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Suicidarse antes de enfrentar un cáncer en Venezuela

Info4/9/2016
Suicidarse antes de enfrentar un cáncer en Venezuela Esta es la historia de Ana María, una ama de casa de Puerto La Cruz que, luego de ser diagnosticada de un linfoma No Hodgkin, decidió suicidarse antes de vivir la enfermedad en escasez: sin medicinas, sin reactivos, sin seguros, sin médicos, sin país Se ha reseñado que Venezuela es un país feliz y que sus habitantes resisten a la adversidad gracias al calor humano, a la omnipresencia del Ávila o al queso guayanés. Pero una segunda mirada asoma que la realidad no siempre es la épica del buen humor y la paciencia sin fisuras. El paraíso bolivariano también puede ser infeliz, a pesar de la propaganda de los optimistas y de las mentiras oficiales. Poner fin a una zozobra que no puede esperar por un milagro parlamentario o por una renuncia presidencial, pasa también por extinguir la propia vida. Suicidios como el del preso político Rodolfo González, hallado el 13 de marzo de 2015 en su celda del Sebin, o el de Ramón Rodríguez, que se ahorcó el 20 de febrero de 2016 en las adyacencias del Metro de Los Teques ―según testigos, luego de exigir durante días los medicamentos para tratar una enfermedad crónica― quizás invitan a inaugurar un tópico dentro de los alcances de la crisis: ¿cuántas personas han renunciado a seguir viviendo en estas condiciones? Augusto canceló esta entrevista en dos ocasiones. Al principio no comprendía la importancia de verbalizar estos acontecimientos personales, sobre todo porque él y su familia han protegido celosamente los detalles de aquel suceso. Pero él mismo concluyó cuando logramos conversar que estas cosas debían contarse. El 18 de febrero del año en curso, Ana María Perdomo, de 62 años, decidió ahorcarse en su residencia del barrio Tierra Adentro en Puerto La Cruz. La sobreviven sus dos hijos, Augusto, de 45 años, y Ángela, de 32, además de tres nietas de cuatro, nueve y 17 años. Augusto encontró el cuerpo en la mañana, suspendido de una reconocible cabuya amarilla acordonada en el armazón del techo de cinc. “Nosotros no pudimos echarle platabanda a ese cuartico donde ella cosía, y mira para qué sirvió”. Ana María también ingirió el contenido de una caja de Alpram que reposaba en el chifonier sobre el cual se alzó para dejarse caer. Llevaba una bata azul y las uñas de los pies lucían rojas, como siempre. Augusto dice que no gritó ni lloró de inmediato. Recuerda un vacío como si le hubieran aplastado la cabeza y luego agradeció que fue él y no Ángela quien encontró el cuerpo. “Sé que me caí, recuerdo que llegué al piso y saqué el celular. Llamé a mi compadre Luis, que es policía, y como en media hora llegó una patrulla con una ambulancia de los bomberos. Esa media hora duró una eternidad y yo no sabía si bajarla de ahí o salir corriendo. Qué extraño es que te interroguen mientras bajan el cuerpo de tu mamá. La cabuya estaba nueva, yo me pregunto si fue a la ferretería y la compró pensando en eso. Mamá era una mujer muy arrecha, no comía cuento. Me crió ella sola, ni se molestó en pedirle nada al papá mío, y para qué. Yo pienso que hay que ser muy arrecho para matarse, hay que tener las bolas que a mí me faltan, porque yo no te voy a mentir, con esto, hasta me provoca matarme también. Lo que pasa es que yo todavía tengo esa hija pequeña y tampoco puedo dejar sola a Ángela”. Según la nota de despedida que Ana María dejó en la cocina y según el informe médico que reposaba en una gaveta, el diagnóstico informaba el padecimiento de linfoma No Hodgkin, un tipo de cáncer que envenena los linfocitos, el mismo que superaron Andrés Galarraga y Daniela Bascopé. “Desde 2014 nosotros tuvimos a una tía con cáncer de seno y movimos cielo y tierra para adquirir los medicamentos de la quimioterapia que aquí están desaparecidos. Algunas dosis de Cardioxane y de Abraxane se las compramos entre todos con un vecino colombiano que viajaba a Barranquilla. Tuvimos que recoger bastante plata para que pudiera pagar el pasaje de avión, porque ya no podía ir por tierra con la frontera cerrada. Mi mamá vio de cerca el padecimiento de Josefina, su hermana de crianza, saltando entre la Unidad de Mastología y la Unidad Oncológica Klever Ramírez Roja, que son unos peladeros de chivos, entre equipos malos, cero reactivos y la cola de gente esperando a ver si llegan las medicinas. Nosotros hasta nos montamos en los autobuses recogiendo plata y mamá vendió tortas e hizo rifas. En todo momento se mostró optimista y colaboradora, pero en los últimos meses creo que también se deprimió. Josefina estaba cansada y le decía a todo el mundo que quería morirse ya. Aquello fue deprimente para todos”. Esa es la gran pregunta: ¿qué hará el país con los escombros que la actual situación deja a su paso? El país tiene una cuenta regresiva que asusta. Transcripción de la nota de Ana María: “Hijos… No se vayan a molestar aunque yo sé que es difícil, tampoco se vayan a poner demasiado tristes. La cosa está muy dura y yo no quiero ser una carga para nadie, yo sé que tengo linfoma de no hodgkin y es preferible salir de eso ya. A lo mejor no me van a entender, eso me pone triste. Pero después entenderán que igualito me iba a morir. Pórtense bien. Todo va a mejorar con el favor de Dios, ustedes todavía están jóvenes. Su mamá los quiere mucho. Me perdonan por favor”.
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