INTRODUCCION La primera vez que tuve este manuscrito en mis manos, me dije: ''Hasta que al fin tenemos un relato genuino del otro lado''. No solamente los que servimos en la RAF, sino tambien los millones de seres que estuvieron atentos al resultado de los combates aereos durante la segunda guerra mundial, experimentamos, de tiempo en tiempo, una enorme curiosidad respecto a nuestros contrincantes que formaban la Fuerza Aerea alemana. ¿Acaso su actitud en la guerra era similar a la que guardabamos los pilotos ingleses? ¿Cual habia sido la reaccion de estos hombres ante la decision tomada por Hitler, de no invadir Gran Bretaña? ¿Cual era la impresion que tuvieron al enfrentarse a la gran armada aerea de los aliados, al acercarse el fin de la espantosa conflagracion? Muchas de las respuestas pueden encontrarse en este diario de un piloto de combate alemán. Desde que terminó la guerra, mucho ha sido el material que nos ha llegado del otro lado; pero la mayoria de los libros que hacen el relato desde un punto de vista aleman, a pesar de ser historicamente valiosos, son en gran parte, reminiscencias de gentes que ocupaban altos puestos en la administracion alemana: tales como generales y politicos. A mi modo de ver, el merito que tiene el libro de Herr Knoke estriba en que, de manera sencilla y sin rebuscados adornos, cuenta la historia de uno de los que pelearon una guerra ardua y ordinaria. Casi inconscientemente dibuja la imagen reveladora de las juventudes hitlerianas. Sería menos autentico si no lo hiciera. Pudo haber la tentacion de omitir con tacto algunas de las breves referencias politicas hechas por el diarista, pero tales omisiones servirían solamente para desfigurar la imagen que nos brinda. La genesis del libro no carece de interes. El señor John Ewing, que lo tradujo al ingles, ejerce la abogacía en Vancouver, pero en aquel entonces era oficial de la RCAF (Real Fuerza Aerea Canadiense), y cuando en mayo de 1945 Alemania se rindió, estaba encargado de supervisar e interrogar a los miembros de la Luftwaffe que se habian rendido. Su cuartel general estaba situado en Jever, donde el campo aereo habia sido ocupado por la RCAF. Relata su primer encuentro con el autor del libro con estas palabras: -Al ser interrogado Knoke, demostró poseer una inteligencia excepcionalmente aguda y una personalidad demasiado atractiva. Parecía ser una lastima que hubiera peleado en el bando equivocado. Su hoja de servicios reclamaba el respeto de cualquier miembro de la aviacion. Hasta donde puedo saber, ningun otro piloto aleman que pudiera igualar su hazaña de 52 aviones aliados derribados en el frente occidental, ha sobrevivido para contar la historia. Despues de haberlo escuchado, consideré que las circunstancias eran verdaderamente excepcionales y nos estrechamos la mano (cosa por demas rara en aquel tiempo). Despues estuvieron en contacto diario. Por razones de seguridad, Ewing estimó conveniente mantener a Knoke bajo constante supervision; hizo los arreglos para obtener el licenciamiento con la prioridad que otorgaba la Luftwaffe y lo comisionó para hacerse cargo de las finanzas de la Luftwaffe local. -Abiertamente se mostró contrariado por tener que despojarse de su muy condecorado uniforme- continua diciendo el señor Ewing -y a pesar de su ignorancia de los metodos contables, misma que yo compartía, no pasó mucho tiempo antes de que lograse organizar un sistema eficiente, para lo que fue ayudado por su esposa Lilo, que antes de la guerra habia trabajado como vendedora de libros. Poco a poco fueron suavizandose las ordenes de no confratenizar con el enemigo y llegué a convertirme en asiduo visitante de la casa de los Knoke, donde siempre se me recibió con la mas cordial bienvenida. En cualquier lucha de ingenio, Knoke era mas capaz de salir airoso, y fueron varias las veces que nuestras discusiones pudieron resolverse unicamente ante el recordatorio de que, despues de todo, eran ellos los que habian perdido la guerra. Su audacia parecía no tener limites. En cierta ocasion, el mayor britanico, alcalde de la ciudad, se presentó a pedirle la casa, pero Knoke usó argumentos tan convincentes que lo indujo a cambiar