Es comprensible que los libros de Churchward sobre Mu hayan sido rechazados, ya que se muestra muy vago al hablar del templo donde afirma haber visto las tablillas naacales y ofrece tan pocas pruebas de sus diversas aseveraciones.
Por otra parte, si podemos tomar en serio lo que dicen Brasseur, Le Plongeon y Niven cuando hablan de inscripciones mayas que remiten a 9500 a. de C., entonces es posible que con el tiempo descubramos que lo que decía Churchward era más cierto de lo que sospechamos. Le Plongeon decepcionó mucho a la American Antiquarian Society, que durante un tiempo publicó en su revista los informes que mandaba desde México. Pero sus conjeturas sobre la Atlántida y su hábito de criticar a la Iglesia por su deshonroso historial de tortura y derramamiento de sangre finalmente resultaron demasiado para los de Nueva Inglaterra y se desentendieron de él.
Resulta divertido ver que el joven que la American Antiquarian Society escogió para que fuese su representante en México había empezado su carrera publicando un artículo en Popular Science Monthly con el título de «Atlantis Not a Myth», en el cual argüía que si bien no había pruebas científicas de la existencia de la Atlántida, sin duda una tradición tan extendida tiene que basarse hasta cierto punto en hechos y que, al parecer, esta civilización perdida dejó su huella en la tierra de los mayas. Acto seguido citaba la leyenda de un pueblo de piel clara y ojos azules que lucía emblemas de serpientes en la cabeza y había llegado del Este en la antigüedad remota. Su artículo salió en 1879, tres años antes que el libro de Donnelly sobre la Atlántida. Señaló que a los líderes de los olmecas los llamaban «chanes», hombres con sabiduría de serpiente, a la vez que entre los mayas eran conocidos por el nombre de «canobs», el pueblo de la serpiente de cascabel.
Un artículo de Edward Herbert Thompson llamó la atención de algunos estudiosos y, a resultas de ello, el autor, que contaba menos de treinta años edad, se encontró convertido en cónsul norteamericano en México. Era 1885, el año en que Le Plongeon se marchó. En sus tiempos de estudiante Thompson había leído un libro de Diego de Landa, el obispo español que había empezado su carrera destruyendo miles de libros sobre los mayas y sus artefactos y que acabó colecionando y conservando cuidadosamente los restos de la cultura maya. Landa describía en su libro un pozo sagrado que había en Chichen Itzá donde arrojaban a las víctimas de los sacrificios en épocas de sequía o peste.
La historia le fascinó, del mismo modo que, cuatro decenios antes, un libro ilustrado en el que aparecían las inmensas murallas de Troya había fascinado a un niño de siete años llamado Heinrich Schliemann, que al instante decidió que algún día descubriría Troya. Y eso fue exactamente lo que hizo cuarenta y cuatro años después, en 1873. La mayoría de los eruditos del decenio de 1880 habrían considerado que las descripciones que hacía Diego de Landa de las ceremonias de los sacrificios eran fruto de la imaginación del autor; al igual que Schliemann, Thompson estaba decidido a comprobar qué grado de verdad había detrás de ello. Otra crónica, ésta de don Diego de Figueroa, describía cómo arrojaban mujeres al pozo al amanecer, con instrucciones de preguntar a los dioses que moraban en sus profundidades cuándo debía su amo acometer proyectos importantes.
Los amos ayunaban durante sesenta días antes de la ceremonia. Al mediodía las mujeres que no se habían ahogado eran sacadas por medio de sogas y puestas a secar delante de hogueras donde se quemaba incienso. Luego describían que habían visto muchas personas en el fondo del pozo, algunas de su propia raza, y que no les habían permitido mirarlas directamente a la cara y les asestaban golpes en la cabeza si trataban de desobedecer la orden. Pero la gente del pozo respondía a sus preguntas y les decían cuándo debían acometerse los proyectos de sus amos…
Sin perder un solo momento, Thompson se fue a Chichén Itzá para ver el siniestro pozo. Tal como esperaba, lo encontró de una fascinación morbosa. El pozo de los sacrificios o cenote era un agujero de forma ovalada, de unos 50 por 60 metros, con paredes verticales de piedra caliza que se alzaban unos 20 metros por encima de la superficie. Desde luego, tenía un aspecto bastante sombrío. El agua era verde y viscosa, casi negra, y nadie estaba seguro de cuál era su profundidad, porque sin duda alguna había una gruesa capa de barro en el fondo. Finalmente, más de un decenio después de su primera visita, Thompson logró comprar Chichén Itzá del mismo modo que Stephens había comprado Copán.
En efecto, ahora era propietario del pozo. Pero para explorarlo se decidió por un método peligrosísimo: vestirse de buzo y bajar al pozo. Consciente de que todo el mundo trataría de quitarle la idea de la cabeza, empezó por ir a Boston y tomar lecciones de buceo en alta mar. Entonces estuvo en condiciones de dirigirse a la American Antiquarian Society y a su patrono, Stephen Salisbury. Como esperaba, Salisbury reaccionó con horror y le dijo que lo que pensaba hacer era un suicidio. Pero Thompson persistió y finalmente recaudó los fondos que necesitaba. Seguidamente introdujo una plomada en el pozo hasta que le pareció que tocaba fondo y, basándose en ello, calculó que el agua tenía unos 10 metros de profundidad. Pero ¿cómo saber dónde había que buscar esqueletos humanos? Resolvió el problema arrojando al pozo troncos que pesaban tanto como un cuerpo humano y tomando nota del punto en que caían.
A continuación, instaló una draga provista de un largo cable de acero en el borde de la pared y observó cómo las enormes fauces de acero se zambullían debajo de la superficie negra. Los hombres que manejaban el cabrestante hicieron que la draga bajara hacia el fondo del agua obscura y dieron vueltas a la manivela hasta que el cable quedó flojo. Entonces cerraron las fauces de acero y subieron la draga. Al salir de la superficie, el agua hervía al tiempo que subían grandes burbujas de gas. Las fauces depositaron sobre una plataforma de madera un cargamento de mantillo negro y ramas muertas. Luego volvieron a zambullirse en el agua. Estas operaciones continuaron durante varios días y el montón de fango negro fue haciéndose más grande. Un día la draga incluso sacó un árbol completo, «en tan buen estado como si una tormenta lo hubiera lanzado al pozo el día antes».
