En marzo de 1519, el conquistador Hernán Cortés desembarcó en México con solo 508 soldados. Los aztecas, bajo su rey Moctezuma, tenían decenas de miles de guerreros. Pero, en poco más de dos años los españoles los derrotaron y destruyeron su imperio.
Los indios fueron esclavizados, se construyeron iglesias cristianas donde antes había templos aztecas, el nombre de la capital, Tenochtitlán, se cambió por el de ciudad de México, y el país pasó a llamarse Nueva España. ¿Por qué triunfaron los españoles con tal facilidad? Porque los aztecas los tomaron por descendientes del dios Quetzalcóatl, al que se conoce por el extraño nombre de «la serpiente emplumada».
Se supone que este mismo dios, en otras partes de América del Sur, recibía el nombre de Viracocha, Votan, Kukulcán o Kon-Tiki. De todos modos afirma la leyenda que Quetzalcóatl era un hombre blanco, alto y barbudo, y que llegó de alguna parte del sur, poco después de una gran catástrofe que había oscurecido el sol durante mucho tiempo. Se dice que Quetzalcóatl trajo el sol de nuevo y también trajo las artes de la civilización. ¿Estuvo la llegada de Quetzalcóatl relacionada con el oscurecimiento del sol? ¿Es posible que estuviera huyendo de la catástrofe que lo causó?. Después de un intento de matarle a traición, el «dios» regresó al mar, tras prometer que algún día volvería. Dio la casualidad de que Cortés había desembarcado cerca del lugar donde se esperaba a Quetzalcóatl y ésta es la razón por la cual Moctezuma, que era supersticioso, permitió que Cortés le hiciera prisionero.
Colin Henry Wilson (nacido el 26 de junio de 1931 en Leicester), es un escritor del Reino Unido, así como un destacado filósofo. Los principales temas de su obra son la criminalidad y el misticismo. Nacido y educado en Leicester, Reino Unido, dejó los estudios a los 16 años. Cuando tenía 24 años, publicó The Outsider (1956), que examina el papel del proscrito social en varias obras literarias y figuras culturales, donde examina a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Fyodor Dostoyevsky, William James, T. E. Lawrence, Vaslav Nijinsky y Vincent Van Gogh, y donde Wilson discute su percepción de la alienación social en su obra.
El libro fue un éxito de ventas y ayudó a popularizar el existencialismo en Gran Bretaña. Sin embargo, el elogio de la crítica fue breve. Colin Wilson también ha escrito obras sobre temas metafísicos y ocultistas. En 1971 publicó The Occult: A History, realizando una exégesis de Aleister Crowley, G. I. Gurdjieff, Helena Petrovna Blavatsky, la cábala, la magia primitiva, Franz Anton Mesmer, Gregor Rasputin, Daniel Dunglas Home y Paracelso, entre otros. También escribió una biografía especialmente objetiva de Crowley: Aleister Crowley: The Nature of the Beast, así como biografías de Gurdjieff, C. G. Jung, Wilhem Reich, Rudolf Steiner, y P. D. Ouspensky. Originalmente Colin Wilson se concentró en el desarrollo de lo que llamaba la “Facultad X”, que incrementaba la percepción y proporcionaba habilidades como la telepatía o la percepción energética. En sus obras posteriores sugiere la posibilidad de la existencia de vida tras la muerte y de los espíritus, que personalmente analiza como miembro del “Ghost Club”. En 1996 escribió “From Atlantis to the Sphinx”, que en español se publicó con el título “El Mensaje Oculto De La Esfinge”, en el que me he basado para escribir éste y otros artículos.
Una de las razones por las cuales los españoles no tuvieron reparo en matar aztecas era que les horrorizaba la tradición de sacrificios humanos que éstos tenían. El sacerdote azteca practicaba cuidadosamente una incisión en las costillas con un cuchillo de sílex, mientras varios hombres sujetaban los brazos y las piernas de la víctima sobre al altar, y luego introducía su mano y arrancaba el corazón todavía palpitante. Cuando la víctima era un bebé, como ocurría en muchos casos, no hacía falta sujetarla. A menudo tales víctimas se sacrificaban por docenas e incluso, cuando se trataba de prisioneros, por cientos o miles. Lógicamente, los españoles lo consideraban una costumbre atroz y bárbara. Lo que no sabían era que databa de miles de años y que su finalidad era impedir que los dioses provocaran el fin del mundo mediante alguna catástrofe violenta, como habían hecho en un pasado remoto. Casi dos siglos más tarde, en 1697, cuando un viajero italiano llamado Giovanni Careri visitó México, encontró un país explotado por codiciosos mercaderes españoles y sacerdotes fanáticos e ignorantes que se afanaban en destruir las señales de la antigua civilización. Dice un cronista: «Encontramos gran número de libros, pero como no contenían nada más que supersticiones y falsedades del diablo, los quemamos». Giovanni Francesco Gemelli Careri fue un aventurero y viajero italiano del siglo XVII, recordado por ser uno de los primeros europeos que completó una vuelta al mundo sin usar medios propios, pagando su pasaje en diferentes medios de transporte. En sus viajes se inspiró Jules Verne para su novela La vuelta al mundo en ochenta días (1872). Algunos sospecharon que espiaba para el Vaticano en sus viajes.
Gemelli Careri nació en Taurianova en 1651, y murió en Nápoles en 1725. Obtuvo el doctorado en Derecho en la Universidad de los Jesuitas de Nápoles y después de terminar sus estudios entró en la Judicatura por poco tiempo. En 1685 se tomó un tiempo para viajar por Europa (Francia, España, Hungría y Alemania) y en ese viaje fue herido durante el asedio de la ciudad de Buda. En 1687 regresó a Nápoles y volvió a entrar en la Judicatura. También comenzó a trabajar en sus primeros dos libros: Relazione delle Campagne d’Ungheria (1689), con Matteo Egizio de coautor, y en Viaggi in Europa(1693). En esa época Gemelli sufrió varias frustraciones en el desempeño de su profesión legal y se le negaron ciertas oportunidades al no tener un origen aristocrático. Finalmente, decidió abandonar su carrera para hacer un viaje alrededor del mundo. Ese viaje que duró cinco años, le llevaría a escribir su libro más conocido, Giro Intorno al Mondo (publicado en seis volúmenes en 1699-1700). Gemelli Careri comenzó su viaje alrededor del mundo en 1693 con una visita a Egipto, Constantinopla y Tierra Santa. En esa época, la ruta del Próximo Oriente ya empezaba a ser un ingrediente común de cualquier viaje al extranjero, una etapa que ya no merecía la pena contar. Sin embargo, a partir de allí este turista italiano recorrería caminos menos transitados. Después de cruzar Persia y Armenia visitó el sur de la India y entró en China, donde los misioneros jesuitas supusieron que un viajero italiano tan inusual podría ser un espía al servicio del Papa. Este fortuito malentendido le abrió muchas de las puertas más inaccesibles del país y Careri llegó a visitar al emperador en Pekín, asistió a las celebraciones de la Fiesta de las Linternasy recorrió la Gran Muralla China.
