Dios no existe (y eso es algo bueno)
Fragmento de la intervención de Christopher Hitchens en el debate con su hermano Peter Hitchens sobre la existencia de Dios, realizado en abril de 2008.
A continuación, la transcripción:
Bien, veamos… No creo que vaya a llevarme 10 minutos refutar la existencia de Dios. La proposición atea es la siguiente (la mayoría de las veces): No puede decirse que no haya un dios, puede decirse que no hay razón para pensar que hay uno.
Esa fue la situación luego de que Lucrecio y Demócrito y los pensadores antiteístas originales comenzaran su crítica de la religión. Y les pediría a ustedes que tengan en mente una leve distinción mientras seguimos. Puede que deseen ser deístas, como lo fueron mis héroes Thomas Jefferson y Thomas Payne, puede que no quieran dejar la idea de que debe haber alguna causa primera o próxima, o un primer motor del universo conocido y observable. Pero incluso si pueden llegar a esa posición —que los no creyentes sostenemos está siempre sujeta a explicaciones mejores, más perfectas y más elegantes— incluso si pueden llegar a esa posición, aún tienen todo el trabajo por delante. Para pasar de ser deísta a ser teísta, o sea alguien que dice: “Dios se preocupa por ti, sabe quién eres, le importa lo que haces, responde a tus oraciones, le importa qué partes de tu pene o clítoris has cortado o te han cortado, le importa con quién te acuestas y de qué forma, le importa qué días sagrados celebras, le importa qué comes, le importa qué posiciones usas para obtener placer. Tienen todo el trabajo por delante, y les deseo mucha suerte. Porque no hay nadie… Incluso Aquino tuvo que rendirse. No hay nadie que pueda llegar desde la primera postura a la segunda.
Así que podría —y estoy realmente tentado a hacerlo— dejarlo ahí, pero no está en mi naturaleza dejar a una audiencia cautiva con tanta facilidad. Así que añadiré un par de cosas. Las razones por las que me alegro de que esto no sea cierto, supongo que serán las quejas más importantes de mi caso.
Algunas personas que conozco, que son ateas, dirán que les gustaría poder creer. Algunas personas que conozco, ex creyentes, dicen que les gustaría volver a tener fe. La extrañan. Yo no lo entiendo en absoluto. Pienso que es excelente que no haya razones para creer en las proposiciones absurdas, como las que acabo de exponerles brevemente. La razón principal de esto es que pienso que es una creencia totalitaria. Es el deseo de ser un esclavo. Es el deseo de que haya una autoridad tiránica inalterable e indesafiable, que puede condenarte por un crimen mental mientras duermes. Que puede someterte —de hecho debe hacerlo— a una vigilancia absoluta, a toda hora, a cada minuto te tu vida —¿dije de tu vida?— antes de que nacieras y, aún peor, y donde empieza lo realmente divertido: después de que mueras. Una Corea del Norte celestial. ¿Quién desea que esto sea cierto? ¿Quién sino un esclavo desea tal espantoso destino?
Yo he estado en Corea del Norte. Tienen a un nombre muerto como su presidente. Kim Jong-il sólo es jefe del partido y del ejército; no del Gobierno ni del Estado. Ese puesto le pertenece a su difunto padre, Kim Il-sung. Es una necrocracia. Una tanatocracia. Es una abreviatura de la trinidad, agregaría. El hijo es la reencarnación del padre. Es la más repugnante, total, absoluta y despiadada tiranía que la especie humana ha desarrollado jamás. Pero al menos, te puedes cagar muriendo y abandonar Corea del Norte. ¿El Corán o la Biblia les ofrecen esa libertad? ¡No! ¡No! La tiranía, la miseria, la posesión absoluta de toda tu personalidad, el aplastamiento de tu individualidad, sólo empiezan en el momento de la muerte. Esto es maligno. Esta es una prédica malvada. Así que eso es lo primero.
Segundo: nos ataca en nuestra en nuestra más profunda integridad esencial. Es un insulto para nosotros, en otras palabras. Dice que nosotros —ustedes y yo— no podemos, individual o colectivamente, decidir sobre una acción correcta, sin el celestial permiso divino. No diferenciaríamos el bien del mal si no tuviéramos permiso del Cielo para hacerlo. ¿De dónde o cómo podríamos diferenciarlos? Nuestra solidaridad humana, nuestro conocimiento innato del bien y del mal, nuestro agudo conocimiento de lo que es merecido o inmerecido, lo que es justo… no tiene valor para nosotros. Esto también nos es dado como regalos del gran incuestionable dictador entronizado. ¿Qué podría abolir nuestra integridad, qué podría abolir nuestra honestidad, decencia e dignidad, más que eso?