Pero Thompson empezaba a sentirse preocupado. ¿Y si aquéllo era todo lo que iba a encontrar? ¿Y si Landa había dejado volar su imaginación? Ni siquiera el hallazgo de algunos fragmentos de cerámica sirvió para animarle. Después de todo, era posible que algunos chicos se hubieran divertido arrojando fragmentos lisos de cacharro al agua, para verlos resbalar sobre la superficie del pozo. Entonces, a primera hora de una mañana, bajó tambaleándose hasta el pozo, los ojos semicerrados por no haber dormido, y miró el «cubo» que formaban las fauces cerradas al salir del agua. Observó que en él había dos manchas grandes de alguna sustancia amarilla, como de mantequilla. Le hicieron pensar en las bolas de «mantequilla de pantano» que los arqueólogos encontraban en asentamientos antiguos de Suiza y Austria. Pero los antiguos mayas no tenían vacas, cabras o animales domésticos, de modo que no podía ser mantequilla. Olfateó la sustancia y luego la probó. Era resina. Y de pronto, Thompson notó que desaparecía el peso que sentía en el corazón. Arrojó un poco de resina a una hoguera y su fragancia llenó el aire. Era algún tipo de incienso sagrado y significaba que se había utilizado el pozo para fines religiosos.
A partir de aquel momento el pozo empezó a entregar sus tesoros: cerámica, vasijas sagradas, puntas de hacha y de flecha, escoplos y discos de cobre batido, deidades mayas, campanas, cuentas, colgantes y trozos de jade. Thompson había amarrado un lanchón de fondo plano debajo del saliente de la pared, junto a una «playa» estrecha en la que había lagartos y gigantescos sapos. Un día, hallándose sentado en la barca, trabajando en sus notas, hizo una pausa para meditar y clavó los ojos en el agua. Lo que vio le sobresaltó. Su mirada parecía estar descendiendo por una pared vertical con «muchas señales y huecos», tal como la describieran las mujeres a las que habían sacado del pozo.
Rápidamente se dio cuenta de que era el reflejo de la pared que quedaba por encima de él. Y los trabajadores que se asomaban al precipicio también se reflejaban en el agua y daban la impresión de que había gente caminando en el fondo. Thompson también había leído que el agua del cenote a veces se volvía verde y a veces se convertía en sangre coagulada.
Un período de observación reveló que estos comentarios también se basaban en la realidad. A veces las algas teñían el agua de color verde y las semillas rojas le daban aspecto de sangre. Finalmente, resultó obvio que la draga había llegado al fondo del barro y el limo, a unos 12 metros por debajo del «fondo» original, indicaba que no iban a encontrar más artefactos. Había llegado el momento de empezar a bucear. Thompson y dos buzos griegos descendieron al lanchón de fondo plano montados en el cubo de la draga y se pusieron el equipo de bucear, con sus enormes cascos de cobre. Por último, Thompson pasó las piernas por encima del borde de la embarcación y bajó por la escalera de alambre. Al llegar al extremo inferior, se soltó y sus zapatos con suela de hierro y el collar de plomo tiraron de él hacia abajo.
El agua amarilla se transformó en agua verde, luego púrpura, finalmente negra, y sintió punzadas de dolor en los oídos. Al abrir las válvulas del aire, la presión disminuyó y los dolores desaparecieron. Al cabo de unos momentos, se encontró de pie en el fondo rocoso. Le rodeaban las paredes verticales de barro que había dejado la draga, de más de cinco metros de altura, con rocas sobresaliendo de ellas. Otro buzo llegó junto a él y se estrecharon la mano. Thompson descubrió que si apoyaba su casco en el de su compañero, podían sostener conversaciones inteligibles, aunque sus voces parecían el eco de unos fantasmas que estuvieran hablando en medio de las tinieblas.
Pronto decidieron abandonar las linternas y el teléfono submarino porque estas cosas no servían para nada en aquellas aguas espesas como el puré de guisantes. Moverse de un lado para otro no resultaba difícil, toda vez que eran casi ingrávidos, como los astronautas; Thompson no tardó en descubrir que si quería trasladarse a un punto situado a varios pasos de él, tenía que saltar con cuidado o iba a parar más lejos de lo que quería. Otro peligro lo ofrecían las rocas enormes que sobresalían de las paredes de barro que la draga había excavado. A veces las rocas se desprendían y caían. Pero las precedía una ola de presión que daba a los buzos tiempo suficiente para apartarse. Mientras procurasen que los tubos del aire y los tubos acústicos estuvieran alejados de las paredes, se encontrarían relativamente libres de peligro. «De haber cometido la imprudencia de apoyar la espalda en la pared, nos hubiéramos visto cortados en dos tan limpiamente como por obra de unas gigantescas podaderas».
Los nativos estaban convencidos de que en las aguas del pozo nadaban serpientes y lagartos gigantescos. Era verdad que había serpientes y lagartos… pero habían caído en el pozo y trataban desesperadamente de salir de él. De todos modos, Thompson tuvo una experiencia desagradable. Se encontraba excavando en una grieta estrecha del suelo, con un buzo griego a su lado, cuando de pronto notó el movimiento de algo que se deslizaba hacia abajo en su dirección. Al cabo de unos instantes, se encontró tendido en el suelo mientras algo le apretaba contra el fondo. Durante unos momentos recordó las leyendas que hablaban de extraños monstruos. Entonces el griego empezó a empujar el objeto y, al ayudarle, Thompson se dio cuenta de que era un árbol que se había desprendido de arriba.
En otra ocasión, mientras se deleitaba contemplando una campana que acababa de encontrar en una grieta, se olvidó de abrir las válvulas para que saliera el aire. De repente, al erguirse para cambiar de posición, empezó a flotar hacia arriba como un globo. Era peligrosísimo, ya que la sangre de un buzo está cargada de burbujas de aire, igual que el champán, y a menos que se liberen con una lenta ascensión, causan un transtorno llamado «enfermedad de los buceadores» que puede provocar una muerte muy dolorosa. Thompson tuvo la presencia de ánimo suficiente para abrir rápidamente las válvulas, pero el acidente le causó daños permanentes en los tímpanos.En el fondo del cenote apareció el tesoro que Thompson tenía la esperanza de encontrar: huesos y cráneos humanos, prueba de que Landa había dicho la verdad, así como cientos de objetos rituales de oro, cobre y jade. Hasta encontraron un cráneo de viejo, probablemente un sacerdote arrastrado hacia abajo por una muchacha en el momento de ser arrojada al pozo.
