InicioParanormalEso, (Libro) Stephen King, Parte 3 (2/?) Parte 1, Final.

Eso, (Libro) Stephen King, Parte 3 (2/?) Parte 1, Final.

Paranormal8/3/2013
Hola y bienvenidos a la segunda parte de la tercera entrega del doceavo Libro de mi tercer escritor favorito.

24. Richard Tozier se lanza a la carretera.

Rich pensaba que se las estaba arreglando muy bien hasta que comenzaron los vómitos.
Había escuchado todo lo que le había dicho Mike Hanlon, había respondido a sus preguntas y hasta formulado algunas. Tenía vaga conciencia de estar empleando una de sus voces, ninguna de las ridículas que solía emplear en la radio (Kinki Briefcase, contable sexual, "El nombre del personaje es un juego de palabras, Kinki hace referencia a las características del vello púbico; Briefcase, al maletín del ejecutivo." era su favorita, y la respuesta de la audiencia era casi tan fervorosa como la que mostraba ante su clásico coronel Buford Kissdrivel), "Baboso" sino una voz cálida, sonora, llena de confianza. Una voz de estoy-bien. Sonaba estupenda, pero era falsa, igual que las otras.
--¿Hasta dónde recuerdas, Rich? -preguntó Mike.
--Muy poco -dijo Rich. Hizo una pausa-. Lo suficiente, supongo.
--¿Vendrás?
--Iré -dijo Rich, y colgó.
Permaneció sentado en su estudio, reclinado en la silla de su escritorio, contemplando el océano Pacífico. Un par de chicos estaban retozando con sus tablas de surf. No había mucho oleaje para el surf.

El reloj de su escritorio, un costoso reloj de cuarzo regalo del representante de una casa discográfica, marcaba las 17.09 del 28 de mayo de 1985. Naturalmente, donde estaba Mike eran tres horas más tarde. Ya habría oscurecido. Eso le puso la piel de gallina. Entonces decidió moverse, hacer cosas. Lo primero, por supuesto, fue poner un disco. No lo buscó, se limitó a tomar uno cualquiera entre los miles apilados en los estantes. El rock and roll era parte de su vida, casi tanto como las voces, y le costaba hacer cualquier cosa sin música a todo volumen. El disco sacado resultó ser una recopilación de la Motown. Marvin Gaye, uno de los miembros más recientes de ese sello discográfico, que Rich solía llamar "de los muertos", cantó I Heard It through the Grapevine.
--No está mal -dijo Rich.
En realidad, su situación estaba mal y lo cierto era que lo había dejado en la miseria, pero tenía la sensación de que podría arreglárselas. No había problemas.
Comenzó a prepararse para volver a su casa. En algún momento de la hora siguiente se le ocurrió que era como si hubiese muerto y se le permitiese tomar sus últimas medidas y disponer su propio funeral. Y lo estaba haciendo bastante bien.
Llamó a su agente de viajes pensando que a esa hora debía estar de camino hacia su casa, pero lo intentó por si acaso. Milagrosamente, dio con ella. Le dijo lo que necesitaba y ella le pidió quince minutos.
--Estoy en deuda contigo, Carol -dijo.
En los últimos tres años habían dejado de llamarse "señor Tozier" y "señorita Feeny"; ahora eran Rich y Carol; muy familiar, considerando que nunca se habían visto cara a cara.
--Muy bien, paga -dijo ella-. ¿Por qué no me haces un Kinki Briefcase?
Sin siquiera hacer una pausa (cuando uno tenía que hacer una pausa para buscar su voz, no había, por lo regular, ninguna voz que encontrar) Rich dijo:
-Aquí Kinki Briefcase, contable sexual. El otro día me consultó un tío que quería saber qué era lo peor de coger el sida.
Bajó un poco la voz; mientras su ritmo se iba acelerando y tornando agitado. Era, claramente, una voz norteamericana, pero se las componía para conjurar imágenes de un adinerado colono británico, tan encantador, en su confusión, como huero. Rich no tenía la menor idea de quién era Kinki Briefcase, pero estaba seguro de que usaba trajes blancos, leía revistas caras, bebía tragos largos y olía a champú de coco.
--Se lo dije enseguida: es tratar de explicarle a tu madre que te lo contagió una haitiana. Hasta la próxima vez, éste ha sido Kinki Briefcase, contable sexual, diciéndote, como siempre: "Si no entras en calor, me necesitas de asesor."
Carol Feeny aullaba de risa.
--¡Es perfecto! ¡Perfecto! Mi novio no cree que tú puedas hacer esas voces. Dice qué ha de ser un filtro de sonido o algo así.
--Puro talento, querida -dijo Rich. Kinki Briefcase había desaparecido. Allí estaba W. C. Fields, sombrero de copa, nariz roja, palos de golf y todo-. Estoy tan lleno de talento que debo taponarme todos los orificios del cuerpo para que no se me escape como... bueno, para que no se me escape.
Ella estalló en carcajadas. Rich cerró los ojos. Sentía un principio de dolor de cabeza.
--Sé buena y haz todo lo que puedas, ¿quieres? -pidió, siempre con la voz de W. C. Fields.
Y cortó la comunicación en medio de la carcajada.
Ahora tenía que volver a ser él mismo, y eso resultaba difícil. Resultaba más difícil con cada año qué pasaba.
Cuando estaba tratando de elegir un buen par de mocasines, sonó otra vez el teléfono. Era Carol Feeny en tiempo récord. Él sintió la necesidad de adoptar la voz de Buford Kissdrivel, pero se contuvo. Carol le había conseguido un pasaje de primera clase en el vuelo sin escalas de la American Airlines desde Los Angeles hasta Boston. Saldría de Los Angeles a las 21.03, para llegar a Logan a eso de las cinco de la mañana. Desde Logan, Delta lo llevaría a Bangor, Maine, saliendo a las 7.30 y aterrizando a las 8.20. Ya le habían conseguido un sedán grande por medio de Avis. Había sólo cuarenta kilómetros desde el local de Avis, en el aeropuerto de Bangor, hasta el límite municipal de Derry.
"¿Sólo cuarenta kilómetros? -pensó Rich-. ¿Eso es todo, Carol? Bueno, tal vez sea cierto... al menos en kilómetros. Pero no tienes la menor idea de lo lejos que está Derry y yo tampoco. Pero, Dios mío, lo voy a descubrir."
--No traté de reservarte alojamiento porque no me dijiste cuánto tiempo vas a pasar allí -dijo ella-. ¿Quieres...?
--No, ya me encargaré yo -respondió Rich. Y entonces entró en escena Buford Kissdrivel con su voz engolada y sus vocales despatarradas.
--Te has portado como un ángel, corazón mío, como un ángel de verdad.
Colgó con suavidad (siempre hay que dejarlas riendo) y marcó 207-555-1212, Información del estado de Maine. Quería el número de Town House de Derry. Cielos, ése sí era un nombre del pasado. No había pensado en el Town House de Derry por... ¿Cuánto tiempo? ¿Diez, veinte, veinticinco años, tal vez? Aunque pareciera descabellado, calculaba que habían sido veinticinco años. Y si Mike no hubiera llamado, bien habría podido pasar el resto de su vida sin acordarse de ese hotel. Sin embargo, en otros tiempos pasaba junto a esa gran mole de ladrillo todos los días. Y en más de una ocasión había pasado corriendo con Henry Bowers, Belch Huggins y aquel otro grandullón, Victor no-sé-qué, persiguiéndole y gritándole florituras como "¡Ya vas a ver, caraculo! ¡Te vamos a coger, cuatro ojos! ¡Nos las vas a pagar, mariquita!" ¿Alguna vez habían llegado a cogerle?