de opinion e ir en busca de otros alojamientos. A menudo me senti impulsado a confinarlo tras las alambradas de puas, pero tal cosa parecía carecer de todo espiritu de justicia. En 1946, cuando los canadienses abandonaron Alemania, el señor Ewing habia llegado a ocupar el puesto de juez en el gobierno militar. Despues de obtener su licenciamiento del ejercito, pasó un año mas como miembro de la comision de control, antes de regresar a su pais de origen. Durante ese tiempo estuvo en contacto con Knoke, para quien resultaba dificil ajustarse a las necesidades de una vida civil, y se habia dedicado a escribir, como medio de escapar de su situacion precaria. Ewing le sugirió que escribiese un relato sencillo y veraz de su propia vida. El resultado se halla en este libro. Como dato adicional puede mencionarse que para 1951 Knoke habia logrado obtener fama de orador politico y en ese mismo año fue electo miembro de la legislatura de Sajonia inferior y del partido socialista del Reich. Cuando la suprema corte de la republica federal alemana, en 1952, declaró ilegal el partido, las actividades politicas de Knoke quedaron suspendidas, por lo menos temporalmente. ''LOS PRIMEROS AÑOS'' Casi todo el mundo conoce la historia del flautista de Hamelin. Todavía en nuestros días lleva el nombre de Koppenstrasse, el camino que recorrieron en Hamelin los chicos que nunca más habrían de volver. A sus lados se levantan casas feas y grises que tienen patios angostos y sucios. Durante el verano, la superficie áspera del camino se convierte en una trampa de polvo; hay multitud de baches que durante las lluvias de primavera y verano se tornan en grandes y profundos lodazales. Aún no ha sido pavimentado y termina en angosta vereda que conduce a los campos y hortalizas que quedan al pie de la montaña Koppenberg. Pasé mis primeros años en ese camino; cierto que no era nada atractivo, pero tampoco yo era un niño bonito; tenía el pelo rojo y estaba plagado de pecas. Mi padre era policía. Durante la Primera Guerra Mundial fue Sargento de Estado Mayor, Décima Compañía, 18 Regimiento de Infantería. Era hombre de aspecto impresionante y un gran soldado. Después y durante muchos años prestó sus servicios en el cuerpo de policía de la ciudad, admirado y respetado por todos sus conciudadanos. Ganó una condecoración en la Batalla de Flandes, pero fue hecho prisionero en las afueras de Yprés, en el año 1915. Pasó cuatro largos años como prisionero de guerra en el campamento isleño de Belle Ile, en la Bahía de Vizcaya. Regresó en 1919 y se casó. Ana era la más atractiva de las hijas del carpintero y albañil Wilhelm Maertens. De su padre heredó la terquedad así como un gran sentido del humor. Hasta hoy, sus ojos pueden iluminar jovialmente sus facciones suaves, sin arrugas, que nimba su pelo blanco. Siempre pensé que mi padre había demostrado su buen gusto al casarse con Ana y que yo habría hecho lo mismo en su lugar. Nací el 24 de marzo de 1921, un año y ocho días después del casamiento de mis padres. Lejos estaba yo de ser el niño ideal. Mi padre tuvo que educarme con dureza, cuidando de que desde mi más temprana edad fuese acostumbrándome al concepto prusiano de orden y disciplina. El elemento principal que utilizó para educarme fue una larga correa con la que mis espaldas llegaron a familiarizarse penosamente. El sargento de la Plana Mayor me trató como nuevo recluta y, sin embargo, sé que me quiso, por lo que ahora le estoy agradecido, a pesar de las buenas zurras que me dio y que, a decir verdad, debo confesar fueron bien merecidas. Como sitio de recreo tuve las barrancas, el cuartel donde había el campo para desfiles y las caballerizas, así como las cuadras de alojamiento, con sus largos corredores y espaciosos vestíbulos. Desde muy chico aprendí a usar un rifle, limpiarlo, apuntar y dispararlo; también me enseñaron a armar una ametralladora y colocarla en posición de tiro. Nunca me asustó el ruido de los disparos. Los soldados eran mis amigos y mis compañeros de juego; juntos pasamos muy buenos ratos. Corrieron los años. Era raro que algún acontecimiento emocionante llegara a perturbar la paz y calma de la vida propia de nuestra