que usaba para llegar a Olivos y le dijeron que la llevaban a pasear. Pero sus ministros, secretarios y alcahuetes ya sabían que la estaban metiendo en cana, y nada podía salvar los restos de un proceso político que inició Héctor Cámpora (el REY de los tarados) por orden del general Perón.
Estas historias oscuras y tenebrosa dejó enseñanzas que Cristina Fernández no supe aplicar cuando escribía sus largas cartas en Facebook.
Todos los protagonistas poderosos de la Argentina aprendieron que un Golpe de Estado sirve para cambiar lo que hacía una Presidenta que agonizaba por errores políticos y por la corrupción propia y de sus principales representantes.
CFK estuvo tranquila: todos querían que termine su mandato.
Nadie conspiró contra la Presidencia de la Nación, CFK fabricó una mentira (decía todo el tiempo que la querían derrocar) para entretener a la militancia y mimetizar las noticias que refieren al caso Nisman, la confirmación del procesamiento contra Amado Boudou, las consecuencias políticas de la marcha del 18 F, el aislamiento internacional del gobierno y las vinculaciones de Máximo Kirchner con una causa abierta a Lázaro Báez.
Cristina buscaba una victimización política, necesitaba alimentar un relato épico que escondiera su humillante y costos fracaso en el poder.
Para CFK fue más fácil crear un Partido Judicial y denunciar una presunta conspiración mediática, que poner la bandera a media asta y dar el pésame a la familia Nisman.
El ejercicio del poder también implica abrir el corazón ante una tragedia institucional que nos golpeó a todos.