Antes de que Rich pudiera acordarse de eso, una telefonista le preguntó de qué ciudad, por favor.
--Derry, señorita...
¡Derry, por Dios! Hasta el nombre parecía extraño y olvidado. Pronunciarlo era como besar una antigüedad.
--¿Tiene el número del Town House de Derry?
--Un momento, señor.
"Imposible. Debe de haber desaparecido, derribado en algún programa de renovación urbana. Convertido en el Club de los Elks, en una bolera o en un salón de videojuegos. O tal vez incendiado hasta los cimientos, una noche, cuando la ley de las probabilidades hizo que algún viajante borracho se quedara dormido con el cigarrillo en la mano. Desaparecido, Richie, igual que los anteojos por los que te fastidiaba Henry Bowers. ¿Cómo dice la canción de Springsteen? "Días de gloria, perdidos en el guiño de una chica." ¿Qué chica? Pues Bev, por supuesto..."
Podía ser que el Town House estuviera cambiado, pero no había desaparecido, pues una inexpresiva voz de robot surgió en la línea:
--El número es 9-4-1-8-2-8-2. Repito: el número es...
Pero Rich lo había anotado la primera vez. Fue un placer colgarle a esa voz monótona; resultaba fácil imaginar a un gran monstruo globular, de la sección de información, sepultado en algún punto de la Tierra, sudando riachuelos y sosteniendo miles de teléfonos en miles de tentáculos articulados. Versión telefónica del doctor Pulpo, némesis de Spidey. Año tras año, el mundo en que Rich vivía se parecía cada vez más a una enorme casa electrónica hechizada donde fantasmas digitales y asustados seres humanos habitaban en intranquila coexistencia.
"Aún de pie. Parafraseando a Paul Simon, aún de pie, después de tantos años."
Marcó el número del hotel que había visto a través de los anteojos de su infancia. Marcarlos, 1-207-9418282, era fatalmente fácil. Sostuvo el auricular contra el oído mientras miraba por el amplio ventanal de su estudio. Los surfistas se habían ido, una pareja caminaba lentamente por la playa, cogidos de la mano, por el mismo lugar. Esa pareja parecía uno de los pósters de la agencia donde trabajaba Carol Feeny, perfectos. Exceptuando, claro está, el hecho de que ambos usaban gafas.
"¡Te vamos a coger, caraculo! ¡Te vamos a romper las gafas!"
"Criss", transmitió su mente de pronto. El apellido era Criss. Victor Criss.
¡Cristo! No tenía ningún interés en recordar eso a esas alturas, pero lo mismo daba. Algo estaba pasando allá en las bóvedas, allí donde Rich Tozier conservaba su colección personal de Viejos Éxitos Dorados. Las puertas se estaban abriendo.
"Sólo que allá abajo no hay discos, ¿verdad? Allá abajo no eras Rich Discos Tozier, el gran disc-jockey de KLAD, el Hombre de las Mil Voces, ¿eh? Y esas cosas que se están abriendo... no son exactamente puertas, ¿verdad?"
Trató de desechar esos pensamientos.
"Lo que debo recordar es que estoy bien. Yo estoy bien, tú estás bien, Rich Tozier está bien. Pero de todos modos, me vendría bien un cigarrillo."
Había dejado de fumar hacía cuatro años, pero sí, le habría sentado bien un cigarrillo.
"No son discos, sino cadáveres. Los sepultaste, pero ahora se ha producido una especie de descabellado terremoto y la Tierra está escupiendo a la superficie. Allá abajo no eres Rich Discos tozier; allá abajo eres Richie Cuatro Ojos, nada más, y estás con tus compañeros, tan asustado que sientes las pelotas volviéndose mermelada de ciruelas. Ésas son puertas y no se están abriendo. Son criptas, Richie. Se están resquebrajando y los vampiros que habías dado por muertos vuelven a alzar el vuelo, todos."
Un cigarrillo, sólo uno. Hasta uno light podría servir, por Dios.
"¡Te vamos a coger, cuatro ojos! ¡Te vas a tragar esa maldita cartera de libros!"
--Town House -dijo una voz masculina con acento del Norte; había viajado desde Nueva Inglaterra por el Medio Oeste y bajo los casinos de Las Vegas hasta alcanzar llegar a sus oídos.
Rich preguntó a la voz si podía reservar una suite en el Town House a partir del día siguiente. La voz le dijo que podía y le preguntó por cuánto tiempo.
--No lo sé. Tengo...
Hizo una pausa breve. ¿Qué tenía, en realidad? Con los ojos de la mente vio a un muchachito con una cartera de tartán llena de libros, que huía de los gamberros. Vio a un chiquillo con gafas, flaco, pálido, que parecía gritar a todos los gamberros que pasaban: "¡Péguenme! ¡Adelante, péguenme! ¡Tengan mis labios: háganlos puré contra mis dientes! ¡Tengan mi nariz; háganla sangrar, rómpanla, si pueden! ¡Denme un puñetazo en la oreja para que se me hinche como una coliflor! ¡Pártanme una ceja! ¡Aquí está mi barbilla: busquen el punto del knock-out! Y mis ojos, tan azules, tan aumentados por estas odiosas gafas, con una patilla remendada con celo. ¡Rompan los cristales! ¡Hundan un fragmento de vidrio en uno de estos ojos y ciérrenlo para siempre, mierda!"
Cerró los ojos y dijo:
--Tengo que ocuparme de asuntos de negocios en Derry, ¿comprende? No sé cuánto me llevará. ¿Qué tal tres días con posibilidad de prórroga?
--¿Con posibilidad de prórroga? -repitió el empleado, dubitativo. Rich esperó, paciente, a que el tipo procesara aquello en su mente-. ¡Ah, comprendo! ¡Me parece muy bien!
"Gracias; y... espero que pueda votar por nosotros en noviembre -dijo John F. Kennedy-. Jackie quiere... redecorar el Despacho Oval y yo tengo un puesto preparado para mi... hermano Bobby."
--¿Señor Tozier?
--Sí.
--Creo que la línea se cruzó por unos segundos.
"Sólo un antiguo camarada del DOP "Siglas del Partido Demócrata que significan Dear Ols Party (viejo y querido partido) El autor hace un juego de palabras llamándolo Dead Old Party (viejo partido de difuntos) (N. de la T." -pensó Rich-. Del Dead Old Party, por si quieres saberlo. No te preocupes por eso. -Le recorrió un escalofrío y volvió a decirse, casi con desesperación-: Estás bien, Rich."
--Yo también lo oí -dijo-. Líneas cruzadas, seguro. ¿Y bien?
--No hay problema -dijo el empleado-. Aquí en Derry no nos visitan demasiados hombres de negocios.
--¿De veras?
--Oh, ayuh -asintió el empleado.