Sólo el tesoro de Tutankamón superaba los descubrimientos de Thompson en Chichén Itzá. Los tesoros del pozo sagrado y la dramática historia de su recuperación hicieron famoso a Thompson. Al morir en 1935, a la edad de 75 años, había dilapidado la mayor parte de su fortuna -y así lo reconocía él mismo- en las excavaciones mayas; pero la suya había sido la clase de vida rica y apasionante con la que sueña todo colegial. Su artículo sobre la Atlántida le había llevado a una vida de aventuras, una versión de Indiana Jones en la vida real, que había inspirado originalmente la primera incursión de Graham Hancock en el campo de la detección histórica. Chichén Itzá constituye una lección importante para quienes desean encontrarle sentido al sangriento pasado de Mesoamérica. La Historia de la conquista de México, de Prescott, es una magnífica crónica de los sacrificios que hacían los aztecas. Sin embargo, las doncellas de Chichén Itzá no eran arrojadas al pozo por sacerdotes sádicos que querían apaciguar a unos dioses crueles, sino que eran arrojadas en calidad de mensajeras para que hablasen con los dioses a fin de que evitaran alguna catástrofe. Luego las sacaban del pozo.
Hay que reconocer que una víctima de un sacrificio a la que han abierto las costillas con un cuchillo de silex, para poderle arrancar el corazón, no tiene ninguna esperanza de sobrevivir. Pero parece que los mayas, al igual que los antiguos egipcios y los tibetanos creían que el viaje al otro mundo es largo y peligroso y a estas víctimas del sacrificio se les ofrecía un viaje rápido y sin peligros. Los sacerdotes creían que les hacían un favor y sin duda la mayoría de ellas se preparaban para la muerte con un estado de ánimo perfectamente sereno, después de que un sacerdote de aire grave y amistoso les diera instrucciones exactas sobre lo que tenían que decirles a los dioses.
Podemos o no aceptar la idea de que un cataclismo geológico destruyó, en la misma época, la Atlántida y Mu. Pero poca duda cabe de que en el remoto pasado hubo grandes catástrofes. De hecho, el «catastrofismo» fue una teoría científica respetable a mediados del siglo XVIII. Su principal exponente fue el célebre naturalista Georges Buffon, uno de los primeros evolucionistas. El conde de Buffon explicaba la extinción de tantas especies diciendo que las habían destruido grandes catástrofes, tales como inundaciones y terremotos. Cincuenta años después, a principios del siglo XIX, el geólogo escocés James Hutton sugirió que los cambios geológicos se producen lentamente a lo largo de épocas larguísimas, pero dado que en aquel tiempo la mayoría de los científicos aceptaban la opinión del arzobispo James Ussher de que la tierra fue creada en el 4004 a. de C., opinión a la que había llegado sumando todas las fechas que se citan en la Biblia, la sugerencia de Hutton hizo pocos progresos, hasta que otro geólogo, sir Charles Lyell, presentó pruebas convincentes de la inmensa antigüedad de la tierra en sus Principios de geología (1830-1833).
La ciencia, como de costumbre, se apresuró a desplazarse al extremo opuesto y declaró que el catastrofismo era una superstición primitiva. En el siglo XX, como señaló Hapgood en el capítulo titulado «Great extinctions» de su libro Earth’s Shifting Crust, esta opinión se modificó a resultas de descubrimientos como el del mamut de Beresovka en 1901, en cuyo estómago aún había flores frescas. Ignatius Donnelly había dedicado muchos capítulos a las leyendas sobre diluvios en Atlantis, y todavía más en el libro que escribió seguidamente, Ragnarok, the Age of Fire and Gravel (1883), que argüía que la glaciación del pleistoceno, que empezó hace 1,8 millones de años, fue provocada por el choque de la Tierra con un cometa. En Atlantis cita a Brasseur para demostrar que los mayas conservaban leyendas sobre la destrucción de la Atlántida.
Alrededor de 1870, un alemán de diez años de edad llamado Hans Hoerbiger sacó la curiosa conclusión de que la luna y los planetas están cubiertas de una gruesa capa de hielo, que en el caso de la luna tiene un espesor de más de 200 kilómetros. Más adelante, cuando ya era ingeniero, vio el efecto del hierro fundido en el suelo anegado y sacó la conclusión de que alguna explosión parecida había causado el «big bang» que a su vez había creado el universo. Andando el tiempo, llegó a creer que la Tierra ha experimentado una serie de catástrofes violentas cuya causa ha sido la captura de una serie de «lunas». Según Hoerbiger, todos los cuerpos planetarios del sistema solar giran lentamente en espiral hacia el sol. Como se mueven con mayor rapidez que los grandes, los cuerpos pequeños pasan inevitablemente cerca de los planetas y son «capturados». Esto, según dijo, le ha pasado a nuestra Tierra por lo menos seis veces, y nuestra luna actual es sólo la más reciente de la serie.
Una vez capturadas, las lunas giran en espiral en dirección a la Tierra hasta que se estrellan contra ella y causan cataclismos. La última fue capturada hace cosa de un cuarto de millón de años, y al acercarse, su gravedad hizo que toda el agua de la Tierra se acumulase en torno a su ecuador. Al hacerse más leve la gravedad, los hombres se convirtieron en gigantes… de ahí la cita bíblica sobre «gigantes en la Tierra». Finalmente se estrelló y liberó las aguas y éstas causaron grandes inundaciones, tales como se describen en la Biblia y en la epopeya de Gilgamés.El libro de Hoerbiger Glacial Cosmology (1912) causó sensación, aunque los astrónomos se rieron de él. Más adelante, los nazis lo aceptaron con entusiasmo y Hitler dijo que Hoerbiger era uno de los tres astrónomos más grandes del mundo, junto con Ptolomeo y Copérnico, y se propuso construir un observatorio en su honor.
Su discípulo Hans Schindler Bellamy, que era austríaco, continuó propagando sus teorías después de la muerte de Hoerbiger en 1931 , y dio todavía más importancia a los indicios de cataclismos terrestres. En el decenio de 1930 un psiquiatra ruso-judío llamado Immanuel Velikovsky se interesó por la historia antigua al leer Moisés y la religión monoteísta y otros escritos sobre judaísmo y antisemitismo , de Freud, donde el autor había propuesto que Moisés y el faraón Akenatón eran contemporáneos en vez de estar separados por un siglo, como creen los historiadores. Las investigaciones de Velikovsky le llevaron a sacar la conclusión de que gran parte de la datación de la historia antigua es completamente errónea. Velikovsky quedó convencido de que en un pasado lejano se había producido una gran catástrofe en la Tierra.