ciudad, que, como siempre, se extendía al pie de suaves pendientes en las colinas sombreadas de árboles. Las aguas del río seguían deslizándose, atravesaban el pueblo, se arremolinaban y caían sobre dos amplias esclusas; parte de ellas era desviada para el abastecimiento de fuerza motriz con que operaba el gran molino de harina que había en la isla. Los remolcadores luchaban contra la corriente y arrastraban largas hileras de chalanas y barcazas de carga vacías. Balsas difíciles de manejar y lanchones pesadamente cargados zarpaban y se deslizaban río abajo, en dirección al valle, más allá de los muelles y hermosas y limpias calzadas que servían de paseo en las márgenes del río. Durante el verano, llegaba gran número de turistas que viajaban en ferrocarril o en automóvil. La atmósfera de romántica época medieval que envolvía a la ciudad era un gran atractivo y se traducía en buenos negocios para los hoteles, restaurantes, tiendas y guías de turistas, etc., especialmente si los domingos hacía un buen día. Fue ahí donde crecí, feliz y ajeno a toda preocupación durante mi niñez. Para 1931 había terminado los cuatro años de escuela elemental y asistía a la secundaria. Era éste un instituto muy antiguo y de arraigos tradicionales. Nunca fui un alumno estrella, como tampoco había sido un angelito durante mis primeros años. Por supuesto, cometí cuanta falta puede ser conocida en el calendario escolar y creo haber sido un tormento perfecto para mis maestros que parecían considerar mi comportamiento como cosa natural y nunca me guardaron permanentes rencores o mala voluntad. Nunca olvidaré al decano del colegio, el anciano doctor Trobitius, hombre extraordinario y digno de toda consideración. Era una lástima que enseñara matemáticas, química y biología, porque las únicas materias que me interesaban eran filosofía, idiomas, historia y arte. También me encantaban los deportes, especialmente remar; por cierto que en el verano de 1937 llegué a ser capitán del Club de Remos de la escuela. En mi clase todos teníamos que tomar lecciones de baile. Poco era el tiempo que quedaba para dedicarlo al estudio; de manera que, hablando en sentido general, convertí en una práctica el no asistir nunca a las clases de biología o química. Casi durante seis meses pude pasármela de ese modo, pero llegó el día en que las autoridades escolares me descubrieron y estuve a punto de ser expulsado de la escuela. Fui llevado ante el Director. Por cuanto se refería a nosotros, era la personificación completa de toda autoridad; hombre alto, delgado, con facciones de sabio y aspecto impecable. Estaba sentado tras enorme escritorio y fumaba un tabaco Virginia; a su lado, en cómoda silla, se había desplomado Trobitius, con su reluciente calva. Ambos me ignoraron por completo, haciéndome sentir intranquilo. Me remordía la conciencia. Quizás no había sido tan vivo como me lo suponía. Por fin, el Director me preguntó por qué había dejado de asistir a las clases del doctor Trobitius. Habría podido idear alguna excusa, como estar enfermo de la garganta o padecer un dolor de estómago, o cualquier otro pretexto por el estilo; sin embargo, en aquella ocasión decidí confesar la verdad. Ciertamente, no soy de los que creen que siempre debe decirse sólo la verdad; pero pensé que en aquel momento era una buena idea hacerlo. No quería sentirme avergonzado de haber dicho mentiras al estar delante del Director. Además, según mi opinión, la verdad podía hacerles buena impresión y, por ende, reduciría la severidad del castigo. Con toda franqueza le dije al Director que no me interesaban las clases que impartía el doctor Trobitius, que su enseñanza era árida y fastidiosa. Por supuesto, al oír eso, por poco se desmaya el instructor. El Director me miró asombrado, porque esperaba alguna de las excusas habituales, pero reaccionó inmediatamente y durante varios minutos me regañó atronadoramente; sin embargo los rayos cayeron sobre el pobre ancianito Trobitius, después que fui retirado de su presencia. No se me impuso ningún castigo, y pasado el incidente tuve la impresión de que las clases que impartía el viejo profesor eran ya más interesantes... Aquel verano, mientras