Rich volvió a estremecerse. Había olvidado eso, también: ese simple modismo de Nueva Inglaterra que reemplaza al sí. Oh, ayuh.
"¡Te voy a coger, basura!", aulló la voz fantasmal de Henry Bowers. Y él sintió que otras criptas se resquebrajaban dentro de él. El hedor que percibía no era el de los cadáveres putrefactos, sino el de los recuerdos podridos y eso era, de algún modo, peor.
Dio al empleado del Town House su número de la American Express y colgó. Luego llamó a Steve Covall, director de programación de la KLAD.
--¿Qué pasa, Rich? -preguntó Steve.

El último sondeo de audiencia había demostrado que la KLAD ocupaba el primer puesto en el canibalístico mercado del rock-Fm en Los Angeles. Desde entonces, Steve estaba de excelente humor.
--Bueno, tal vez lamentes haberlo preguntado -dijo a Steve-. Voy a lanzarme a la carretera.
--A lanzarte... Creo que no te entiendo, Rich.
--Que tengo que ponerme las botas de leguas. Que me largo.
--¡Cómo! Según el programa que tengo delante de mis ojos, sales al aire mañana desde las dos a las seis de la tarde, como siempre. Más aún, a las cuatro entrevistas a Clarence Clemons en los estudios. ¿Conoces a Clarence Clemons, Rich?
--Clemons puede hablar perfectamente con Mike O.Hara en vez de hacerlo conmigo.
--Clarence no quiere hablar con Mike, Rich. No quiere conversar con Bobby Russel. Ni conmigo. Clarence es un fanático de Buford Kissdrivel y de Wyatt el Homicida de la Bolsa. Quiere hablar contigo, amigo. Y no tengo ningún interés en encontrarme con un furioso saxofonista de ciento veinte kilos que estuvo a punto de ser fichado por un equipo profesional de rugby, poniéndose frenético en mi estudio.
--No tiene fama de frenético -dijo Rich-. Y estamos hablando de Clarence Clemons, no de Keith Moon.
Hubo un silencio en la línea. Rich esperó, con paciencia.
--Estás bromeando, ¿verdad? -preguntó Steve al fin. Sonaba quejumbroso-. Porque, a menos que haya muerto tu madre, que te hayan descubierto un tumor cerebral o algo por el estilo, esto es una putada.
--Tengo que irme, Steve.
--Entonces, ¿está enferma tu madre? ¿O ha muerto?
--Murió hace diez años.
--¿Tienes un tumor cerebral?
--Ni siquiera un pólipo rectal.
--No le veo la gracia, Rich.
--Ya.
--Te estás portando como un maldito tramposo y eso no me gusta.
--A mí tampoco, pero tengo que irme.
--¿Adónde? ¿Por qué? ¿De qué se trata? Dímelo.
--Me ha llamado alguien. Alguien a quien conocí hace mucho tiempo. En otro lugar. En aquella época sucedió algo. Hice una promesa. Todos prometimos que volveríamos si ese algo volvía a empezar. Y parece que ha empezado.
--¿De qué algo estás hablando, Rich?
--Preferiría no decírtelo. -"Además, si te dijera la verdad me tomarías por loco: no recuerdo nada."
--¿Cuándo hiciste esa famosa promesa?
--Hace mucho tiempo. En el verano de 1958.
Hubo una larga pausa. Sin duda Steve Covall estaba tratando de decidir si Rich Discos Tozier, alias Buford Kissdrivel, alias Wyatt el Homicida de la Bolsa, etc., le estaba tomando el pelo o estaba sufriendo una especie de colapso mental.
--Eras apenas un niño -dijo Steve.
--De once años.
Otra larga pausa. Rich esperaba, paciente.
--Está bien-dijo Steve-. Cambiaré los turnos. Haré que Mike te reemplace. Puedo llamar a Chuck Foster para que haga algunos turnos, supongo, si descubro en qué restaurante chino se ha refugiado últimamente. Voy a hacerlo porque hemos sido amigos durante mucho tiempo. Pero no olvidaré que me has dejado plantado, Rich.
-Corta el rollo -dijo Rich. Pero su dolor de cabeza iba de mal en peor. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. ¿O Steve lo tomaba por un irresponsable?-. Necesito unos días de licencia. Eso es todo. Y tú te portas como si te hubiera fastidiado todos los planes.
--Unos días de licencia ¿para qué? ¿Para la reunión de ex boys scouts en las Cataratas de Letrina, Dakota del Norte, o en Villa Fregona, Virginia?
--En realidad, creo que es en las Cataratas de Letrina, Arkansas -dijo Buford Kissdrivel con su gran voz de barril vacío.
Pero Steve no se dejó distraer.
--¿Todo porque hiciste una promesa cuando tenías once años? ¡A los once años no se hacen promesas en serio, por el amor de Dios! Y aunque así fuera, Rich, esto no es una compañía de seguros ni un despacho de abogados, sino el mundo del espectáculo, por Dios, y ya sabes de qué se trata, coño. Si me hubieras avisado una semana atrás lo habría arreglado. Me estás poniendo entre la espada y la pared y lo sabes, así que no insultes mi inteligencia.
Steve estaba hablando casi a gritos. Rich cerró los ojos. "No lo olvidaré", había dicho Steve y Rich suponía que era cierto. Pero Steve también había dicho que los chicos de once años no hacen promesas en serio y eso no tenía nada de cierto. Rich no recordaba la promesa y ni siquiera estaba seguro de querer recordarlo, pero había sido muy en serio.
--Tengo que irme, Steve.
--De acuerdo. Vete y déjame plantado, maldita sea.
--Steve, estás llev...
Pero Steve ya había colgado. Rich hizo lo propio. En el momento en que se alejaba, el teléfono volvió a sonar. Aun antes de atender, supo que era otra vez Steve, más furioso que nunca. A esas alturas no serviría de nada hablar con él, no conseguiría más que empeorar las cosas. Deslizó hacia la derecha la llave que el aparato tenía a un lado y la llamada enmudeció en medio de un timbrazo.
Subió la escalera, sacó,dos maletas del armario y las llenó echando apenas una mirada al montón de ropa: vaqueros, camisas, ropa interior, calcetines. Sólo después descubriría que había llevado sólo ropa de niño. Transportó las maletas a la planta baja.
En la pared del comedor había una fotografía del Gran Sur, en blanco y negro, tomada por Ansel Adams Rich la hizo girar sobre los goznes ocultos poniendo al descubierto una gran caja de hierro. Después de abrirla, rebuscó entre los papeles de la casa, cómodamente instalada en diez hectáreas de bosque en Idaho y un manojo de acciones. Había comprado las acciones aparentemente al azar (su corredor de Bolsa se agarraba la cabeza cuando lo veía llegar), pero todas habían subido con el correr de los años. A veces le sorprendía que fuera casi rico. Todo por cortesía del rock and roll... y de su voz, por supuesto.
Una casa, bosque, acciones, póliza de seguro y hasta una copia de su último testamento. "Las ligaduras que te sujetan al mapa de tu vida", pensó.
Sintió un impulso, súbito y salvaje, de coger el encendedor y prender fuego a toda esa basura de por la presente y por lo tanto y el portador de este certificado... Y bien podía hacerlo: los papeles de su caja fuerte habían perdido, de pronto, todo significado.