Durante un tiempo creyó que la teoría de la «luna cautiva» de Hoerbiger podía ser correcta, pero finalmente la rechazó. Entonces encontró textos que parecían indicar que los astrónomos antiguos no mencionaban al planeta Venus antes del 2000 a. de C. ¿Era posible que dicho planeta no hubiera estado en su posición actual antes del segundo milenio a. de C.? Pero si Venus «nació», como parecían indicar muchos textos antiguos, ¿de dónde nació? Según Velikovsky, la mitología griega nos da la respuesta: Venus nació de la frente de Zeus, esto es, de Júpiter. Según Velikovsky, hacia el 1500 a. de C. alguna gran convulsión interna hizo que Júpiter vomitara un cometa ígneo que cayó hacia el sol. Se acercó a Marte y lo arrastró fuera de su órbita, luego pasó junto a la Tierra y causó las catástrofes que se describen en la Biblia y en muchos otros textos antiguos. Dio la vuelta al sol y regresó 52 años después, causando más catástrofes; luego quedó asentado como el planeta Venus.
Velikovsky llegó a esta conclusión leyendo cientos de textos antiguos, entre ellos muchos de la historia maya, basados en las obras de Brasseur. Los sacrificios sangrientos de los aztecas, que tanto horrorizaron a los españoles y que los citaron como excusa de las matanzas que perpetraron ellos, tenían por fin, según Velikovsky, impedir que se repitiera la catástrofe con un intervalo de 52 años.
La obra de Velikovsky “Worlds in Collision” se vendió muchísimo desde el momento de su publicación en la primavera de 1950. Al hablar de la lluvia de sangre que se menciona en el Éxodo, «y habrá sangre en toda la tierra de Egipto», arguye que en realidad se trataba de un polvo o pigmento meteórico rojo y cita una docena de mitos y textos antiguos, entre ellos al sabio egipcio Ipuver, al Manuscrito Quiché de los mayas, tal como lo cita Brasseur, la Kalevala finlandesa, Plinio, Apolodoro y varios historiadores modernos. Aunque los científicos se burlaron de las ideas de Velikovsky, se apuntó algunos triunfos. Predi jo que Júpiter emitiría ondas de radio y resulto cierto. Predijo que el sol tendría un potente campo magnético y resultó cierto.
Un crítico declaró que tal campo tendría que ser 10 elevado a la potencia de 19 voltios y, de hecho, ésta es la cifra que se ha calculado ahora. También sugirió que la proximidad de los cuerpos celestes hace que la Tierra invierta sus polos magnéticos, aunque todavía no se sabe cuál fue la causa de tales inversiones, nueve en los últimos 6,3 millones de años. Pero los científicos reconocen ahora que la explicación de Velikovsky podría ser la correcta. Sin embargo, apenas ha admitido el lector que Velikovsky parece saber mucho más que sus críticos, también tiene que admitir que la idea de que la caída de los muros de Jericó y la separación de las aguas del mar Rojo fueron causadas por el paso de un cometa es demasiéido inverosímil para tomársela en serio. Pero el pensamiento de Velikovsky es audaz y estimulante.
Donde no se le pueden poner objeciones a Velikovsky es en su premisa de que, en algún momento del pasado, hubo grandes catástrofes que convulsionaron la superficie de la Tierra y mataron a millones de personas y animales. En este sentido, quizá su obra más convincente sea la tercera de la serie, Earth in Upheaval, que es sencillamente una crónica de 300 páginas de las pruebas de que hubo grandes catástrofes y extinciones. De forma bastante parecida a aquel adversario de la ortodoxia científica que fue Charles Fort, Velikovsky se limitó a recopilar cientos de hechos extraños: por ejemplo, la Meseta de Columbia, la intrigante capa de lava de cerca de 52.000 kilómetros cuadrados de extensión y cerca de dos kilómetros de grueso, que cubre los estados septentrionales de Norteamérica entre las Montañas Rocosas y la costa del Pacífico.
Luego menciona que en 1899, durante la perforación de un pozo artesiano en Nampa, estado de Idaho, se encontró una figurilla de barro cocido enterrada a cerca de 98 metros de profundidad en la lava. La intención de Velikovsky era probar que la inundación de lava ocurrió en los últimos miles de años, hacia el 1500 a. de C. Pero otra posible interpretación de sus datos es que la raza humana y la civilización podría ser mucho más antigua de lo que suponemos. De hecho, eso es exactamente lo que hace un notable libro titulado Forbidden Archaeology, de Michael A. Cremo y Richard L. Thompson , donde se arguye que la figurilla de Nampa se encontró en una capa y donde el plioceno da paso al pleistoceno, hace la friolera de unos dos millones de años. Al igual que Brasseur, Le Plongeon y Bellamy, Velikovsky habla del misterio de Tiahuanaco y del lago Titicaca, en los Andes. El Titicaca es el lago de agua dulce mayor del mundo, ya que tiene 222 kilómetros de longitud y, en algunos lugares, 112 de anchura.
En su obra Moon, Myth and Man, Bellamy escribe:” Es una lástima que los peruanos no hayan conservado ningún mito de los tiempos en que las aguas de la marea circundante (causada por la luna) se retiraron. Cerca del lago Titicaca encontramos un fenómeno muy interesante: una antigua ribera que está a casi 3.600 metros sobre el nivel del mar.
Es fácil verificar que se trata de un antiguo litoral (costa) porque los depósitos calcáreos de algas han pintado una conspicua franja blanca sobre las rocas y porque hay conchas y guijarros esparcidos por el lugar. Lo que resulta todavía más notable es que en esta ribera se hallan situadas las ruinas ciclópeas de la ciudad de Tiahuanaco, restos enigmáticos que muestran cinco desem-barcaderos claramente definidos, puertos con malecones, etcétera, a la vez que un canal penetra mucho en el interior.