Desde Macao, Careri navegó hasta las islas Filipinas, donde se quedó durante dos meses mientras esperaba la salida del galeón de Manila. Según describió en su diario, el medio año de viaje transoceánico a Acapulco fue una pesadilla plagada de alimentos en mal estado, brotes epidémicos y ocasionales tormentas. En México, Careri se convirtió en una celebridad por el sencillo método de narrar sus anécdotas una y otra vez a los aristócratas locales. Entre las anécdotas vividas en México destaca su paso por la población de Zumpango del Río, en el actual estado de Guerrero, ya que estando acampado en el cañón del Zopilote fue sorprendido por un sismo que según sus propias palabras «duró lo que dos padrenuestros». Su curiosidad insaciable le llevó más allá de la capital, visitando varias ciudades mineras y las antiguas ruinas de Teotihuacan. Tras cinco años de vagar alrededor del mundo, Gemelli Careri finalmente regresó a Europa desde Cuba en la flota de Indias. Pero en Ciudad de México halló Careri a un sacerdote que era una excepción: don Carlos de Sigüenza, científico e historiador que sabía hablar la lengua de los indios y leer sus jeroglíficos. Basándose en manuscritos antiguos, Sigüenza había sacado la conclusión de que los aztecas habían fundado la ciudad de Tenochtitlán, -así como el imperio azteca, en 1325. Antes de ellos hubo la raza de los toltecas y antes de éstos, la misteriosa raza de los olmecas, que vivían en las tierras bajas tropicales y que, según la leyenda, habían llegado por el mar procedentes del Este. Según Sigüenza, procedían de la Atlántida.
Carlos de Sigüenza y Góngora (Ciudad de México; 1645 – 1700) era un científico, historiador y literato novohispano, contemporáneo de Newton y Leibniz. Hijo menor de ocho hermanos, estaba emparentado con el famoso poeta barroco del Culteranismo Luis de Góngora. Su padre fue tutor de la familia real en España y al emigrar al Nuevo Mundo se integró a la burocracia virreinal por el resto de su vida. Con un trabajo seguro y experiencia docente no tuvo dificultades en brindar él mismo la educación básica que necesitaban sus hijos. En 1662, Sigüenza ingresó al colegio jesuita de Tepotzotlán para iniciar sus estudios religiosos, los mismos que continuó en Puebla. En 1667 fue expulsado de la orden por indisciplina. Regresa a la Ciudad de México e ingresa a la Universidad Real y Pontificia. En 1672 asumió el cargo de catedrático de astrología y matemáticas, en el puesto que había ocupado Diego Rodríguez 30 años antes; lo ocupó durante 20 años realizando contribuciones notables, mientras desempeñaba simultáneamente el cargo de capellán del Hospital del Amor de Dios. En 1681 Sigüenza escribió el libro “Manifiesto filosófico contra los Cometas”, en que trataba de calmar el temor supersticioso que provocaba en la gente este fenómeno cósmico. Al separar la superstición de los hechos observables, Sigüenza estaba de hecho separando la astrología de la astronomía, como las concebimos actualmente. El jesuita Eusebio Kino criticó fuertemente este texto desde un punto de vista aristotélico-tomista, pero, lejos de intimidarse, Sigüenza respondió publicando su obra “Libra astronómica y philosóphica” (1690), donde fundamentaba rigurosamente sus argumentos sobre los cometas según los conocimientos científicos más actualizados de su tiempo; contra el tomismo y el aristotelismo del padre Kino citaba autores como Copérnico, Galileo, Descartes, Kepler y Tycho Brahe.
Hasta recientemente se había pensado que el librito publicado por Sigüenza en 1690 que describe las aventuras de un puertorriqueño llamado Alonso Ramírez (“Los infortunios de Alonso Ramírez“) era una pura ficción inventada por el famoso intelectual mexicano. Sin embargo, el historiador Fabio López Lázaro ha ofrecido pruebas documentales tomadas de varios archivos que prueban contundentemente que “Los infortunios” no es ficción sino un relato autobiográfico, cuyo contenido histórico, hasta los detalles más mínimos, no se puede cuestionar. Las intensas lluvias de 1691 anegaron los campos y amenazaron con inundar la ciudad, y una plaga, consecuencia de toda esa humedad, consumió los trigales. Sigüenza utilizó un aparato precursor del microscopio para descubrir que la causa de la plaga era el Chiahuiztli, un insecto semejante a la pulga. Como consecuencia de este desastre, hubo al año siguiente una severa escasez de alimentos que provocó un motín popular. Las multitudes saquearon los comercios de los españoles europeos (gachupines) y provocaron numerosos incendios en los edificios del gobierno. Sigüenza logró rescatar del incendio la biblioteca de la ciudad, salvándola de una gran pérdida. El motín se controló, como es usual, con violencia. Los cálculos de Sigüenza establecieron en unos diez mil el número de los participantes en el motín. Como cosmógrafo real de la Nueva España trazó mapas hidrológicos del Valle de México. En 1693 fue enviado por el virrey como acompañante del almirante Andrés de Pez en un viaje de exploración al norte del Golfo de México y en especial a la península de Florida, donde trazó mapas de la bahía de Pensacola y de la desembocadura del río Misisipi. Probablemente esta experiencia inspiró su novela de aventuras marinas “Los infortunios de Alonso Ramírez”.
En sus últimos años dedicó mucho tiempo a coleccionar material para una historia del México antiguo. Desafortunadamente, la muerte prematura interrumpió este trabajo que no fue retomado hasta siglos después, cuando la conciencia criolla se había desarrollado lo suficiente para interesarse en la identidad de su nación. Al morir donó su valiosa biblioteca con más de 518 libros al colegio jesuita y ordenó que su cuerpo fuera entregado a la medicina, para que se encontrara la cura contra el mal que provocó su muerte. Careri supo por Sigüenza que la civilización india también tenía sus grandes pirámides, incluida una en Cholula que era tres veces más grande que la Gran Pirámide de Gizeh, que Careri había visitado.