En ese momento le embargó el primer terror auténtico, y no tenía nada de sobrenatural. Era sólo la súbita conciencia de que resultaba muy fácil acabar con la propia vida. Eso no daba tanto miedo. Simplemente, se acercaba el ventilador a lo que se había recolectado durante años y se lo encendía. Fácil. Era cuestión de quemarla o aventarla y luego lanzarse a la carretera.
Detrás de los papeles, que eran sólo primos segundos del efectivo, estaba el efectivo de verdad. Cuatro mil dólares en billetes de a diez, veinte y cincuenta.
Al cogerlo se preguntó si acaso había sabido lo que estaba haciendo al poner allí el dinero: cincuenta un mes, ciento veinte el siguiente, a lo mejor sólo diez el próximo. Dinero de viejo escondido en los agujeros de las ratas.
"Increíble, tío", se dijo, notando apenas su propia voz. Tenía los ojos perdidos en la playa que se veía por el ventanal. Estaba desierta, los chicos del surfing se habían marchado; la pareja supuestamente de luna de miel, también.
"Pues sí, doctor, ahora lo recuerdo todo. ¿Recuerda a Stanley Uris, por ejemplo? Puede apostar su pellejo... ¿Recuerda cómo solíamos decir eso creyendo que era el gran chiste? Los gamberros le llamaban Stanley Urina. ¡Eh, Urina! ¡Eh, maldito asesino de Cristo! ¿Adónde vas? ¿A que uno de tus amigos maricones te la chupe?"
Cerró la caja fuerte con violencia y volvió a dejar el cuadro en su sitio de un manotazo. ¿Cuánto tiempo hacía que no pensaba en Stanley Uris? Rich se había marchado de Derry con su familia en la primavera de 1960 y qué pronto se habían desvanecido todas aquellas caras, su pandilla, ese triste puñado de perdedores con su caseta en lo que se llamaba entonces Los Barrens, "Barrens, en inglés, significa áridos, yermos" gracioso nombre para un lugar de tan lujuriosa vegetación. Fingiéndose exploradores en la selva o marines luchando en los archipiélagos del Pacífico tomados por los japoneses, fingiéndose constructores de presas, vaqueros, hombres del espacio en un mundo selvático, fingiéndose todo lo que a uno se le puede ocurrir, pero no olvidemos de qué se trataba en realidad: se trataba de esconderse. Esconderse de los matones. Esconderse de Henry Bowers y de Victor Criss y de Belch Huggins y de todos los demás. Qué hatajo de perdedores habían sido: Stanley Uris con su narizota de chico judío; Bill Denbrough, que no podía decir otra cosa que "Haiio, Silver!" sin tartamudear; Beverly Marsh, con sus moretones y sus cigarrillos ocultos en las mangas de la blusa; Ben Hanscom, tan enorme que parecía la versión humana de Moby Dick y Richie Tozier, con sus gafas gruesas y sus excelentes calificaciones y su boca sabihonda y su cara pidiendo que la transformasen a golpes en formas nuevas y estimulantes. ¿Había una palabra que resumiese lo que habían sido? Oh, sí. Siempre la hubo. Le mot juste. En este caso, le mot juste era desastres.
Cómo volvía... cómo volvía todo... y allí estaba, en su madriguera, temblando con el desamparo de un pájaro sin nido en medio de una tormenta, temblando porque recordaba mucho más que a aquellos chicos de la infancia. Había otras cosas, cosas que en años no habían vuelto a su cabeza, cosas que ahora temblaban rozando la superficie.
Cosas sangrientas
Una oscuridad terrible.
La casa de la calle Neibolt y Bill gritando: "¡Tú, m-m-mataste a mi hermano, hijo de p-p-puta!"
¿Lo recordaba ahora? Lo justo para no querer recordar nada más.
Un olor a basura, un olor a mierda y un olor a algo más. Algo peor que la mierda y la basura. Era el olor de la bestia, el olor de Eso, allá en la oscuridad, bajo Derry, donde las máquinas atronaban incesantemente. Se acordó, de George...
Pero eso fue demasiado. Corrió al baño, tropezando en el trayecto. Llegó... pero apenas. Patinó por los lustrosos mosaicos hasta el inodoro, de rodillas, como un loco bailarín de breakdance; agarrándose a los bordes, vomitó cuanto tenía en las entrañas. Pero ni siquiera así se le pasó. De pronto vio a Georgie Denbrough como si hubiera estado con él el día anterior. George, que había sido el comienzo de todo; Georgie, asesinado en el otoño de 1957. Georgie había muerto justo después de la inundación, con uno de los brazos arrancado de su articulación, y Rich había bloqueado todo en su memoria. Pero a veces esas cosas vuelven, claro que sí. Vuelven, a veces vuelven.
Pasó el espasmo y Rich tiró de la cadena. Hubo un rugir de agua. La cena que había comido temprano, regurgitada en trozos calientes, desapareció por las tuberías.
Hacia las cloacas.
Hacia el palpitar, el hedor y la oscuridad de las cloacas.
Bajó la tapa, apoyó en ella la frente y empezó a llorar. Era la primera vez que lloraba desde la muerte de su madre, en 1975. Sin siquiera pensar en lo que estaba haciendo, ahuecó las manos bajo los ojos; las lentillas de contacto se deslizaron hacia fuera y quedaron en la palma de su mano, centelleando.
Cuarenta minutos después, sintiéndose como si hubiera salido de un encierro, purificado, de algún modo, arrojó sus maletas al maletero de su Mg y sacó el coche del garaje. La luz ya menguaba. miró su casa, con sus nuevas plantas y miró la playa, el agua que había tomado el brillo de la esmeralda clara, partido por una estrecha senda de oro batido. Y sintió la convicción de que jamás volvería a ver nada de todo eso, que era un muerto ambulante.
--Ahora vuelvo al hogar -susurró Rich Tozier para sí-. Vuelvo al hogar, que Dios me ampare, vuelvo al hogar.
Arrancó sintiendo, una vez más, lo fácilmente que había caído en una grieta insospechada de una vida aparentemente sólida, la facilidad con que se volvía al lado oscuro, pasando del azul del cielo al negro de la nada.
Del azul al negro, sí, eso era. Allí donde cualquier cosa podía estar esperando.

25. Ben Hamscom toma una copa.

Si uno hubiera querido, en esa noche del 28 de mayo de 1985, encontrarse con el hombre al que la revista Time consideraba "tal vez la mayor promesa entre los jóvenes arquitectos norteamericanos", tendría que haber tomado hacia oeste al salir de Omaha, por la interestatal 80, girando por la salida de Swedholm hasta el centro de la ciudad. Allí tendría que salir por la 92 a la altura de Bucky.s (especialidad de la casa: escalope de pollo). Y luego girar a la derecha para tomar la 63 que cruza como un hilo el desierto pueblito de Gatlin, y entrar finalmente a Hemingford Home.