Lo segundo… ¡tercero!… es un poco más pragmático. La religión es nuestra primera —y es por eso que estoy tan fascinado con ella— es nuestra primera versión de la verdad. Es nuestro primer intento como especie. Es lo que intentamos cuando no sabíamos nada. No sabíamos que vivíamos en un planeta esférico, no sabíamos que nuestro planeta giraba alrededor del Sol. No sabíamos que había microorganismos que explicaban las enfermedades. Pensábamos que las enfermedades provenían de maldiciones o de brujas, o los que deseaban el mal, o demonios, “remolinos de polvo”. No sabíamos nada. De los infantiles, aterrorizados e ignorantes orígenes de nuestra especie animal primate, de allí viene la religión. También fue nuestro primer intento de filosofía, nuestro primer intento de moral, nuestro primer intento de atención sanitaria —de hecho—, pero… debido a que fue nuestro primer intento, fue el peor. Ahora tenemos mejores explicaciones para todos esos temores. Y hemos explicado todos estos misterios. Sin embargo seguimos preocupándonos, y en algunos países, en algunas sociedades, no sólo preocupándonos, sino viviendo bajo un régimen totalitario que nos prohíbe pensar en el progreso que se ha hecho, o nos niega el conocimiento de que esos avances en realidad han ocurrido. Así que se ha convertido —bien, probablemente alguna vez la Biblia fue una ayuda— en un gran peligro para nuestra capacidad de vivir como una especie civilizada.
Esto me parece que se debe a su propuesta de una solución totalitaria —que es, después de todo, nuestro verdadero problema— a su espantosa dependencia en lo sobrenatural, en vez de las mucho más milagrosas, mucho más bellas, mucho más elegantes, mucho más numinosas, mucho más armoniosas, explicaciones naturales. Piensen cuánto más hermosas son las de Einstein y Darwin. Piensen cuánto más elegantes y persuasivas son, en vez de la idea del arbusto ardiente, o la exigencia de que sin circuncisión no puede haber salvación. Sólo imagínenlo.
Y luego les daré un último ejercicio mental. Esto es lo que tienen que creer hoy, si es que son monoteístas, porque ahora sabemos cosas que antes no sabíamos: Sabemos que la especie humana podría tener hasta 200 mil años de edad, cuando se separó de los cromañones y las especies pre-humanas primitivas. Podrían ser sólo 100 mil. Richard Dawkins piensa que son 200 mil, Francis Collins, del Proyecto Genoma Humano —y que por cierto es un cristiano al estilo de C.S. Lewis— piensa que son 100 mil. Bien, acepto 100 mil años. Acepto 100 mil años. Esto es lo que tienen que creer: Durante 100.000 años, los humanos nacen como una especie primate. Expectativa de vida, ¿unos 25 años, por las primeras decenas de miles de años? Mortalidad infantil: abundante. Enfermedades por microorganismos: aterrador. Terremotos… volcanes: extraordinario. Y peleas por tierra, por territorio, por comida, por mujeres, por tribalismo: aterrador, también. Durante 95-96 mil años, el Cielo observa esto… Con los brazos cruzados. Con indiferencia. Con frialdad. Y luego, unos 3 o 4 mil años atrás, pero sólo… en lugares realmente brutales e iletrados de Medio Oriente ¡No en China! No en China, donde la gente puede leer, pensar, hacer ciencia, ¡no, no!, en lugares bárbaros analfabetos y atrasados de Medio Oriente, decide: “Esto no puede seguir así, mejor intervenimos”. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que con sacrificios humanos y plagas y asesinatos en masa? Y si eso no los hace comportarse moralmente, ¡no sabemos qué otra cosa podrá hacerlo! Si hay una sola persona en esta sala, que pueda llegar a creer algo remotamente parecido a esto, se condena a sí mismo a ser —primero— muy estúpido y —segundo— muy inmoral.
Y por lo tanto, me parece que el caso de la intervención divina o lo sobrenatural, se cae. Y deberíamos alegrarnos de que se caiga. Y gracias.