Siguiendo la recomendación de Sigüenza, Careri se fue a la ciudad de San Juan de Teotihuacán y quedó impresionado al ver las magníficas Pirámides de la Luna y del Sol, aun cuando ambas estaban parcialmente enterradas. Lo que le intrigó fue cómo habían logrado los indios transportar aquellos enormes bloques desde canteras lejanas. Pero nadie supo decírselo. Tampoco nadie pudo sugerir cómo se las habían arreglado los aztecas para tallar grandes ídolos de piedra sin escoplos de metal, ni cómo los habían subido a la cúspide de las pirámides. Cuando, en 1719, Careri publicó la historia de su viaje alrededor del mundo en nueve volúmenes, la obra fue recibida con incredulidad y hostilidad. Sus críticos hicieron correr el rumor de que nunca había salido de Nápoles. Una de las causas principales de esta hostilidad eran las descripciones de la civilización de los aztecas que hacía Careri. Los europeos se negaban a creer que unos salvajes hubieran sido capaces de crear una cultura que podía compararse con la de Egipto y la de Grecia en la antigüedad.
Muchos viajeros distinguidos visitaron México y describieron sus ruinas. Entre ellos el gran Alexander von Humboldt. Pero por el motivo que fuese sus descripciones no surtieron ningún efecto fuera de los círculos eruditos. Hasta mediados del siglo XIX no llegaría el legado de América del Sur a conocimiento de un público más amplio. En 1841, una obra en tres volúmenes, titulada Viaje al Yucatán, obtuvo un inesperado éxito de venta y su autor, un joven abogado de Nueva York que se llamaba John Lloyd Stephens, se hizo célebre de la noche a la mañana en Europa así como en los Estados Unidos. Stephens ya había explorado la arqueología del Viejo Mundo, en Egipto, Grecia y Turquía. Y al leer el informe de un coronel mexicano que hablaba de enormes pirámides enterradas en la jungla de Yucatán -a orillas del golfo de México-, recurrió a sus influencias políticas y se hizo nombrar encargado de negocios en América Central. Al partir para ocupar dicho puesto, se llevó consigo a un artista llamado Frederick Catherwood. Después de desembarcar en Belice, Stephens y Catherwood emprendieron viaje al interior siguiendo la frontera entre Honduras y Guatemala. Resultó más peligroso e incómodo que viajar por el Oriente Medio.
Una guerra civil asolaba el país en aquellos momentos y los dos hombres pasaron una noche detenidos mientras soldados borrachos disparaban sus fusiles al aire. Después, se internaron en la espesa jungla, donde las copas de los árboles se juntaban en lo alto y el aire sofocante estaba lleno de mosquitos. Respiraban el hedor de las materias vegetales en descomposición y sus caballos se hundían a menudo hasta el vientre en los pantanos. Stephens casi había perdido la fe cuando un día se encontraron con un muro construido con bloques de piedra en el que había un tramo de escalones que subían hasta una terraza. El guía indio atacó las lianas con su machete y luego, al apartarlas, dejó al descubierto una especie de estatua que parecía un inmenso tótem cuya altura era más del doble de la estatura de un hombre. Un rostro inexpresivo con los ojos cerrados les miraba desde arriba; los motivos decorativos eran tan ricos y estaban tallados de forma tan primorosa, que parecía alguna de las estatuas de Buda que se encuentran en la India. Sin duda alguna se encontraban ante la obra de una civilización muy avanzada.
Durante los días siguientes Stephens se dio cuenta de que se hallaba al borde de una ciudad magnífica y enterrada casi totalmente en la jungla. Se llamaba Copán y en ella había restos de enormes pirámides esca- lonadas -parecidas a la de Sakkara- que formaban parte del complejo de un templo.
El indio que era propietario del lugar, un tal don José María, al principio se mostró irritado ante la presencia de intrusos extranjeros, pero pronto se avino a razones cuando éstos le propusieron comprar la ciudad de la jungla por una suma inmensa que superaba todas sus expectativas. De hecho, la oferta -50 dólares- le convenció de que estaba tratando con un par de imbéciles, pero aceptó sin dejar que se le notara la perplejidad que le producía el deseo de comprar una propiedad que no valía nada. Stephens dio una fiesta y ofreció cigarros a todo el mundo, incluso a las mujeres.
En – Viaje al Yucatán, libro de Stephens, el mundo civilizado tuvo por primera vez noticia de los mayas, que eran un pueblo antiguo que precedió a los toltecas (con quienes coincidió en parte) y que había construido Copán hacia el año 500 d. de C.; en otro tiempo sus ciudades se habían extendido de Chichén Itzá -en Yucatán- a Copán, de Tikal en Guatemala a Palenque en Chiapas. Sus templos eran tan magníficos como los de Babilonia; sus ciudades, tan elegantes como París o Viena en el siglo XVIII; su calendario, tan complejo y preciso como el del antiguo Egipto. Sin embargo, los mayas también representaban un gran misterio. Hay pruebas de que, hacia el año 600 d. de C., decidieron abandonar sus ciudades; su método, al parecer, consistía en trasladarse a un nuevo lugar de la jungla y construir allí otra ciudad.
En un principio se pensó que eran expulsados por sus enemigos. Pero luego, al aumentar el conocimiento de su sociedad, resultó claro que no tenían enemigos; en su propio territorio eran supremos. También hubo que descartar que la causa fuese alguna catástrofe natural -un terremoto o unas inundaciones, por ejemplo-, toda vez que no se encontró ninguna señal de destrucción. Y si la causa hubiera sido alguna plaga, los cementerios habrían estado llenos y no era así tampoco. La teoría más verosímil es la que propuso el arqueólogo norteamericano Sylvanus Griswold Morley, que creía que el origen de los mayas se remontaba al 2500 a. de C. Morley señaló que las ciudades mayas sugerían una rígida estructura jerárquica, con los templos y los palacios de la nobleza en el centro, y las chozas de los campesinos dispersas alrededor de los bordes. En la sociedad maya no existía «clase media», sino sólo campesinos y aristócratas (los sacerdotes se contaban entre éstos).
La tarea de los campesinos consistía en mantener a las clases altas con su trabajo… en particular, el cultivo del maíz. Pero sus métodos agrícolas eran primitivos: arrojar semillas dentro de un agujero hecho con un palo. Al parecer, no sabían nada sobre la conveniencia de dejar que ciertos campos «descansaran», es decir, dejarlos en barbecho. A causa de ello, la tierra que rodeaba las ciudades se volvía yerma poco a poco y entonces era necesario mudarse a otra parte. Además, debido a la rigidez de la estructura social, la clase gobernante no recibía sangre nueva. De manera que la tierra de labranza perdió su fuerza, la población campesina creció, la decadencia de los gobernantes fue en aumento, la sociedad empezó a desmoronarse lentamente… y un pueblo otrora grande cayó en el primitivismo, lo cual confirma la sospecha del académico norteamericano Charles Hutchins Hapgood, estudioso de los períodos glaciares, así como de las grandes alteraciones climáticas del planeta debidas a los cuatro grandes cambios de posición de los polos, de que la historia puede retroceder.