El centro de Hemingford Home hace que el de Swedholm parezca la ciudad de Nueva York. El distrito comercial consiste en ocho edificios, cinco de un lado y tres del otro. Allí está la peluquería Buen Korte (en el escaparate, un letrero escrito a mano, reza: Si eres Hippy ve a cortarse el pelo a otra parte) el cine de reestreno, la tienda de baratijas. Hay una sucursal del Banco de Propietarios de Vivienda de Nebraska, una estación de servicio, una farmacia y la ferretería Nacional Artículos para Granja, único negocio de la ciudad que prospera medianamente.
Además, cerca del extremo de la calle principal, algo apartado de los otros edificios, como un paria y: apoyado en el borde de la gran nada, está el clásico bar de carretera: La Rueda Roja. Si uno hubiera llegado tan lejos, habría visto en el aparcamiento de tierra salpicado de baches un viejo Cadillac 1968, descapotable, con dos antenas en la parte trasera. La placa de identificación decía, simplemente: El Caddy de Ben. Y dentro, caminando hacia el mostrador, uno habría encontrado al hombre: flaco, quemado por el sol, vestido con una camisa de cambray, vaqueros desteñidos y polvorientas botas de ingeniero. Tenía leves patas de gallo alrededor de los ojos. Tenía treinta y ocho años, pero aparentaba diez menos.
--Hola, señor Hanscom -dijo Ricky Lee, poniendo una servilleta de papel en el mostrador mientras Ben se sentaba.
Ricky Lee parecía algo sorprendido. Hasta entonces, nunca había visto a Hanscom en La Rueda un día de semana. Acudía regularmente todos los viernes por la noche y tomaba dos cervezas. Los sábados por la noche tomaba cuatro o cinco. Siempre preguntaba por los tres hijos varones de Ricky Lee. Siempre dejaba una propina de cinco dólares bajo la jarra de cerveza Tanto en la conversación profesional como en el aprecio personal, era holgadamente el cliente favorito de Ricky Lee. Los diez dólares semanales (y los cincuenta que dejaba bajo la jarra en cada Navidad, desde hacía cinco años) eran más que suficientes, pero mucho más valía la compañía de ese hombre. Una compañía digna siempre era una rareza, pero en un antro de mala muerte como ése, donde lo más común es la cháchara barata, escaseaba más que los dientes en mandíbula de gallina.
Aunque Hanscom tenía sus raíces en Nueva Inglaterra y había hecho sus estudios en California, poseía algo más que un toque de tejano extravagante. Ricky Lee esperaba siempre la llegada de ben Hanscom los viernes y sábados por la noche, porque con el correr de los años había aprendido que podía contar con su presencia allí. El señor Hanscom podía estar construyendo un rascacielos en Nueva York (donde ya tenía tres edificios que habían dado mucho que hablar), una galería de arte en Redondo Beach o una galería comercial en Salt Lake City. Pero llegado el viernes por la noche, la puerta que daba al aparcamiento se abriría, entre las ocho y las nueve y media, para darle paso, como si viviera apenas al otro lado de la ciudad y hubiera decidido pasar por allí porque no había nada en la tele. Tenía avión propio y un aeródromo particular en su granja de Junkins.
Dos años antes, había estado en Londres diseñando y dirigiendo la construcción del nuevo centro de comunicaciones de la BBC, edificio que aún provocaba acaloradas discusiones en la prensa británica. (The Guardian: "El más bello, quizá, entre los edificios construidos en Londres en los últimos veinte años"; el Mirror: "Descontando la cara de mi suegra, lo más desagradable que he visto en mi vida." Cuando el señor Hanscom aceptó ese trabajo, Ricky Lee había pensado: "Bueno, algún día volveré a verlo. O tal vez se olvide completamente de nosotros." Y ciertamente, el viernes siguiente a su partida hacia Inglaterra había pasado sin noticias de él, aunque Ricky Lee levantaba involuntariamente la mirada cada vez que se abría la puerta, entre las ocho y las nueve y media. "Bueno, alguna vez volveré a verlo. Quizá." Alguna vez resultó a la noche siguiente. A las nueve y cuarto se abrió la puerta y Ben Hanscom entró, con sus vaqueros, una remera y sus viejas botas, como si viniera apenas desde el otro lado de la ciudad. Y cuando Ricky le gritó, casi con júbilo: "¡Señor Hanscom, menuda sorpresa! ¿Qué está haciendo aquí?", el señor Hanscom, había puesto cara de leve desconcierto, como si no hubiera nada de raro en el hecho de que él estuviera allí. Tampoco había sido la única vez: apareció todos los sábados durante los dos años que le llevó terminar su trabajo en la BBC. Salía de Londres cada sábado por la mañana, a las once, en el Concorde y llegaba al aeropuerto Kennedy de Nueva York a las diez y cuarto de la mañana... cuarenta y cinco minutos antes de haber salido de Londres, al menos según el reloj. (Por Dios, es como viajar en el tiempo, ¿no?, había comentado Ricky Lee, impresionado.) Una limusina lo esperaba para llevarlo al aeropuerto Teterboro, de Nueva Jersey, viaje que habitualmente consumía menos de una hora los sábados por la mañana. Sin mayores problemas, podía estar en la cabina de su Lear antes de mediodía; aterrizaba en Junkins a eso de las dos y media. Si uno iba hacia el oeste a la debida velocidad, contaba a Ricky, el día parecía durar una eternidad. Dormía una siesta de dos horas, pasaba una hora más con su capataz y media con su secretaria. Después de la cena, iba a pasar una hora y media en La Rueda Roja.
Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la barra y siempre se marchaba tal como había venido, aunque bien sabía Dios, que, en esa parte de Nebraska, había muchas mujeres que habrían dado cualquier cosa por follar con él hasta dejarlo seco. De regreso en su granja, después de dormir seis horas, el proceso se invertía.
Ricky nunca había dejado de impresionar a un parroquiano contándole esa historia. A lo mejor es gay, había sugerido una mujer. Ricky le echó una breve mirada apreciando su cuidadoso peinado, sus ropas hechas a medida, sus pendientes de brillantes, la expresión de sus ojos, y comprendió que venía del Este, probablemente de Nueva York, para hacer una breve y obligatoria visita a un pariente, tal vez a una antigua compañera de estudios, y no veía la hora de regresar. No, había contestado, el señor Hanscom no era ningún marica. Ella había sacado un paquete de cigarrillos para ponerse uno entre los labios rojos, a la espera de que él se lo encendiera. ¿Cómo lo sabe?, había preguntado ella con una sonrisita. Pues lo sé, había contestado él. Y así era. Pensó decirle: Creo que es el hombre más solitario que he visto en mi vida, pero no iba a decir una cosa así a esa neoyorquina que lo miraba como si él fuera un ejemplar raro y divertido.
Esa noche, el señor Hanscom parecía algo pálido, algo distraído.
--Hola, Ricky Lee -dijo, sentándose. Después se dedicó a estudiarse las manos.
Ricky Lee sabía que iba a pasar los seis, siete u ocho meses siguientes en Colorado Springs, supervisando la construcción de un centro cultural, amplio complejo de seis edificios insertado en la ladera de una montaña. "Cuando esté terminado, la gente dirá que parece como si un niño gigantesco hubiera dejado sus bloques de juguete sembrados en una escalera -había dicho Ben a Ricky Lee-. Bueno, no todos, pero sí algunos y tendrán razón a medias. Pero creo que va a funcionar. Es lo más grande que he intentado y hacerlo va a dar mucho miedo, pero creo que funcionará."