asistía a la clase de baile, me enamoré por primera vez. La adoraba con todo el ardor romántico de mis dieciséis años. Se llamaba Lieselotte y su padre era doctor; en cuanto a la que hubiera sido mi suegra, era una dama de la alta sociedad y no podía estar de acuerdo con nuestras relaciones porque mi padre era sólo un policía común y corriente. También en aquel tiempo empecé a escribir por primera vez. Tuve la suerte de poder vender algunos artículos y cuentos cortos que me produjeron algo de dinero para mis gastos personales; además, compuse unos poemas para Lieselotte, que se mostró encantada con ellos. Al año siguiente me enamoré locamente de Annaliese. Tenía el cuerpo de una diosa. Le dediqué los mismos poemas, a los que sólo tuve que cambiar el nombre, y quedó igualmente complacida. Tanto a Lieselotte como a Annaliese les juré amor y devoción eterna, pero cuando llegué a ser aviador quebranté todas mis promesas. Todavía me alegra recordar que ni mi pelo lacio y rojo ni las pecas que cubrían mi nariz fueron obstáculo para que me quisieran. En aquellos días, aparte de querer a Lieselotte y Annaliese, sentía gran amor por la vieja escuela, por nuestro pueblo de rincones extraños y únicos, por sus calles angostas y por la navegación en el río. En verdad que amaba la vida. En el año de 1931 me hice miembro de la Asociación de Boy Scouts (Pfadfinderbund). Acostumbrábamos vagar por todas partes de Alemania, pasando las noches en campamentos, dando largos paseos a pie, desarrollando un sentimiento de camaradería y cantando a coro alrededor de las hogueras. El 30 de enero de 1933, cuando los nazis subieron al poder, tenía yo doce años. Me acuerdo perfectamente de aquel día. Las tropas de asalto (SA) se apoderaron de la Casa del Ayuntamiento a eso del mediodía y trataron de izar la bandera de la esvástica. A la sazón, mi padre estaba de guardia en el edificio y junto con otros dos oficiales de policía arriaron nuevamente la bandera. Durante muchos años el incidente no fue olvidado y siempre se le acusó de haber sido el responsable de tal proceder. Pocas semanas más tarde, un domingo se celebró un servicio religioso dedicado a las distintas organizaciones de jóvenes. Fui uno de los boy scouts que asistieron a la iglesia. Al salir a la plaza del mercado, nos asaltaron los miembros de la Juventud Hitlerista (HJ) y sobrevino una violenta pelea callejera en la que tuvo que intervenir la policía. Al efectuarse una reunión interseccional de exploradores en Lüneberg, a la que concurrieron 20,000 muchachos, las Juventudes Hitleristas trataron de derribar los campamentos; luchamos contra ellos y los vencimos en toda la línea. Como consecuencia, fue suspendida la reunión por órdenes del Ministro del Interior, y el campamento tuvo que ser levantado en unas cuantas horas. La Asociación de Boy Scouts fue declarada organización ilegal y todos fuimos incorporados, colectivamente, a la Juventud Alemana de Menores (Jungfolk), que era una subdivisión de las Juventudes Hitleristas. Los que habíamos sido exploradores, permanecimos unidos y formamos una tropa (Fahnlein) continuando nuestros paseos a pie, levantando nuestros campamentos y cantando como antes lo hacíamos. heinz knoke(derecha) En 1935, cuando cumplí los catorce años, llenaba ya el requisito para ser admitido en las Juventudes Hitleristas propiamente dichas, pero rehusé la oportunidad que se me brindaba. Sin embargo, dos años más tarde cedí ante la presión que se me hizo y entré a formar parte de la Juventud Mecanizada de Hitler. Muy pronto surgieron las dificultades con las autoridades, porque, como capitán que era del Club de Remos de la escuela, se me consideraba, en sentido general, como de ideas reaccionarias. Durante las regatas y después de una carrera de lanchas, se produjo un incidente en el que algunos de los miembros del club se vieron involucrados en una lucha contra la Juventud Hitlerista Streifendienst, que era algo así como una fuerza de policía integrada por muchachos. A fin de evitar la desgracia de ser expulsado de las Juventudes Hitleristas, volví a incorporarme a la división integrada por la Juventud Alemana de Menores, donde me hice cargo de la