
A Gabriel García Márquez todo se lo perdonaron. Hasta ese último libro: Memoria de mis putas tristes, que para algunos, es una apología de la violación, la misoginia y la violencia contra las mujeres y que recibió el mismo aplauso de los caballeros del canon que sus magníficas obras anteriores. Sin duda, García Márquez fue un genio de la literatura, un maestro del reportaje y un artista de la palabra pero eso no le hacía un gran hombre, sí un gran, enorme, escritor. Su dimensión humana y su talla literaria pudieron estar separadas hasta la aparición de las mencionadas “Memorias”. Ahí, el genio resbaló.
En esta novela un viejo de 90 años que ha tenido 514 amantes le pide a una lenona (madrota o regenteadora de prostitutas) que le consiga a una niña virgen para su cumpleaños. Se la entregan en el prostíbulo, drogada para que resista la violación. El viejo le canta y se enamora.
En su novela el Gabo asegura que el viejo se enamora de Delgadina. Ese argumento lo hemos escuchado de cientos de pedófilos que buscaban niñas vírgenes de entre 13 y 14 años para violarlas y que pagaron por que alguien las secuestrara, comprara y vendiera; que incurriera en el delito de trata de personas con fines de explotación sexual.

Desde el comienzo: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, hasta el final: “Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti”. Al librito en cuestión, poco más de 100 páginas, no le falta detalle: todas las mujeres son malas y/o putas salvo la madre del protagonista, un ángel, por supuesto; todas las mujeres a su disposición sexual, incluidas las niñas -pobres, eso sí- porque las que no lo están pueden ser violadas y después, también prostituidas; ellas no hablan, la adolescente Delgadina tenía catorce años y se mantuvo muda mientras el viejo protagonista de la narración satisface por activa o pasiva los caprichos del deseo. El juego es fácil: un señorito rico y muy culto, por supuesto, indefenso ante un mundo lleno de perversas mujeres -a Damiana la violó entre página y página de La lozana andaluza, ella trabajaba en la casa, descalza para no molestar, mientras él leía tumbado en una hamaca-. Cuando se publicó el libro, sus defensores utilizaron el manido argumento de que solo era ficción. Sí, solo es ficción nacida de la mirada y la pluma de un escritor.

Memoria de mis putas tristes, para los que lo leímos y para el grueso de la crítica literaria fue una obra menor de Gabriel García Márquez. Una obra breve o casi un paréntesis: pensar a un viejo triste, rememorando pasadas 514 conquistas amorosas y que va a un burdel a cantarle a una niña drogada para imaginarse una escena de amor y festejar sus 90 y sin lograr siquiera una erección... no excita, ni como literatura ni como pornografía.
Memorias de un viejo triste, verde e impotente que busca amor en un burdel hubiera sido un título no tan poético pero más exacto. Entre el delirio y la conciencia de un anciano -él se enamora de una fantasía que nunca logra poseer- García Márquez explora la incapacidad del hombre "latino" que no puede renunciar -incluso en la ancianidad- a sus deseos carnales porque no tiene nada más, él no es nada más.
Esta no fue la primera vez que al nobel de literatura lo acusaron de promover la pedofilia, ya se había hecho antes con su novela “cien años de soledad” que contiene numerosas referencias al incesto y relaciones sexuales con menores.