La única explicación verosímil es que la ciudad estuvo otrora situada en las orillas de una marea circundante, porque a nadie le resulta fácil creer que los Andes hayan subido unos 3.600 metros desde que se fundó la ciudad”. Pero si rechazamos la creencia de Hoerbiger de que la luna se acercó tanto a la Tierra que causó una «marea circundante» permanente alrededor del ecuador, entonces sólo nos queda la otra explicación: que los Andes han subido más de 3.000 metros sobre el nivel del mar. La presencia de varias especies marinas, entre los cuales hay caballitos de mar, en el lago Titicaca disipa toda duda de que en otro tiempo formó parte del mar. El problema del lago Titicaca y la ciudad de Tiahuanaco fue lo que atrajo a Graham Hancock a América del Sur en los comienzos de su búsqueda de indicios de que existió una civilización antigua miles de años antes del Egipto dinástico.
Graham Hancock es el autor de algunos de los bestsellers internacionales más importantes, tales como The Sign and The Seal, Fingerprints of the Gods, y Heaven’s Mirror. Se han vendido más de cinco millones de copias de sus libros en todo el mundo y han sido traducidos a 27 idiomas. Sus conferencias públicas y sus apariciones en televisión, incluyendo dos series de televisión importantes para el canal 4 en el Reino Unido y The Learning Channel en los EE.UU., ha sido reconocido como un pensador no convencional que plantea preguntas polémicas sobre el pasado de la humanidad. Nacido en Edimburgo, Escocia, los primeros años de Hancock los pasó en la India, donde su padre trabajaba como cirujano. Más tarde se graduó de la Universidad de Durham en Sociología.
Luego se pasó a la carrera de periodismo, escribiendo para muchos de los principales periódicos británicos, como The Times, The Sunday Times, The Independent y The Guardian. Su primer libro, Viaje a través de Pakistán, fue publicado en 1981. La conversión de Hancock en un éxito de ventas se produjo en 1992 con la publicación de The Sign and The Seal, su investigación sobre la mística y el paradero del Arca de la Alianza. “Fingerprints of the Gods” , publicada en 1995, confirmó la creciente reputación de Hancock. Descrito como “uno de los hitos intelectuales de la década“, este libro ha vendido más de tres millones de copias y sigue siendo muy demandado en todo el mundo. Obras posteriores, tales como Keeper Of Genesis (The Message of the Sphinx in the US) con Robert Bauval y Heaven’s Mirror como coautores, también han sido de los más vendidos. En 2002, Hancock publicó Underworld: Flooded Kingdoms of the Ice Age, que fue elogiado por la crítica. Esta obra fue la culminación de años de investigación y de inmersiones para encontrar antiguas ruinas bajo el mar.
Su argumento era que muchas de las pistas sobre el origen de la civilización estaban bajo el mar, en las regiones costeras. Una vez estuvieron en la superficie, pero fueron inundadas al final de la última Edad de Hielo. Underworld: Flooded Kingdoms of the Ice Age ofrece la evidencia arqueológica concreta de que los mitos y leyendas de las antiguas inundaciones eran verdaderas. Talisman: Sacred Cities, Secret Faith, co-producida por Robert Bauval, se publicó en 2004. Esta obra vuelve a los temas tratados en Keeper Of Genesis, en busca de evidencias adicionales de un culto secreto astronómico en los tiempos modernos. Es un viaje a través de la historia para descubrir en la arquitectura y los monumentos los vestigios de una religión secreta que ha dado forma al mundo. En 2005 Graham Hancock publicóSupernatural: Meetings with The Ancient Teachers of Mankind, que es una investigación del chamanismo y los orígenes de las religiones. Este polémico libro sugiere que las experiencias en estados alterados de conciencia han jugado un papel fundamental en la evolución de la cultura humana. Y que otras realidades, de hecho mundos paralelos,.nos envuelven todo el tiempo, pero normalmente no son accesibles a nuestros sentidos. Durante la investigación para Supernatural: Meetings with The Ancient Teachers of Mankind, Hancock viajó a la Amazonia a beber cerveza de Ayahuasca, utilizado por los chamanes desde hace más de 4000 años.
Ayahuasca se refiere a una bebida medicinal y mágica incorporada de dos o más especies de plantas capaces de producir efectos profundos mentales, físicos y espirituales cuando son elaborados juntos y consumidos en una ceremonia. La palabra Ayahuasca puede ser traducida al inglés como la vid del alma o la vid de los muertos. Esto es más probable, debido al hecho de que después de la toma de Ayahuasca, una persona siente a menudo una liberación del alma. Ayahuasca suele estar formado por la mezcla de dos ó más especies distintivas de plantas capaces de producir efectos psicoactivos cuando son elaboradas y consumidas. Una de estas plantas es siempre la vid gigante de lianas leñosas llamada Ayahuasca (Banisteriopsis Caapi).
La otra planta o plantas combinadas con Ayahuasca generalmente contienen alcaloides de triptamínico, más a menudo dimetiltriptamina (DMT). Esta bebida es empleada ampliamente a lo largo de la Amazonía de Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, oeste de Brasil y en partes de la cuenca del río Orinoco. El objeto más antiguo relacionado con el Ayahuasca es una copa ceremonial, tallada en la piedra, con ornamentación grabada, que fue encontrada en la cultura de Pastaza de la Amazonía Ecuatoriana desde 500 a.C. al 50 d.C. Está depositado en la colección del Museo de Etnología de la Universidad Central de Quito, Ecuador. Esto indica que partes del Ayahuasca fueran conocidos y usados al menos hace 2.500 años. Su antigüedad en el Amazonas inferior es probablemente mucho mayor.
El chamanismo es un sistema para la curación psíquico, emocional y espiritual y para la explotación, descubrimiento y recopilación de conocimientos sobre mundos no materiales y estados de ánimos. Los antropólogos han identificado las prácticas chamánicas en las culturas tribales, antiguas y modernas, en todo el mundo.
Chamanismo es una técnica de éxtasis ( según Mircea Eliade) en la que el espíritu del chamán deja el cuerpo y viaja a comunicarse con ayudantes del espíritu y otros seres con el fin de obtener conocimiento, poder y curación. Sin embargo, el chamán normalmente mantiene el control sobre su cuerpo. En muchas culturas, el chamán es elegido o llamado, a veces para curar una grave enfermedad. El viaje chamánico es un estado alterado de conciencia en el que se entra en un estado llamado “realidad no ordinaria“.
Viajando, pueden reunirse conocimientos y realizar curaciones de maneras que no son accesibles en una realidad ordinaria. La curación chamánica es un proceso por el cual una persona viaja en nombre de otra y trae información ó instrucciones que pueden utilizarse para proporcionar la curación psíquico/emocional/espiritual a otra persona.
