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Un Back up de semillas.

Info5/9/2016
El arca de las semillas.




En esta montaña helada, cerca del Polo Norte, se encuentra la clave para la supervivencia de la humanidad: un banco universal de semillas para conservar toda la diversidad genética de las plantas comestibles. El creador del primer almacén de material genético fue asesinado por Stalin.



La solucion al problema más grave al que pueda enfrentarse la humanidad, la destrucción masiva de cultivos por una enfermedad o por el cambio climático, se encuentra al final de un túnel de 150 metros que se hunde en la tierra helada de una montaña del Ártico, en un archipiélago noruego cerca del Polo Norte. Se trata de un banco de germoplasma universal, la Bóveda de Semillas de Svalbard (Svalbard Global Seed Vault), que pretende reunir una copia de seguridad de todas las plantas comestibles del mundo para convertirse en una especie de arca de Noé vegetal. Ya alberga la mayor colección de semillas del planeta. Aunque es conocido como el banco de semillas del fin del mundo, su objetivo no está dirigido solo a los desastres del futuro, sino también a los del presente.

La Bóveda parece un edificio de una película de James Bond: una enorme estructura de hormigón surge de una montaña helada, cerca del aeropuerto de Longyearbyen, la ciudad más al norte del mundo, capital de las Svalbard, un archipiélago de soberanía noruega. La puerta de hierro, que permanece cerrada salvo durante breves periodos, da paso a un túnel que se adentra en el permafrost, la tierra permanente helada. Al final, en el interior de la montaña, tres cámaras, mantenidas artificialmente a 18 grados bajo cero, albergan las semillas con la memoria vegetal de la humanidad. En el resto de la instalación la temperatura ronda los cinco grados.




En el exterior, desde la entrada se contempla la pista del aeropuerto y, más allá, una impresionante vista del fiordo de Longyearbyen, con nubes que se mueven rápidamente sobre montañas heladas. Es ya el territorio del oso polar: aunque está situada a apenas cinco kilómetros del centro de la ciudad, unos minutos en coche, por ley se debe ir armado con un rifle en los alrededores de la Bóveda ante la posible presencia de esos grandes carnívoros.
El motivo por el que fue construido en un lugar tan remoto se debe a que se trata de uno de los territorios con menos actividad sísmica del mundo. También influyó que, en caso de desastre universal, el frío permitiría conservar las semillas incluso sin electricidad. Se encuentra a solo 1.400 kilómetros del Polo Norte y en verano el termómetro rara vez sube de los cinco grados. Además, el Gobierno de Oslo generaba la suficiente confianza como para entregarle la custodia de algo tan valioso: las semillas, que pueden ser copiadas, modificadas y patentadas, representan un negocio multimillonario para empresas como Monsanto.



Noruega pagó la obra, que costó nueve millones de euros, y se ocupa de la gestión junto a Crop Trust, una fundación internacional apoyada por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y el banco de semillas que comparten los países escandinavos, Centro Nórdico de Recursos Genéticos (NorgGen). “Noruega estaba dispuesto a hacerlo, pagaba por ello y además es un país del que todo el mundo se fía”, explica el profesor estadounidense Cary Fowler, de 67 años, uno de los impulsores de este proyecto. El hecho de que la ciudad tenga un aeropuerto internacional y un puerto permite llevar las semillas y garantiza la seguridad del material en caso de que los expertos tengan que acudir por problemas en la Bóveda.




Creo que el planeta se enfrenta a la mayor crisis alimentaria de su historia y gran parte de las respuestas encuentran su solución en este banco de semillas”, prosigue Fowler. “El cambio climático va a traer todo tipo de problemas. Vamos a lidiar con temperaturas extremas cada vez más fuertes. También se producirán migraciones de enfermedades. Veintiuno de los 37 acuíferos más importantes del mundo están en declive, mientras que la agricultura absorbe el 70% del agua dulce”, agrega. La conversación tiene lugar en un hotel de Longyearbyen, justo en el mismo salón en el que Fowler y un reducido grupo de expertos diseñaron el banco de semillas a finales de los años noventa.



