InicioParanormalUn poco de historia negra....
Aparatos, máquinas, sistemas e historia de la tortura. Breve historia de la tortura En el principio fueron las ordalías o juicios de Dios. Eran pruebas que, especialmente en la Edad Media occidental, se hacían a los acusados para probar su inocencia. El duelo era un tipo: ofendido y ofensor elegían un representante que luchaba por ellos. El vencedor imponía su derecho. Hacia el 200 después de Cristo tuvo breve auge una curiosa prueba. El acusado debía comer cierta cantidad de pan y de queso. Los jueces retenían que, si era culpable, Dios enviaría a un ángel para apretarle la garganta y que no pudiera tragar. La prueba del hierro candente, en cambio, fue un clásico. El acusado debía tomar con sus manos un hierro al rojo por cierto tiempo. A veces debía dar siete pasos. Si se quemaba las manos era culpable. Hacia el siglo XIII las ordalías comenzaron a ser reemplazadas por sistemas de prueba más complejos. La intervención divina cedió ante la humana, por lo cual las reglas debían ser lo más objetivas posible. Así nació el principio de que la condena debía fundarse en dos testigos oculares inobjetables. Sólo si el acusado confesaba voluntariamente se lo podía condenar sin recurrir a los dos testigos. La prueba circunstancial no era admitida porque significaba confiar demasiado en el criterio personal de los jueces. Por más que al sospechoso se lo viera huir de la casa de la víctima y se le encontrara una daga con sangre y el botín, si dos testigos no lo habían visto apuñalar a la víctima, no se lo podía condenar. Pero entonces el sistema sólo era efectivo en delitos flagrantes o con acusados dispuestos a confesar con lo cual los delitos de autor desconocido o con involucrados no dispuestos a hablar hacía caer todo el mecanismo. La exigencia de los dos testigos oculares no se podía eludir, pero de aceptar una confesión voluntaria a inducir por la fuerza a confesar había un paso. El derecho de la tortura surgió para regular este proceso de inducción de confesiones. Sólo se podía torturar a personas con altas probabilidades de resultar culpables. La tortura fue permitida cuando había “semiplena prueba” contra el sospechoso. Semiplena prueba significaba tanto un testigo como prueba circunstancial suficiente. Así, la prohibición contra el uso de prueba circunstancial fue superada. Los juristas medievales consideraban a la confesión bajo tortura como involuntaria y, por eso, inválida, salvo que el acusado la reiterara sin tortura. Si entonces se retractaba, se lo volvía a torturar. La gente confesaba “voluntariamente” antes de ir a los tormentos por primera vez. Nadie quería poner a prueba su capacidad para soportar el dolor. Edad media e Inquisición Durante la inquisición española, los herejes eran encarcelados sin ser acusados formalmente. Eran encadenados en frías y hediondas mazmorras infestadas de insectos y ratas, solo ellos y su excremento. Pan duro y enmohecido con agua sucia suplementaban la dieta de cucarachas y arañas. “O de nuevo, un prisionero que se rehusaba a confesar era dejado en soledad y oscuridad por semanas, meses o hasta años, porque a la inquisición el tiempo no le incumbía, podía esperar y así mediante, poder salvar otra alma perdida para el Cristo. Si unas pocas semanas o meses no convencían al hereje acusado, el tiempo se transformaba en años, los años en décadas y así el prisionero quedaba en su horrible mazmorra sin nunca ser juzgado. Hay muchos casos donde tres, cinco o hasta diez años pasaron entre la primera audiencia y el juicio final del reo, tiempo en el cual el acusado se pudría en su celda. Periodos mas largos han sido reportados.” Una vez convicto, el prisionero se enfrentaba a los verdaderos terrores. “Ambos, el inquisidor y el obispo debían de estar presentes. Al prisionero le eran mostrados los instrumentos de tortura y era incitado a confesar. Al rehusarse era desnudado y atado y de nuevo instado a confesar. Se le prometía misericordia si lo hacía. Estos hombres y mujeres estaban atados y desnudos ante los agrios e implacables frailes mientras veían como calentaban los hierros al rojo vivo, probaban las ruedas de tortura y engrasaban los mecanismos en preparación para su uso en sus propios huesos y cuerpo”. Catálogo de aparatos y máquinas de tortura: APLASTACABEZA: El aplastacabezas es un instrumento de tortura aplicado en la edad media, destinado a reventar los huesos del cráneo. La barbilla de la víctima se colocaba en la barra inferior, y el casquete era empujado hacia abajo por el tornillo. Los efectos de este proceso son evidentes. Primero, se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas, y luego el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo. Hoy en día ya no se utiliza como pena capital, pero goza de gran estima para su uso como interrogatorios en buena parte del mundo. En la actualidad, el casquete y la barra inferior están recubiertos de un material blando que no deja marcas sobre la víctima. Existen unos instrumentos con una finalidad parecida llamadas “rompecráneos”, que como su nombre indica se diferenciaban del “aplastacabezas” en que en vez de aplastar el cráneo lo rompían. APLASTAPULGARES: El Aplastapulgares es una de las torturas más antiguas y simples, aunque terriblemente efectiva. Si bien se usaron diferentes dispositivos mecánicos para llevarla a cabo, la tortura en sí consistía en el aplastamiento de uñas, falanges y nudillos en forma lenta y progresiva, extendiendo el dolor durante días sin provocar daño mortal a la víctima. El nivel de desgarramiento podía ser controlado hasta el punto de provocar prácticamente la mutilación del miembro. Para los crímenes graves generalmente la tortura se hacía lentamente, comenzando por las uñas, luego pasando a las falanges y terminando en los nudillos, destrozando así ambas manos completamente. LA HORQUILLA DEL HEREJE: Se colocaba un aro de metal en el cuello del supuesto hereje, como veis tenía una gran barra cuyo extremo terminaba en cuatro pinchos. Al apretarse el colgante los pinchos se clavaban fuertemente en la barbilla impidiendo así poder articular palabra alguna. Generalmente este instrumento se utilizaba la noche antes de quemar al preso para aumentar así más su suplicio. LA RUEDA La rueda para despedazar. Era el instrumento de ejecución más común en la Europa germánica, después de la horca, desde la Baja Edad Media hasta principios del siglo XVIII. En la Europa latina el despedazamiento se llevaba a cabo con barras de hierro macizas y mazas herradas en lugar de ruedas. La víctima, desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con los miembros extendidos al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban trozos de madera. El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda de borde herrado, machacaba hueso tras hueso y articulación tras articulación procurando no asestar golpes fatales. La víctima se transformaba, según nos cuenta un cronista alemán anónimo del siglo XVII, “en una especie de gran títere aullante retorciéndose, como un pulpo gigante de cuatro tentáculos, entre arroyuelos de sangre, carne cruda, viscosa y amorfa mezclada con astillas de huesos rotos” . Después se desataba e introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba. Los cuervos y otros animales arrancaban tiras de carne y vaciaban los ojos de la víctima hasta que a ésta le llegaba la muerte. Como se ve, era una de las torturas más largas y agónica que se podía infligir. Junto con la hoguera y el descuartizamiento, éste era uno de los espectáculos más populares de entre los muchos similares que tenían lugar en las plazas de Europa. Multitudes de plebeyos y nobles acudían a deleitarse con un “buen” despedazamiento, preferentemente de una o varias mujeres en fila. agonía de un hereje por medio de la rueda. Se observa un miembro de la Iglesia sustentando un crucifijo. LA CUNA DE JUDAS Método de tortura usado generalmente para confesiones. El prisionero es levantado tal y como se ve en la primera foto, una vez era levantado se le soltaba de golpe para que cayese sobre la pirámide de madera, con punta de acero, provocaba heridas en los testículos, la cavidad anal o vaginal provocando también daño por debajo del coxis. El inquisidor decidia la fuerza con la que el reo era soltado (de forma lenta o de golpe). LA SIERRA: El reo era puesto en una posición invertida, asegurando la llegada de sangre al cerebro de manera que la víctima no perdía el conocimiento. Con esta posición se evitaba también la muerte por desangramiento rápida. Generalmente no se perdía el conocimiento hasta que la sierra no llegaba al ombligo o incluso al pecho. Era una tortura muy utilizada por la inquisición sobre todo para ajusticiar a homosexuales(de hecho en la ilustración son tres homosexuales los representados), tambien en España fue un método de ejecución militar hasta el siglo XVIII. LA SILLA La víctima debía sentarse totalmente desnuda sobre este sillón. Esta sufre de manera atroz mientras, el inquisidor con aire tranquilo y músculos tensos, comenzaba a realizar las preguntas al acusado, mientras un escribano tomaba apuntes de la sesión. Si el inquisidor lo creía conveniente podía mandar al verdugo golpear al preso, lo que provocaba que los pinchos entrasen con más profundidad en la piel o incluso si el asiento era de hierro mandarlo calentar para que los pinchos al rojo vivo entrasen mejor en la piel. Generalmente el reo no tardaba demasiado en admitir su culpabilidad(aunque fuese inocente, pues prefería terminar pronto con el suplicio).Dependiendo del inquisidor el preso seria llevado a la hoguera o se pudriría en un sucio calabozo expiando sus pecados. POTRO ESCALERA: Se ataba al reo estirándolo, lo más posible sobre una escalera, a continuación se le quemaba con una antorcha el costado y las axilas, el inquisidor como siempre hacia las preguntas, el suplicio de el preso podía durar días dependiendo de la duración del interrogatorio. Generalmente se morían a causa de la infección de las quemaduras o bien del dolor en los hombros o rodillas que al cabo de las horas se desmenuzaban. CIGÜEÑA: La cigüeña es un instrumento de tortura en el que no se aprecia a simple vista el dolor que puede causar, puesto que parece que su principal función es la de inmovilizar a la víctima. que consistía en someter al reo a este aparato. La Cigüeña, en sí, es un aparato hecho de hierro que sujetaba al condenado por cuello, manos y tobillo, y lo sometía a una posición incomodísima que provocaba calambres en los músculos rectales y abdominales; y a las pocas horas de todo el cuerpo. La víctima que estaba sujeta a este instrumento sufría de calambres de diferente magnitud, en este orden: primero en los abdominales y rectales, luego en los pectorales, cervicales y en las extremidades. Al cabo de unas horas, el dolor se volvía insufribe y continuo, sobre todo en abdomen y recto. Con tal de aumentar el dolor de la víctima, mientras se sufrían los terribles dolores esta era quemada, mutilada o golpeada. CINTURON DE CASTIDAD: Un cinturón de castidad es un cinturón o braga de hierro, cerrable con llave, que supuestamente se obligaba a usar a algunas mujeres en la Edad Media para evitar las infidelidades o deslices sexuales. El objeto ganó popularidad en Inglaterra en el siglo XIX gracias a un libro cuyo contenido lo describía como “una de las cosas más extraordinarias que los celos masculinos hayan realizado”. El libro describe como el objeto era usado para asegurar la fidelidad de las damas que se quedaban solas en casa mientras los aguerridos maridos iban a luchar a las cruzadas. Esta es la opinión más habitual, aunque equivocada. El cinturón de castidad no puede ser usado más que durante unas horas, a lo más un par de días. De otra forma, la mujer que lo llevase moriría víctima de infecciones, abrasiones y laceraciones provocadas por el contacto con el metal. En realidad, el cinturón de castidad era utilizado por las mujeres como defensa contra la violación, en época de acuartelamiento de soldados, durante viajes y en estancias nocturnas en posadas. Al igual que el derecho de pernada, el cinturón de castidad es una invención muy posterior a la Edad Media, probablemente del renacimiento. Ninguno de los cinturones de castidad que existen fueron hechos en el medievo, todos los expuestos en museos fueron retirados tras comprobar que eran falsificaciones del s. XIX. En la actualidad siguen existiendo en forma de juguetes eróticos, y en su mayoría son hombres quienes se los ponen a sí mismos para luego ceder las llaves a su pareja. EL TORO DE FALARIS: En este caso se quemaban a los herejes dentro de la efigie de un toro a Falaris, tirano de Agrakas, que murió en el año 554 a.C. Los alaridos y los gritos de las víctimas salían por la boca del toro, haciendo parecer que la figura mugía. El toro de Falaris estaba presente en numerosas salas de tortura de la Inquisición de los siglos XVI, XVII y XVIII. TABURETE SUMERGIBLE: Utilizado principalmente en mujeres acusadas de brujería. La silla era sumergida bajo el agua quedando la persona torturada inmovilizada bajo el agua sin poder respirar, el inquisidor decidía cuanto tiempo debía permanecer el torturado o torturada sumergido, el proceso solía repetirse hasta que el torturado moría ahogado o confesaba, caso en el cual se ejecutaba al acusado ahorcándole o en la hoguera más tarde. (Que desesperación!!) LAS BOTAS: Las piernas de la víctima se colocaban entre dos planchas de madera que se unían por medio de cuerdas. Entre las piernas se situaban unas cuñas que la persona que realizaba la tortura golpeaba repetidamente con un martillo, se podían introducir hasta una docena de estas cuñas, cada vez que se realizaba un golpe preciso los huesos de las piernas se fragmentaban. Cuando se retiraban las tablas lo que antiguamente eran las piernas se convertía en un amasijo de huesos rotos que tan sólo la piel impedían que cayeran al suelo. LA GUILLOTINA: Curiosamente, la guillotina no tuvo su origen, como casi todo el mundo cree, en Francia. No se sabe con exactitud dónde y cuándo empezó a utilizarse; pero se sabe que funcionó antes del año 1300 en Alemania, Italia y Gran Bretaña. La fuerza del golpe de la cuchilla era de 400 kgs. por pulgada, y en España comenzó a usarse a principios del siglo XIX. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=PX_x_j9mFtM link: http://www.youtube.com/watch?v=RbrqrTP5OAc&feature=related H.H. Holmes, el asesino que construyó una autentica mansión del horror. “Nací con el maligno como mi patrón a un lado de la cama cuando vine al mundo y ha estado conmigo desde entonces…”. H. H. Holmes Herman Webster Mudgett, también conocido de H.H. Holmes, o Dr. Holmes fue uno de los primeros asesinos en serie de Norteamérica. Capturó, torturó y asesinó a unos doscientos huéspedes en su hotel-trampa de Chicago, un lugar que se le llegó a conocer con el nombre de “The Murder Castle”, el castillo de la muerte. Su oscura mente ideó una mansión llena de trampas propia de una retorcida novela de terror. Holmes nació en 1861, en el seno de una honrada y muy puritana familia de New Hampshire. De pequeño padeció del abuso de los demás niños por ser solitario. El mismo Holmes contó que una vez los chicos lo forzaron a ver y tocar un esqueleto humano. Tras lo cual nació en el la fascinación por los cadáveres y la muerte que lo llevó posteriormente a estudiar medicina. Pronto comenzó a robar cadáveres de la universidad con un doble fin, usar los cuerpos para experimentar y defraudar a los seguros, ya que previamente los aseguraba con nombres falsos. También comenzó a vender una supuesta cura contra el alcoholismo. Muy pronto manifestó hacia las mujeres, sobre todo hacia las mujeres con fortuna, un interés poco corriente que lo enmarcaría como un Don Juan del crimen, era joven guapo e inteligente, así que no tenía problema en seducir a las mujeres. Con 18 años se casó con Clara Lovering, una joven de familia rica que costeó sus estudios de medicina. Cuando se gradúo como doctor en la universidad de Michigan, abandonó a Clara y se fue a vivir con una viuda joven y guapa, quien tenía una serie de hostales que le daban grandes beneficios. Cuando la hubo arruinado, se marchó hacia Nueva York, donde trabajó como médico un año, y después fué a Chicago. Allí decidió abrir un hotel, ya que el 1 de Mayo de 1883 se inauguraría la Exposición Universal de Chicago. Al llegar a su nueva ciudad no tardó en seducir a una joven encantadora y millonaria, Myrta Belknap. Aquí adoptó el nombre de Holmes, se casó con ella y, gracias a unas falsificaciones de escrituras, se apresuró a estafarla 5.000 dólares para hacerse construir, en Wilmette, una casa suntuosa. Consiguió entonces la titularidad de una farmacia propiedad de una viuda millonaria en Englewood. Convirtiéndose en su amante logró hacerse dueño de todos los bienes de la mujer, después la hizo “desaparecer” y fue entonces cuando puso en marcha su gran proyecto: el Castillo Holmes. Para construir su castillo, Holmes recurrió a varias empresas, a las que siempre ponía toda clase de excusas para no pagar, y se acababan marchando sin haber cobrado ni terminado su trabajo. De esa manera, Holmes era el único que conocía detalladamente un edificio cuyo extraño diseño, obra de él mismo, habría podido impresionar a más de uno. El “castillo Holmes” fue terminado en 1892 y la exposición de Chicago abrió sus puertas el 1 de mayo de 1893. Durante los seis meses que duró, la fábrica de matar del Dr. Holmes estuvo a pleno rendimiento por la cantidad de visitas que recibía la ciudad. El verdugo escogía a sus “clientas” con mucha precaución. Tenían que ser ricas, jóvenes, guapas, estar solas y, para evitar las visitas inoportunas de amigos o familiares, su domicilio tenía que estar situado en un estado lo más alejado posible de Chicago. La planta baja estaba conformada por negocios y era relativamente normal, sin embargo sus sótanos y pisos superiores estaban plagados de cientos de trampas, escaleras que no llevaban a ningún lado, habitaciones secretas, puertas correderas, laberintos y pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas visuales disimuladas en las paredes, el doctor podía observar a escondidas el vaivén de sus clientes y sobre todo de “sus clientas”.Disimulada bajo el entarimado, una instalación eléctrica perfeccionada le permitía por otra parte seguir en un panel indicador instalado en su despacho el menor desplazamiento de sus futuras víctimas. Con sólo abrir unos grifos de gas, podía finalmente, sin desplazarse, asfixiar a los ocupantes de unas cuantas habitaciones. Utilizando la gran variedad de máquinas de tortura y habitaciones “especiales” que su mansión poseía algunos de sus “juegos” más pervertidos se basaban en atar a sus victimas colgando de los brazos y bajarlas lentamente a un pozo lleno con ácido; o encadenarlas a una prensa rotatoria que lentamente iba triturando sus huesos. También era normal también que practicara “autopsias” o desollara a la persona estando ésta aun con vida. Un montacargas y dos toboganes servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega ingeniosamente instalada, donde eran, según los casos, disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o simplemente hundidos en una cuba llena de cal viva. El castillo también poseía habitaciones con paredes que se cerraban aplastando a sus victimas, cámaras de gas, trampas que al ser pisadas activaban todo tipo de dardos venenosos, pinchos y disparos. En una habitación, bautizada como “el calabozo”, estaba instalado un impresionante arsenal de instrumentos de tortura. Entre las máquinas sádicas instaladas por el ingenioso doctor, una de ellas llamó particularmente la atención de los periodistas. Era un autómata que permitía cosquillear la planta de los pies de las víctimas hasta hacerles literalmente morir de risa. Con el final de la Exposición Universal, las rentas del hotel acusaron una caída brutal, y Holmes se encontró pronto necesitado de dinero. El medio más sencillo que imaginó para procurarse