El libro de Stephens inspiró a un abad francés, Charles Étienne Brasseur de Bourbourg, que decidió seguir sus pasos en México. En Guatemala encontró el libro sagrado de los indios quichés, el Popol Vuh, lo tradujo al francés y lo publicó en 1864.
Aquel mismo año sacó una traducción de la Relación de las cosas de Yucatán, del obispo Diego de Landa, obra de inmenso valor que escribió uno de los «conquistadores» españoles originales y que estaba acumulando polvo en los archivos de Madrid. Su obra en cuatro volúmenes Historia de las naciones civilizadas de Méjico y de la América Central en los siglos anteriores a Cristóbal Colón fue reconocida inmediatamente como la más importante que se había escrito sobre el tema hasta entonces. Pero uno de sus descubrimientos más interesantes fue un libro religioso de los mayas conocido por el título de Troano Codex, que más adelante, al encontrarse una segunda parte, se convertiría en el Codex Tro-Cortesianus, propiedad de un descendiente de Cortés, porque fue en este libro donde Brasseur vio que se mencionaba una gran catástrofe que había convulsionado América Central en un pasado remoto
. Brasseur declaró que el año podía identificarse como el 9937 a. de C. y destruyó gran parte de la civilización existente en aquella remota época. Brasseur había conocido a nativos que conservaban la tradición oral relativa a la destrucción de un gran continente en el océano Atlántico, y no tenía ninguna duda, al igual que el Codex, de que se referían a la destrucción de la Atlántida. Seguidamente conjeturó que era en la Atlántida donde tenían su origen las civilizaciones de Egipto y América del Sur. Esta conjetura pareció encontrar confirmación en una crónica de un gran cataclismo que se describía en los escritos de la tribu náhuatl, cuya lengua había aprendido directamente Brasseur de un descendiente de Moctezuma. Sugirió que Quetzalcóatl, el dios blanco que llegó del mar, era un habitante de la Atlántida perdida.
El náhuatl (que deriva de nāhua-tl, “sonido claro o agradable” y tlahtōl-li, “lengua o lenguaje“) es una lengua uto-azteca que se habla principalmente por nahuas en México y en América Central. Surgió por lo menos desde el siglo VII. Desde la expansión de la cultura tolteca a finales de siglo X en Mesoamérica, el náhuatl comenzó su difusión por encima de otras lenguas mesoamericanas hasta convertirse en lingua franca de buena parte de la zona mesoamericana, en especial bajo los territorios conquistados por el imperio mexica, también llamado imperio azteca, desde el siglo XIII hasta su caída (el 13 de agosto de 1521) en manos de los españoles, motivo por el cual a la lengua náhuatl también se le conoce con el nombre de lengua mexicana.
De hecho los hablantes de la lengua náhuatl llaman a este idioma mexicatlahtolli o lengua mexicana y los hablantes bilingües (los que hablan español y náhuatl) llaman a este idioma mexicano. Otras fuentes señalan que la lengua náhuatl originalmente se conocía como tzemanauacatlahtolli, y que por la dificultad de pronunciación, fue reducida simplemente a náhuatl, aunque también recibe el nombre de mexicano o lengua mexicana. El náhuatl comenzó a perder hablantes conforme se fueron imponiendo los españoles en el continente, junto con el castellano como nueva lengua dominante en Mesoamérica; sin embargo, los europeos siguieron usando el náhuatl con propósitos de conquista a través de los misioneros, llevando la lengua a regiones donde previamente no había influencia náhuatl. El náhuatl es la lengua nativa con mayor número de hablantes en México, con aproximadamente un millón y medio, la mayoría bilingüe con el español. Su uso se extiende desde el norte de México hasta Centroamérica.
El náhuatl pertenece a la familia yuto-nahua (yuto-azteca) y, junto con el extinto pochuteco y el pipil, conforma el grupo aztecoide de dicha familia de lenguas. Dentro de la familia yuto-azteca el grupo aztecoide es especialmente cercano al grupo corachol (cora, huichol), formado por lenguas situadas al noroeste del foco de origen del náhuatl. El parentesco es algo más distante con el grupo tepimano (pápago, tepehuán) y el grupo taracahita.
Desde un punto de vista tipológico, resalta su importancia como ejemplo de idioma aglutinante, particularmente en la morfología verbal y en la formación del léxico. Tipológicamente es además una lengua de núcleo final, en el que el modificador suele preceder al núcleo modificado. Existe un número importante de variedades (dialectos) de náhuatl que difieren sistemáticamente, y aunque en general el grado de inteligibilidad mutua entre variantes de náhuatl es alto, el náhuatl clásico probablemente era parcialmente ininteligible con el pipil o el pochuteco. El náhuatl se clasifica en la familia uto-azteca y es la lengua hablada por el mayor número de grupos étnicos distintos en México.
También fue ampliamente usada desde los siglos XIV a XVII como lingua franca en amplias zonas de Mesoamérica. Sin embargo, el origen ancestral de esta lengua estaría según la evidencia disponible fuera de Mesoamérica. Los hablantes de náhuatl llegaron al valle de México a mediados del primer milenio d. C., asentándose el grupo mexica (o azteca) desde mediados del siglo XIII. Éstos procedían del noroeste, de Michoacán y Jalisco, y muy posiblemente de Nayarit. Hacia el año de 900 d. C., una nueva oleada de inmigrantes, de habla náhuatl, penetró en el área de las grandes civilizaciones de Mesoamérica. Muy probablemente los toltecas eran nahuaparlantes.
Se piensa que la influencia de la cultura Mexica y su lengua náhuatl llegó más allá de las fronteras del Valle de Anáhuac hasta Aridoamérica y Oasisamérica en América del Norte y hasta Nicaragua en Centroamérica. Gerardo Said escribe que dicha influencia abarcaba desde al norte del trópico de cáncer al norte de la República Mexicana hasta el sur de Norteamérica Nicān Ānāhuac’ ‘hasta aquí el Anáhuac’. Los aztecas o mexicas, quienes fundaron su capital México-Tenochtitlan en 1325, hablaban una variedad de náhuatl central, y al extenderse su imperio a través de una gran parte del centro y sur de lo que ahora es la República Mexicana, la lengua se difundió considerablemente. Ya era hablado en algunas zonas que hoy abarcan el valle de Anáhuac; hoy el Distrito Federal y los estados limítrofes como México, Morelos, Hidalgo, Puebla, Veracruz y Guerrero.