organización y supervisión de deportes y campamentos para los chicos. De este modo pude reducir al mínimo los ejercicios militares y regimentación, fomentando la libertad, el buen humor y la camaradería. Las Juventudes Hitleristas eran como cualquiera otra organización nazi. Llegaron a hacerse intolerables porque no supieron aplicar correctamente, en la práctica, los principios fundamentales del nacionalsocialismo. Sin embargo, hay que tener presente que estos principios e ideales subyugaban materialmente a los jóvenes y que los sosteníamos con el máximo entusiasmo, habiendo podido enorgullecernos del resurgimiento poderoso de nuestro amado país durante los años en que éramos todavía muy jóvenes. Fue el 6 de julio de 1938 el día en que hice mi primer vuelo. Aconteció durante una exhibición aérea en que un viejo aparato de transporte despegaba de un extenso campo situado en las afueras de la ciudad. Un vuelo de recreo, por quince minutos, costaba solamente unos cuantos marcos. Ya entrada la tarde, me vi sentado y amarrado a uno de los asientos que había en el interior del pesado aeroplano. Pusieron el motor en marcha, el aparato se movió dificultosamente hasta llegar al extremo del campo lleno de baches y levantó el vuelo. Rugió la máquina, se sintieron uno o dos brincos más y el césped se hundió, alejándose de nosotros. Estaba volando. Subimos. Frente al asiento había una pequeña cajita marcada: "mareo", que contenía unas cuantas bolsas de papel. No pude explicarme el motivo de esto; no se sentía el menor balanceo, no había bolsas de aire, absolutamente ningún movimiento fuera de la suave vibración del asiento. Y ascendimos más y más... Desde arriba, mi ciudad natal parecía ridículamente pequeña. Pronto estuvimos por encima del nivel de las cimas de los montes circundantes; el horizonte que se ampliaba se desvaneció en un resplandor que ofuscaba; disminuyó el tamaño de los campos y se convirtieron en un gran mosaico de tierra donde se dibujaban pequeñas figuras geométricas cuyos colores variaban del verde oscuro en las praderas sobre las márgenes del río hasta el amarillo brillante en los sembradíos de mostaza; cruzaban el terreno caminos y ferrocarriles, así como la cinta serpenteante y plateada del río; el paisaje estaba salpicado por diminutas ciudades de juguete cuyas casas tenían tejados de color rojo y negro, así como por bosques y secciones de césped que formaban claros sobre el lomerío; todo el cuadro era una mezcla de colores gloriosamente coordinados. Aquí y allá se distinguían pequeñas manchitas que no eran sino automóviles o carretas sobre los caminos; si aparecían en el río, eran lanchas o balsas. Un tren en miniatura se arrastraba sobre la vía del ferrocarril, a semejanza de un gusano negro. Cuando viramos, tuve la impresión de que el cuadro en toda su magnificencia se había inclinado, como si se tratara de la cubierta de una mesa. Contemple las nubes que teníamos muy cerca y pensé: "¡Adelante, volemos más alto que ellas!" Fue entonces cuando decidí que algún día volaría por encima de las nubes. Sentí tristeza al darme cuenta de que empezábamos a perder altura; la tierra vino a nuestro encuentro y pronto, demasiado pronto, todo había terminado. Todavía estaba rojo de emoción cuando conté a mis padres las impresiones de aquel primer vuelo. Se echaron a reir, y años más tarde volví a notar la misma sonrisa en sus rostros cuando, ya como veterano piloto, les hablé de los dos mil o más vuelos que había hecho. Quizá también en esta nueva ocasión me sonrojo al hacer mi relato. ''VERANO DE 1939'' El verano marca el momento culminante del año. Por naturaleza me inclino a reconocer los años de mi vida por los recuerdos del verano, en que los días son tibios y soleados y las noches llenas de dulces susurros. Para Alemania, el año de 1939 está lleno de acontecimientos extraordinarios que afectan, en forma decisiva, la vida del pueblo alemán. Ese verano marca el término de los días felices y tranquilos que pasé en mi juventud. Una vez más vago por entre los bosques de pinos y hayas que cubren la montaña, o por los fértiles maizales y las praderas del valle: y una vez más, también, me deslizo sobre la