Ricky Lee se dijo que probablemente el señor Hanscom tenía un poco de ese miedo que sienten los actores al salir al escenario. No tenía nada de asombroso ni de malo. Cuando uno llega tan alto como para llamar la atención, también puede atraer los tiros. O a lo mejor le había picado el bicho de la gripe.
Ricky Lee sacó una jarra para cerveza y la colocó debajo del grifo.
--De eso no, Ricky Lee.
Ricky Lee se volvió sorprendido... y cuando Ben Hanscom lo miró se sintió súbitamente asustado. Porque el señor Hanscom no parecía tener miedo al escenario, ni a la gripe ni a nada de eso. parecía haber recibido un golpe terrible y estar tratando de entender qué diablos le había caído encima. "Murió alguien. Aunque no sea casado, todo el mundo tiene familia. Seguro que alguien la palmó en la suya. Es eso, seguro."
Alguien echó una moneda en el tocadiscos automático y Barbara Mandrell comenzó a cantar algo sobre un hombre ebrio y una mujer solitaria.
--¿Se siente bien, señor Hanscom?
Ben Hanscom miró a Ricky Lee con ojos que, de pronto, parecían diez... no, veinte años más viejos que el resto de su cara, y Ricky Lee se quedó atónito al observar que el señor Hanscom estaba encaneciendo. Hasta entonces no le había visto canas.
Hanscom sonrió. Fue una sonrisa espantosa, horrible. Como ver sonreír a un cadáver.
--Creo que no, Ricky Lee. No señor. Esta noche no me siento nada bien.
Ricky Lee rodeó la jarra y se acercó a él. El bar estaba tan desierto como un lunes por la noche. No había siquiera veinte parroquianos de los que pagan. Annie estaba sentada junto a la puerta de la cocina jugando a las cartas con la cocinera.
--¿Malas noticias, señor Hanscom?
--Malas noticias, eso es. Malas noticias de casa.
Miraba a Ricky Lee. Miraba a través de Ricky Lee.
--Lo siento, señor Hanscom.
--Gracias, Ricky Lee.
Ricky Lee iba a preguntar si podía ayudar en algo cuando el dijo:
--¿Qué whisky sirves aquí, Ricky Lee?
--Para los demás, Four Roses. Pero para usted tengo Wild Turkey.
Hanscom sonrió.
--Muy amable de tu parte, Ricky Lee. Creo que debes darme esa jarra, después de todo. Lo que harás será llenarla de Wild Turkey.
--¿Llenarla? -repitió Ricky Lee, atónito-. ¡Coño, voy a tener que sacarlo de aquí rodando!. -"O llamar a una ambulancia", pensó.
--Esta noche, no -dijo Hanscom-. No lo creo.
Ricky Lee miró al señor Hanscom a los ojos, para ver si bromeaba. Le llevó menos de un segundo comprobar que no. Así que sacó la jarra del bar y la botella de Wild Turkey de la estantería. Contempló el gorgoteo del líquido, fascinado a pesar suyo. Ricky Lee decidió que el señor Hanscom tenía, después de todo, bastante de tejano. Nunca en su vida había servido ni volvería a servir semejante medida de whisky.
"Nada de ambulancias. Si llega a tomarse todo esto, tendré que llamar a la funeraria."
De cualquier modo, le llevó la jarra y se sentó frente a él. Cierta vez, el padre de Ricky Lee le había dicho que si un hombre estaba en su sano juicio, uno debía darle lo que quisiera y pudiera pagar, fuera meados o veneno. Ricky Lee no sabía si el consejo era bueno o no, pero sí que, cuando uno regentaba un bar para vivir, hacía bastante por evitar que la conciencia lo convirtiera en carnada para caimanes.
Hanscom miró el monstruoso trago por un momento, pensativo. Luego preguntó:
--¿Cuánto te debo por esto, Ricky Lee?
El tabernero meneó lentamente la cabeza, sin apartar la vista de la jarra llena. No quería encontrarse con esos ojos fijos, hundidos en las órbitas.
--No -dijo-. Éste corre por cuenta de la casa.
Hanscom volvió a sonreír con más naturalidad.
--Vaya, gracias, Ricky Lee. Ahora voy a mostrarte algo que aprendí en Perú, en 1978, cuando trabajaba con un tipo llamado Frank Billings... estudiaba a sus órdenes, podría decirse. Pescó una fiebre y los médicos le inyectaron un surtido de antibióticos, sin que ninguno le hiciera efecto. Pasó dos semanas ardiendo y al fin murió. Lo que voy a mostrarte es algo que aprendí de los indios que trabajaban en el proyecto. El brebaje local es bastante potente. Si uno toma un trago, le parece suave, no hay problema, pero de pronto es como si alguien hubiera encendido un soldador dentro de la boca apuntándolo hacia la garganta. Sin embargo, los indios lo beben como si fuera Coca-Cola y rara vez vi a alguno borracho, ni siquiera con resaca. Nunca tuve valor para intentar lo que ellos hacen, pero creo que esta noche voy a probar. Tráeme unas rodajas de limón, de las que tienes ahí.
Ricky Lee le llevó cuatro y las dejó pulcramente en una servilleta junto a la jarra de whisky. Hanscom tomó una, inclinó la cabeza hacia atrás como si estuviera por echarse gotas en los ojos y comenzó a exprimir jugo de limón en su fosa nasal derecha.
--¡Dios! -exclamó Ricky Lee, horrorizado.
La garganta de Hanscom se contrajo. Su rostro enrojeció... y Ricky Lee vio cómo le corrían lágrimas por la cara, hacia las orejas. En ese momento, el tocadiscos automático emitía algo de los Spinners: "Oh, Señor, no sé cuánto más puedo aguantar."
Hanscom buscó a tientas en el mostrador, cogió otra rodaja de limón y exprimió el jugo en la otra fosa nasal.
--Se va a matar, coño -susurró Ricky Lee.
Hanscom dejó caer en el mostrador las dos rodajas exprimidas. Tenía los ojos enrojecidos y respiraba en jadeos entrecortados. De la nariz le goteaba el claro jugo de limón hasta las comisuras de la boca. Buscó a tientas la jarra, la levantó y bebió una tercera parte. Ricky Lee, petrificado, observó el subir y bajar de su nuez.
Hanscom dejó la jarra a un lado, se extremeció dos veces e hizo una señal de asentimiento con la cabeza. Luego miró a Ricky Lee y sonrió. Ya no tenía los ojos enrojecidos.
--El resultado es el que ellos decían. Uno está tan preocupado por la nariz que ni siquiera siente lo que está bajando por la garganta.
--Usted se ha vuelto loco, señor Hanscom -dijo Ricky Lee.
--¿Apostarías tu pellejo? ¿Recuerdas esa frase, Ricky Lee? La decíamos cuando éramos pequeños, ¿verdad? "Apuesto mi pellejo". ¿Nunca te dije que yo era gordo?
--No, señor, nunca -susurró Ricky Lee. Ya estaba convencido de que el señor Hanscom había recibido una noticia tan horrible que lo había vuelto loco... al menos transitoriamente.
