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Por qué me resisto a vivir en un mundo sin rabia

Info10/16/2015



El escándalo público no encaja con la civilización, y eso me aterra





Las camisas rotas de los directivos de Air France después de que anunciaran 2.900 despidos; los apuñalamientos de israelíes por parte de palestinos como un acto casi suicida, después de 67 años de expolio y ocupación.

Son muchos los que, desde la distancia, entienden estos actos como comprensibles o justificables. Son también muchos los que han interiorizado que la violencia no lleva a ningún lado, aunque siempre provenga de algún lugar.







Yo tengo un miedo que nunca se comprende, y que, por estar próximo a los actos de violencia, a menudo se etiqueta como un sentimiento sanguinario y feroz.

Tengo miedo de que perdamos la rabia.

Llorar en plena calle y de rodillas, gritar en público, reventarse la ropa en la oficina, estampar el coche, desfogarse contra el mobiliario urbano, patalear tirado en el asfalto, morder, soltar un puñetazo.

No importan las razones que puedan llevar a alguien a cometer tales actos coléricos: aquellos que le rodean entenderán que está loco, atacado, fuera de sí.





¿Qué diferencia a un borracho y su verborrea ruidosa de una mujer que, tras salir de la oficina de un banco, lanza el bolso al suelo, se quita los zapatos, da una patada a la puerta y luego llora tirada en los escalones, tirándose del pelo?

Muy poco.

Diría que reaccionamos de forma parecida en ambos casos: cambiar de acera, observar con esa sensación ubicada entre el placer y el espanto, grabar con el móvil.

Nos protegemos, nos distanciamos del humano fuera de control. Tenemos motivos para pensar así: pragmatismo, civismo, filosofía oriental.

La rabia no encaja con la civilización. Es propia de gente desordenada y escandalosa que se toma la justicia por su mano: con sus actos sólo generan caos, llaman a más violencia. No consiguen nada.







Hay que conservar la calma, comportarse. No importa lo que te haya pasado, lo que pienses, lo harto que estés. En las sociedades democráticas y en los estados de derecho existen cauces para expresarse, denunciar, reivindicar. La rabia expresada en público es, en realidad, una rabieta. Una reacción infantil.

Para construir un mundo más amable y habitable, deberías alcanzar tu lazo zen. Ya tenemos suficiente estrés y crispación, ¿no crees? Controla tu ansiedad. Cuenta hasta diez, entra en un espacio de paz, deslízate lentamente hacia el hermoso lago de tu estabilidad emocional.








A mí me aterra que la rabia sea un error, un desorden, una enfermedad. Sobre todo en una época en la que nos quejamos de que ya no nos afectan los desastres humanitarios, de que somos insensibles a las tragedias reales e hipersensibles a las que se presentan en forma de ficción.

Me da miedo que lo único que estorbe a la gente saliendo del metro, o comprando, o haciendo fotos, o manifestándose sean "los locos" y la policía. Es decir, los que están fuera de la ley y los que la ejecutan sobre nuestros cuerpos.

La rabia sí sirve para algo. Para ponernos los pelos de punta, para asustarnos o emocionarnos, para hacernos pensar o cabrearnos.





El estrés y la crispación también aparecen cuando hay injusticias, cuando apenas se puede respirar. ¿Es, por sistema, respirar hondo lo más saludable y constructivo?

Sólo sé que lo contrario, la abolición de la rabia pública y espontánea, del escándalo, me da mala espina.

No podemos rechazar de forma tan fría el estruendo del dolor humano. No puede resultarnos extraño lo que llevamos dentro.




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