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Dueño de hotel de alta rotatividad espío durante 30 años

Info4/14/2016
Dueño de hotel de alta rotatividad espío durante 30 años

Dueño de hotel de alta rotatividad espió durante 30 años a sus clientes


Presenció miles de encuentros sexuales y su historia se convirtió en libro.


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Gerald Foos siempre se vio atraído por espiar la vida de los otros. A tal punto que en cuanto pudo llegó a comprar un hotel en Denver, Colorado, e hizo agujeros en las 21 habitaciones para husmear los encuentros sexuales de sus clientes.

Lo hizo durante 30 años y presenció romances clandestinos, amores furtivos y hasta tríos entre compañeros de trabajo

A tal punto llegó su adicción que elaboró estadísticas en base a sus observaciones, detalla el portal Todo Noticias.

"No son una pareja feliz. Él es un ignorante del proceso sexual y la previa a pesar de su educación", escribió en una de sus notas. De los 293 actos sexuales que presenció en 1973, "195 eran heterosexuales, la mayoría en la posición del misionero".

Hoy Foos tiene 80 años, hace tiempo que está retirado y entendió que era momento de confesarse. Para ello contactó al periodista Gay Talese, un icono del periodismo en Estados Unidos.

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"Con la ayuda de su mujer, cortó huecos rectangulares de 15 cm por 38 cm en el cielorraso de más de una docena de habitaciones", describió. "Luego cubrió las aberturas con pantallas de aluminio ranuradas, que parecían rejillas de ventilación, pero en realidad eran conductos de observación que le permitían, arrodillado en el ático, mirar a sus huéspedes en los cuartos debajo de él. Los observó durante décadas, mientras mantuvo un registro escrito exhaustivo de lo que vio y escuchó. Ni una sola vez, durante todos esos años, lo descubrieron".

Talese recordó a continuación que el 7 de enero de 1980 recibió una carta en su casa de Nueva York, en la cual un ser anónimo se presentaba como un lector expectante de La mujer de tu prójimo —un retrato en detalle del sexo en los Estados Unidos antes de la irrupción del sida, desde los divorcios en los suburbios hasta la mansión Playboy, desde la liberación femenina hasta las casas de masajes— y, sobre todo, como alguien que puede hacer un gran aporte a la obra de Talese. Le describió los miradores en las habitaciones, y le explicó: "La razón por la cual compré este hotel fue para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi interés imperioso por todas las formas en las cuales las personas viven sus vidas, tanto en lo social como en lo sexual". Aclaró: "Lo hice puramente por mi curiosidad sin límites por la gente, y no como un mirón trastornado". Para probarlo tenía un diario en el que elaboraba una estadística casera, con las actividades que realizaban los huéspedes, sus conversaciones, sus edades, su aspecto físico, su procedencia geográfica.

Entre los 60 y los 90 espió los cambios en los hábitos sexuales que los investigadores observaron en otros ambientes, como la aparición de parejas de distintas etnias o el sexo grupal. Le interesaban mucho las prácticas lesbianas, dijo a Talese; tenía un catálogo de infidelidades. Conocía todas las emociones humanas, aseguró. La falta de consentimiento de los sujetos no era una violación de su intimidad desde su perspectiva: era una garantía de autenticidad.

Nunca sintió culpa por sus actos. Argumentó algo similar a sostener que no se ha producido un robo cuando el propietario no advierte la ausencia del objeto: "No hay invasión de la privacidad si nadie se queja". No obstante, temía ser descubierto. Por eso no podía revelar su identidad hasta que Talese se comprometiera a reservarla. Y lo invitaba a conocer el hotel porque seguramente el escritor podría narrar esa "información confidencial" que podía "ser valiosa para la gente en general y los investigadores del sexo en particular", algo para lo cual él carecía de talento.

Lo que el hotelero vio:

Desde pequeño a Foos le gustaba mirar: durante más de seis años observó a la hermana de su madre desnuda en su habitación, cada noche. Ya adulto, compensaba el tedio del trabajo al dar vueltas por Aurora en busca de persianas que le habilitaran alguna emoción ajena, que pronto hacía suya.

Estaba casado con Donna, su primera mujer, a quien le había dicho que espiar le daba "un sentimiento de poder". Atribuyó la comprensión de su esposa a que era enfermera: "Lo ha visto todo —la muerte, la enfermedad, el dolor, todos los desórdenes que existe—, cuesta mucho conmocionar a una enfermera". A veces ella lo acompañaba en sus excursiones, y lo estimuló a que tomara notas de lo que veía.

Talese comparó al voyeur como un historiador social por accidente: alguien que mientras pasa horas a la espera de observar el detalle anatómico perfecto en una práctica sexual que lo excita puede ver la rutina humana ordinaria, "demasiado tediosamente real para los reality shows".

Sus relatos y las historias de los miles de clientes que pasaron por su hotel se convirtieron en un libro que ya se puede reservar en Amazon por U$S 14.

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Gay Talese, autor de célebres obras, despertó polémica con la última: The Voyeur's Motel

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