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La tv cloaca y la prensa palúdica

Info5/21/2016
Cuando hablo de prensa Palúdica es sinónimo de una enfermedad producida por un vector llamado mosquito o el Emperador del Egipto (Aedes Egyptus) con disculpas al señor Zancudo por hacer referencia de su temible nombre causante de miles de enviados a San Pedro. Y que su proceso de gestación y reproducción lo hace en aguas estancadas vertidas por cloacas. Esta plaga infecta los países ricos como una profilaxis y lleva camino de emponzoñar a los empobrecidos, es decir al fulano tercer Mundo : nos referimos al mugre televisivo y la prensa cloaca. Día tras día aumentan en las pequeñas pantallas de países del primer mundo , confesiones y confidencias desvergonzadas así como la más chabacana impudicia en el relato de desamores, adulterios e infidelidades de todo tipo. Parece que esa corrupción se extiende por Latinoamérica cuyos dueños son unos zopilotes y tras el camuflaje de presuntas verdades se airean miserias morales y se juntan ante las cámaras esposos, amantes y adúlteros o situación similar y usted pare de contar toda esa quincalla vomitiva.

En Venezuela, la parrilla televisiva de canales nacionales privados e internacionales por la vía del cable o ponchera satelital muestran una vitrina de nuevos negocios de inmundicia que no pasa un día sin dos o tres programas de mugre y desperdicios. No nos referimos a mostrar figuras femeninas o masculinas ni a plantear cuestiones y problemas groseros y duros, que legítimos son, pues no somos conciliares, sino al mercadeo de intimidades y a la propagación de roñas y miserias morales que sólo deberían interesar y pertenecer a sus protagonistas, allegados y demás congéneres. Esa impureza televisiva, como la han denominado con acierto estudiosos de la comunicación, donde hay unos buenos y otros malos, tiene su equivalente en la prensa farandulera de hace años -hoy desgreñada- que pasó de publicar informaciones presumidas sobre famosos del cine y de la canción sumado a engreimientos de la rutilante y estrambótica vida de soberanos destronados sin corona y aristócratas decadentes a hurgar intimidades y aventar asuntos de entrepierna y habitación entre supuestos afamados, llegando a tener una industria del chisme y del comentario, plato preferido del norteamericano, llámese gringo o latino.

Este nuevo caldo de estiércol televisivo, amado y supremamente deseado por políticos de baja estirpe, se basa en despropósitos que impulsarían la carcajada más rimbombante sino fuera por su lamentable patetismo. No es el menor de ellos la elevación a la fama de personajillos cuyo mérito ha sido aparecer en programas que aireaban intimidades de muchos entre tuertos talks shows o similares. Aquellos primeros programas basura generaron "famosos" que asisten a otros programas en los que las importunadas tosquedades de su vida amorosa y sexual son objeto de simulacros de debate en los que todos gritan a la vez.

Tanto la televisión privada han irradiado porquería con entusiasmo digno de mejor causa en programas de nombres tan provocativos que más bien crean curiosidad en el televidente donde trituran el derecho a la intimidad cuyo respeto y reconocimiento han costado siglos de sangre, sudor y lágrimas.

Para las CORPORATION, el negocio del mejunje televisivo en USA es prospero. Un "participante" anormalito, con aparición breve, cobra unos dolaritos y si es latino le sirve para comprarse algo de comer; un invitado que acepte que lo pulvericen de forma más despiadada hasta el límite de la tortura notable percibe más dólares y un "hipotético" famoso que pacte que lo destrocen ante las cámaras, gritando incluso sobre su primera masturbación cobrara mas dólares. La llamada prensa rosa, tan inicua como la televisión basura, fotografías de un pretendido famoso con un nuevo amor, estando todavía en trance de separación del anterior, pueden significar unos dólares de más por hacer el ridículo y contar su despreciable vida conyugal que a nadie le interesa ni en lo mas mínimo.

Pues bien ahí vienen unas preguntitas: ¿Y bien, no actúan libremente los que venden su intimidad y los que la difunden? ¿No se respetan los contratos y se paga lo pactado? ¿A qué viene el rasgado de vestiduras?, se preguntará cualquier desprevenido televidente, ésos a los que el mundo que sufrimos les parece el mejor de los mundos. El recorrido hacia la barbarie y la división de la humanidad en una inmensa mayoría empobrecida e infeliz y una minoría obscenamente rica y despilfarradora tienen que ver con prioridades, con valores y de qué orden de valores partimos. Y un mundo en el que todo se compra y se vende, un mundo regido por el embuste de un ente intangible -el mercado- del que todo debe formar parte, incluida la dignidad humana y la intimidad, es un mundo que camina hacia su destrucción, lenta quizás, pero segura de tener el pan diario en la mesa de un transgénico marca Monsanto.

Fijémonos ahora en esto apreciado lector, en años atrás, distinguidos cabecillas, caciques, hampones, mafiosos de la llamada Escuela de Chicago, aquel componenda puesta en marcha por personajes como Friedrich von Hayek y su discípulo truhán más aventajado Milton Friedman, teorizaron sobre las discutibles propuestas de Adam Smith –que si volvería a vivir le patearía el trasero a estos malandros- llevándolas a su interpretación más extrema. El nueva gallina de los huevos de oro era el mercado y todo debía formar parte de él, incluido el comercio de órganos para trasplantes quirúrgicos, la venta de armas sin limitaciones con aseguradoras incorporadas por si acaso deben cobrarle a la muerte, los paquetes educativos para ministerios de educación del tercer mundo como lo llaman ellos, los medicamentos contra el sida, enfermedad terminal inventada por los laboratorios del primer mundo , los transgénicos de Monsanto en negociación con sus padres germánicos, McDonald y más... porque el mercado, como Dios, es omnipresente y omnipotente. Con esa teología del mercado, el dinero deja de ser un medio para convertirse en un fin. Cómo sorprenderse entonces de que la intimidad y la dignidad se pongan en venta cuando lo que más interesa -¿lo único?- es la cuenta de varios ceros en un cheque pagado en verdes con una cara de a mi no me miren que no tengo la culpa de George Washington.

Una explicación final; más que preocupación moral y ética al manifestar tanto rancho mental de construcción neoliberal donde los haya, nos mueve en tener una exigencia critica bien solida en estos tiempos de crisis intelectual.
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