Algunos nahuas de esta región han conservado su lengua autóctona hasta la época moderna. Los grupos étnicos de origen nahua conformaron varias ciudades estados ya desde el siglo XII: tecpanecas, tlaxcaltecas, xochimilcas, huexotzingas, acolhuas, texcocanos, cholultecas, etc. Sin embargo, el náhuatl es mejor conocido por su uso entre los mexicas o aztecas, por ser éste el grupo que logró la hegemonía militar y cultural sobre los demás. Desde los primeros tiempos, siempre ha existido una fragmentación dialectal de cierta importancia que se ha profundizado en los últimos 500 años. El náhuatl clásico no es otra cosa que la variedad usada durante el siglo XVI en el Valle de México, particularmente la de México-Tenochtitlan (la actual ciudad de México), la cual fue compilada por diversos misioneros europeos. Existe evidencia de la presencia del náhuatl en toda la zona conocida como Mesoamérica, si bien su origen mítico apunta a la parte de México conocida como Aridoamérica y Oasisamérica.
Durante la última parte del imperio azteca, existieron escuelas y academias en las cuales, entre otras actividades culturales, se enseñaba a la juventud a hablar bien, a memorizar, a recitar, a cantar sin y con acompañamiento instrumental (con teponaztli, huehuetl y ayacachtli, principalmente), y a “ensartar palabras bellas“. En los templos había toda una escuela asalariada de compositores de poesía y canto en servicio del sacerdocio y la nobleza. Las obras literarias en náhuatl previas a la conquista toman la forma de escritura en parte pictográfica con elementos fonéticos, que seguramente se usó para memorizar las tradiciones orales. La introducción del alfabeto latino por los frailes españoles desempeñó un importante papel en la preservación de parte de la cultura mexica, mientras que la otra parte fue abandonada por los indígenas en favor de la traída por los mismos españoles o directamente destruida por éstos. La obra de Bernardino de Sahagún (1530-1590) tuvo una importancia crucial, pues contiene una investigación enciclopédica sobre la civilización mexica y muchos ejemplos de escritos históricos, religiosos, medicinales y poéticos, en una amplia variedad de temas y estilos.
A partir de 1521, de la caída de Tenochtitlan ante las tropas tlaxcaltecas aliadas con los españoles, comenzó un enorme proceso de evangelización que requería el conocimiento de la lengua del imperio conquistado. Así, el náhuatl que había sido lingua franca del imperio azteca, extendiéndose con sus diversos dialectos por todo el centro de México y hasta América Central, siguió siendo usado ampliamente e incluso extendido después de la conquista. El franciscano Juan de Zumárraga, primer obispo de Tenochtitlan, introdujo la imprenta en Nueva España. Esto permitió la publicación de la Doctrina cristiana breve traducida en lengua mexicana, salida de la prensa en 1546, obra de fray Alonso de Molina en náhuatl.
Fray Andrés de Olmos, colaborador de Zumárraga y figura clave en la historia etnográfica y lingüística mexicana, es el primero en escribir una gramática en lengua náhuatl. Una gramática posterior, que data de 1645, ha sido empleada con frecuencia como modelo para métodos de estudio modernos. En el siglo XVI, adoptó el alfabeto latino a consecuencia de la colonización española, escribiéndose de acuerdo a las normas ortográficas del castellano del siglo XVI. Esta forma de escribir el náhuatl perdura hasta nuestros días y se conoce a veces como náhuatl clásico o simplemente náhuatl, por oposición al náhuatl moderno, cuya ortografía no ha sido regulada. Un aspecto poco estudiado del náhuatl en el período colonial es que también fue usado durante el proceso de colonización de las Filipinas, llevada por los indígenas mexicanos y algunos criollos que llegaron al archipiélago para realizar trabajos fuertes y labores administrativas, respectivamente. En particular, el tagalo presenta influencia del náhuatl en una proporción notoria de su vocabulario. Unos pocos ejemplos de esto son las siguientes palabras en tagalo: kamote (camote, camotli), sayote (chayote, hitzayotli), atswete (achiote, achiotl), sili (chile, chili), tsokolate (chocolate, xocolatl), tiyangge (tianguis, tianquiztli), sapote (zapote, tzapotl). Sin embargo, algunas otras lenguas minoritarias de Filipinas no sólo recibieron esta influencia en el plano semántico, sino también en su gramática y en muchas expresiones cotidianas, al grado que es muy notoria en fórmulas de cortesía y en oraciones católicas como el Padre Nuestro, que aparece como una mezcla de al menos tres lenguas de tres troncos lingüísticos distintos (castellano, náhuatl y la lengua nativa filipina).
En el colegio de San Gregorio, en Ciudad de México, Brasseur descubrió un manuscrito en náhuatl (al que dio el nombre de Chimalpopoca Codex), por el cual se enteró de que el inmenso cataclismo se había producido hacia el 10500 a. de C., pero no fue una sola catástrofe, tal como la describía Platón, sino una serie de cuatro como mínimo, cada una de las cuales fue resultado de un desplazamiento del eje de la Tierra. Estas ideas tan desprovistas de rigor académico difícilmente podían excusarse, ni siquiera en alguien cuyo conocimiento de la cultura de América Central era mayor que el de la mayoría de los profesores, y en sus últimos años Brasseur fue objeto de más burlas de las que le correspondían.
Sin embargo, muchas de sus teorías las corroborarían más adelante los «mapas de los antiguos reyes del mar» de Hapgood, a la vez que Graham Hancock cita Nature en el sentido de que la última inversión de los polos magnéticos de la Tierra ocurrió hace 12.400 años: dicho de otro modo, hacia el 10400 a. de C. Brasseur creía que existió una antigua civilización de navegantes mucho antes de que aparecieran las primeras ciudades en el Oriente Medio y que sus marineros llevaron su cultura a todo el mundo.
También creía que formaba parte de su religión el culto a Sirio, la estrella perro, lo cual se anticipaba a los sorprendentes descubrimientos que Marcel Griaule y Germaine Dieterlen hicieron entre los dogon africanos en el decenio de 1930. Entre 1864 y 1867, la historia de México tomó un giro cuando el gobierno francés, bajo Napoleón III, envió una expedición militar encabezada por el archiduque Maximiliano de Austria, hermano del emperador Francisco José, para que pusiera fin a la guerra civil reclamando el trono. Maximiliano, que era un liberal de carácter apacible, fomentó las artes, subvencionó la investigación de las pirámides de Teotihuacán y se esforzó al máximo por hacer frente a la corrupción total que formaba parte de la vida mexicana.