ingresos fue incendiar el último piso de su inmueble y reclamar a su asegurador una prima de 60,000 dólares, sin pensar un instante que la compañía podría muy bien hacer una investigación antes de pagárselos. Descubrieron que el fuego había empezado en seis puntos distintos de la planta y Holmes huyó a Texas, donde vivió a base de estafas que lo llevaron a la cárcel. Liberado bajo fianza, volvió a idear otra estafa. Un cómplice, llamado Pitizel, debía hacerse un seguro de vida en una compañía de Filadelfia. Se presentaría luego como suyo un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. No habría más que repartir la prima que cobraría la Sra. Pitizel, mientras que el “muerto” escaparía durante algún tiempo para no levantar sospechas. Para su desgracia, Holmes tuvo la mala idea de cambiar su plan y de matar realmente a Pitizel para ahorrarle la búsqueda peligrosa de un cadáver y, sobre todo, permitirle quedarse él solo la totalidad de la prima, deshaciéndose después de la Sra. Pitizel y de sus hijos. Acudió a la morgue para reconocer el cuerpo de su amigo, fue a Boston a buscar a la desdichada viuda y la trajo a Filadelfia para que cobrara su dinero. La denuncia de un antiguo compañero de celda, Marion Hedgepeth, vino a sembrar la duda en los aseguradores, y la policía abrió una investigación. Holmes confesó primero la estafa a la compañía aseguradora y, ante las pruebas abrumadoras reunidas en su contra, incrédulamente declaró haber asesinado a tan solo 27 personas de las 200 que se le imputaron, ya que entre las maderas calcinadas de la casa las autoridades hallaron los restos de cerca de doscientas personas. Tras un escandaloso juicio en 1896, y con 35 años, fue condenado a muerte por el tribunal de Filadelfia y el 7 de mayo del mismo año fue colgado. Al estar mal colocada la soga, su cuello no se rompió instantáneamente, provocando una dolorosa agonía durante 15 minutos. Para evitar que su cuerpo fuera mutilado o robado el mismo Holmes pidió que fuera enterrado en un ataúd lleno de cemento. De hecho hubo guardias presentes durante su entierro en una fosa del doble de profundidad igualmente rellenada con cemento y sin lápida que identificara su lugar. Los abogados de Holmes rechazaron una oferta de $15,000 dólares que un instituto médico les ofreció por el cerebro de uno de los primeros asesinos en serie de la historia de Norteamérica. El petiso orejudo La historia del “Petiso orejudo” es una de las más escalofriantes que puedan encontrarse dentro de la criminología moderna. Este muchacho argentino, llamado Cayetano Santos Godino, comenzó su carrera criminal con tan solo 7 años de edad, escogiendo a otros niños como sus víctimas. Godino, quien además era pirómano, tuvo en vilo a toda la población de Buenos Aires de principios del siglo XX. La estremecedora vida del Pequeño orejudo, el niño asesino, ha sido llevada a la gran pantalla de mano del director madrileño Jorge Algora, bajo el titulo “El niño de barro”. La historia de Cayetano Santos Godino coincide completamente con la de muchos otros asesinos en serie adultos y, como suele suceder, comienza con una infancia tortuosa. Hijo de inmigrantes calabreses, este muchachito nacido en 1896, en la ciudad de Buenos Aires, tenía siete hermanos y un padre alcohólico y maltratador. Fiore Godino, su progenitor, había contraído sífilis incluso antes de que naciera Cayetano, lo que le trajo al niño graves problemas de salud. Incluso podría decirse que ya desde pequeño el “Petiso orejudo” conoció la muerte de cerca, a causa de las enfermedades que le afectaban. Godino se crió en la ley de la calle. Las reglas de una ciudad repleta de inmigrantes en ese principio de siglo XX y que todavía estaba muy lejos de ser lo que sería tiempo después. De hecho Almagro y Parque Patricios, hoy dos sectores plenamente integrados en la capital argentina, eran zonas linderas y con descampado. Esos barrios serían el epicentro de las andanzas de este niño, al que muchos no dudarían en calificar como un verdadero monstruo. Cayetano desde los cinco años comienza a recibir educación formal en diversos centros escolares. Pero la falta de interés en el estudio y su comportamiento violento e indisciplinado hacen que Godino vaya de un colegio a otro con rumbo errante. Su hábitat natural eran las calles y descampados. Le encantaba matar gatitos y observar como agonizaban. También sentía adoración por el fuego. Estaba claro que el “Petiso orejudo” no era un niño normal y corriente. JUGANDO A SER UN ASESINO Tenía tan solo 7 años cuando cometió su primer acto violento hacia una persona. La edad en la que un chico debería estar más preocupado por sus juegos y fantasías propias de la niñez. Pero a Cayetano, le atraían otras cosas. A pesar de su aspecto flacucho, sus orejas prominentes y su baja estatura, Godino tenía un gran poder de atracción sobre los menores. Los invitaba a sus juegos, les ofrecía caramelos y así lograba llevarlos a zonas donde nadie pudiera ver lo que pretendía hacer con ellos. Miguel de Paoli La primera de sus víctimas, aunque tuvo la suerte de que nada grave le sucediera, fue Miguel de Paoli, un niño de casi dos años, que fue golpeado por el “Petiso” y después arrojado sobre una zanja llena de espinos. Un agente que circulaba por la zona se percató de lo ocurrido y llevó a los niños a la comisaría, donde fueron recogidos por sus madres unas horas más tarde. Un año más tarde, sería el turno de Ana Neri, una vecina suya que apenas tenía 18 meses de edad. También tuvo fortuna la pequeña Anita, ya que los golpes que Cayetano le infringió con una piedra no llegaron a matarla gracias a la intervención de un policía que advirtió lo que sucedía y puso fin al asunto. Godino salió de prisión esa misma noche por su corta edad. Ya para aquel entonces se había iniciado en la delincuencia menor junto a su amigo Alfredo Tersi y su padre había descubierto una gran cantidad de pájaros muertos que el “Petiso” guardaba debajo de su cama. Su primera víctima mortal estaba al caer. Aunque nadie se enteraría hasta tiempo después. Una niña de 18 meses de edad, era golpeada y luego enterrada viva por Cayetano, quien cubrió la fosa con latas y otros desperdicios. Este hecho había ocurrido en 1906, cuando Godino ya contaba con 10 años de edad. La muchacha fallecida, presumiblemente, sería María Rosa Face, sobre quien se había efectuado la denuncia de desaparición y jamás había regresado. En el terreno baldío donde el “Petiso” adujo enterrarla se construyó un edificio de dos plantas. Así es que nunca pudo corroborarse la confesión del niño criminal. Para ese entonces, Cayetano Santos Godino parecía ser una persona irredimible. Tenía 10 años de edad, se había