corriente del Río Weser en una frágil canoa. Annaliese convive conmigo este verano, el más encantador de todos. Juntos recorremos los claustros del monasterio de Mollenbeck y escuchamos el órgano que canta en la vieja abadía de Fischbeck. El sol nos quema la piel cuando recorremos en motocicleta el Bosque de Teutoburg o cruzamos el valle del Exter hasta llegar a Solling, y juntos, también, trepamos por los riscos del Hohenstein o nadamos en las frescas aguas del Weser. No nos preocupan las densas nubes de tormenta que se forman en el horizonte político. ¿Qué diferencias pueden originar en nuestras vidas, aun cuando la tensión internacional de Europa llegase al punto más crítico? Durante los últimos años, Alemania ha ido deshaciéndose más y más de las cadenas impuestas por el Tratado de Versalles. ¿No tenemos derecho a vivir como un pueblo libre sobre la faz de la tierra? ¿Necesidad, pobreza, desempleo? Han dejado de existir en el Tercer Reich; por consiguiente, ¿es extraño que Austria busque la unión con un Reich poderoso y próspero? Parece cosa de sentido común y nada más, que el territorio sudetino haga lo mismo y que Memel trate de librarse del yugo lituano. heinz knoke En todas partes de Europa las poblaciones alemanas tienden los brazos a Hitler. Sucede lo mismo por dondequiera que vamos. En la Gran Convención del Partido Nacional celebrada en Nuremberg, o durante las festividades de la siega en los villorrios locales sobre el Bückeberg, que sólo queda a cinco millas de Hamelin, soy únicamente uno de muchos millones de jóvenes entusiastas que tienen fe absoluta en Hitler y se dedican a él sin la menor reserva. Annaliese y yo gozamos de un verano tranquilo, sin que nos inquieten las nubes de tormenta que surgen en el horizonte. —No hay necesidad de preocuparse: el Führer nos sacará del peligro. Y al decir esto, sólo hacemos eco a los pensamientos de noventa millones de alemanes que viven en todo el mundo. Al comenzar el verano he hecho mi solicitud para servir en la fuerza aérea (Luftwaffe) como candidato a oficial. Deseo combinar una carrera militar con la libertad y belleza de la vida de un aviador. El 5 de julio me llaman para presentar los exámenes preliminares que duran cuatro días. Psicólogos, doctores, maestros y oficiales nos examinan a otros cuatro candidatos y a mí con el fin de determinar nuestra aptitud mental y física para la carrera que deseamos seguir. El primer día transcurre en exámenes médicos hechos por diferentes especialistas; el segundo, tenemos que escribir y llenar pruebas, improvisar discursos y contestar centenares de preguntas que nos hacen oficiales y psicólogos. El tercer día nos encuentra en la "silla tridimensional" que hacen dar vuelta y girar en varias posiciones, mientras nuestras reacciones van siendo anotadas mediante el uso de un sistema elaborado de botones de presión. Tenemos que arrastrarnos hasta el interior de una cámara de baja presión y se nos toma el tiempo que duramos en ajustar pequeños juegos de engranes y ruedas dentadas para determinar el efecto que nos produce la falta de oxígeno. Todo parece ser un viaje a través de cámaras de tortura modernas. El cuarto y último día está dedicado a pasar las pruebas de atletismo; carreras a larga distancia y de velocidad, saltos, lanzamiento del disco y de la jabalina, ejercicios gimnásticos sobre una barra y en paralelas horizontales, natación y boxeo. Todo constituye el más exigente y amplio examen que he pasado en toda mi vida. Por la noche se nos da a conocer el resultado. Dos de los candidatos han sido aprobados y yo soy uno de ellos. 27 DE AGOSTO DE 1939 De la noche a la mañana, nuestra escuela se convierte en un cuartel. Las Fuerzas Armadas hacen comparecer a las Reservas. Parece que ha surgido una situación crítica en la frontera oriental de Alemania y en Polonia. Correos van y vienen durante toda la noche, apresurándose a entregar citas y telegramas en todas partes. 28 DE AGOSTO DE 1939 El Gobierno del Reich ordena la movilización general. Estamos al borde de la guerra. Está en proceso de formación un batallón de reservistas en nuestro antiguo colegio. Lo mismo sucede en todas las demás escuelas que hay en la ciudad. Los dos arsenales del ejército se hallan totalmente repletos, y por todas partes se ve el color gris. La ciudad se encuentra llena de soldados. 