Traicionado por Napoleón III, que decidió retirar su ejército, Maximiliano fue capturado por el general rebelde Porfirio Díaz y fusilado. La emperatriz Carlota, su esposa, se volvió loca y no recuperó el juicio durante el resto de su larga vida, muriendo en 1927. Pero Maximiliano dejó un rico legado a los historiadores: una biblioteca de cinco mil volúmenes sobre la cultura maya que compró a un coleccionista llamado José María Andrade y que fue enviada a Europa. Entre los europeos que huyeron de México a raíz de la ejecución de Maximiliano se encontraba un joven francés llamado Desiré Charnay que había sido el primero en fotografiar las ruinas con una cámara oscura.
Mientras sus ayudantes instalaban la cámara, Charnay se entretuvo pinchando el suelo con su daga y descubrió objetos de cerámica y huesos. El hallazgo despertó en él una pasión por las excavaciones que duraría toda su vida. Volvería a México en 1880, en busca de Tollan, la legendaria capital de los toltecas. Convencido de que estaba debajo del poblado indio de Tula, ochenta kilómetros y pico al norte de ciudad de México, Charnay empezó a excavar allí y no tardó en encontrar bloques de basalto de un metro ochenta y pico de longitud que supuso que eran los pies de unas estatuas enormes que sostenían algún edificio grande. Llamó a estas estatuas «atlantes», de lo cual se deduce que, al igual que tantos otros arqueólogos de América Central, creía que las civilizaciones de América del Sur tenían su origen en la Atlántida. Esto fue suficiente para que el mundo académico le mirase con profunda suspicacia. Charnay estudió seguidamente las ruinas de otra ciudad maya, Palenque, en Chiapas, descubiertas en 1773 por fray Ramón de Ordóñez, que luego había escrito un libro en el cual declaraba que la «Gran Ciudad de las Serpientes» la había fundado un hombre blanco que se llamaba Votan y había llegado de alguna parte de la otra orilla del Atlántico en el pasado remoto.
Ordóñez afirmaba haber visto un libro escrito, en idioma quiché, por Votan y quemado por el obispo de Chiapas, en 1691, en el que Votan se identificaba como ciudadano de «Valim Chivim», que Ordóñez creía que era Trípoli, en la antigua Fenicia. Bajo el calor húmedo de la Ciudad de las Serpientes, Charnay tuvo que conformarse con hacer moldes de cartón piedra de los frisos, que la vegetación ya estaba destruyendo. En la ciudad yucateca de Chichén Itzá, que los mayas habían construido después de abandonar las ciudades que edificaran en Guatemala, Charnay vio confirmada su creencia de que la civilización maya tenía las misma raíces que las de Egipto, la India e incluso China y Tailandia. Las pirámides escalonadas le recordaron Angkor Vat.
Pero Charnay se inclinaba a creer que el origen de los toltecas estaba en Asia. Más adelante, en uno de los conjuntos de ruinas menos explorados de Yaxchilán,que Charnay rebautizó con el nombre de Lorillard, en hono de su patrono, quedó hondamente impresionado al contemplar un relieve en el que se veía un hombre arrodillado ante un dios y, al parecer, pasándose una larga soga por un agujero de la lengua, lo cual recordó a Charnay que los adoradores de la diosa hindú Siva también rinden homenaje a ésta pasándose una soga por la lengua perforada. Al volver a Francia, Charnay publicó un libro titulado Anciennes villes du Nouveau Monde, pero la obra no logró mejorar su reputación entre los estudiosos y Charnay se retiró a Argel y se dedicó a escribir novelas hasta que en 1915 murió a la edad de 87 años.
Augustus Le Plongeon, contemporáneo de Charnay, se mostraba todavía menos preocupado por su reputación académica y el resultado es que su nombre raramente se encuentra en los libros que tratan de América Central. Augustus Le Plongeon (1825-1908) fue un fotógrafo, anticuario, arqueólogo amateur, británico. Hizo estudios de diversos yacimientos arqueológicos precolombinos, particularmente de la civilización maya en la península de Yucatán. A pesar de que sus escritos contienen numerosas nociones de carácter excéntrico rechazadas por el medio científico, Le Plongeon constituye una fuente inapreciable de material fotográfico sobre las ruinas arqueológicas y los glifos de la escritura maya, antes de que muchos de estos fueran dañados por el tiempo y los saqueadores. Gracias a esto se le considera un mayista. También debe ser visto como uno de los primeros proponentes del mayanismo (no confundir con los mayistas), por sus ideas de carácter esotérico y mesmerista.
Escribió una historia en la que expuso la hipótesis de la fundación del antiguo Egipto por los mayas, pueblo que, según su decir, también habría habitado la Atlántida. Le Plongeon, quien practicó la franco masonería, estaba convencido de que las semillas de tal escuela de pensamiento habían sido sembradas por la civilización maya. Sus teorías fueron consideradas fantasiosas por sus coetáneos, también mayistas, como Désiré Charnay, Teoberto Maler y Alfred Maudslay. Nació en la isla de Jersey el 4 de mayo de 1825. Le Plongeon estudió y se graduó en la Escuela Politécnica de Francia en París. Viajó a Sudamérica teniendo 19 años y tras un naufragio, vivió en Chile. Más tarde, en 1851, estudió fotografía en Londres. Retornó al continente americano, esta vez a Perú, donde en 1862 abrió un estudio fotográfico en Lima.
Fue a partir de entonces que comenzó a utilizar la fotografía como instrumento valioso en la arqueología. Permaneció en Perú durante ocho años, durante los cuales fotografió extensamente los yacimientos arqueológicos Incas. En 1870, viajó a San Francisco (California) en donde dio cursos y conferencias en la Academia de Ciencias de California sobre arqueología y también sobre las causas de los temblores de tierra.
En 1871, regresó a Inglaterra y estudió en el Museo Británico los manuscritos existentes en la época sobre Mesoamérica. La lectura de la obra de Charles Etienne Brasseur de Bourbourg le condujo a pensar que la civilización, en su conjunto, tenía sus orígenes en las regiones que el había explorado. Creyó que la cultura maya se había extendido a través del sudeste de Asia. Que viajeros de esta civilización estuvieron en la Atlántida y que de ahí habrían llegado al Medio Oriente en donde fundaron la civilización egipcia.
Aunque en la época de Le Plongeon muchos estudiosos afirmaban que la civilización maya era más tardía que la egipcia, las afirmaciones del fotógrafo encontraron un cierto eco y credibilidad. En Londres, Le Plongeon se casó con Alice Dixon, con la que trabajó hasta el final de su vida. En 1873, perfeccionó su práctica de la fotografía con quien fue el padre de la fotografía moderna, William Henry Fox Talbot. Augustus le Plongeon murió en Brooklyn en 1908. Su esposa Alicia, dos años más tarde, en 1910.