convertido en un masturbador compulsivo y en un auténtico irreverente. Sus padres no sabían que hacer con él, fue el mismo Fiore Godino quien lo denunció ante las autoridades. Cayetano pasó dos meses tras las rejas, para volver a su vida habitual: la de la vagancia y el morbo. Después de agredir a Severino González Caló (a quien intentó ahogar) y a Julio Botte (le quemó los párpados con un cigarrillo), nuevamente sus progenitores lo entregan ante las autoridades. LA LEY DE LA CALLE Era 1908 y ese Cayetano de 12 años de edad fue enviado a pasar sus días en la Colonia para menores de Marcos Paz. Se sabe el efecto que suele causar una estancia en prisión para cualquier recluso. Lejos de rehabilitarlo y reinsertarlo en sociedad, aunque aprendió allí a leer y escribir, los duros días de reclusión lo devolvieron a las calles mucho más endurecido, frío y, por supuesto, ávido de crímenes. Tres años pasó allí y salió hecho todo un adolescente, pero un adolescente que había vivido cosas que otros no. Cayetano se hacía fuerte en las calles. Deja de transitar los lugares por donde andaba siempre y se dirige hacia las zonas más lúgubres de la ciudad. Allí empieza a consumir alcohol y a inmiscuirse en cuestiones no del todo santas. Sus padres consiguen que trabaje en una fábrica, pero tan sólo dura tres meses en su puesto. Estaba claro que su carrera se encontraba en otro sitio. Arturo Laurora Su próxima víctima mortal sería Arturo Laurora, un joven de 13 años, quien apareció brutalmente golpeado, semidesnudo y con un cordel en su cuello estrangulándolo. Algunos días antes, el 17 de enero de 1912, Godino había prendido fuego una bodega de la calle Corrientes. Cuando fue detenido, sus palabras fueron claras y no mostraban ningún tipo de remordimientos: “me gusta ver trabajar a los bomberos. Es lindo ver como caen en el fuego”. Estos hechos no serían sino la confirmación de lo que vendría luego: un sinfín de agresiones y crímenes de todo tipo. Primero prendió fuego a Reina Vaínicoff arrimando una cerilla a su vestido de percal. La niña de cinco años falleció poco después. También, demostrando su amor por el fuego, causó tres incendios más que pudieron ser controlados, incluyendo una estación de trenes. Los animales se encontraban asimismo bajo su “jurisdicción”. Por esto, mató a puñaladas a la yegua de su patrón Paulino Gómez, cuando se encontraba trabajando en una bodega. UN CLAVO EN LA SIEN Era la mañana del 3 de diciembre de 1912 y Cayetano salía de su casa como lo hacía siempre, a vagabundear un rato. También Jesualdo Giordano, un niño de 3 años, se dirigía a jugar con sus amigos del barrio. Y tuvo la mala suerte de que su destino y el de Godino se cruzaron. El “Petiso” se sumó a los chicos, que no pusieron reparos. Al fin y al cabo, siempre se llevó bien con ellos. Un poco por su aspecto de idiota y otro poco porque sabía seducirlos. Jesualdo por medio de caramelos cayó en su juego. Jesualdo caminó con Cayetano hasta la Quinta Moreno, un lugar alejado donde el “Petiso orejudo” haría de las suyas por última vez. Allí lo arrinconó, lo golpeó y, quitándose la cuerda que llevaba por cinturón, lo ahorcó. Pero como el chico no moría, lo ató de pies y manos y salió en busca de un elemento más contundente. En la búsqueda, se topó con el padre de Jesualdo y hasta tuvo el tino de decirle que fuera a la comisaría a hacer una denuncia por su desaparición. El elemento que empleó Godino para acabar con el niño Jesualdo fue un clavo de cuatro pulgadas, que enterró en la sien de la criatura. Luego cubrió el cuerpo con una chapa y se dio a la fuga. Incluso tuvo el atrevimiento de pasar por el velatorio del niño. Dicen que aún quería ver si tenía el clavo enterrado en la sien. Dos agentes de policía, Peire y Bassetti, ya habían unido acertadamente las pistas de todos los crímenes y fechorías. No quedaban dudas de que se trataba de Cayetano Santos Godino, ese adolescente repleto de perversión y totalmente reacio a respetar las leyes y normas establecidas. Un registro en la casa de los Godino arrojaría rápidos resultados: restos de la cuerda que utilizó para estrangular a Jesualdo Giordano y un recorte del periódico La Prensa que relataba los detalles del crimen llevaron las sospechas al terreno de las certezas. Godino confesó sus crímenes y, en un primer momento, fue llevado a un Hospital de Salud Mental. Es que creían que era un disminuido psíquico y que no tenía consciencia de sus actos. Pero allí trató de matar a un inválido postrado en una cama y a una persona que paseaba en sillas de ruedas.Los años finales de Cayetano Santos Godino transcurrieron en la cárcel del Ushuaia –la ciudad más austral del mundo-, conocida como “la prisión del fin del mundo”. Un durísimo correccional, donde estaban recluidos los delincuentes más peligrosos y que, para establecer una similitud, era equivalente a las prisiones rusas de Siberia o el San Quintín estadounidense. “Es un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso para quienes lo rodean”, afirmó tajantemente el informe psiquiátrico, cuando Godino pidió por su libertad en 1936. Finalmente Cayetano falleció en 1944, víctima de una hemorragia interna. Se supone que fue producto de las continuas palizas y vejaciones sexuales que recibía por parte de los otros reclusos. Un final alejado, cruento, correspondiente con lo que fue la vida de un niño extraño, con aspecto de idiota y que sentía un enorme placer por hacer lo que la sociedad condena. Carmen Ghittoni Catalina Neolener Jesualdo Giordano link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=w8NSH1d5iKA Paraísos que fueron infiernos. La isla de Cabrera. NAUFRAGOS CONDENADOS En el mediterráneo, en el archipiélago formado por las islas Baleares, se encuentra un pequeño islote de unos dieciséis kilómetros cuadrados llamado Cabrera, o isla de las Cabras. Este enclave, parque natural protegido y prácticamente deshabitado, es un paraíso para los amantes del buceo y de la naturaleza. La flora y fauna autóctona campa y crece a sus anchas sin más molestias que las de los turistas que pasean por los polvorientos caminos en los meses estivales. Lagartijas, conejos y aves marinas viven sin problemas bajo la suave brisa mediterránea. Antiguos yacimientos de diversa índole delatan el paso de muchos pueblos por este lugar desde tiempos inmemorables. Pero este lugar paradisíaco tiene una historia negra y terrible tras de sí. Durante cinco largos años, este islote se convirtió en prisión sin muros y los huesos de diez mil franceses permanecen desperdigados entre sus rocas como recuerdo de los terribles sucesos que allí acontecieron. Los hechos se remontan a los comienzos del siglo XIX. Tras la batalla de