La ciudad de Tiahuanaco, a más de 4000 metros de altitud, fue un puerto en otro tiempo, como revelan sus inmensos muelles, uno de los cuales es lo bastante grande como para dar cabida a cientos de barcos. La zona portuaria se encuentra ahora a unos 19 kilómetros al sur del lago y a más de 30 metros por encima de él. El antiguo puerto está en un lugar llamado Puma Punku (Puerta del Puma) y docenas de enormes bloques esparcidos de forma caótica indican que sufrió algún terremoto o algo parecido.
La catástrofe, como señaló el profesor Arthur Posnansky, gran autoridad en lo que se refiere a Tiahuanaco, causó una inundación que sumergió parte de Tiahuanaco y dejó esqueletos humanos y de peces. En Tiahuanaco conoció Graham Hancock la leyenda de Viracocha, el dios blanco procedente del mar, sólo que en este lugar se le conocía por el nombre de Tunupa. Hancock también se sintió intrigado al ver que las embarcaciones de caña del lago Titicaca parecían exactamente iguales a las que había visto en Egipto.
Los indios del lugar declararon que el modelo se lo había dado la gente de Viracocha. Generalmente se supone que una estatua de dos metros y pico, tallada en piedra arenisca roja, es de Viracocha (o Tunupa): un hombre de ojos redondos y nariz recta, bigote y barba, lo cual es una señal clara de que no se trata de un indio, toda vez que los indios sudamericanos tienen poco vello facial. Al lado de su cabeza aparecían tallados animales curiosos, distintos de los que se conocen en la zoología americana.
En este lugar, al igual que en Egipto, Hancock quedó desconcertado al ver el gran tamaño de los bloques de construcción, muchos de los cuales medían unos 9 metros de longitud y más de 4 de anchura. Uno de ellos pesaba 440 toneladas, más del doble de lo que pesaban los inmensos bloques del Templo de la Esfinge en Gizeh. Y, una vez más, se planteaba el interrogante de cómo aquella gente primitiva había podido acarrear semejantes bloques y por qué optaron por utilizarlos en vez de bloques de tamaño normal.
Hancock encontró una cita en un cronista español, Pedro Cieza de León, en que los indios del lugar decían al autor que la ciudad se había construido en una sola noche (¿?). Los indios dijeron a otro visitante español que las piedras se habían transportado milagrosamente «al son de una trompeta». Esto recuerda no sólo la historia bíblica según la cual las murallas de Jericó fueron demolidas por el sonido de las trompetas, sino que quizá también nos recuerde la extraña conjetura de Christopher Dunn, según la cual puede que los egipcios se valieran de ultrasonidos para construir el sarcófago de granito que hay en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide.
El ingeniero Christopher Dunn escribió la obra Lost Technologies of Ancient Egypt: Advanced Engineering in the Temples of the Pharaohs (Tecnologías perdidas del Antiguo Egipto: ingeniería avanzada en los templos faraónicos). Ha trabajado en la industria aeroespacial y ha sido jefe de proyectos en la industria metalúrgica. Dunn parte de una premisa aplastante. A mediados del siglo XIX, se produjo la Segunda Revolución Industrial. Los trenes y barcos de vapor aumentaban su velocidad. Las computadoras ya no eran un sueño. En apenas 150 años, la creatividad ha diseñado un mundo digital donde palabras e imágenes viajan casi instantáneamente al otro lado del planeta. Nuestra civilización ha salido de la Edad Media, pasando por el Renacimiento hasta la conquista espacial en apenas 500 años.
Sin embargo, se nos intenta hacer creer que en los más de 3.000 años que duró la civilización egipcia, las herramientas que usaron aquellos hombres nunca cambiaron; que quienes lograron obras de ingeniería que ni siquiera hoy podemos igualar, solo utilizaron martillos y cinceles de cobre y madera sin cambiar un ápice su diseño. Durante 35 años, Dunn ha estudiando los monumentos egipcios, desde las pirámides hasta los templos de Karnak y Denderah, pasando por las gigantescas esculturas de Ramsés. Fotos de esas superficies, revisadas bajo microscopios electrónicos, e innumerables experimentos hechos con las herramientas supuestamente usadas por los constructores, han demostrado que ninguno de esos instrumentos de cobre y madera, pudo haber dejado esas marcas de precisión mecánica sobre las superficies perfectamente pulidas, redondeadas o anguladas con regularidades de centésimas de milímetros. El hecho de que solo se hayan recuperado unas pobres herramientas de cobre y madera en las cercanías de los monumentos, no quiere decir que no haya otras en espera de ser descubiertas.
Una de las principales zonas rituales de la antigua Tiahuanaco era un gran recinto llamado «el Kalasasaya», el Lugar de las Piedras Verticales -que medía 137 por 118 metros aproximadamente-, cuyo nombre se derivaba del recinto de piedras parecidas a puñales, de más de 3,5 metros de altura, que lo rodea. Posnansky arguyó que la función que cumplía el recinto era de carácter astronómico. Dicho de otro modo, se trataba de un observatorio.
Fue mientras estudiaba su alineamiento astronómico cuando Posnansky observó que había algo raro en él. Dos puntos de observación del recinto señalaban el solsticio de invierno y el de verano, es decir, los puntos en que el sol se encuentra directamente encima del Trópico de Cáncer o del de Capricornio. En nuestros días, los dos trópicos están exactamente a 23 grados y 30 minutos al norte y al sur del ecuador. De hecho, nuestra Tierra se mece levemente, como un barco. A lo largo de un ciclo de 41.000 años, la posición de los trópicos cambia de 22,1 grados a 24,5. Este cambio recibe el nombre de «oblicuidad de la Eclíptica» y no debe confundirse con la precesión de los equinoccios.
Y Posnansky se dio cuentá de que los dos «puntos de solsticio» en el Kalasasaya revelaban que cuando se hicieron tales puntos los dos trópicos se hallaban situados a 23 grados, 8 minutos y 48 segundos del ecuador. Después de calcular esto con una tabla de posiciones astronómicas, sacó la conclusión de que el Kalasasaya debía de haberse construido en el 15000 a. de C., en un momento en que, según los historiadores, el hombre aún era un cazador primitivo que perseguía mamutes y rinocerontes lanudos con lanzas, tal como puede verse en las pinturas rupestres de Lascaux. Obviamente, la datación de Posnansky ponía en entredicho algunos de los supuestos más fundamentales de los historiadores.