29 DE AGOSTO DE 1939 Se me informa que debo esperar que el llamado de la Fuerza Aérea me llegue con anticipación. Mis compañeros de clase han estado reuniéndose como voluntarios, y para la noche se hallan todos vistiendo el uniforme. 30 DE AGOSTO DE 1939 El jefe de la organización local de la Juventud Alemana de Menores (Jungbann) ha sido llamado. Me entregan el mando de cerca de 4,000 muchachos que hay en el distrito de Hamelin. Deben ser apostados en todas partes para que ayuden a los soldados y se hagan útiles en cuanto sea posible. En los almacenes de abastecimiento se requisan los vehículos para cargarlos con provisiones, equipo, armas y municiones: en los cuarteles hay infinidad de cosas que hacer; en las cocinas de campo hay que mondar patatas. etc. En dondequiera que hay soldados se mandan muchachos para que ayuden. Por la tarde, el primero de nuestros recién organizados batallones aborda el tren en la estación de carga. Los trenes van decorados con flores al salir rumbo al Este, pero las caras tienen un gesto de solemnidad. Entre ellos reconozco a muchos de mis compañeros de escuela; los grises cascos de acero contrastan notablemente con los rostros juveniles. Nunca volveré a ver a la mayoría de ellos. 31 DE AGOSTO DE 1939 Las autoridades polacas en contra de la minoría alemana hacen horrible la lectura de los diarios de hoy. Miles de alemanes están siendo sacrificados en territorio que en un tiempo fue parte de Alemania. Miles más llegan cada hora a territorio del Reich y cada refugiado cuenta una nueva historia de horror. 1º DE SEPTIEMBRE DE 1939 Esta mañana, a las 5:40 horas, los ejércitos alemanes cruzaron la frontera para entrar en acción. Es la guerra. Así llega a su fin el último verano de mi niñez. De este modo, un humilde e insignificante individuo queda atrapado en la senda que sigue inexorablemente la gigantesca rueda del Tiempo. Debo estar preparado para resistir el impacto de la guerra que se cierne sobre mi cabeza a manera de avalancha incontenible; tengo que ser tan duro como el acero si no quiero terminar hecho añicos. Mi deseo es ser soldado. 5 DE SEPTIEMBRE DE 1939 El día 2 de septiembre Goering llamó al servicio a las defensas civiles antiaéreas. El día de ayer nos trajo la noticia de la sorprendente declaración de guerra hecha contra el Reich Alemán por Inglaterra y Francia. Por primera vez, hoy se escuchó el clamor de las sirenas que anuncian incursiones aéreas. Los bombarderos británicos atacan los puertos e instalaciones marítimas sobre las costas alemanas del Mar del Norte. 8 DE SEPTIEMBRE DE 1939 Ha caído Varsovia. La campaña de Polonia es una guerra relámpago (Blitzkrieg). El avance de los ejércitos alemanes ha sido una marcha incontenible hacia la victoria. Escenas de profunda emoción ocurren con la liberación de los residentes alemanes, aterrorizados en el Corredor Polaco. Espantosas atrocidades, crímenes contra toda ley humana, han sido descubiertos por nuestros ejércitos. Cerca de Bromberg y Thorn se encontraron tumbas enormes que contienen los cuerpos de miles de alemanes sacrificados en masa por los comunistas polacos. El ejército de Polonia está desintegrándose; la Fuerza Aérea Polaca ya ha sido aniquilada. Aquí, en Alemania, se cree que la guerra habrá terminado para la Navidad. La gente desea la paz. Vidas sacrificadas son el precio que debemos pagar por la victoria. 11 DE SEPTIEMBRE DE 1939 Hoy en la mañana salió mi padre con un destacamento de policía que prestará servicio activo en Polonia. Mi hermana, que vive en la isla de Wangerooge, en el Mar del Norte, ha experimentado por primera vez lo que son los ataques aéreos británicos. Mi madre y yo nos hemos quedado solos en nuestra casa de Hamelin, el "Agujero de Ratas". Es extraña la quietud que reina en ese lugar. También yo habré de partir muy pronto. La guerra en Polonia se acerca a su término. Después de todo, es posible que se llegue a reunir toda la familia la próxima Navidad. He solicitado que se adelante la fecha de mi reclutamiento, pero no pude