Fragmento de la intervención de Christopher Hitchens en el debate con su hermano Peter Hitchens sobre la existencia de Dios, realizado en abril de 2008.
A continuación, la transcripción:
Bien, veamos… No creo que vaya a llevarme 10 minutos refutar la existencia de Dios. La proposición atea es la siguiente (la mayoría de las veces): No puede decirse que no haya un dios, puede decirse que no hay razón para pensar que hay uno.
Esa fue la situación luego de que Lucrecio y Demócrito y los pensadores antiteístas originales comenzaran su crítica de la religión. Y les pediría a ustedes que tengan en mente una leve distinción mientras seguimos. Puede que deseen ser deístas, como lo fueron mis héroes Thomas Jefferson y Thomas Payne, puede que no quieran dejar la idea de que debe haber alguna causa primera o próxima, o un primer motor del universo conocido y observable. Pero incluso si pueden llegar a esa posición —que los no creyentes sostenemos está siempre sujeta a explicaciones mejores, más perfectas y más elegantes— incluso si pueden llegar a esa posición, aún tienen todo el trabajo por delante. Para pasar de ser deísta a ser teísta, o sea alguien que dice: “Dios se preocupa por ti, sabe quién eres, le importa lo que haces, responde a tus oraciones, le importa qué partes de tu pene o clítoris has cortado o te han cortado, le importa con quién te acuestas y de qué forma, le importa qué días sagrados celebras, le importa qué comes, le importa qué posiciones usas para obtener placer. Tienen todo el trabajo por delante, y les deseo mucha suerte. Porque no hay nadie… Incluso Aquino tuvo que rendirse. No hay nadie que pueda llegar desde la primera postura a la segunda.
Así que podría —y estoy realmente tentado a hacerlo— dejarlo ahí, pero no está en mi naturaleza dejar a una audiencia cautiva con tanta facilidad. Así que añadiré un par de cosas. Las razones por las que me alegro de que esto no sea cierto, supongo que serán las quejas más importantes de mi caso.
Algunas personas que conozco, que son ateas, dirán que les gustaría poder creer. Algunas personas que conozco, ex creyentes, dicen que les gustaría volver a tener fe. La extrañan. Yo no lo entiendo en absoluto. Pienso que es excelente que no haya razones para creer en las proposiciones absurdas, como las que acabo de exponerles brevemente. La razón principal de esto es que pienso que es una creencia totalitaria. Es el deseo de ser un esclavo. Es el deseo de que haya una autoridad tiránica inalterable e indesafiable, que puede condenarte por un crimen mental mientras duermes. Que puede someterte —de hecho debe hacerlo— a una vigilancia absoluta, a toda hora, a cada minuto te tu vida —¿dije de tu vida?— antes de que nacieras y, aún peor, y donde empieza lo realmente divertido: después de que mueras. Una Corea del Norte celestial. ¿Quién desea que esto sea cierto? ¿Quién sino un esclavo desea tal espantoso destino?
Yo he estado en Corea del Norte. Tienen a un nombre muerto como su presidente. Kim Jong-il sólo es jefe del partido y del ejército; no del Gobierno ni del Estado. Ese puesto le pertenece a su difunto padre, Kim Il-sung. Es una necrocracia. Una tanatocracia. Es una abreviatura de la trinidad, agregaría. El hijo es la reencarnación del padre. Es la más repugnante, total, absoluta y despiadada tiranía que la especie humana ha desarrollado jamás. Pero al menos, te puedes cagar muriendo y abandonar Corea del Norte. ¿El Corán o la Biblia les ofrecen esa libertad? ¡No! ¡No! La tiranía, la miseria, la posesión absoluta de toda tu personalidad, el aplastamiento de tu individualidad, sólo empiezan en el momento de la muerte. Esto es maligno. Esta es una prédica malvada. Así que eso es lo primero.
Segundo: nos ataca en nuestra en nuestra más profunda integridad esencial. Es un insulto para nosotros, en otras palabras. Dice que nosotros —ustedes y yo— no podemos, individual o colectivamente, decidir sobre una acción correcta, sin el celestial permiso divino. No diferenciaríamos el bien del mal si no tuviéramos permiso del Cielo para hacerlo. ¿De dónde o cómo podríamos diferenciarlos? Nuestra solidaridad humana, nuestro conocimiento innato del bien y del mal, nuestro agudo conocimiento de lo que es merecido o inmerecido, lo que es justo… no tiene valor para nosotros. Esto también nos es dado como regalos del gran incuestionable dictador entronizado. ¿Qué podría abolir nuestra integridad, qué podría abolir nuestra honestidad, decencia e dignidad, más que eso?