--Era una bola de grasa. Nunca jugaba al béisbol ni al baloncesto. Si jugábamos a cogernos, era el primero que atrapaban. Vivía tropezando conmigo mismo. Era gordo, ya lo creo. Y en mi ciudad natal había unos tíos que la tomaban siempre conmigo. Había un individuo llamado Reginald Huggins, al que todo el mundo llamaba Belch (eructo). Y otro que se llamaba Victor Criss y algunos más. Pero el verdadero cerebro era un tal Henry Bowers. Si alguna vez pisó este mundo un chico auténticamente malo, Ricky Lee, ese fue Henry Bowers. Yo no era el único con quien la tomaba. El problema era que yo no podía correr como los otros.
Hanscom se desabotonó la camisa y la abrió. Al inclinarse hacia adelante, Ricky Lee vio una rara cicatriz retorcida en el vientre del señor Hanscom, por encima del ombligo. Blanca, fruncida y vieja. Era una letra. Alguien había dibujado a tajos la letra H en el vientre de ese hombre, probablemente mucho antes de que fuera hombre.
--Esto me lo hizo Henry Bowers. Hace mil años. Y puedo considerarme afortunado de no llevar todo su nombre grabado aquí.
--Señor Hanscom...
Hanscom tomó las otras dos rodajas de limón, una en cada mano. Inclinó la cabeza hacia atrás y las exprimió como si fueran gotas nasales. Con un estremecimiento, las dejó a un lado y bebió dos grandes tragos de la jarra. Volvió a estremecerse, un trago más y luego buscó a tientas el borde acolchado del mostrador, con los ojos cerrados. Por un momento se cogió a él como si se aferrase a la borda de un velero para buscar apoyo en mar picada. Por fin volvió a abrir los ojos y sonrió al tabernero.
--Podría pasar toda la noche montado en este toro -dijo.
--Señor Hanscom, me haría un favor si dejara de hacer eso -dijo Ricky Lee, nervioso.
Annie se acercó al lugar de las camareras con su bandeja y pidió un par de cervezas. Sentía las piernas como de goma.
--¿El señor Hanscom está bien, Ricky Lee? -preguntó Annie.
Estaba mirando por encima del hombro de su patrón, que se volvió para seguir la dirección de su mirada. Hanscom, inclinado sobre la barra, escogía algunas rodajas de limón tomándolas de la bandeja donde Ricky Lee tenía los ingredientes para dar sabor a las bebidas.
--No lo sé -dijo-. Me parece que no.
--Bueno, deja de remolonear y haz algo. -Annie, como casi todas las mujeres, tenía predilección por Ben Hanscom.
--Mi padre siempre decía que cuando un hombre está en sus cabales y pide...
--Tu padre tenía menos cabeza que una ardilla -aseguró Annie-. Olvídate de lo que decía tu padre. Tienes que detenerlo, Ricky Lee. Se puede matar.
Ricky Lee se acercó nuevamente a Ben Hanscom.
--Señor Hanscom, me parece que ya ha tomado bast...
Hanscom echó la cabeza hacia atrás. Exprimió. Esa vez aspiró el jugo de limón como si fuera cocaína. Tragó el whisky como si fuera agua. Y miró a Ricky Lee, solemnemente.
--Bingo-banga, vi a toda la banda bailando en la sala de mi casa -dijo, y se echó a reír.
En la jarra sólo quedaba un dedo de whisky.
--Sí, ya basta -aseguró Ricky Lee, alargando la mano hacia la jarra.
Hanscom lo apartó suavemente.
--El daño ya está hecho, Ricky Lee -dijo-. El daño ya está hecho.
--Señor Hanscom, por favor...
--Tengo algo para tus chicos, Ricky Lee, casi lo olvido.
Llevaba puesto un chaleco descolorido y sacó algo de uno de sus bolsillos. Ricky Lee oyó un tintineo apagado.
--Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años -dijo Hanscom. No había en su voz la menor gangosidad-. Dejó unas cuantas deudas y esto. Quiero que se lo des a tus chicos, Ricky Lee.
Y puso tres dólares de plata en el mostrador, donde centellearon bajo las luces suaves. Ricky Lee contuvo la respiración.
--Es muy amable, señor Hanscom, pero no puedo...
--Había cuatro, pero di uno de ellos a Bill el Tartaja y a los otros. Billy Denbrough, así se llamaba en realidad. Nosotros le llamábamos Bill el Tartaja, así como decíamos "apuesto mi pellejo". Era uno de los mejores amigos que he tenido en mi vida. Y he tenido unos cuantos, ¿sabes? Aun gordo como era, tenía unos cuantos amigos. Bill el Tartaja es ahora escritor.
Ricky Lee apenas lo escuchaba. Estaba mirando, fascinado, los dólares de plata: 1921, 1923 y 1924. Sólo Dios sabía cuánto podían valer, sólo por el peso en plata pura.
--No puedo aceptarlos -repitió.
--Pero yo insisto en que los aceptes.
El señor Hanscom tomó la jarra y la vació por completo. Por entonces, ya debería haber estado en el suelo, pero sus ojos no se apartaban de los de Ricky Lee. Estaban acuosos e inyectados en sangre, pero Ricky Lee habría jurado sobre un montón de Biblias que también estaban sobrios.
--Me está asustando un poco, señor Hanscom -dijo Ricky Lee.
Dos años antes, Gresham Arnold, borracho de cierta reputación en la zona, había entrado en La Rueda Roja con un cilindro de monedas de a veinticinco y un billete de veinte dólares metido en la cinta del sombrero. Entregó las monedas a Annie con instrucciones de ponerlas de a cuatro en el tocadiscos automático. Luego puso los veinte dólares en el mostrador e indicó a Ricky Lee que sirviera una copa a todos los presentes. Ese borracho, ese tal Gresham Arnold, había sido mucho antes una estrella del baloncesto que jugaba en los Carneros de Hemingford. Por primera y probablemente por última vez, había llevado a su equipo al primer puesto de la liga nacional de institutos, en 1961. Ante el joven parecía abrirse un futuro casi sin límites. Pero había abandonado la universidad en el primer semestre, víctima de la bebida, las drogas y las fiestas interminables. Volvió a su casa, destrozó el descapotable amarillo que sus padres le habían regalado por su graduación y consiguió trabajo como jefe de vendedores en el negocio de su padre, que era representante de John Deere. Pasaron cinco años. El padre no se decidía a despedirlo, de modo que acabó por vender el negocio y se retiró a Arizona, perseguido y envejecido antes de tiempo por la inexplicable (y al parecer irreversible) degeneración de su hijo. Mientras el negocio era de su padre y podía fingir, siquiera, que trabajaba, Arnold hizo algún esfuerzo por moderarse con la bebida. Después se abandonó por completo. A veces se ponía peligroso, pero la noche en que apareció con las monedas e invitó a todos los presentes, estaba más dulce que un caramelo. Todo el mundo le dio las gracias. Annie pasaba las canciones de Moe Bandy porque a Greskam Arnold le gustaba el viejo Moe Bandy. Sentado en la barra (en el mismo taburete que ocupaba el señor Hanscom en esos momentos, notó Ricky Lee con creciente intranquilidad), bebió tres o cuatro whiskys con bíter, cantando al compás de los discos, sin causar problemas. Cuando Ricky Lee cerró La Rueda, él volvió a su casa y se colgó de su cinturón en una viga de la planta alta. Gresham Arnold tenía los mismos ojos de Ben Hanscom, aquella noche.