Los cálculos de Posnansky habían dejado atónitos a sus colegas, que preferían una estimación más moderada, a saber, 500 d. de C., más o menos la época en que el rey Arturo expulsaba a los sajones de Inglaterra. Y aunque los cálculos de Posnansky se basaba en casi medio siglo dedicado al estudio de Tiahuanaco, sus colegas le tacharon de chiflado. Por suerte, sus cálculos llamaron la atención de una comisión astronómica alemana formada por cuatro hombres a quienes habían encargado que estudiaran los yacimientos arqueológicos de los Andes. Este grupo, cuyo director era el doctor Hans Ludendorff, del observatorio astronómico de Potsdam, estudió el Kalasasaya entre 1927 y 1930, y no sólo confirmó que se trataba de un «observatorio», sino que también sacó la conclusión de que lo habían construido de acuerdo con un plan astronómico que, como mínimo, databa de muchos miles de años antes del rey Arturo. El grupo sugirió la fecha del 9300 a. de C.
Incluso esto escandalizó al mundo científico. Uno de los miembros de la comisión, el doctor Rolf Müller, revisó los cálculos y decidió que si Posnansky se equivocaba en relación con los puntos de solsticio del recinto, a la vez que se tomaban en consideración otras variantes posibles, la fecha podría reducirse y dejarla en el 4000 a. de C. Posnansky hizo finalmente las paces con sus colegas al reconocer que la fecha correcta podía ser o bien 4500 o 10500 a. de C. Desde luego, esta última fecha podría sugerir que la catástrofe que destruyó el puerto de Tiahuanaco y partió en dos la Puerta del Sol fue el legendario cataclismo que destruyó la Atlántida.
El Kalasasaya fascinaba a Hancock por otra razón. Había dos grandes estatuas, también talladas en piedra arenisca roja, cuya mitad inferior aparecía cubierta de escamas de pescado, lo cual hacía pensar otra vez en los dioses pez que, según el historiador babilonio Beroso, trajeron la civilización a Babilonia. Las historias relativas al dios pez Oannes presentan un curioso parecido con las de Viracocha y Kon-Tiki. Finalmente, los Hancock se encontraron ante la más famosa de las ruinas de Tiahuanaco, la Puerta el Sol, de unos 3 metros de altura por casi 4 de anchura, cubierta de tallas misteriosas. Sobre la puerta se alza una figura amenazadora con un arma en una mano y un rayo en la otra. Es casi seguro que se trata de Viracocha.
Hancock se sintió intrigado al ver debajo de esto la forma de un elefante en el complejo friso, porque en el continente americano no hay elefantes ni ha habido en él animales parecidos desde aproximadamente el 10000 a. de C., momento en que se produjo la extinción del llamado Cuvieronius, que era un animal provisto de colmillos y trompa. Al examinarlo con mayor atención, vio que en realidad el elefante lo formaban cóndores con cresta.
El dibujo era una especie de efecto visual, del mismo tipo de las que aparecían en otras partes el friso, donde una oreja humana podía ser en realidad un ala de pájaro. Entre los otros animales representados en la puerta había un toxodonte, especie de hipopótamo que desapareció de los Andes más o menos en la misma época que el Cuvieronius, el animal parecido al elefante. De hecho, había no menos de 46 toxodontes. También aparecen toxodontes en la cerámica de Tiahuanaco, e incluso en las esculturas. Como es natural, todo esto inducía a pensar en la probabilidad de que la cronología de Tiahuanaco que proponía Posnansky fuese correcta.
Pero la puerta no estaba terminada. Algo había interrumpido al escultor y partido la puerta en dos. Y resulta obvio, al ver los bloques de piedra dis persos, que ese algo fue un terremoto. Posnansky creía que esta catástrofe había sobrevenido en el undécimo milenio a. de C. y había sumergido la ciudad de Tiahuanaco durante un tiempo. Seguidamente se había producido una serie de fenómenos sísmicos a causa de los cuales había descendido el nivel del lago a la vez que el clima se volvía más frío. Y en este momento los supervivientes habían construido campos elevados y ondulantes sobre la tierra rescatada ahora de debajo del agua. Según una fuente que cita Hancock, las técnicas de cultivo revelaban un notable grado de perfección, de tal manera que los campos podían dar mejores resultados que los que se cultivan con técnicas modernas y producían el triple de las patatas que se obtienen hoy de un campo parecido.
Además, las patatas que se cultivaron en parcelas experimentales creadas por agrónomos modernos siguiendo esta pauta antigua resistieron heladas y sequías que normalmente hubieran echado a perder la cosecha. Está claro que Hancock sospechaba que estas innovaciones agrícolas, así como técnicas para eliminar la toxicidad de las patatas venenosas de estas regiones altas, llegaron a Tiahuanaco después de la catástrofe que inundó la ciudad. Esta conjetura parece concordar con la idea de que Viracocha y sus numerosos tocayos, Quetzalcóatl, Kon-Tiki, Votan o Tunupa, llegaron después del «oscurecimiento del sol».
Hancock formula luego una conjetura todavía más osada. La lengua de los indios que viven alrededor del lago Titicaca se llama aimara, mientras que la lengua que hablaban los incas de Perú era el quechua. La lengua aimara posee la interesante característica de ser tan sencilla y poco ambigua en sus estructuras que puede traducirse fácilmente al lenguaje informático.
¿Fue una simple coincidencia que una lengua aparentemente artificial regida por una sintaxis propicia a la informática se hable hoy en los alrededores de Tiahuanaco?
¿O es posible que el aimara sea el legado del gran saber que todas las leyendas atribuyen a Viracocha?