conseguir nada en definitiva, excepción hecha de vagas promesas que no significan nada. No me explico por qué, pero me siento atraído por la posibilidad de experimentar prácticamente lo que es la guerra 27 DE SEPTIEMBRE DE 1939 Después de escribir durante varios días las pruebas del examen de matrícula superior, hoy supe que había resultado aprobado. De manera que ahora he terminado la escuela. Muchas veces, en el pasado, maldije el viejo lugar; sin embargo, le guardo cariñosos recuerdos. Dije adiós al familiar instituto de enseñanza y especialmente me he despedido del anciano y buen doctor Trobitíus, que parece haberme perdonado por no asistir a sus clases de biología; me estrecha la mano efusivamente, por largo rato, y me desea suerte en mi vida futura de aviador. Ayer llegó la noticia de la muerte de los dos primeros condiscípulos míos. Ambos cayeron en la batalla de Radom. 30 DE OCTUBRE DE 1939 Por fin recibí hoy el llamado de la Fuerza Aérea: Debo presentarme el 15 de noviembre al Regimiento Núm. 11 de Entrenamiento Aéreo que se encuentra en Schoenwalde, cerca de Berlín. Hace ya más de un mes que terminó la guerra en Polonia. Relativamente hay muy poca actividad en la línea del Muro Occidental. Solamente la Fuerza Aérea sigue diariamente en acción. Me pregunto si alguna vez llegaré a volar en misión de operación. 13 DE NOVIEMBRE DE 1939 Lentamente pasan los días hasta convertirse en semanas, y estoy que reviento de impaciencia. Sólo faltan dos días para convertirme en soldado. Este es el último día que pasaré en casa; mi madre no dice palabra de mi partida; sé que las cosas se le dificultarán más una vez que me haya ausentado. 14 DE NOVIEMBRE DE 1939 Hoy al mediodía salí de Hamelin. Mi madre dice que "todo saldrá bien". Ella y Annaliese fueron a despedirme a la estación. Las veo decirme adiós mientras el tren va alejándose. Mi última noche de civil la paso en Berlín. El ruido y movimiento de la gran ciudad me causan fatiga. 15 DE NOVIEMBRE DE 1939 A las 15:15 horas entro en el aeródromo de Schoenwalde, base del Regimiento Núm. 11 de Entrenamiento Aéreo y me presento a la oficina de ordenanza de la Compañía Núm. 4. Ahora soy el recluta Knoke. En el almacén de ropa me dan unos slacks que me quedan demasiado grandes y una camisola que me viene muy apretada, un par de botas rústicas, increíblemente pesadas, así como un casco de acero que también me queda pequeño. Me aventuro a protestar levemente por el casco, y el cuartelmaestre sargento me pone en mi lugar regañándome: —¡Cállate el hocico! El casco te viene. ¿Qué quieres que haga si tienes la cabeza hinchada? Desde entonces me encuentro totalmente ofuscado. Todos los movimientos tienen que hacerse de prisa. El lugar presenta la actividad de un hormiguero. Todos se agitan en derredor de las barracas al eco de órdenes dadas a gritos y andan con botas provistas de herraduras, golpeando los largos corredores y las escaleras... Soldados, soldados y nada más que soldados en todas partes. Este mundo tan extraño y nada atractivo me hace sentir muy solo. 24 DE DICIEMBRE DE 1939 ¡Víspera de Navidad! La guerra debió haber terminado hace tiempo. Es la primera Navidad que paso lejos de mi hogar. Allá debe estar el suelo cubierto de nieve; aquí ha llovido durante varios días consecutivos. Estamos a la mitad del entrenamiento militar básico, que es realmente duro. Día tras día la misma rutina agotadora: desfiles, ejercicios, maniobras, prácticas, etc... Una vez más queda demostrado que no soy ningún prodigio. La verdad es que mi oficial llega al punto de decir que si alguna vez se me llega a comisionar como oficial, presentará su dimisión del servicio y devolverá todos los regalos de Navidad durante siete años. En las monótonas marchas de entrenamiento me gusta imaginar que golpeo en la cabeza a este con la culata del rifle. Me siento horriblemente cansado. Mañana en la noche me toca estar de guardia, pero al siguiente día me permiten quedarme una hora más en la cama. Esa hora extra será el mejor regalo de Navidad que tendré este año. -bueno linces si les gusta seguire subiendo lo demas.
Diario de un piloto aleman
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