Le Plongeon vivió en Yucatán de 1873 a 1885 buscando las pruebas de su hipótesis respecto de la conexión entre los mayas y los egipcios. Su esposa, Alicia, y él tomaron durante ese tiempo cientos de estereogramas, fotografías tridimensionales. Lograron así un registro muy completo de los yacimientos mayas que visitaron, entre otros Chichén Itzá y Uxmal. Se dice que hacían el revelado de sus placas fotográficas en la oscuridad de los monumentos arqueológicos mayas.
En Chichén Itzá, descubrieron una estatua a la que nombraron Chac Mool y aunque el nombre que le asignaron no encuentra su raíz en la propia designación de los mayas, los arqueólogos que los han sucedido siguieron utilizando el nombre para referirse a ese tipo de esculturas mayas consistentes normalmente de un monolito esculpido en forma de cuerpo humano reclinado, con las piernas dobladas a manera de crear un asiento en la parte abdominal del cuerpo que se cree fue utilizado como piedra de sacrificios. Le Plongeon también es conocido por su tentativa de traducir el Códice Troano, una parte del Códice de Madrid. Esta traducción fue vista en su época con gran esceptisismo y actualmente reconocida por los expertos como totalmente errónea, producto solamente de la imaginación de su autor.
Pretendía Plongeon, por ejemplo, que en el códice se relataba la destrucción de Mu, que él asoció a la Atlántida. En los años 1880 cuando otros mayistas habían ya aceptado que la civilización maya era posterior a la egipcia, Le Plongeon siguó insistiendo en lo contrario y fustigó a los arqueólogos de escritorio que según él, no podían científicamente contradecir su teoría, que había sido demostrada en el terreno. Pero las pruebas rápidamente se volvieron irrefutables y Le Plongeon se encontró finalmente ignorado por la comunidad científica. Los trabajos de Le Plongeon se encuentran actualmente en el Centro Getty de Los Ángeles, California.
A los cuarenta y cinco años de edad, Le Plongeon ya había sido buscador de oro en California, abogado en San Francisco y director de un hospital en Perú, donde nació su interés por las ruina antiguas. Tenía cuarenta y ocho años cuando en compañía de Alice, su joven esposa inglesa, zarpó de Nueva York con destino a Yucatán en 1873. Para entonces México se hallaba bajo el firme dominio de Porfirio Díaz, que había fomentado la corrupción que tanto consternara a su predecesor, Maximiliano. De hecho, México había retrocedido a lo tiempos de los mayas y existían en el país una clase gobernante todopoderosa y una clase campesina intimidada cuyas tierras eran confiscadas para dárselas a los ricos.
A causa de ello, los indios de la regiones más lejanas, como Yucatán, se rebelaban con frecuencia y cuando Le Plongeon y su esposa fueron a Chichén Itzá por primera vez necesitaron que les protegieran los soldados.
Pero Le Plongeon aprendió la lengua maya y pronto empezó a explorar la selva solo. Comprobó que los indios eran amistosos y corteses y no tardo en ser conocido por el nombre de Gran Barba Negra. Basándose en conchas de ostra encontradas en la región del lago Titicaca, junto a la frontera de Bolivia y Perú, Le Plongeon había sacado la conclusión de que en algún momento del pasado remoto el lago debía de estar al nivel del mar y, por consiguiente, algún gran cataclismo debía de haberlo levantado cuatro kilómetros y pico hasta su ubicación actual. Entre los indios de Yucatán oyó hablar otra vez de la gran catástrofe. Los indios de la selva le dijeron que conservaban una tradición ocultista.
Le Plongeon averiguó que los indios nativos de su tiempo seguían practicando la magia y la adivinación, que sus hechiceros eran capaces de rodearse de nubes e incluso de parecer que se hacían invisibles y de materializar objetos extraños y asombrosos. Le Plongeon dice que a veces el lugar donde actuaban parecía temblar como si se estuviera produciendo un terremoto, o dar vueltas y más vueltas como si se lo llevara un tornado… Le Plongeon sacó la conclusión de que debajo de la vida prosaica de los indios fluía una rica y viva corriente de sabiduría y prácticas ocultas, cuyas fuentes estaban en un pasado antiquísimo, mucho más allá del ámbito de la investigación histórica normal. Le Plongeon tenía la impresión de que de vez en cuando los indios bajaban la máscara lo suficiente para que él pudiera atisbar «un mundo de realidad espiritual, a veces de belleza indescriptible, otras veces de horror inexpresable».
Le Plongeon aprendió a descifrar jeroglíficos mayas de un indio de 150 años de edad. Los eruditos pondrían en duda las interpretaciones que Le Plongeon hizo de estos jeroglíficos, pero su capacidad quedó demostrada al descubrirse una estatua enterrada siete metros y pico debajo de Chichén Itzá, en el lugar que se describía en una inscripción maya que vio en una pared. Para referirse al objeto enterrado la inscripción utilizaba la palabra chacmool (que significa «zarpa de jaguar»); resultó ser la enorme figura de un hombre apoyado en los codos, la cabeza vuelta 90 grados.
Con la ayuda de sus excavadores, Le Plongeon la subió a la superficie. Pero sus esperanzas de mandarla a Filadelfia para que la expusieran al público se vieron defraudadas por las autoridades mexicanas, que se incautaron de ella antes de que saliese de la capital de la región. Ahora se reconoce que los chacmools son figuras rituales, que probablemente representan guerreros caídos que hacen de mensajeros de los dioses, y el receptáculo que a menudo se encuentra en el pecho está destinado a contener el corazón de la víctima de un sacrificio.
El fruto de los estudios de textos mayas que llevó a cabo Le Plongeon fue una serie de convicciones que en muchos aspectos se hacían eco de las de Brasseur y Charnay, aunque las de Le Plongeon iban aún más lejos. Charnay se había sentido inclinado a creer que la civilización había llegado a América del Sur desde Asia o Europa, mientras que Brasseur creía que su origen estaba en la Atlántida.
