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La secta que amenazó a Saladino

Info12/9/2016
La secta que amenazó a Saladino
Estamos en el año 1176 cerca de la ciudad de Alepo, en Siria. Un emisario llega al campamento de Saladino con un mensaje para el sultán. Tiene órdenes de comunicárselo sólo a él y en privado. Es conducido a su tienda.

asesinos

En presencia del sultán el enviado repite sus instrucciones, y Saladino da orden a todo el mundo de que se retire, excepto a dos escoltas de su máxima confianza. Ante la insistencia del emisario, que repite que sólo el sultán debe escuchar el mensaje, Saladino responde:

Confío en estos dos hombres como si fueran mis hijos. Lo que sea que tengas que decirme, pueden oírlo ellos también.


El mensajero mira entonces a los dos escoltas y, dirigiéndose a ellos directamente, les pregunta: “Si ahora os ordeno que matéis a este hombre ¿lo haríais?”

Los escoltas sacan entonces sus armas, esperando una orden del emisario. Saladino no puede creer lo que está ocurriendo, se encuentra abrumado por la situación. Sus escoltas de mayor confianza son asesinos y habían estado infiltrados en su guardia personal durante años.

Los nizaríes, también conocidos a lo largo de la historia como hashshashin, inventaron así el concepto de “célula durmiente”.

Suníes y chiíes

Aunque la secta de los nizaríes surgió durante las cruzadas, para entender sus causas tenemos que remontarnos bastante más atrás, hasta la muerte de Mahoma.

El Profeta del Islam proclamó varias veces en vida a su yerno y primo Ali Ibn Abi Talib como su sucesor. Sin embargo a su muerte en el año 632 sus compañeros más cercanos nombraron califa o sucesor a Abu Bakr. Surgió entonces una facción que defendía los derechos sucesorios de Alí y su línea dinástica.

De esta forma, ya casi desde el inicio de esta religión, el Islam se dividió en dos corrientes o ramas: la de los suníes, que es la mayoritaria y sigue la línea oficial del califato, y los chiíes, seguidores de Alí y su línea sucesoria. Ambos se proclamaban (se proclaman) los seguidores de la auténtica tradición islámica y aún en la actualidad es la causa de un conflicto religioso, sobre todo en Irán que es el país con mayor presencia chií.

Los ismailíes

Algunos años después, en 765, surge una nueva facción dentro de la rama chiíta y de nuevo por causas sucesorias. Se separa así la rama ismailí de la corriente ortodoxa imaní.

Fuertemente perseguidos, los ismailíes consiguieron establecer una comunidad en Túnez fundando la dinastía fatimí, que se caracterizó por un uso extraordinario de la violencia. Esta dinastía sufrió un nuevo cisma a finales del siglo XI que a su vez dio lugar a dos grupos rivales, los musta’líes, seguidores de Al-Musta’li, y los nizaríes, seguidores de Nizar.

El viejo de la montaña

Y fue en una pequeña comunidad nizarí de Persia (la actual Irán) donde, acosados por las persecuciones políticas y religiosas (ambas cosas eran a menudo lo mismo en el Islam medieval), surgió un carismático líder, Hasan-i Sabbah.

Hasan-i Sabbah fue conocido con el sobrenombre de Viejo de la montaña, título que ostentaron desde entonces los líderes del movimiento nizarí. Etimológicamente ese “viejo” significa anciano, en el sentido de venerable. El “de la montaña” procede de que, desde sus inicios, los nizaríes se refugiaron en fortalezas en lo alto de montañas debido a la persecución que sufrían.

Los asesinos de Alamut

Y la primera de esas fortalezas fue la mítica Alamut. Alamut (Aluh Amat) estaba muy cerca del mar Caspio, sobre una escarpada montaña de 1.800 metros de altitud y en una zona de muy difícil acceso. Fue indiscutiblemente el centro religioso, cultural y político de la secta, al menos durante su primera época, con Hasan-i Sabbah al frente.

Hasan y sus devotos se refugiaron en Alamut de la fuerte represión que sufría la secta. Y decidieron que, lejos de esconderse, había llegado el momento de hacer frente a sus enemigos suníes.

Pero claro, con el limitado número de fieles con los que contaba, Hasan no podía iniciar una guerra abierta contra los suníes. Sin embargo, sus seguidores estaban dispuestos a todo, y ahí estaba la solución: acabarían con sus enemigos asesinando a su líder: Nizam al-Mulk.

Así que Hasan plantea el asunto como una misión, y para ello entrena a un selecto grupo de sus más devotos seguidores como si de un cuerpo de élite se tratara: los fedayines. Lucha cuerpo a cuerpo, uso de dagas, espionaje, ocultación…

El arma elegida para llevar a cabo su plan fue la daga, letal e infalible si se manejaba con destreza y habilidad (y ellos lo hacían) y fácil de ocultar. De hecho, la daga pasó a ser el símbolo de los nizaríes.

Nizam al-Mulk murió dos años después a manos de un asesino disfrazado de sufí (un hombre santo del Islam), que le asestó varias puñaladas con una daga.

Durante los años siguientes los asesinatos de enemigos de la fe ismailí siguieron produciéndose, en una campaña de terror lanzada por Hasan-i Sabbah desde la fortaleza de Alamut. El efecto psicológico que ello causó entre los suníes fue demoledor, y el nombre de los asesinos del Viejo de la Montaña llegó a todo el mundo antiguo.

