“Mi vida no se puede desligar de Los Mirlos”
Nacidos en Moyobamba, Los Mirlos han llevado su música por toda América y su calidad se impone en el mundo. El 6 de noviembre intervendrán junto a los chilenos Chico Trujillo en el festival Sonidos del Mundo, tal vez el millónesimo show de carácter internacional en el que participan. Su líder, Jorge Rodríguez Grández, nos cuenta su historia; un relato caracterizado por éxitos casi siempre poco difundidos en su propio país.
domingo, 25 de octubre de 2015
¿Por qué se dedicó a la música?
Mi papá tenía la música como hobby y tocaba el acordeón. Desde niño lo vi tocar. Eso influyó en mí y mis hermanos, especialmente en el menor, Carlos. A él también le gustaba tocar el acordeón y la guitarra. Yo lo acompañaba con los timbales y cantaba. En Moyobamba formamos un grupo, Los Saetas, siendo adolescentes. Tocábamos cumbias, música cubana y colombiana.
¿Cuándo fue que empezaron a ser conocidos?
Mi hermano mayor, Segundo, nos vio actuar en una fiesta de San Juan, en Moyobamba, y nos dijo que cuando Carlos terminara sus estudios, nos fuéramos a Lima para ver qué pasaba. Llegamos con muchas ilusiones. Pero encontramos en Comas a un grupo llamado también Los Saetas y por eso le cambiamos el nombre.
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¿Por qué Los Mirlos?
Hubo un debate. Propusimos varios nombres. Mirlos gustó porque es el nombre de un ave negrita que habita en muchas partes del mundo, es inteligente y domesticable. Es como un lorito. Le enseñas hasta a hablar.
¿Cómo los recibieron en Lima?
Bien. Mi hermano era policía. Nos traía a la comisaría de Miraflores y conocimos al comandante, que al vernos entusiasmados con la música nos dio un cuarto para ensayar allí. Íbamos desde Ingeniería, que era donde vivíamos, en un portatropas a ensayar. El comandante nos llevaba a los chifas grandes de entonces a tocar en sus reuniones. Nos quedamos admirados de que la gente bailara nuestra música.
¿Y cuándo grabaron?
Me escuchó Alberto Maraví y nos contrató para su disquera Dinsa, donde estuvimos un par de años. Sacamos algunos discos de 45 y luego pasamos a Infopesa y estuvimos doce años. Cada año sacamos una producción. Nunca imaginé que podíamos gustar en Colombia, México, Bolivia, Ecuador. En Argentina hicimos la película Las vacaciones del amor.
¿Qué les llamó la atención a los argentinos?
Creo que nunca habían visto en la cumbia timbales, batería, tumbadora, bongó. Su cumbia era tipo tarantela, con bombo y una sola tarola. Recorrimos casi todo ese país, especialmente en carnavales, que los celebran a lo grande.
Y no iban a tocar para los peruanos nada más…
No. En Buenos Aires tocamos en el club Niceto, que es una de las discotecas más ‘pituquitas’ de allá. Fuimos a un festival en La Plata con 40,000 personas. Mis compatriotas estaban al fondo y eran unos 30.
Toda esa popularidad viene antes del boom mundial de la cumbia peruana. ¿Cómo lo tomó?
Me hubiera gustado que a ese boom no lo hubieran llamado de la chicha, sino de la cumbia. Lo que se empezó a resaltar fue la música de los pioneros del género; de los que, como nosotros, siempre hicimos cumbia. Pero a todos nos quieren meter en el término chicha.
¿Cómo distingue usted entre chicha y cumbia?
La chicha es otro género. Es parte de la cumbia andina, que aparece poco antes de 1980. Tuvo su pegada, con sus letras sentimentales y nostálgicas. Pero la chicha es parte de una etapa de la música tropical peruana que se mantiene hasta ahora.
¿Cómo ve el futuro de Los Mirlos?
Tengo a mis hijos en la banda. Jorge Luis toca guitarra, piano, hace coros. En su momento, él tendrá la responsabilidad total. Será el día en que me retire. Son ya 42 años. Los cumpliremos en noviembre. También escribo mis memorias desde hace cuatro años, antes de que me olvide. Es mi vida y la historia de Los Mirlos. No se pueden desligar ambas cosas.
“Desde el inicio hasta ahora nuestro sonido es el mismo, caracterizado mayormente por la guitarra”.