Bailén, unos nueve mil prisioneros franceses son conducidos al puerto de Cádiz. En el trayecto, muchos mueren a manos de los aldeanos que profesan en aquellas tierras un odio visceral hacia ellos. Los soldados españoles e ingleses, no hacen mucho para protegerlos y, garrotazos y pedradas merman el número de los prisioneros que llegan a Cádiz. En el puerto, son hacinados en grandes buques-prisión, donde la falta de higiene y la mala alimentación acaban también con muchos de ellos. A la espera de un lugar donde reubicar a estos presos y ante la presión de las gentes de Cádiz que nos los quieren cerca, los barcos zarpan hacia el Este con la intención de repartirlos en las islas del archipiélago Balear a la espera de poder ser canjeados por prisioneros españoles en Francia. Pero tal número de presos es un gran problema y los soldados ingleses tampoco los quieren demasiado cerca por miedo a las rebeliones o a el posible contagio de enfermedades. De este modo, en el verano de 1808, los siete mil presos franceses que han sobrevivido desde su captura, son desembarcados y abandonados a su suerte en el islote de Cabrera. Cárcel natural, donde las abruptas costas y la lejanía de las islas colindantes hacen prácticamente imposible la fuga. Aquí comienza un verdadero calvario para los presos. Los pocos recursos de la isla se agotan con prontitud. Los soldados ingleses, que vigilan constantemente desde un navío a los presos, llevan cada cuatro días provisiones para su sustento. Pero las raciones no dan para todos y se desatan los más bajos instintos. Pronto desaparecen todos los animales susceptibles de ser comidos. Cabras, conejos y todo tipo de insectos y reptiles son cazados en apenas unos meses. De aquí se pasa a comer plantas y tubérculos, algunos de ellos tremendamente venenosos, como la patata de Cabrera, que provoca la muerte a decenas de personas. Las enfermedades contagiosas proliferan entre los franceses y los ataques de locura llevan unidos con el hambre voraz, desembocan en casos de antropofágia y canibalismo. Se forman grupos en la isla. Los “Robinsones” que viven en las costas y se las apañan para sobrevivir de lo que sacan del mar. Los enfermos y locos que son obligados a vivir en la cueva de los Tártaros y los que, dentro de las posibilidades, conservan el raciocinio e intentan vivir de la forma más organizada y honrada. En este último grupo están los mandos que organizan la vida en el islote. Las escasas mujeres, una veintena, se prostituyen a cambio de comida, se puede decir que el precio no es alto dadas las circunstancias. CUEVA DE LOS TARTAROS Algunos enfermos graves son llevados a hospitales de Mallorca, tras su recuperación son devueltos al islote donde cuentan los placenteros cuidados que han tenido. Esto desemboca en automutilaciones salvajes para poder gozar de esos mismos cuidados hasta que se corta por lo sano y ningún preso más es llevado a los hospitales. Incluso hay documentaciones en las que un soldado inglés, de vuelta al barco vomita, y acto seguido varios presos se abalanzan sobre el vómito para chuparlo y otros muchos, en los que los reos se comían sus propias heces. En el límite entre la vida y la muerte, cualquier cosa es buena con tal de subsistir unas horas más. Las esperanzas del intercambio o la deportación se desvanecen con el tiempo. Pasan los años y la población se estabiliza en cierto modo. En 1810, dos de cada cuatro prisioneros han muerto. El grupo organizado ha creado una especie de poblado donde se mercadea y se estudia e incluso se organizan pequeñas obras teatrales. Sacan sal y minerales de la isla, crean diferentes utensilios con madera que venden a los soldados ingleses a cambio de otros productos. El hambre está más controlado, algunas semillas se plantan y se consigue alguna col con la que preparar caldos. Pequeñas granjas de ratas garantizan algo de carne en los días de fiesta… Pero la vida continua siendo dura allí, intentos de fuga producen castigos de los soldados ingleses. Se saltan las entregas de víveres y cientos de presos mueren de hambre. Tormentas y vendavales hacen desaparecer las casuchas y les obligan a comenzar de desde elprincipio. Nuevos presos llegan al islote desde Alicante para rellenar el hueco de los fallecidos. Ruinas de edificios rudimentarios construidos por los franceses Solo un puñado de mandos tienen la suerte de ser trasladados a cárceles en Inglaterra. En 1814, Napoleón es derrocado y por fin llega el ansioso anuncio de la libertad. Apenas unos tres mil presos han sobrevivido a la cárcel de Cabrera. Diez mil franceses han muerto en las condiciones más penosas e inimaginables. Los prisioneros llegan a Francia en silencio, no se festeja su vuelta pues están bajo sospecha de seguir siendo fieles a Napoleón y no al nuevo rey de Francia. Pasa el tiempo, y el olvido cae sobre todas estas personas que sufrieron y murieron en la pequeña isla de las Cabras. Hoy en día, tan solo un pequeño monolito rememora aquellos hechos, vergüenza de los españoles, pero también de los franceses, pues los presos españoles en aquellas tierras no corrieron mejor suerte ni destino. Un pequeño fotograma de la historia, que nadie quiere recordar. Oradour-sur-Glane, el pueblo de los martires. JUSTOS POR PECADORES En 1944, Oradour-sur-Glane era un pueblo idílico que se había mantenido prácticamente inalterado por la guerra; sus habitantes no eran colaboradores con el enemigo, ni tenían relaciones con el movimiento de Resistencia. Oradour-sur-Glane era un pueblo en la región de Limousin, bajo control directo alemán desde 1942, después de la ocupación de la Francia de Vichy por la Wehrmacht. Su nombre se convirtió en sinónimo de barbarie, debido a su destrucción, en 1944, cuando 642 de sus habitantes (hombres, mujeres y niños) fueron asesinados por miembros de las Waffen SS. Cuando se lanzó el ataque aliado a Europa, la Resistencia francesa incrementó sus actividades, para mantener a las fuerzas alemanas ocupadas y dificultar sus comunicaciones. La 2ª División Panzer de las SS “Das Reich” tenía órdenes de atravesar el país para llegar a los combates que tenían lugar en Normandía. Durante el camino, la unidad se vio constantemente hostigada por miembros de la Resistencia. En la mañana del 10 de junio, dos civiles franceses denunciaron a oficiales de esa unidad que los habitantes de Oradour-sur-Glane estaban celebrando la victoria aliada y que colaboraban con el maquis de la zona; al mismo tiempo, el SD de Limoges informaba de que había un cuartel general en ese pueblo. Además, un alto oficial de las SS había desaparecido y se suponía que estaba preso del maquis de la zona. Ese mismo 10 de junio, el 1r batallón del Regimiento de las SS “Der Führer”, comandado por el SS-Sturmbannführer Otto Dickmann, rodeó la ciudad de Oradour-sur-Glane y ordenó que todos sus habitantes se congregasen en una plaza pública, cerca del centro del pueblo. Todas las mujeres y los niños fueron encerrados en la iglesia, mientras los hombres eran ametrallados y los heridos fueron quemados; sólo cinco hombres escaparon, y 197 murieron. Posteriormente, los SS entraron en la iglesia y la incendiaron; las mujeres y niños que intentaban huir eran ametrallados; sólo una mujer sobrevivió, 240 mujeres y 205 niños murieron. Un pequeño grupo que había escapado del pueblo ante la llegada de los SS, fue cazado aquella noche. Oradour-sur-Glane no fue el único castigo colectivo de este tipo cometido por las tropas alemanas. Otros ejemplos bien documentados incluyen la villa soviética de Kortelisy (actualmente en Ucrania), Lídice en Checoslovaquia (actualmente República Checa), el pueblo holandés de Putten y los pueblos italianos de Sant’Anna di Stazzema y Marzabotto. Además, las tropas alemanas ejecutaron rehenes (individualmente y en grupos) allí donde se encontraron con la Resistencia francesa. La versión oficial de la masacre deja claro que la población del pueblo era completamente inocente. Aunque la región de Limosin era el centro del movimiento de resistencia comunista, los habitantes de Oradour-sur-Glane estaban completamente aislados de la guerra que se desarrollaba a su alrededor. Por tanto, no había ninguna excusa para que los ocupantes alemanes escogiesen Oradour-sur-Glane para llevar a cabo la represalia. Una de las posibles razones para el ataque es la similitud del nombre del pueblo con el de Oradour-sur-Vayres, un pueblo cercano que sí tenía una actividad destacable en la resistencia. El pueblo se mantiene como memorial al horror de la guerra, y para que no se olviden los hechos que allí sucedieron. EL CEMENTERIO En el cementerio, una columna contiene las cenizas de las víctimas sin identificar de la masacre del 10 de junio de 1944. El monumento fue financiado por uno de los supervivientes que perdió a toda su familia en la masacre. Originalmente, los restos debían ser colocados en una cripta que fue construida por el Estado, pero las familias de los supervivientes rechazaron este plan, después de un juicio, en 1953, en el que los perpetradores condenados fueron amnistiados. Junto a la columna hay dos urnas de cristal que contienen huesos, reliquias de las víctimas; son denominados mártires porque eran civiles franceses inocentes que murieron a manos de la barbarie alemana sin ninguna razón. Únicamente los cuerpos de 52 de las 642 víctimas fueron identificados; el resto fueron oficialmente declarados desaparecidos y presumiblemente muertos. En el cementerio también hay placas de mármol negro montadas en el muro detrás de la columna. En esas 8 placas están los nombres y edades de las 642 víctimas de la masacre. Detrás de la columna también hay una serie de placas memoriales individuales, colocadas durante años por los grupos de veteranos, sindicatos, asociaciones de viudas, ciudades, partidos políticos y miembros del movimiento de resistencia francés. También hay una placa del Comité Internacional del campo de concentración de Buchenwald, una organización comunista formada por los presos de ese campo. Otra placa recuerda al subcampo de Buchenwald, Dora; en ambos campos estuvieron internados un buen número de resistentes franceses que trabajaban en las factorías de guerra alemanas. Canibalismo en Rusia en la 2ª Guerra Mundial. El historiador británico Michael Jones acaba de publicar el libro “El sitio de Leningrado, 1941-1944″ donde aporta nuevos y escalofriantes datos sobre el impenetrable cerco alemán que sufrió la ciudad soviética durante 872 días. Según ha descubierto Jones durante el sitio de Leningrado la falta de alimento hizo que se diera un elevado número de casos de canibalismo. 1.400 personas fueron arrestadas por ello y 300 ejecutadas por el Gobierno de Stalin. “Las cifras reales son sin duda mucho más altas. Durante el peor periodo del asedio, a finales de enero del 42 y principios de febrero, distritos enteros de Leningrado fueron invadidos por caníbales”. Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana. El historiador británico Michael Jones acaba de publicar el libro “El sitio de Leningrado, 1941-1944″ donde aporta nuevos y escalofriantes datos sobre el impenetrable cerco alemán que sufrió la ciudad soviética durante 872 días. Según ha descubierto Jones durante el sitio de Leningrado la falta de alimento hizo que se diera un elevado número de casos de canibalismo. 1.400 personas fueron arrestadas por ello y 300 ejecutadas por el Gobierno de Stalin. “Las cifras reales son sin duda mucho más altas. Durante el peor periodo del asedio, a finales de enero del 42 y principios de febrero, distritos enteros de Leningrado fueron invadidos por caníbales”. Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana. Aqui tenemos una fotografía tomada en una villa de la región del Volga en 1921. Muestra a una pareja de campesinos que raptaba niños para alimentarse de su carne. Parecen cuentos de terror. Sin embargo, son experiencias reales vividas durante el sitio de Leningrado, conocido como el de los 900 días (en realidad 872), uno de los peores asedios que recuerda la historia y en el que el frío -hasta 40 grados bajo cero- y el hambre se sumaron a la guerra y la oscuridad para configurar un cuadro de penalidad y espanto apocalíptico. Nadie sabe cuánta gente murió. Las autoridades reconocieron más de 600.000 ciudadanos muertos, pero otras cifras superan 1.200.000. En un libro recién aparecido que constituye un verdadero descenso a los infiernos (El sitio de Leningrado, 1941-1944 ), aunque también un asombroso testimonio de la capacidad de supervivencia del ser humano y un conmovedor canto a la esperanza, el historiador británico Michael Jones, de la Universidad de Bristol, revive extraordinariamente aquel asedio -en buena parte a través del relato directo de los supervivientes y sus diarios- y ofrece datos nuevos que revelan toda la crudeza de un episodio de la II Guerra Mundial que fue manipulado por la historia oficial soviética y que desde hace tiempo sufría el olvido historiográfico. Jones señala que había bandas organizadas, que un grupo de 20 caníbales se dedicaba a interceptar a los correos militares (para comérselos) y que en un lugar de la calle de Zelenaya donde se vendían patatas se pedía al comprador que mirara donde se guardaban y cuando éste se agachaba le golpeaban con el hacha en la nuca. La NKVD (comisariado del pueblo ruso), advirtió de que en los mercados se vendía carne humana. “Cruzar la ciudad era