Charles Darwin no sólo fue el artífice de la teoría biológica más influyente del siglo XVIII sino también un voraz devorador de todo tipo de animales, incluyendo ejemplares la mayoría de los que descubrió. A Darwin le gustaban los animales, sí: a ser posible guisados y con guarnición de papas.
Durante su juventud, mientras estudiaba en Cambridge, Darwin formó parte de la sociedad gastronómica Gourmet Club (más conocida como “The Glutton Club”, el “club de glotones”) que hacía gala de un “omnivorismo sin fronteras”: su objetivo era probar “todos y cada uno de los pájaros y bestias que han sido conocidos por el paladar humano”. Entre los platos que degustaron aquellos ilustrados ingleses estaban el halcón y el avetoro (un tipo de garza). Darwin abandonó aquel grupo tras degustar un búho, cuyo sabor describió como “indescriptible” y que le provocó una tortuosa digestión.
No obstante, aquel mal sabor de boca no le impidió continuar su rally devorador por Sudamérica, donde probó el armadillo (“sabe a pato”), la paca común (un roedor tropical) e incluso un puma en la Patagonia, aunque en su defensa es justo apuntar que pensaba que se trataba de un venado.
Más preocupante fue su obsesiva persecución del ñandú de Darwin, un animal desconocido para la ciencia que acabó en el plato del autor de ‘El origen de las especies’. Al menos tuvo el detalle de enviar los huesos rechupeteados del ave a Londres, gracias a lo que los familiares de aquel pájaro reciben el nombre de Rhea Darwinii.