Masyaf

Y su fama hizo crecer también su número de seguidores entre los chiíes, surgiendo nuevas fortalezas nizaríes a los largo de los reinos islámicos. Y la principal de ellas, llegando a ser más conocida que la propia Alamut, fue la fortaleza de Masyaf, en Siria, temida incluso por los templarios de la Tercera Cruzada.

Este castillo fue capturado por los asesinos en 1141 bajo el mando del Viejo de la Montaña Rashid ad-Din Sinan, que fue líder de la secta entre 1135 y 1192. Y fue en este periodo cuando los asesinos llegaron a tener aún mayor repercusión en la historia si cabe.

Saladino

Al-Nasir Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, más conocido en occidente como Saladino, era el gran sultán en esta época, fundador de la dinastía ayubí. Gobernaba gran parte del mundo islámico durante la Tercera Cruzada, incluyendo Egipto, Siria, Palestina, Mesopotamia, Yemen y Libia.

Saladino, que era un férreo defensor de la ortodoxia suní, aprovechando una tregua con los cruzados comenzó una campaña contra los nizaríes de Rashid ad-Din Sinan, durante la cual puso sitio a la fortaleza de Masyaf, aunque tuvo que retirarse sin poder tomarla.

Ya he hablado antes del efecto psicológico provocado por las campañas de los asesinos, y Sinan fue sin duda quien mejor supo aprovecharlo. Era un auténtico maestro del terror, y el propio Saladino vivía por lo visto con miedo de que un hashshashin consiguiera llegar hasta él.

Una noche, durante el sitio de Masyaf, despertó en su tienda a tiempo de ver una figura saliendo de ella. Encontró una daga envenenada con una nota que le conminaba a parar la persecución contra los nizaríes o sería asesinado.

El sultán afirmaba que había sido el mismísimo Sinan quien había entrado en la tienda y dejado la nota. En realidad eso es poco probable, pero demuestra el buen uso de la guerra psicológica que hizo el Viejo de la montaña. Saladino acepta negociar con Sinan.

El Viejo de la montaña envía un emisario con un mensaje y es entonces cuando se produce la escena con la que empezaba este apunte. Saladino, consciente de que los asesinos de Sinan pueden matarlo cuando quieran, levanta el sitio y se marcha de Masyaf.

Conrado de Montferrato

Surge entonces una nueva amenaza para los nizaríes: los cruzados cristianos. Tras la conquista de Jerusalén por parte de Saladino en 1187, la Cristiandad es llamada a una Tercera Cruzada para recuperar la capital de Tierra Santa, encabezada por Ricardo I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León) y Felipe II de Francia.

Tras Jerusalén, Saladino continuó conquistando las ciudades portuarias: Acre, Biblos, Sidón y Beirut. Sólo se resistió la ciudad de Tiro, defendida por el marqués Conrado de Montferrato, futuro (y efímero, como ahora veremos) Conrado I de Jerusalén.

Esa era la situación cuando, en 1191, Conrado ordenó capturar un barco nizarí que había llegado al puerto de Tiro, apresando a la tripulación y confiscando la carga que transportaba. Sinan le pidió a Conrado la devolución de la carga y la liberación de los prisioneros pero Conrado se negó. Fue, desde ese momento, el siguiente objetivo de los hashshashin.

Esto suena sin duda a leyenda. En realidad lo más probable es que su asesinato se realizara por encargo de Ricardo I (por disputas por el trono de Jerusalén) o de Saladino (debido a que estaba acrecentando el poder cristiano en una zona ya férreamente dominada por el sultán).

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que fue asesinado por hombres de Sinan. Y, de nuevo, utilizó el método de la célula infiltrada durmiente. Sinan infiltró dos de sus hombres en la corte de Conrado bajo la tapadera de dos monjes recientemente convertidos a la fe cristiana.

La taquía

La taquía (simulación) es uno de los preceptos de la fe chií. Permite enmascarar las creencias, negar la propia fe, siempre que la finalidad sea defenderla. Pueden por tanto renegar del Islam o negar al propio Alá sin caer en la apostasía.

Esta es, por cierto, una de las bases del yihadismo actual para atraer adeptos o evadir la ley, ocultando la verdadera intención del yihadista de imponer la sharía por medio de la violencia. Es su coartada moral.

Ocaso y renacimiento

En el siglo XIII los mongoles, bajo el mando de Hulagu Kan, nieto de Gengis Kan, llegan a Oriente Medio. A su paso arrasan todas las fortalezas nizaríes, incluyendo la de Alamut durante el mandato del Viejo de la montaña Rukn al-Din Khurshah. La comunidad nazarí fue masacrada y los supervivientes se dispersaron y vivieron ocultos.

Sin embargo desde el siglo XV la comunidad se recupera y se retoma la predicación de su fe. En el siglo XIX el sah de Irán, Fath Ali, otorga al imán nazarí el título de Aga Khan, que reorganiza la comunidad desde la India.

En la actualidad se calcula que hay una comunidad de unos 15 millones de ismailíes, tanto musta’lies como nizaríes, repartidos por Pakistán, Yemen, Siria y Tayikistán, aunque ya no practican el activismo violento que los caracterizó en sus orígenes.

Su actual lider, el imán de los ismailíes, es el shah Aga Khan IV. Sus seguidores se refieren a él como Mawlana Hazar Imam (“el Imán actual”). Ya no conserva el título de “Viejo de la montaña” pero, no sé, quizá si le llamas así sienta cierto orgullo…

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