Desde su construcción en 2008 ha logrado reunir en torno al 40% de la diversidad alimentaria del mundo: 843.400 semillas de 5.128 especies diferentes que provienen de 233 países. “Necesitamos que ese material esté disponible porque no sabemos a qué nos vamos a enfrentar en el futuro”, asegura Marie Haga, directora general de Crop Trust. “Es un seguro para la humanidad si algo va mal y, como cualquier seguro, es mejor no utilizarlo. Las semillas son uno de los recursos más importantes del planeta, porque representan el trabajo de granjeros durante 12.000 años. Es nuestra historia, pero también es nuestro futuro”.




La Bóveda se rige por un sistema idéntico al de las cajas de seguridad de los bancos: solo los dueños de las semillas tienen derecho a reclamarlas y nadie puede acceder al material que se almacena sellado. Sin embargo, algunos Gobiernos todavía no han dado el paso precisamente por el enorme valor de su patrimonio vegetal. El hecho de que estén registradas muestras de 233 países no significa que un número equivalente de Estados hayan llevado sus semillas, sino que muchos depositarios son bancos de genes que reúnen granos de numerosos lugares. Japón, como país, no ha llevado todavía sus muestras, pero la Universidad de Okayama depositó las primeras en marzo. Brasil acaba de empezar los envíos, pero India y China no han firmado. España ha iniciado los trámites y figura en los registros.



Aquella mañana de principios de marzo se encontraban en el banco para recibir el nuevo cargamento Asmund Asdal, coordinador de operaciones; Roland von Bothmer, asesor del proyecto y experto en diversidad vegetal, y Johun Axelsson, un tímido sueco que lo sabe todo sobre la conservación de las semillas. El material viene en cajas y dentro ha sido deshidratado, para evitar que se pudra, y se guarda al vacío en bolsas de plástico para alargar su conservación. Primero lo pasan por rayos X y luego lo almacenan en las cámaras heladas. La temperatura es esencial: unas semillas de hace unos 30.000 años, encontradas recientemente congeladas en el permafrost en Siberia, pudieron germinar.



Mientras Asdal se congratula porque el Gobierno español haya decidido por fin iniciar los trámites para sumarse al proyecto, Von Bothmer se interesa por un banco de germoplasma que recopiló el profesor español César Gómez Campo. Teme que se haya perdido. Afortunadamente está a salvo, conservado en la Universidad Politécnica de Madrid. Su pasión va mucho más allá de la ciencia y la importancia de Svalbard no es teórica ni trata de lidiar con pesadillas de ciencia-ficción. “No lo veo en absoluto como un monumento ni como una memoria de la humanidad. Es algo que puede llegar a ser muy útil”, afirma Asdal. Von Bothmer, por su parte, explica: “Hemos perdido muchas semillas. En un país, no puedo decir cuál, un funcionario corrupto no pagó la electricidad y se pudrió todo. En Egipto, durante la revolución, se salvaron las semillas, pero se perdió la base de datos, así que no sabemos lo que hay. En Tailandia se pudrieron, en Filipinas se inundaron, en Afganistán o en Irak ni siquiera sabemos lo que ha desaparecido”.



El solo ha devuelto semillas una vez, en 2014, a causa de la guerra de Siria. Alepo, la capital económica del país arrasada durante el conflicto, albergaba el banco de semillas del Centro de Investigación Agrícola de los Climas Áridos (ICARDA, en sus siglas en inglés). Se trata de un material especialmente importante, porque reunía las semillas de los países más secos de la tierra y la resistencia a la falta de agua va a ser algo esencial para los cultivos del futuro, sobre todo en climas como el mediterráneo. Sin embargo, todo el banco resultó destruido. Gracias a que las semillas habían sido depositadas en Svalbard, los responsables de ICARDA pudieron reclamarlas. El banco de genes está siendo reconstruido en Rabat y Beirut. Una vez que haya sido duplicado, las muestras volverán a ser enviadas de nuevo al Polo.
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