Si Viracocha desembarcó en la costa oriental de América Central, como afirman las leyendas aztecas, y su influencia fue igualmente fuerte en el otro lado del continente, entonces la civilización que trajo debió de ser tan inmensa como la actual civilización de Europa o América del Norte. Y es poco probable que una civilización tan extendida permaneciera limitada a un solo continente. Probablemente era mundial y era la gran civilización marítima que propuso Charles Hapgood. Graham Hancock viajó a continuación por toda América del Sur y Central, y el conocimiento de primera mano que obtuvo de los lugares antiguos confirmó su creencia de que se trataba de una civilización que había precedido la devastación de Tiahuanaco en algún momento del undécimo milenio a. de C. Y, al parecer, fue la antepasada común del Egipto dinástico, así como de los olmecas, los mayas y los aztecas
Una y otra vez quedó impresionado y desconcertado por el tamaño de las piedras utilizadas en algunas de las estructuras antiguas. Sobre la ciudadela de Sacsayhuaman (no lejos de Cuzco, en Perú) dijo lo siguiente: “Estiré el cuello y alcé los ojos para ver un gran peñasco de granito por debajo del cual pasaba ahora mi ruta. Tenía unos 3 o 4 metros de altura y más de 2 de lado a lado, pesaba mucho más de 100 toneladas y era obra del hombre y no de la naturaleza. Había sido cortado y moldeado hasta darle una armonía sinfónica de ángulos, manipulado con aparente facilidad (como si estuviera hecho de cera o masilla) y estaba colocado verticalmente en una pared formada por otros bloques poligonales enormes y problemáticos, algunos de ellos colocados por encima de él, algunos por debajo, algunos a uno y otro lado, y todos en yuxtaposición perfectamente equilibrada y ordenada”.
Uno de estos asombrosos ejemplos de piedra cuidadosamente tallada tenía una altura de ocho metros y pico y, según se calculó, pesaba 361 toneladas. La misma sensación de perplejidad ofrecía Machu Picchu, la «ciudadela perdida» que se hallaba oculta en la cima de una montaña y había permanecido olvidada durante siglos. Bajo el mando de su jefe, Manco Cápac, los incas se habían retirado ante el avance de los españoles en 1533, después de que Pizarro asesinara traicioneramente al hermano de Manco, el rey Atahualpa. Desde Machu Picchu, que es tal vez una de los lugares más bellos y espectaculares del mundo, hostigaron a los españoles durante años e incluso pusieron sitio a Cuzco. Y aunque los españoles llegaron a sólo unos kilómetros, nunca descubrieron su escondrijo en la cima inaccesible. Cuando los incas abandonaron finalmente la lucha, Machu Picchu permaneció desierta durante casi cuatro siglos, hasta que el explorador norteamericano Hiram Bingham fue conducido hasta allí por un indio del lugar en 1911.
Machu Picchu no la construyó Manco Cápac. Aunque los historiadores la datan alrededor de finales del siglo XV d. C., el profesor Rolf Müller, de Potsdam, uno de los miembros del grupo que estudió los resultados que Posnansky obtuvo en Tiahuanaco, sacó la conclusión, basándose en sus alineamientos astronómicos, de que fue construida entre el 4000 y el 2000 a. de C.
En Machu Picchu, al igual que en Sacsayhuaman, Hancock quedó estupefacto ante la magnitud de la obra. Quien hubiese construido Machu Picchu había utilizado aparentemente la misma clase de trabajadores o de tecnología que emplearon los faraones que edificaron las pirámides. Se había dedicado al proyecto el mismo cuidado y la misma precisión. Había bloques gigantescos, colocados unos junto a otros, con tanta exactitud que a menudo era imposible insertar una hoja de afeitar entre ellos. Un monolito poligonal perfectamente pulimentado medía alrededor de cuatro metros de longitud por uno y medio de anchura y uno y medio de grosor, y no podía pesar menos de 200 toneladas. ¿Cómo habían logrado los constructores antiguos subirlo hasta aquí?».
Hancock abandonó Perú para trasladarse a América Central. En Chichén Itzá, en Yucatán, intrigó a Hancock la forma de la gran pirámide de Kukulcán, uno de los numerosos nombres de Viracocha. Tiene 365 escalones, y de alguna forma misteriosa, éstos aparecen dispuestos de tal modo que en dos días del año, en los equinoccios de primavera y otoño, el juego de las luces y las sombras crea la ilusión de una gran serpiente que se retuerce mientras sube la escalinata. Esta ilusión dura exactamente 3 horas y 22 minutos. Una cosa así es, a su manera, tan impresionante como la construcción de la Gran Pirámide. De hecho, la gran pirámide de los mayas, en Cholula, cerca de Ciudad de México, tiene tres veces el tamaño de la Gran Pirámide de Gizeh y cubre una extensión de alrededor de 18 hectáreas. Es el edificio más grande de la Tierra.
A unos cuarenta y ocho kilómetros al nordeste de Ciudad de México se hallan las ruinas de la sagrada ciudad tolteca de Teotihuacán. Los primeros europeos que la vieron fueron Cortés y sus soldados, en circunstancias poco propicias, por no decir otra cosa peor. El 8 de noviembre de 1519, Cortés había entrado en la capital de los aztecas, Tenochtitlán, la actual Ciudad de México, y había quedado sobrecogido ante su extensión y su belleza. Aquella ciudad de pirámides y templos inmensos, palacios y canales, estaba construida en el centro de un enorme lago, y era tan elegante como Venecia. Resultaba claro que sus habitantes no eran salvajes, sino el fruto de una antigua civilización. Los aztecas declaraban que habían tomado por modelo la capital original de su patria perdida, que se alzaba en medio de un lago y estaba rodeada de canales concéntricos, lo que inevitablemente hace pensar en la Atlántida de Platón. Cortés aprovechó la primera oportunidad para detener al amistoso emperador Moctezuma, que moriría cautivo de los españoles. Fue al matar aztecas durante una de sus ceremonias religiosas cuando los españoles cosecharon tempestades. Durante la noche del 1 de julio de 1520 los aztecas sorprendieron a los españoles cuando trataban de huir y mataron a unos quinientos de ellos, así como a cuatro mil de sus aliados mexicanos. Los españoles la llamaron «la noche triste».
Cortés y los supervivientes huyeron al norte y se encontraron en un valle cerca de un poblado indio llamado Otumba, completamente rodeado por las ruinas de una ciudad antigua que parecía estar enterrada bajo toneladas de tierra. Acamparon allí, entre dos grandes montículos. Al cabo de dos días tuvieron que enfrentarse a un inmenso ejército de indios mexicanos. Cortés mostró entonces su genio militar. Se dio cuenta de que el hombre ricamente ataviado que estaba en el centro del enemigo debía de ser el jefe y se lanzó directamente hacia él con su pequeña banda de guerreros. La ferocidad del ataque pilló a los indios por sorpresa y el jefe resultó muerto. Al correr la noticia, huyeron los ejércitos indios, que eran muy superiores en número, ya que había unos cien indios por cada español.