peligroso, y costaba confiar en los demás”, recordaba una superviviente, que señalaba que se veían cadáveres mutilados por todas partes. A las mujeres les cortaban especialmente los pechos. La extensión del canibalismo da la medida de la desesperación que provocó la carestía de alimentos. La gente se desmoronaba de hambre. La vida se redujo a tratar de encontrar comida. “El horror de lo que se vivió en Leningrado es casi inimaginable”, dice Jones. La gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el papel de las paredes, los cinturones de cuero, ¡los libros…! La “cocina de asedio” reveló una macabra imaginación. “Se cambia gato por pegamento”, rezaba un cartel. Llegó un momento en que morían 3.000 personas al día de inanición, luego 15.000, 25.000… Nadie tenía fuerzas para enterrarlos. Una madre sólo pudo arrastrar a su hijo muerto hasta el alféizar y allí lo dejó. Faltaba tanta gente que una obra de teatro sobre los tres mosqueteros se montó sólo con dos, y no es broma. Hubo epidemias de disentería, de tifus, etc. Los alemanes, y ésta es otra de las aportaciones de Jones, no querían meramente tomar la ciudad -Petersburgo, como la llamaba Hitler-. “El objetivo de los nazis era sellar la ciudad y matar de inanición a toda la población civil, dos millones y medio de personas. Incluidos medio millón de niños”, recalca el historiador. “Esta decisión estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado”. Pero el asedio a Leningrado no es un caso aislado. Los casos de canibalismo humano registrados durante el siglo XX en Rusia y la Unión Soviética abundan sobremanera. Durante la Segunda Guerra Mundial se registraron también otros casos: en el campo nazi Stalag , situado en Ucrania, los alemanes documentaron prácticas caníbales entre los prisioneros de guerra soviéticos. También se sabe de actos de antropofagia ocurridos durante el Holocausto Ucraniano: una hambruna provocada artificialmente por Stalin para someter al campesinado ucraniano que asoló el territorio de aquella República Socialista durante los años de 1932 y 1933. Murieron unos 3′5 millones de personas victimas de la inanición y la malnutrición. El comunismo de guerra adoptado por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa causo la Hambruna Rusa de 1921, extendida por toda la región del Volga y los Urales. Murieron unos 5 millones de personas. Aquel desastre humanitario impulso a muchas personas a la práctica del canibalismo humano. Entre los prisioneros rusos también se cometieron actos de canibalismo y en el asedio de Leningrado los cadáveres de los niños desaparecían de las calles. En un documental de Stalingrado hubo un testimonio de una civil rusa que narraba como empezaron a comerse los caballos, después los perros siguiendo con los gatos y cuando estos se acabaron …. La mayoría de imágenes de este post proceden de una exhibición pública y oficial sobre el hambre en la región del Volga que se realizo en el Kremlin en 1922. Dicha exhibición incluía fotografías de campesinos practicantes del canibalismo que habían sido capturados por la Checa (policía secreta soviética). Puede que formara parte de una campaña para conseguir ayuda internacional. Diversas organizaciones occidentales enviaron alimentos a Rusia, hasta que se percataron de que los bolcheviques vendían el grano a países extranjeros en vez de utilizarlo para acabar con la hambruna. Dado que muchos combates del Frente Oriental se desarrollaron en unas condiciones extremas, no es de extrañar que se llegara a un comportamiento tan extremo como el canibalismo. El enigma del regimiento Norfolk, una desaparición masiva. LA NUBE QUE SE "LLEVO" A 267 SOLDADOS. La Batalla de Gallipoli o Batalla de los Dardanelos, tuvo lugar en la península turca de Gallipoli en 1915 durante la 1º guerra mundial y en este episodio de la guerra ocurrió una de las desapariciones masivas (267 soldados) más famosas y enigmáticas de la historia. Entre marzo y agosto de 1915 las tropas aliadas tratan de conquistar la península de Gallipoli, Turquía. El 21 de agosto, al sur de la bahía de Suyla, 22 soldados neozelandeses pertenecientes al cuerpo de ingenieros observan desde una posición elevada cómo tropas del Comando Unido de Australia y Nueva Zelanda (CUANZ) intentan tomar la cota 60. A media mañana ven una densa nube de forma singular descender hasta cubrir el lecho seco de un río cercano a esa cota. Aparece entonces un batallón inglés, que sube por el lecho del río para ir a apoyar a la CUANZ. 267 soldados británicos continúan su marcha, entrando en la nube. Pero no saldrán de ella nunca más. Nada más desaparecer el último de los ingleses en su interior, la nube se eleva suavemente para alejarse flotando poco a poco, en dirección contraria a la del viento. Tres de los soldados neocelandés relatarán este incidente 50 años después, durante una reunión conmemorativa de la CUANZ. Documentos de la época corroboran que un batallón del regimiento Norfolk, el quinto, desapareció en Gallípoli durante un ataque, pero demuestran también que los tres testigos, tal vez por el tiempo transcurrido desde entonces, cometieron bastantes imprecisiones en su narración. Para empezar, ellos hablaban de un regimiento entero, no de un batallón; el hecho tuvo lugar el 12 de agosto, no el 21, y sucedió a 5 km del lugar que pensaban. Por otro lado, cabe decir que aunque el 5º de Norfolk figura como desaparecido, en 1919 se recuperaron 122 de sus cadáveres, y la ausencia de los otros 145 tal vez se explicaría por un fenómeno de putrefacción acelerada. Todo esto lleva a dudar del testimonio de los tres ingenieros neozelandeses, a quienes pudo haber confundido un efecto óptico, o cuyos recuerdos pudieron verse distorsionados por el paso de los años y la sugestión mutua. No obstante a día de hoy existen supuestas hipótesis que intentan descubrir porque el 5ª batallón del Regimiento Real de Norfolk, compuesto por 267 hombres, se desvaneció al atravesar una extraña nube., incluso esta más que presente el tema de la abducción. ¿Realidad o leyenda?, quizás algo de ambas, ya que el batallón de Norfolk no es el único grupo de soldados desparecido misteriosamente a lo largo de la Historia. En 1707, 4000 hombres del archiduque Carlos de Habsburgo desaparecieron sin dejar rastro mientras cruzaban los pirineos; en 1858, un cuerpo expedicionario francés de 650 zuavos se evaporó camino de Saigón; en diciembre de 1923, 3000 soldados chinos apostados a lo largo de Yang-Tsé se volatilizaron durante la noche. ¿Deserciones masivas o hechos extraños sin explicación natural?, nunca lo sabremos. Eso fue todo; espero que el post hay sido de su agrado!
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