--¿Así que estoy asustándote un poco? -preguntó Hanscom, sin apartar la vista de la jarra y cruzó pulcramente las manos frente a aquellos tres dólares de plata-. Es probable. Pero no estarás tan asustado como yo, Ricky Lee. Pide a Dios que nunca te deje estar tan asustado.
--Bueno, pero ¿qué pasa? -preguntó Ricky Lee-. A lo mejor... A lo mejor puedo echarle una mano.
--¿Qué pasa? -Ben Hanscom se echó a reír-. Bueno, no mucho. Esta noche recibí una llamada de un viejo amigo. Un tío llamado Mike Hanlon. Me había olvidado completamente de él, Ricky Lee, pero eso no me asustó tanto. Después de todo, nos conocimos en la infancia y los chicos olvidan, ¿verdad? Por supuesto. Apuesto mi pellejo. Lo que me asustó fue que, a medio camino hacia aquí, me di cuenta de que no sólo me había olvidado de Mike, sino también de mi infancia.
Ricky Lee se limitó a mirarlo. No comprendía lo que ese hombre estaba diciendo, pero se veía asustado, eso sí. No cabía duda. Parecía extraño en Ben Hanscom, pero era cierto.
--Te digo que había olvidado todo -dijo, golpeando ligeramente el mostrador con los nudillos, para dar énfasis-. ¿Has oído alguna vez de una amnesia tan absoluta que uno ni siquiera se dé cuenta de que la padece?
Ricky Lee sacudió la cabeza.
--Yo tampoco. Pero esta noche, mientras venía hacia aquí, recordé todo de golpe. Recordaba a Mike Hanlon, pero sólo porque él me había llamado por teléfono. Me acordaba de Derry, pero sólo porque él me había llamado desde allá.
--¿Derry?
--Y eso era todo. Me di cuenta de que no pensaba en mi infancia desde... No sé siquiera desde cuándo. Y entonces, justo en ese momento, todo volvió en un torrente. Como lo que hicimos con el cuarto dólar de plata, por ejemplo.
--¿Qué hicieron con él, señor Hanscom?
El ingeniero consultó su reloj y, de pronto, se levantó. Se tambaleó apenas. Eso fue todo.
--No puedo permitir que se me escape el tiempo -dijo-. Esta noche tengo que volar.
Ricky Lee puso expresión de alarma. Hanscom se echó a reír.
--No seré yo quien pilote el avión. Esta vez no. Voy con United Airlines, Ricky Lee.
--Ah. -Seguramente se le vio el alivio en la cara, pero no importaba-. ¿Adónde va?
Hanscom aún tenía la camisa abierta. Observó pensativamente las líneas blancas, melladas, de la vieja cicatriz, y comenzó a abotonarse la camisa.
--¿No te lo dije, Ricky Lee? A casa. Vuelvo a casa. Da esos dólares a tus chicos.
Echó a andar hacia la puerta. Algo en su modo de caminar, hasta en la manera de tirarse de los pantalones, aterrorizó a Ricky Lee. De pronto se parecía tanto al difunto y poco llorado Gresham Arnold que era como ver a un fantasma.
--¡Señor Hanscom! -gritó, alarmado.
Hanscom se volvió. Ricky Lee retrocedió un paso. Su trasero chocó contra la estantería, las copas tintinearon brevemente y las botellas entrechocaron. Había dado ese paso atrás porque, de pronto, tenía la seguridad de que Ben Hanscom estaba muerto. Sí, Ben Hanscom yacía muerto en algún lugar, en una zanja, en un desván, tal vez en un armario, con el cinturón alrededor del cuello y las punteras de sus costosas botas colgando a cinco centímetros del suelo. Esa cosa que estaba allí, junto al tocadiscos automático, mirándolo con fijeza, era un espectro. Fue sólo un momento, pero bastó para cubrirle el acelerado corazón con una capa de hielo. Estaba seguro de ver las sillas y las mesas a través de ese hombre.
--¿Qué pasa, Ricky Lee?
--N-n-o, nada.
Ben Hanscom miraba a Ricky Lee con los ojos bordeados por dos media lunas púrpuras. Sus mejillas ardían. Tenía la nariz roja e irritada.
--Nada -susurró Ricky Lee otra vez.
Pero no podía apartar la vista de aquella cara, la cara de un hombre que ha muerto hundido en el pecado y se yergue ante la humeante puerta del infierno.
--Yo era gordo y éramos pobres -dijo Ben Hanscom-. Ahora me acuerdo. Y recuerdo que alguien, una niña llamada Beverly o Bill el Tartaja, me salvó la vida con un dólar de plata. Me vuelvo loco de miedo por lo que pueda seguir recordando esta noche. Pero no importa lo asustado que pueda estar, porque de todos modos volverá. Todo está allí, como una gran burbuja que crece en mi mente. Y voy igual, porque todo lo que he conseguido, lo que ahora tengo, se debe, de algún modo, a lo que hicimos entonces, y en este mundo hay que pagar lo que se recibe. Tal vez por eso Dios nos hizo niños para empezar cerca del suelo. Él sabe que uno debe caerse muchas veces y sangrar mucho antes de aprender esa simple lección. Se paga por lo que se recibe, se posee lo que se paga... y, tarde o temprano, lo que se posee vuelve a uno.
--Volverá este fin de semana, ¿verdad? -preguntó Ricky Lee, con los labios entumecidos. En su creciente aflicción, sólo eso le servía de apoyo-. Volverá este fin de semana, como siempre, ¿eh?
--No lo sé -dijo Hanscom con una sonrisa horrible-. Esta vez estaré mucho más lejos que Londres, Ricky Lee.
--¡Señor Hanscom!
--Da esas monedas de plata a tus chicos -repitió.
Y se escurrió hacia la noche.
--¿Qué diablos pasa? -preguntó Annie, pero Ricky Lee no le hizo caso.
Levantó la tabla divisoria de la barra y corrió a una de las ventanas que daban al aparcamiento. Vio que se encendían los faros del Caddy de Hanscom, oyó el ronroneo del motor. El coche salió del aparcamiento levantando tras de sí una estela de polvo. Las luces traseras se redujeron a puntos rojos por la autopista 63. El viento nocturno de Nebraska comenzó a dispersar el polvo.
--Se bebe un barril entero y tú lo dejas irse con ese cochazo -protestó Anni-. Qué bien, Ricky Lee.
--No te preocupes.
--Se va a matar.
Y aunque eso había pensado Ricky Lee cinco minutos antes, se volvió hacia ella en el momento en que las luces traseras desaparecían de la vista y sacudió la cabeza.
--No lo creo -dijo-. Aunque, por su estado, sería mejor que se matara.
--¿Qué te dijo?
Él meneó la cabeza. Todo estaba confuso en su mente y la suma total carecía de significado.
--No tiene importancia. Pero no creo que volvamos a ver a ese hombre. Nunca más.


Esos fueron los capitulos 24 y 25, espero que hayan sido de su agrado, yo me despido como siempre dejando los links de las otras partes justo abajo.

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3 (1/?):
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