Lo segundo… ¡tercero!… es un poco más pragmático. La religión es nuestra primera —y es por eso que estoy tan fascinado con ella— es nuestra primera versión de la verdad. Es nuestro primer intento como especie. Es lo que intentamos cuando no sabíamos nada. No sabíamos que vivíamos en un planeta esférico, no sabíamos que nuestro planeta giraba alrededor del Sol. No sabíamos que había microorganismos que explicaban las enfermedades. Pensábamos que las enfermedades provenían de maldiciones o de brujas, o los que deseaban el mal, o demonios, “remolinos de polvo”. No sabíamos nada. De los infantiles, aterrorizados e ignorantes orígenes de nuestra especie animal primate, de allí viene la religión. También fue nuestro primer intento de filosofía, nuestro primer intento de moral, nuestro primer intento de atención sanitaria —de hecho—, pero… debido a que fue nuestro primer intento, fue el peor. Ahora tenemos mejores explicaciones para todos esos temores. Y hemos explicado todos estos misterios. Sin embargo seguimos preocupándonos, y en algunos países, en algunas sociedades, no sólo preocupándonos, sino viviendo bajo un régimen totalitario que nos prohíbe pensar en el progreso que se ha hecho, o nos niega el conocimiento de que esos avances en realidad han ocurrido. Así que se ha convertido —bien, probablemente alguna vez la Biblia fue una ayuda— en un gran peligro para nuestra capacidad de vivir como una especie civilizada.
Esto me parece que se debe a su propuesta de una solución totalitaria —que es, después de todo, nuestro verdadero problema— a su espantosa dependencia en lo sobrenatural, en vez de las mucho más milagrosas, mucho más bellas, mucho más elegantes, mucho más numinosas, mucho más armoniosas, explicaciones naturales. Piensen cuánto más hermosas son las de Einstein y Darwin. Piensen cuánto más elegantes y persuasivas son, en vez de la idea del arbusto ardiente, o la exigencia de que sin circuncisión no puede haber salvación. Sólo imagínenlo.
Y luego les daré un último ejercicio mental. Esto es lo que tienen que creer hoy, si es que son monoteístas, porque ahora sabemos cosas que antes no sabíamos: Sabemos que la especie humana podría tener hasta 200 mil años de edad, cuando se separó de los cromañones y las especies pre-humanas primitivas. Podrían ser sólo 100 mil. Richard Dawkins piensa que son 200 mil, Francis Collins, del Proyecto Genoma Humano —y que por cierto es un cristiano al estilo de C.S. Lewis— piensa que son 100 mil. Bien, acepto 100 mil años. Acepto 100 mil años. Esto es lo que tienen que creer: Durante 100.000 años, los humanos nacen como una especie primate. Expectativa de vida, ¿unos 25 años, por las primeras decenas de miles de años? Mortalidad infantil: abundante. Enfermedades por microorganismos: aterrador. Terremotos… volcanes: extraordinario. Y peleas por tierra, por territorio, por comida, por mujeres, por tribalismo: aterrador, también. Durante 95-96 mil años, el Cielo observa esto… Con los brazos cruzados. Con indiferencia. Con frialdad. Y luego, unos 3 o 4 mil años atrás, pero sólo… en lugares realmente brutales e iletrados de Medio Oriente ¡No en China! No en China, donde la gente puede leer, pensar, hacer ciencia, ¡no, no!, en lugares bárbaros analfabetos y atrasados de Medio Oriente, decide: “Esto no puede seguir así, mejor intervenimos”. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que con sacrificios humanos y plagas y asesinatos en masa? Y si eso no los hace comportarse moralmente, ¡no sabemos qué otra cosa podrá hacerlo! Si hay una sola persona en esta sala, que pueda llegar a creer algo remotamente parecido a esto, se condena a sí mismo a ser —primero— muy estúpido y —segundo— muy inmoral.
Y por lo tanto, me parece que el caso de la intervención divina o lo sobrenatural, se cae. Y deberíamos alegrarnos de que se caiga. Y gracias.