Le Plongeon pensaba que había empezado en América el Sur y se había desplazado hacia el este. Citó el Ramayana, la epopeya hindú que escribió el poeta Valmiki en el siglo III a. de C., y declaró que la India había estado poblada por conquistadores navegantes en la antigüedad remota. Valmiki daba a estos conquistadores el nombre de «nagas», y Le Plongeon señaló su parecido con la palabra «naacal», los sacerdotes o «adeptos» mayas que, según la mitología maya, viajaban por el mundo enseñando sabiduría. Al igual que Brasseur, Le Plongeon citaba el mito mesopotámico según el cual la civilización fue traída al mundo por unos seres procedentes del mar que se llamaban oannes, y señaló que la palabra maya oaana significa «el que vive en el agua». De hecho, Le Plongeon dedicó mucho espacio a hablar de las similitudes entre la lengua maya y las lenguas antiguas del Oriente Medio.
Tanto en lengua acadia como en lengua maya, la palabra kul se refiere al trasero y kun, a los genitales femeninos, lo cual sugiere que palabras que todavía utilizamos tienen un origen en común. Pero la aportación más controvertida de Le Plongeon fueron sus traducciones del Troano Codex, que Brasseur fue el primero en estudiar. Al igual que Brasseur, se mostró de acuerdo en que la obra contenía referencias a la catástrofe que destruyó la Atlántida. Aunque, por lo que Le Plongeon pudo determinar, parece ser que los mayas llamaban Mu a la Atlántida. El texto hablaba de terremotos terribles que duraban trece chuen (tal vez “días”) y hacían que la tierra se levantara y se hundiera varias veces antes de romperse en pedazos.
La fecha que indica el códice, «el año seis Kan, y el undécimo Mulac», significa, según tanto Brasseur como Le Plongeon, 9500 a. de C. Le Plongeon afirmaría más adelante que había descubierto en las ruina de Kabah, al sur de Uxmal, un mural que confirmaba esta fecha, y en Xochicalco, otra inscripción sobre el cataclismo. Le Plongeon tenía fama de ser hombre dado a las fantasías románticas y esta fama pareció verse confirmada por su libro Queen Moo and the Egyptian Sphinx (1896), en el cual argüía que los legendarios reina Moo y príncipe Aac de los mayas son el origen de los egipcios Isis y Osiris y que los datos del Troana Codex indican que la reina Moo tenía su origen en Egipto y volvió allí más adelante.
También conjetura que el hecho de que la Atlántida se hundiera en el decimotercer chuen puede ser el origen de la moderna superstición relativa el número trece y sugiere que esto puede explicar por qué el calendario maya se basa en el citado número, lo cual es más verosímil. Las conjeturas de esta clase relegaron a un segundo término algunas observaciones más importantes que hizo Le Plongeon. Por ejemplo, que la relación de la altura con la base de las pirámides mayas representaba la Tierra, como en el caso de la Gran Pirámide de Gizeh. También arguyó que la unidad de medida de los mayas era una cuarentamillonésima parte de la circunferencia de la Tierra, sugerencia que cabría considerar absurda si no fuera por el hecho de que los egipcios también parecían conocer la longitud del ecuador.
El matrimonio Le Plongeon pasó doce años en América Central y regresó a Nueva York en 1885. Augustus Le Plongeon tenía la esperanza de que su vuelta fuese triunfal, pero lo cierto es que los últimos veintitrés años de su vida serían una decepción constante. Los eruditos le consideraban un chiflado que creía en la magia y en una cronología que a ellos les parecía absurda. Porque, en aquella época, todo el mundo creía que las primeras ciudades se construyeron alrededor del 4000 a. de C. Pasarían setenta años más antes de que se hiciera retroceder esta cifra hasta el 8000 a. de C. e incluso esta fecha era mil quinientos años posterior a la que Le Plongeon calculó para la Atlántida. Los museos no mostraban ningún interés por los artefactos mayas o siquiera por los manuscritos del mismo origen.
El Metropolitan Museum aceptó los moldes de frisos mayas que sacara Le Plongeon, pero los guardó en el sótano de almacenaje. Así que Le Plongeon vivió hasta 1908 y al morir, a la edad de 82 años, todavía le consideraban un chalado. Uno de los pocos amigos que hizo durante sus años postreros era un joven inglés llamado James Churchward que, según contaba él mismo, había sido lancero bengalí en la India. Peter Tompkins afirma que era un funcionario relacionado con el servicio de espionaje británico. Al cabo de más de cuarenta años, Churchward escribió que ya había dado con los rastros de antiguas inscripciones mayas («Nacaal» ) en la India cuando un sacerdote brahmín le había enseñado, y permitido copiar, unas tablillas llenas de inscripciones mayas. Según el sacerdote, eran crónicas del continente perdido que se llamaba Mu, que no se encontraba en el Atlántico, como había supuesto Le Plongeon, sino en el Pacífico, tal como el zoólogo P. L. Sclater sugiriera en el decenio de 1850, al fijarse en el parecido entre la flora y la fauna de tantas tierras situadas entre la India y Australia.
Pero el libro de Churchward “El continente perdido de Mu” no se publicaría hasta 1926 y los historiadores lo rechazaron por considerarlo una especie de engaño. Después de todo, Sclater había bautizado su continente perdido con el nombre de Lemuria, y fue después de esto cuando Le Plongeon había descubierto «Mu» en el Troano Codex.
Parece ser que Churchward escribió sus libros sobre Mu inspirado por su contacto con un amigo llamado William Niven, al que dedicó el primero de ellos. Al igual que Le Plongeon, Niven era un arqueólogo heterodoxo: un ingeniero de minas escocés que ya trabajaba en México en 1889. En Guerrero, cerca de Acapulco, exploró una región en la que había cientos de pozos de los cuales se había extraído el material para construir ciudad de México. Niven afirmaba que al excavar en los pozos, había encontrado ruinas antiguas, algunas de las cuales estaban llenas de ceniza volcánica, lo cual hacía pensar que, al igual que Pompeya, la catástrofe había sobrevenido de súbito.
Basándose en su profundidad, hasta más de nueve metros bajo la superficie, Niven calculó que algunos de ellos databan de hace 50.000 años. Un taller de orfebre contenía alrededor de 200 figuras de barro cocido, duro como la piedra. También encontró murales que rivalizaban con los de Grecia o el Oriente Medio. En 1921, en un poblado que se llamaba Santiago Ahuizoctla, encontró cientos de tablillas de piedra en la que aparecían grabados curiosos símbolos y figuras, parecidos a los de origen maya, aunque los estudiosos de la cultura maya no pudieron reconocerlos. Niven mostró algunas de estas tablillas a Churchward y éste manifestó que confirmaban lo que le había dicho el sacerdote hindú. Según Niven, las inscripciones de las tablillas eran obra de sacerdotes naacales que habían sido enviados de Mu a América Central, a difundir su conocimiento secreto. Churchward afirmaría que estas tablillas revelaban que la civilización de Mu tenía unos 200.000 años de antigüedad.